Vivir sin televisión

Siete personas sin tele nos cuentan sus experiencias y su vida al margen de Sálvame, Gran Hermano, Operación Triunfo o MasterChef.

Rita Abundancia

Foto de Ajeet Mestry en Unsplash.

Desde su nacimiento, Internet ha menguado las audiencias de la tele al ser capaz de proporcionar los mismos contenidos a públicos especializados.

Un estudio sociológico que realizó la Universidad de Maryland y que se publicó en Social Indicators Research, sostiene que la gente infeliz consume un 20% más de televisión que los que se sienten a gusto. Al parecer, ver la tele es una actitud pasiva que produce un placer inmediato a expensas de un malestar a largo plazo; lo contrario a actividades como leer, pasear o relacionarse con los demás. Pero además, como dijo en su día Josephine Fairley, fundadora de la marca británica de chocolate orgánico, Green & Black’s “toda la gente brillante que conozco no ve la tele”.

El filósofo y escritor, Enric Puig Punyet.

Enric Puig Punyet (filósofo y escritor) “Si a la tele se le llamó la caja tonta, las redes sociales serían las cajas de interacción tontas”.

“Dejé de tener televisión cuando me fui a París a estudiar (hará unos 15 años) y no he vuelto a comprar una. No me supone ningún problema porque en los entornos culturales y alternativos, donde me muevo, cada vez más gente prescinde de ella”, cuenta este filósofo, profesor de la Universidad Abierta de Cataluña y director de la fábrica de creación artística La Escocesa, en Barcelona.

Enric se hizo popular con su libro La Gran Adicción. Cómo sobrevivir sin Internet y no aislarse del mundo (Arpa Editores, 2016), en el que analizaba casos de ‘exconectados’, término ideado por el autor para describir a los que habían decidido prescindir de la red, y hacía una reflexión sobre un uso menos adictivo de Internet. Un año después publicaba El Dorado. Una historia crítica de Internet (Clave Intelectual, 2017), donde arremetía contra los espejismos de la red: desde el ‘todo gratis’, hasta la fiebre del oro digital, que a los que verdaderamente enriquece es a los gigantes de Internet.

“Aunque se me clasifica ya como contrario a Internet, en realidad no es así. Lo uso, de lo que no soy tan partidario es de las redes sociales, nunca he estado en ninguna”.

“El declive de la televisión tiene que ver con la llegada de Internet que propone gratuidad y personalización de los contenidos. Las formulas televisivas quedan obsoletas, los jóvenes ya no ven casi la tele y las audiencias se mantienen con los mayores. Como apuntó Pablo Virnio, a finales del siglo XX, la masa (audiencia homogeneizada a la que se dirige la tele) se transforma en multitud (masa con diferentes gustos, que sacia su sed en la red).

Hay que admitir que, a la hora de crear hábitos de consumo, la televisión fue más considerada; ya que según Enric, “marcaba una división clara entre el tiempo de trabajo y el de ocio. Internet desdibuja todo eso. Estas trabajando pero paras para ver un vídeo y luego retomas la tarea; o estas cenando y te llega un email de trabajo. El lavado de cerebro en la red es más sutil, porque crees que eliges los contenidos pero, en realidad no es así. Hay algoritmos que van decidiendo por ti y que priorizan determinados temas y ocultan otros; y, por supuesto, los contenidos más visitados son los más visibles”.

El verdadero peligro de cambiar la tele por otro canal estaría, según Enric, en elegir otro peor, como las redes sociales. “Trabajamos gratis para ellas, para esa idea genial y espantosa de crear una plataforma vacía de contenido, para que llenen otros. Todo ese ejército de trabajadores que se reviste de un discurso de emprendimiento, marca personal, marketing y que cada vez son más profesionales y ofrecen una mejor calidad. Con la promesa de hacerse visibles, de darse a conocer, de ganar dinero (algo que solo alcanza un porcentaje insignificante), las redes sociales generan beneficios para los magnates de la red. Es como un casino, puedes hacerte millonario pero quien realmente gana es la banca”.

Este filósofo, que publicará próximamente Los Cuerpos rotos, una reflexión sobre la corporeidad en un mundo cada vez más digitalizado, cree necesario despertar el sentido crítico a través de movimientos sociales  que controlen la concentración de poder y riquezas en Internet. “Un movimiento social que abra los ojos a mecanismos instalados en la sociedad y que los haga visibles”, como ha ocurrido con el feminismo”.

