Destinos inconfesables

Manikarnika Ghat (Varanasi), donde la muerte hace su striptease

Iniciamos esta sección de ‘destinos inconfesables’, aquellos que por diversas razones resultan incómodos y poco frecuentados por los turistas habituales, con un relato sobre Manikarnika, el mayor crematorio al aire libre de la India y del mundo.

Texto y fotos: Rita Abundancia 

Comitiva fúnebre de camino a Manikarnika Ghat.

 

Llueve en la ciudad sagrada y las pequeñas y empedradas calles que llevan a los ghats, esos muelles fascinantes a través de los cuales Benarés se asoma al Ganges y que conforman auténticos microcosmos, están húmedas y resbaladizas. A pesar de todo, los  hombres que transportan el cadáver en una camilla improvisada y que llevan por todo calzado unas chancletas viejísimas, sucias y a punto de romperse no dan un paso en falso, no tropiezan ni resbalan aun cuando su andar es acelerado, acompañado de un cántico que ha perdido ya toda intención para convertirse en una murga incesante.

Quizás antes las telas que hoy tapan al difunto y el anda que lo sostiene eran tules, brocados,  algodones indios con esos tintes de colores intensos, pero últimamente se han sustituido por ornamentos baratos de un material inclasificable, similar al de los adornos navideños que venden los bazares chinos, con ese brillo extra que podría divisarse desde un satélite espacial.

Tras dejar atrás un laberinto de callejuelas a las que ya casi nadie se asoma desde las ventanas o puertas, puesto que el espectáculo se ha vuelto algo cotidiano, la comitiva fúnebre llega a la explanada que conforma el ghat de Manikarnika. El mayor crematorio al aire libre de la India, donde arden hasta convertirse en cenizas una media de 200 cuerpos diarios.

India es el único país del mundo que ofrece la posibilidad de ver en vivo y en directo como los cadáveres van siendo devorados por el fuego, sin entrada ni recargo alguno. La muerte, que tan vergonzosamente se esconde y censura en la mayor parte del mundo, aquí se pasea desnuda, hace un striptease, y seduce a su audiencia de tal manera que, tras el impacto de ver como un cuerpo se va consumiendo sobre las llamas, como alguien viene y le da la vuelta con un palo para que se haga del otro lado y hasta escuchar un ruido sordo que, según cuentan, es el que produce el cráneo al estallar, uno acaba volviendo a este lugar indescriptible, donde la muerte se exhibe sin pudor.

Durante mi estancia en Benarés, cada día me levantaba con la idea de encontrar un hueco para pasarme por Manikarnika y, una vez allí, me sentaba en las escaleras con la única misión de contemplar el espectáculo, cada día apasionante. Siempre el mismo y siempre sorprendente.

A las personas con las que he coincidido y que han visitado este lugar les he preguntado sobre sus sensaciones y todas me han confesado su incomprensible fascinación hacia el mismo, ese imán al que es difícil escapar, a pesar del macabro espectáculo. Uno podría decir que la muerte, en vida, es un poderoso reconstituyente, un tónico general que debería prescribirse en casos de depresión. Una visita al día a Manikarnika aumenta los niveles de serotonina y estimula la producción de neurotransmisores. Tal vez por llevar la contraria, a uno le entran ganas de vivir; por eso Benarés, la ciudad a la que todo el que puede se acerca a morir (porque se quema más el karma y se acelera el ciclo de reencarnaciones), es uno de los lugares más vitales que he conocido. Rebosante de música, arte, fiestas y drogas. Como dicen los yoguis, nadie como la muerte para enseñarnos el arte de la vida.

Inmediaciones de Manikarnika.

Pero la muerte es también un negocio, y en esta ciudad de los más lucrativos. La casta de los intocables, la más baja de la India, es la única que puede ‘ocuparse’ de los muertos y, curiosamente, la más rica en Benarés, donde la clientela está siempre asegurada. Una cremación suele costar desde 10.000 rupias (127 euros), dependiendo, sobre todo, del tipo de leña que se utilice.

Infinidad de troncos se apilan en las callejuelas adyacentes a Manikarnika, creando auténticos muros junto a pequeños templos o torreones, y formando un decorado de ciencia ficción. Enormes balanzas donde en un lado se pone la madera y en el otro al muerto, para así determinar la cantidad de leña necesaria para su incineración. Una imagen tan potente que admitiría cualquier tipo de metáfora: la vida y la muerte, lo material y lo espiritual, el cielo y el infierno, la sabiduría y la estupidez humana… Todo tiene cabida en la verdadera hoguera de las vanidades; donde, incluso después de muerto, todavía hay clases sociales y anatomías que arden mejor que otras. Todo depende del dinero que uno esté dispuesto a desembolsar y así, los pobres compran leña húmeda (más barata) y los ricos de la seca; al mismo tiempo que todo tipo de aceites y sándalo, para perfumar la destrucción de esa carcasa con la que muchos identificaron su vana existencia. Contrariamente a lo que se pudiera pensar, aquí no huele a carne quemada sino a incienso, a hoguera, a esencias, a excrementos de animales. Más que a muerte, en Manikarnika huele a humanidad.

