¿Y si volviésemos al feminismo de los primeros tiempos?

  Preguntar a alguien si es feminista es ya una pregunta vaga porque ahora habría que acotar más la cuestión e indagar qué tipo de feminismo practica, porque hay muchos y muy variados. Desgraciadamente, este movimiento, como tantos otros, se ha fragmentado en los últimos años en subgéneros que ponen mayor o menor énfasis en…

Rita Abundancia

Foto de L’Odysée-Belle en Unsplash

 

Preguntar a alguien si es feminista es ya una pregunta vaga porque ahora habría que acotar más la cuestión e indagar qué tipo de feminismo practica, porque hay muchos y muy variados. Desgraciadamente, este movimiento, como tantos otros, se ha fragmentado en los últimos años en subgéneros que ponen mayor o menor énfasis en determinadas cuestiones. Algunas de ellas bastante triviales. Divide y perderás, que es la traducción del divide y vencerás de los poderosos.

Entre tantas corrientes, yo me inclino por la que sostienen la estadounidense, Nancy Fraser; la italiana, Cinzia Arruzza y la india, Tithi Bhattacharya y que expusieron en un libro titulado Manifesto de un feminismo para el 99%, publicado en 2019.

Para empezar, cualquiera que crea que existe la desigualdad de género, que es injusta y que debe desaparecer, puede considerarse feminista. La cuestión es cómo se aborda esa desigualdad; y estas tres mujeres se inclinan por combatirla desde diferentes campos, con especial énfasis en la lucha de clases. Si, ya sé que este concepto vive sus horas bajas, suena caduco, anticuado y casposo. Por eso seguimos donde estamos y por eso la mujer sigue siendo la subclase más baja dentro de las diferentes clases sociales. Ellas son siempre el sector más perjudicado en las sucesivas crisis económicas, las que antes pierden sus trabajos y las que más pronto ven reducidos sus salarios, las que más engrosan el paro y aquellas cuyos empleos sufren más la temporalidad. Pero incluso en las clases altas, las mujeres no abundan precisamente en las listas de Forbes de los más ricos de mundo, y si lo hacen es casi siempre por ser esposas o hijas de.

Este razonamiento hará que muchos digan: “claro, por eso siguen ahí, porque el problema está en el género”, pero abordar esta desigualdad desde la única perspectiva de género es intentar curar una enfermedad basándose únicamente en los síntomas y no en las causas. Algo que sabían muy bien feministas legendarias como Angela Davis cuando dijo, “el feminismo eficaz tiene que luchar contra la homofobia, la explotación de clase, raza y género, el capitalismo y el imperialismo”. Y por favor, que nadie entienda que una critica al capitalismo es, por definición, una defensa del comunismo o del marxismo. No estamos en la época de la Guerra Fría, ¿o seguimos en ella?. Esta misma filosofía es la que sostienen activistas más actuales como Kimberlé Williams Crenshaw, que acuñó el término interseccionalidad para definir  “el fenómeno por el cual cada individuo sufre opresión u ostenta privilegio en base a su pertenencia a múltiples categorías sociales”. Mientras Fannie Lou Hamer, otra feminista que entraría en este colectivo, sostiene la filosófica premisa que suscribo de que: “Nadie es libre hasta que todo el mundo lo sea”.

Es cierto que la brecha salarial de género sigue existiendo, especialmente en las grandes empresas privadas, que mantienen los sueldos de sus empleados como secretos de estado. Pero, ¿es interesante luchar por la igualdad salarial cuando esta puede significar igualdad en la miseria, con empleos basura y precarios?, ¿No sería más interesante luchar por unas condiciones laborales más beneficiosas para todos/as?