Carlos Tena, en una de sus estancias en La Habana.

Carlos Tena (musicólogo, periodista). “He seguido el consejo de un director de programas, Ramón Diez, que en 1977 me dijo: haz televisión pero no la veas nunca”.

El guionista y presentador de programas musicales ya legendarios como Popgrama, Caja de Ritmos o Auanbabulubabalambambú vive sin televisión desde hace bastantes años, jubilado, a caballo entre Ronda (Málaga) y La Habana.

En realidad, lo que no ve Tena es la tele española. En Internet está suscrito a 170 canales de televisión y a VK.com y OK.ru, dos redes sociales rusas, donde se comparte música, cine, teatro, debates y donde encuentra infinidad de películas y una discoteca inimaginable.

“Cuando estoy en Cuba (la mitad del año, lo que ha hecho que allí me llamen el cubañol) sí que veo la tele. Es un poco aburrida y algunos programas son espantosos; pero no hay anuncios, tiene canales educativos, documentales cojonudos y un respeto a la política exterior, en la que no se inmuscuye. Antes, cuando la encendías, salía una frase de José Martí, que decía: “Un pueblo culto es un pueblo libre”.

Lo de la telefobia ya le viene a Tena de familia. “De niño, cuando llegó el invento de la tele, mi madre dijo que no. Ella era fan de la radio, así que mis compañeros de clase la veían pero yo no. Luego, cuando me casé con 34 años, mi señora quería tele. Yo nunca veía mis programas y eso a ella la enfadaba mucho”.

La carrera de este periodista musical empezó en la radio, cuando el franquismo vivía su apogeo, y donde llegó a ser delegado de programas musicales para Radio Nacional de España ante la Unión Europea de Radiodifusión, lo que suponía viajar por toda Europa, ir al Festival de Eurovisión, o a la OTI. “La censura, entonces, era previsible. Y más para mí, que siempre he ejercido la labor de ‘rasca cojones’. Recuerdo como en el año 74, el director de programas de RNE, Jorge Arandes, me dijo: “eres un gilipollas. No tenías que ser rojo y entonces serías el primero”.

Tena desgrana multitud anécdotas de aquellos años. “Entonces en la radio había que acabar la emisión con un grito de ¡arriba España! Una tarde suena el teléfono y una voz me dice: “los gritos patrióticos hay que darlos con más énfasis”. Al día siguiente, me alejo un poco del micrófono y chillo la consigna de despedida. El teléfono vuelve a sonar. Descuelgo y esta vez oigo: “no exagere, Tena, no exagere”. En otra ocasión, en el año 68, cuando hacía el programa radiofónico Hablando de discos, encontré en la discoteca un vinilo que se llamaba Canciones de amor y que era de Los Guaraníes de Francisco Marín. Allí estaba la canción Hasta siempre Comandante, sobre el Ché Guevara. Se les había colado a los censores y yo la ponía, conociendo su contenido. Al parecer, alguien de la Confederación de Exiliados de Cuba, la escuchó y se quejó a la radio. Enseguida me llamaron y yo les dije que el disco no era mío sino de la discoteca de RNE, lo que le costó a uno de los censores tres meses de suspensión de empleo y sueldo, por haberlo aprobado. El mismo censor me llamó después y me preguntó: ‘Oye Tena, ¿a ti te gustan las cosas prohibidas? Pues ven a mi casa que tengo muchas, y me pasaba libros y discos”.

Sin embargo, el escándalo que ocurrió con el grupo Las Vulpess y su canción Me gusta ser una zorra, que salió en su programa Caja de Ritmos, en Televisión Española, en 1983, no se lo esperaba nadie. El presentador tuvo que dimitir. Lo hizo quejándose de que altos cargos del PSOE habían pedido su cabeza y TVE dejó de emitir los programas que tenía grabados. “El fiscal general del estado pidió 10 años de cárcel para mí, por escándalo público en horario infantil. Por eso yo digo que no hay tanta diferencia entre la dictadura y lo que vino después”.

La televisión en sí no es un invento condenable, ni un aparato diabólico. Todo depende del uso que se haga de ella. “Antes había programas de más calidad. En los años 60, por ejemplo, estaba A Fondo, de Joaquín Soler Serrano, que entrevistaba a gente de la talla de Cortázar, García Márquez, Atahualpa Yupanqui, Dalí o Rafael Alberti. Y en La Clave, de José Luis Balbín, en el año 85, se debatía sobre república y monarquía. Ahora la tele es de los imitadores, no de los creadores. Yo la dejé en el 95, después de 30 años. Luego me propusieron hacer Operación Triunfo, pero me negué”.