Todo este proceso transcurre en un rocambolesco escenario donde, a orillas del río, no faltan las vacas que comen los collares de flores que los difuntos ya no necesitarán; cabras ataviadas con camisetas, que intentan hacer otro tanto, niños que vuelan sus cometas entre los escombros y cenizas; hombres que discuten y regatean el precio final del sepelio, después de darle su último baño en el Ganges al que acaba de abandonar el mundo de los vivos. Por todas partes pululan intocables cargados de troncos que mantienen las pequeñas hogueras sobre las que se colocarán a los muertos. Cuerpos perfectamente musculados, sin un atisbo de grasa y que se mantienen con el mínimo aporte calórico. Anatomías que ni el mejor entrenador personal conseguiría jamás y que aquí las regala la escasez, el río sagrado, el karma, el Samsara.

Manikarnika no es lugar frecuentado por mujeres, excepto las extranjeras, ya que los indios consideran que el llanto, propio de los delicados espíritus femeninos, impide al alma desprenderse del cuerpo como es debido y comenzar su viaje.

Visitar de noche este lugar es algo todavía más sobrecogedor porque las hogueras brillan en la oscuridad mientras, en un negro Ganges, las barcazas cargadas de leña esperan su turno para desembarcar. No está permitido sacar fotos en esta metáfora del averno, pero se sacan. La tentación de intentar alcanzar lo imposible, plasmar en una imagen la encarnación de la muerte, es demasiado fuerte en la era de los móviles e Instagram. Otra cosa es que se consiga. La figura del guía local, el cuentapropista que pretende sacarse unas rupias haciendo de comentarista de este show macabro, a modo de Dante en La Divina Comedia, es cada vez más numerosa en este ghat, y uno de los anzuelos que se tira al mar del marketing es el de prometer lugares discretos desde donde tomar las fotos prohibidas.

Balanza y leña apilada.

Tras varias visitas a Manikarnika, la muerte pierde su solemnidad para convertirse en un elemento cotidiano. Un observador atento puede saber ya cuándo la hoguera está preparada para recibir el cuerpo o cuando hay que darle la vuelta al cadáver para que las llamas lo consuman del otro lado. Y desde luego, los sepelios ‘civilizados’ empiezan a parecer mucho más siniestros (como esas películas de terror psicológico, que dan mucho más miedo que los monstruos) y desprovistos de cualquier significado. En Occidente uno muere aséptica y anónimamente como, seguramente, vivió.

Aquí, sin embargo, los muertos se funden, se disuelven con la vida y sus cenizas, sus micro partículas, viajan en el aire para depositarse en el pelo y entrar en las fosas nasales. Prácticamente, puede decirse que aquí uno está respirando la muerte.

Sadu en el ghat de Manikarnika.

Pero no solo lo que arde en Manikarnika es interesante, también lo son los personajes locales que pululan por sus alrededores. Gurús que prometen un acercamiento a la iluminación a precio de saldo, vendedores de bhang (marihuana) que ofrecen un atajo para alcanzar lo mismo en escasos minutos, jóvenes que te piden hacerse un selfie con ellos, como si fueras una estrella de cine, y personas con ganas de hablar e intenciones poco claras (no siempre oscuras). A los indios les gusta acercarse a los desconocidos y mantienen todavía una cierta curiosidad infantil. Preguntan de dónde eres, cuántos días llevas en la ciudad o What is your cualification? Cuando visité Manikarnika, había un sadu instalado en el ghat que vestía un minúsculo tanga, recubría su piel con las cenizas del crematorio y robaba leños y brasas de las hogueras para calentarse. A menudo estos ascetas, que eligen la vida austera para obtener la iluminación, cuentan también con muy mala leche, tienen un pésimo concepto del ser humano, se comunican por sonidos (evitan la palabra), gruñen y se rodean de perros y chacales, únicos seres en los que confían. En un momento dado, este hombre me hizo señas para que me acercara. Una espera grandes palabras de alguien así pero él, basándose en mi aspecto, se limitó a preguntarme en un perfecto inglés de Cambridge, Are you russian?

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