“El feminismo para el 99 % abraza la lucha de clases y pelea contra el racismo institucional”, cuenta este manifiesto. “Se centra en las preocupaciones de las mujeres de clase trabajadora de todo tipo: racializadas, migrantes o blancas; cistrans o de género no conforme; amas de casa o trabajadoras sexuales; pagadas por hora, por semana, por mes o no pagadas; desempleadas o precarias; jóvenes o ancianas. Incondicionalmente internacionalista, el feminismo para el 99 % no solo es antineoliberal, sino también anticapitalista”.

De hecho, Nancy Fraser ha criticado siempre el feminismo corporativo y liberal representado por Hilary Clinton. El de mujeres profesionales o directivas, relativamente privilegiadas, en su mayoría blancas, con formación y de clase media o media-alta, que intentan meter la cabeza en el mundo de los negocios o en los medios de comunicación. Escalar en la jerarquía de las empresas para ser tratadas de la misma forma que los hombres y tener sus mismos salarios y privilegios.

En mi trayectoria profesional, en diferentes revistas femeninas, he conocido a varios de estos especímenes, a los que en los últimos tiempos se les llenaba la boca con la palabra ‘feminismo’ al mismo tiempo que mantenían en sus redacciones a chicas sin contrato, mal pagadas y a las que se les ponían muchos peros a la hora de cogerse sus bajas maternales. Ellas veían compatibles estas actuaciones con su lucha de género. Yo no. Algunas recibían premios de asociaciones de mujeres por sus méritos, por haber roto el techo de cristal y lastimar con los pedazos a las de abajo. Yo siempre me preguntaba si recibir un premio de una sociedad machista puede ser motivo de orgullo para una mujer que se defina como feminista. Por eso me resonó el manifiesto del 99% cuando leí: “Nuestra respuesta al feminismo del lean in es el feminismo de la reacción activa (del kick-back). No tenemos ningún interés en romper techos de cristal y dejar que la gran mayoría limpie los vidrios rotos. Lejos de celebrar directoras generales que ocupen las oficinas con mejores vistas, queremos deshacernos de ellas y de esas oficinas prestigiosas”.

Las feministas de siglos pasados luchaban muy estrechamente con los movimientos obreros o los derechos civiles, sabedoras de que la mejora de su situación dependía también del éxito de esas luchas.

La Marcha de las mujeres en Pretoria, Sudáfrica (9 agosto de 1956), en la que participaron más de 20.000 féminas de todas las razas, algunas con bebés a sus espaldas, se hizo para protestar contra la ley de pases. Una normativa que obligaba a los ciudadanos negros a llevar un pase especial para entrar en las áreas reservadas a los blancos.

Los inicios del siglo XX están plagados de huelgas en el sector textil, como el levantamiento de las 20.000 en Nueva York (24 de noviembre de 1909), en el que trabajadoras que confeccionaban camisas salieron a la calle para exigir mejoras laborales, pero la protesta más épica fue la Huelga de Pan y Rosas en Lawrence, Massachusetts (1 de enero de 1912). Se llamó así porque una de sus banderas principales era conquistar el pan (simbolizado por un mejor salario) y las rosas (que se traducían en la exigencia de mejores condiciones de vida). Hay un precioso poema de James Oppenheim titulado Pan y rosas, que se ha convertido ya en himno y en canción protesta, y que alude a éstos hechos. “Mientras vamos marchando, marchando, luchamos también por los hombres/ Ya que ellos son hijos de mujeres, y los protegemos maternalmente otra vez/ Nuestras vidas no serán explotadas desde el nacimiento hasta la muerte/ los corazones padecen hambre al igual que los cuerpos/ ¡Dennos pan, pero también dennos rosas!”. No se me puede ocurrir una reivindicación más actual ni apropiada a los tiempos que corren.

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1 Comentario
  1. Gracias por tu artículo. Yo también veo en el feminismo actitudes que no me convencen. Tu artículo es una muy buena descripción de algunas de ellas.
    No por eso pierde legitimidad la lucha por la igualdad de la mujer. Del mismo modo que no es un comunista cualquiera que defienda una mayor justicia social.

    Enhorabuena.

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