Lorenzo Elbaz con su hijo Elías, que tampoco ve la tele.

Lorenzo Elbaz (fotógrafo, coordinador de proyectos en energías renovables). “Me han dicho muchas veces: ‘¡si no tienes tele para qué tienes un sofá!”.

Buen conversador y anfitrión, Elbaz es una biblioteca de anécdotas de su azarosa y dinámica existencia. Si la vida es movimiento, puede decirse que Lorenzo ha vivido, y ¡lo que le queda! A sus 56 años, separado y con un hijo de 15, se acaba de mudar a Palermo, donde ha encontrado trabajo como coordinador de proyectos en una empresa de energías renovables.

Hijo de padres franceses, con ascendencia argelina (sus padres eran los llamados ‘pieds noirs’ y su abuela se escapó de su matrimonio de conveniencia en Argelia, con la ayuda de su hermano), Lorenzo nació en Palma, estudió bellas artes en Barcelona y vivió en París e Inglaterra. Ha sido fotógrafo de prensa, ha construido muros de piedra de marés en los años del boom de la construcción en Mallorca y ha trabajado en el sector de la energía termosolar en Almería, además de otras muchas cosas. Pero lo que más le gusta es preparar una cena, invitar a gente y hablar, beber, bailar y lo que se tercie. En una palabra, vivir.

“Desde que salí de casa de mis padres no he vuelto a tener tele. Ni siquiera cuando mi hijo era pequeño. Hacíamos otras cosas, le ponía DVDs infantiles en el ordenador, nunca me pidió que le comprara una. De hecho, él tampoco la mira. Para mi está claro que es un instrumento de manipulación y adormecimiento colectivo. Podría haberse utilizado para todo lo contrario, pero se ha elegido esta vía y, en este sentido, hay que reconocer que han hecho un trabajo fantástico, ya que dos tercios de la población mundial está colgada de la tele y el fútbol”.

Hasta hace unos años, a Elbaz le gustaba leer los periódicos en el bar, pero este ejercicio ya no le satisface. “La prensa libre no existe, se puede decir que el 85% de los medios de comunicación mundiales están en manos de Bill Gates, Rupert Murdoch y Berlusconi. Los utilizan para inocular sus mensajes y vender sus productos. Me informo de la actualidad en periódicos online y en la radio, y trato de ver cabeceras de diferentes ideologías para hacerme mi propia idea de lo que ocurre, aunque tampoco me gusta estar enganchado a las noticias. Hoy en día es difícil no enterarte de las cosas, y creo que con ver el periódico cada 10 días ya es suficiente”.

Vivir de espaldas a la tele puede hacer que te pierdas algunas cosas, “como Juego de Tronos, una serie que me gustó porque es muy cinematográfica. Recuerdo también que cuando vivía en Londres, oía a españoles que decían cosas como ‘can de mor’, ‘fistro’ o ‘pecador de la pradera’. No entendía nada y, más tarde, descubrí al extraordinario Chiquito de la Calzada, pero creo que las ganancias superan con creces a estas pequeñas pérdidas”.

Lorenzo no cree que la pequeña pantalla vaya a desaparecer. “La nueva tele es el móvil, que lo engloba todo. Una máquina salida de la tecnología militar que nos vigila y que proporciona un voyerismo aceptado socialmente y bendecido, especialmente en las redes sociales. Yo estoy en Instagram, aunque sé que es una falsa esperanza de que alguien te mire, vea tus fotos y éstas tengan un cierto reconocimiento”.

“Las pantallas han acabado con la vida social y la tele sirve también como nexo de unión, pegamento, para parejas rotas; que pueden sentarse juntas cada noche sin tener que decirse nada. Recuerdo en un camping en los Pirineos que había un matrimonio mayor, viendo en la tele un documental de naturaleza”.

La periodista Beatriz Calvo Villoria.

Beatriz Calvo Villoria (periodista). “A los 26 años hice una performance. Cogí la tele y la llevé a un contenedor de basura”.

“La televisión, esa bestia insidiosa, esa medusa que convierte en piedra a millones de personas todas las noches, mirándola fijamente, esa sirena que llama y canta, que promete mucho y en realidad da muy poco”. La cita del libro Farenheit 451, de Ray Bradbury, es la contestación que me da Beatriz a mi pregunta respecto a la naturaleza de la pantalla mediana. “Ya dijo McLuhan que el medio es el mensaje y en la televisión es unidireccional, conectado a la ideología del gobierno de turno y generador de un pensamiento único. Yo a los 26 años hice un acto simbólico y tiré el aparato de televisión a un contenedor. Jamás he vuelto a tener ninguno”.

