Yo disiento, tu disientes, él disiente

Circula por Facebook una broma que dice más o menos esto: “Yo también práctico deportes de riesgo. Doy mi opinión”. Y, ciertamente, ahora hay dos temas en los que dar la opinión puede tener sus efectos secundarios. A saber: la gestión de la pandemia (no quiero meterme ya en la pandemia, en sí. Eso lo…

Foto de Nick Fewings en Unsplash.

Circula por Facebook una broma que dice más o menos esto: “Yo también práctico deportes de riesgo. Doy mi opinión”. Y, ciertamente, ahora hay dos temas en los que dar la opinión puede tener sus efectos secundarios. A saber: la gestión de la pandemia (no quiero meterme ya en la pandemia, en sí. Eso lo dejo para valientes como el hombre bala, el tragasables y los aficionados a los snacks japoneses de máquina de vending) y el rey emérito; seguidos por otros de menor peligrosidad como el IMV o la vuelta al cole.

El otro día, por primera vez en mi vida, borré a uno de mi Facebook, porque empezó a insultar a los que no pensaban como él a propósito de un post que yo subí, en el que me declaraba antimonárquica. Pareciera que la red de Zuckerberg perdiera su original buen rollo para seguir los pasos de Twitter, el patio de porteras virtual donde gana el que tenga la lengua más afilada.

“El problema del mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de confianza”, dijo el escritor Charles Bukowski y me temo que España es un país de forofos, con las ideas muy claras, y no de filósofos, llenos de preguntas.

Como en el diseño de páginas webs, donde existen unas plantillas y la gente elige la que más le gusta para su portal, en España la gente trata de encajar en una tipología bien definida (el facha, el progre, el ecologista de ciudad, el neorural, el machista, el funcionario, el friqui). Esa personalidad viene ya con una plantilla determinada que lleva incorporada una cierta ideología que es difícil customizar. Así, cuando la gente te define ya en el grupo al que perteneces, sabe lo qué opinas de casi todo. Los pocos que no quieren elegir plantilla, los librepensadores, deberán pagar un alto precio; el de la incomprensión, en un país en el que ser realmente raro (no estoy hablando de Alaska y Mario) es el peor delito.

Este reduccionismo de la variada y rica realidad, llena de matices, promueve una pseudovida donde todo es ya previsible y donde las discusiones (entendiendo por discusión su parte más amable, el intercambio de ideas no afines) no aportan nada, porque ya conocemos de antemano la postura del otro. Si acaso, lo único que pueden aportar son cabreos, malentendidos y pérdidas de amistad, porque en España no nos han enseñado a disentir ni a admitir opiniones contrarias a las nuestras, sin interpretarlas como una afrenta personal. Si el Process (¡cuánto lo echo de menos!) dividió familias, la pandemia ha hecho otro tanto. Hay un puesto en el mercado de mi ciudad que ha colgado el letrero de “Aquí no se habla del coronavirus”, porque los clientes acababan peleando y no volviendo más.

La cuestión es que a raíz del tema de la Covid19 han aparecido nuevas plantillas y nuevos calificativos para ellas, porque es preciso clasificar a las personas respecto a este importante asunto. Están los terraplanistas, los conspiracionistas, los negacionistas, los anti vacunas. Todos ellos altamente peligrosos para la salud pública. Y luego están los ultraortodoxos, los que no se hacen preguntas y los que se tragan íntegramente la versión oficial. Una máxima del periodismo clásico era “no te creas nunca la versión oficial, comprueba que es verdad”. Bob Woodward y Carl Bernstein, los periodistas que destaparon el Watergate, no se la creyeron y ganaron el Premio Pulitzer en 1973. Algunos hoy los hubieran calificado de conspiracionistas.

La cuestión es que en este asunto solo puede haber dos extremos, dos posturas. Aquí no hay medias tintas. Si uno se hace ciertas preguntas y algo no le encaja ya pasa a ser un negacionista. El otro día, el hijo de una amiga, de 5 años, tras ver un vídeo donde la gente paseaba por Copenhague sin mascarilla le preguntó a su madre. “Mamá, ¿toda esta gente quiere morir?”. “¿Por qué?”, le contestó ella. “Porque no llevan mascarilla”. Bajo la observación de este chaval, libre de ideologías, se esconde la pregunta ¿es el uso de la mascarilla en espacios abiertos una decisión sanitaria o política? Uno solo se lo pregunta, sin tener una respuesta, pero la mayoría de la gente clasificaría ya a este niño bajo el epígrafe de conspiracionista.

Respecto a las vacunas, por ejemplo, solo hay dos posturas: o se está a favor o en contra. No se tienen en cuenta variantes como que hay muchas marcas de vacunas ( y unas son mejores que otras) que la vacuna de Moderna ( ¿no les suena a nombre de mercería antigua?), es más bien un nuevo medicamento, puesto que no actúa bajo los principios de las vacunas sino que modifica el ADN, o que las farmacéuticas se están saltando protocolos de seguridad en esta carrera contrarreloj para ver quien saca la primera fórmula. ¿Cómo calificamos a la persona que tenga sus reservas para pincharse este nuevo producto; como un antivacunas que pone en peligro la salud de los demás o como alguien prudente que valora la suya?

Veo también que las críticas a la gestión del actual gobierno, ya sea central o autonómico, son mal digeridas por los de izquierdas (les aseguro que no soy de derechas). Cuando denuncié en una red social que poco antes del confinamiento llegó a Palma de Mallorca un crucero lleno de italianos se me dijo que estaba haciendo un gran favor a la ultraderecha, y que si en las próximas elecciones ganaba Vox era por culpa de los que, como yo, no hacíamos la vista gorda ante estas cosas. ¿¿¿WTF??? ¿Ser de izquierdas significa ahora hacerse una lobotomía para dejar de ver la realidad y tragar con carros y carretas? ¿Dejar de ser un individuo pensante y crítico y pasar a ser un borrego? ¿Qué la izquierda no vuelva a ganar las elecciones depende de mí? ¿No será de sus actuaciones?

Creo que los ciudadanos de a pie ya cargamos con suficientes cosas como para echarnos ahora a la espalda la mala gestión de los políticos. Esa es su fantasía erótica, que nos peleemos entre nosotros y enfoquemos nuestra furia al vecino y no al verdadero culpable, pero conmigo que no cuenten. Creo que la gente debería apagar la tele, ver el mundo con sus propios ojos y sacar sus conclusiones. Pueden equivocarse y recular, pero hasta llegar al nivel de la OMS y demás organismos nacionales e internacionales todavía les queda un largo camino. Creo que deberíamos retomar un poco de espontaneidad y atrevernos a opinar y disentir, mientras todavía sea posible en esta nueva realidad. Creo que debemos hacernos preguntas, aunque no tengamos aún las respuestas. Y eso no nos hace conspiranoicos sino seres inteligentes.

Empecé este artículo con una cita que vi en Facebook y acabo con otra que decía algo así “Siempre se nos ha dicho que el peligro estaba en el lobo, pero en realidad está en las ovejas”.

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