Turismofobia versus turismofilia

La lectura diaria de los periódicos me produce todo un abanico de emociones: rabia, ira, decepción, miedo, alegría, esperanza (éstas dos últimas, con muy poca frecuencia) y vergüenza ajena; a menudo unida a unos deseos irrefrenables de hacer las maletas y emigrar (como gallega que soy), aunque la pregunta del millón es dónde. Hace unos…

Rita Abundancia

La lectura diaria de los periódicos me produce todo un abanico de emociones: rabia, ira, decepción, miedo, alegría, esperanza (éstas dos últimas, con muy poca frecuencia) y vergüenza ajena; a menudo unida a unos deseos irrefrenables de hacer las maletas y emigrar (como gallega que soy), aunque la pregunta del millón es dónde.

Hace unos días la visión de unas imágenes en las que unos alemanes llegaban a Mallorca (los que forman parte del plan piloto de reactivación del turismo), y eran recibidos con aplausos por los empleados del hotel en el que se iban a hospedar, se hizo con el galardón Tierra trágame, no puede ser verdad, del 2020. Y creo que va a ser complicado que alguien o algo le arrebate el premio este año.

De hecho, si el vídeo se pasara a blanco y negro y se cambiara el estilismo de visitantes y visitados, tendríamos un remake de Bienvenido Mr Marshall (1953), la genial obra de Berlanga. ¿Se acuerdan: “os recibimos, americanos (en este caso alemanes) con alegría, olé mi mare, olé mi suegra y olé mi tía”. Claro que las imágenes también pueden recordar a esos lores ingleses que llegaban a su castillo y la servidumbre los esperaba a la puerta de sus mansiones, para darles la bienvenida, bajo un cielo permanentemente nublado.

Me pregunto de quién partiría la iniciativa de agradecer, tan calurosamente, a los turistas que nos hayan elegido para su solaz y descanso. ¿De las camareras de pisos, a las que se las ve con sus mascarillas en las escaleras? ¿Esas que deben hacer entre 18 y 20 habitaciones diarias, más las zonas comunes, y que acumulan dolores de espalda y afecciones derivadas de la manipulación e inhalación de productos químicos (limpiadores y desinfectantes)? ¿O, tal vez ha salido de los dueños del hotel que, sin estar presentes, deben rendir pleitesía a los turoperadores, que les compran las plazas hoteleras de un año para otro y así pueden dormir tranquilos?

Pienso también en los que llegan, que no son premios nobeles, ni sanitarios que hayan luchado a brazo partido con el Covid 19; sino simples ciudadanos que viene a por su ración anual de sol, a beber cerveza, a bañarse en playas cada vez más sucias, a comer tapas a precio de caviar, a comprar una camiseta para algún familiar y a volver a Düselsorff, Frankurt o Munich rojos como cangrejos. ¿Qué pensarán de los calurosos aplausos? Yo sospecharía de un lugar que me recibe con tanta desesperación disfrazada de entusiasmo. He estado en el llamado Tercer Mundo muchas veces y nadie me ha besado los pies cuando he llegado al hotel, afortunadamente. Muchos países, más pobres que nosotros, mantienen una cierta dignidad, un cierto orgullo incluso en época de vacas flacas que deberíamos imitar. ¡Ya están los alemanes bastante empoderados con Mallorca (a la que muchos consideran como una región más de su país) para que nosotros nos tiremos en plancha cada vez que llegan! ¡Un poco de dignidad, señores!

Es una pena que, en España, los lugares que viven mayormente del turismo hayan mantenido siempre un amor-odio hacía sus visitantes, en vez de una sana relación de interdependencia, que sería lo deseable. Los turistas son ese mal que hay que soportar, porque nos hemos forrado a costa de ellos. Se les recibe con una sonrisa y luego, con los amigos, se cuentan anécdotas graciosas, propias de la ‘picaresca’ española. He escuchado a taxistas en Mallorca contar, entre risotadas, como le cogían un billete de 50 € a un inglés borracho; en vez del de 20 €, que era el que tocaba. Y, además, el británico se lo agradecía, con una propina.

En los últimos años, los habitantes de algunas ciudades españolas (Madrid, Barcelona, Valencia, Palma) han visto cómo sus lugares de residencia se convertían en parques temáticos. Los alquileres subían alarmantemente y el hecho de encontrar casa para vivir era misión imposible para los residentes. Los edificios de las zonas antiguas se destinaban a Airbnb y se cobraban precios desorbitados por una estancia de una semana en un piso con carácter (léase, una mierda). Los extranjeros pudientes compraban o alquilaban bajos para poner sus negocios y mercerías, librerías, zapaterías o bares de toda la vida cerraban. ¡Tanto les gustaba Palma a los suecos que la convertían en una aburrida zona residencial escandinava, con tiendas carísimas!

Desgraciadamente, los locales de música de la zona vieja de muchas urbes se han ido cerrando paulatinamente y se han cambiado por restaurantes de lujo ( que dejan más beneficio). De esos donde hay un silencio sepulcral y tienes que hablar muy bajo para que el camarero no te oiga. Al mismo tiempo, los trabajadores temporeros, que hacen el verano en la costa, están acostumbrados ya a alojarse en todo tipo de extraños lugares. En Ibiza, el verano pasado, se alquilaban balcones para dormir a 600 €. Y, claro, la gente ha empezado a desarrollar una creciente turismofobia, porque residentes y trabajadores se llevan una porción muy ínfima del gran pastel del turismo; que ellos, y solo ellos, deben atender, servir y soportar.

Pero resulta que un pequeño virus microscópico ha cambiado, en cuestión de meses, el panorama de la floreciente industria de las vacaciones, en este mundo tan falto de términos medios. O calvo o tres pelucas, y ahora los visitantes son esos maravillosos seres que nos dan trabajo, llenan nuestros hoteles, adornan nuestras playas y entran en nuestras tiendas. ¡Vengan, por favor! ¡Spain is still different!

Pensando en esta eterna oscilación española entre el odio y el amor hacia los que nos visitan, se me ocurrió el otro día una posible solución intermedia. Puesto que todo se ha pasado al mundo digital, ¿qué tal si inventamos las televacaciones? El turista paga y, a cambio, se le envían unos detallados vídeos del lugar, un autobronceador, algunos souvenirs, anécdotas sobre el carácter español, una paella deshidratada y algunas botellas de vino y, si además, nos manda fotos suyas, las insertamos con Photoshop frente a los monumentos más destacados del lugar. Así todos saldríamos ganando; ellos se ahorrarían los sinsabores del viaje y los peligros del contagio, y nosotros acabaríamos con la turismofobia y los patéticos aplausos.

 

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