Beatriz Calvo es periodista, actualmente dirige su propia empresa, Sálama Comunicación, desde la que ofrece servicios profesionales en tres líneas fundamentales: comunicación, formación y consultoría en temas de desarrollo rural y medio ambiente. Tiene también un canal de televisión Ariadna TV, la rama audiovisual de Ecología del alma, un proyecto de comunicación y acción que busca despertar conciencias y encontrar soluciones a los problemas del siglo XXI.

Esta periodista trabajó como redactora jefe en Agenda Viva (lo que le valió el premio nacional de periodismo ambiental en el 2012 y 2013), la revista de ciencia y medioambiente de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente, a quien califica como “un chamán, alguien que estaba tan en contacto con la naturaleza, que aprendió de ella como de un libro. Y era también un visionario, como puede verse en sus programas y charlas”.

“Estoy muy desencantada con el periodismo actual. No me interesa como se cuenta la actualidad o el reportaje. Las noticias están totalmente tergiversadas, sin análisis. Pero esto es peligroso porque la información forma conciencia. La crisis del mundo es una crisis espiritual del hombre. Pero cuando hablas de espiritualidad, a la gente le da miedo o lo relacionan con la iglesia o con sectas. Yo no soy hostil a las religiones, porque casi todas esconden mucha sabiduría. Otra cosa son las instituciones religiosas, que están en crisis”.

Calvo ha tenido a lo largo de su vida ofertas para elaborar programas en la tele, que ha rechazado, “porque sé que no iba a poder hacer lo que yo quería. Cuando estudiaba periodismo y derecho entré en crisis al ver lo que me esperaba, la falta de alegría y brillo que había. Así que a los 20 años me fui a vivir a una cueva de las Alpujarras y monté un centro cultural que se llamaba La taberna del zen, donde había biblioteca, cineforum, flamenco, teatro, charlas. Más tardé monté dos comunidades en diferentes lugares de España, en zonas rurales.

La pandemia la ha obligado a reinventarse y se traslada al Valle de Baztan, en Navarra, donde pretende montar una ecoaldea y una escuela de salud, combinando su pasión por la palabra y la comunicación con su interés por la meditación y las tradiciones sapienciales que, según ella, son las únicas armas que nos pueden ayudar a cambiar nuestra consciencia, nuestra forma de entender el mundo.

Pedro Grifol haciendo uno de sus cócteles.

Pedro Grifol (pintor y fotoperiodista). “El único día que eché de menos la tele fue cuando cayeron las Torres Gemelas”.

“Soy un tipo raro, no tengo hijos ni tengo televisión. Y además, soy periodista. Todo junto es difícil de entender. Cuando dices que no ves la tele, la gente se piensa que es que la ves poco y de forma extraña. Los documentales de la 2, las noticias y nada más; pero en mi caso es que no tengo el aparato. Solo tengo una pantalla para ver películas, a modo de cine. De hecho, ha habido momentos en que la he echado de menos. La caída de las Torres Gemelas o el final de las Olimpiadas de Japón, que fui a ver a casa de un amigo”.

Pedro Grifol, pintor con más de 25 exposiciones individuales a sus espaldas, además de algunos premios (Premio Nacional de Dibujo en 1995, y de Grabado en 2010), es de esos periodistas que ya no quedan y que desgrana anécdotas de cuando el oficio era más apasionante y se pagaba mejor. Actualmente colabora en varias revistas (Viajar, Sobremesa, DeViajes o El Economista.com), donde publica sus reportajes, la mayoría de viajes. La cuarentena la pasó haciendo cócteles (‘40 días cuarenta cócteles’) en su propio canal de Youtube, Grifol’s bar.

“¿Que cómo defiendo mi postura telefóbica? Simplemente me veo incapaz de ver programas como MasterChef, Sálvame o Gran Hermano, que constituyen la esencia de lo que es la televisión. Son tóxicos y no son buenos, ni para mi espíritu ni para mi salud. Sé que existen y conozco a sus presentadores y a algunos personajes que salen en ellos por las revistas de los quioscos. Pero, lo peor de todo, es que son mentira, es un gran montaje donde la gente interpreta un papel asignado previamente. Los informativos de la tele son también soporíferos y repiten sus titulares hasta la saciedad. Y hay otra cosa que, como artista y persona que le da cierta importancia a la estética, me chirría: los decorados de los programas e informativos son ridículos y horrorosos, al igual que los maquillajes y los pelos de muchas presentadoras”.

Grifol echa de menos la frescura del directo de la tele con la que creció. “Yo llegué a ver anuncios en directo, que hacía la ventrílocua alemana Herta Frankel, con su marioneta la Perrita Marilín. La Clave o Esta es su vida, eran programas que se hacían en directo y esta fórmula, sin posibilidad de censura o cortes, ha dejado gloriosos episodios, como el mantra de Francisco Umbral en el programa Queremos saber de Mercedes Milá “yo aquí he venido a hablar de mi libro”. Este formato exigía también de buenos profesionales, presentadores, cámaras, guionistas. Ahora puede salir cualquier chiflado”.

El periodista, que tiene ya casi 70 años y piensa instalarse, permanentemente, en esta edad, espera que la vejez no le haga claudicar de sus principios y llegar sin tele hasta la tumba. “Consume mucho tiempo, que yo reservo para  pintar, hacer fotos, escribir, ver películas. Los artistas podemos estar tristes pero nunca aburridos”. El único problema de mantener su estilo de vida ha sido congeniar su ideario ‘anti mediana pantalla’ con el de sus parejas. “He tenido suerte y casi siempre hemos coincidido. Ha habido más conflictos con las respectivas familias políticas, que casi nunca entendían que no quisiera compartir la sobremesa de los domingos, frente a la, entonces, pequeña pantalla”.

Marianna y Santiago (artesanos). “¿La tele te sirve a ti, o eres tú quien sirve a la tele?”.

El campo es un sustituto inmejorable de las pantallas porque cambia constantemente, hipnotiza y requiere de cuidados diarios que, como la naturaleza es generosa en grado máximo, se traducen luego en innumerables beneficios. Así que si hay un lugar donde uno pueda olvidarse de este aparato es en contacto directo con lo rural. Marianna y Santiago (ambos de 43 años), son artesanos y elaboran bisutería que luego venden en tiendas y mercados. Viven en un pueblecito de la Sierra de Gata (Cáceres), en una casa con finca, donde cultivan sus verduras y prefieren no salir en la foto.

Ella es de Sicilia y está sin televisión desde los 19 años, cuando dejó la casa de sus padres. “No fue ninguna decisión autoimpuesta. Nunca me sedujo lo que ocurría en esa pantalla casera, no me llamaba la atención. Prefería jugar fuera o hacer otras cosas. Así que jamás me he planteado comprar una”, cuenta Marianna. Santiago ha estado más acostumbrado a vivir con el aparato presidiendo el salón de casa, pero las preferencias de su compañera han prevalecido. “Contamos con la ventaja de que no tenemos niños, sino sería más complicado. Conozco padres que han comprado tele porque sus hijos se la han pedido”, comenta él.

La casa donde viven no está conectada a la red eléctrica y la energía, limitada, proviene de paneles solares. “Tenemos Internet, tablet y ordenador, pero no siempre hay suficiente autonomía para ver una película”. Lo que si le gusta a ambos es leer los periódicos digitales, españoles e italianos.

“La televisión quita mucho tiempo, La gente le dedica un mínimo de dos a tres horas diarias, que nosotros invertimos en trabajar en la huerta, escuchar música, hacer artesanía o sentarse a tomar una cerveza frente a la casa”, cuenta Marianna, “pero, además, crea un pensamiento, una estética, un lenguaje y unas actitudes estandarizadas. Una forma de comunicarse muy agresiva, que veo cuando voy a casa de mis suegros”.

“La tele piensa por ti. Y muchos agradecen ese trabajo. Veo también que la gente que consume mucha televisión va perdiendo sus habilidades sociales”, cuenta Santiago, “en la Sierra de Gata hemos creado un grupo de consumo alternativo, que prive la economía local o el intercambio entre los vecinos. En las reuniones observo que, cuando la gente no está de acuerdo se acusan unos a otros, se atacan. No saben manejar esa diversidad de opiniones de forma pacífica; y eso, en parte, es consecuencia del pensamiento homogeneizado con el que se han criado al calor de la ‘programación’, nunca mejor dicho”.

 

 

6+
Sin Comentarios

Deja una respuesta

Tu email no será publicado.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.