Cuento de Navidad. Temas de conversación prohibidos

  A las siete de la tarde del 24 de diciembre del 2020 el metro de Madrid estaba en su mejor momento porque gran parte de los habitantes de la urbe se encontraban en circunstancias similares. Había que asistir a la cena familiar de Nochebuena, había que llevar algo de comida, vino, turrones o postres.…

Rita Abundancia

Foto de Tim Mossholderg en Unsplash

 

A las siete de la tarde del 24 de diciembre del 2020 el metro de Madrid estaba en su mejor momento porque gran parte de los habitantes de la urbe se encontraban en circunstancias similares. Había que asistir a la cena familiar de Nochebuena, había que llevar algo de comida, vino, turrones o postres. Era mejor prescindir del coche si se quería beber y aparcar, y la opción del taxi estaba ya descartada hace tiempo por los atascos o por la economía de guerra, instaurada desde hace meses en gran parte de los hogares.

Así que el trasporte público era la única opción. La distancia social era una broma en la estación de Callao. Vamos, que si alguien echaba de menos el calor humano en estas fiestas lo único que tenía que hacer era darse un viajecito en metro para acabar anhelando la soledad.

-“Te dije que era mejor ir andando. La casa de mi hermano no queda tan lejos”, dijo Martín a Eva, su mujer. “¿Y cargar con todo esto?”, le contestó ella.

En el andén, un Winnie the Pooh cabezón y sin mascarilla había descubierto que el negocio estaba bajo tierra y no en la plaza pasando frío (al menos hasta que algún guardia jurado lo echase); y que muchos niños querrían enseñar a sus primos o abuelos una foto en el metro con el osete en cuestión. “No creo que los chavales de hoy en día hayan leído a Winnie the Pooh. Ni yo mismo sé muy bien quién era o qué hacía, siempre me pareció muy blando, pero el puto the Pooh vive de rentas, el muy cabrón”, pensó Martín mientras intentaba que el chico que tenía detrás no le clavara su mochila en la espalda.

La cena se hacía este año en la casa de Jorge, el hermano de Martín. Bueno, no exactamente en su casa. Sería más correcto decir en uno de sus dos pisos que antes de la pandemia dedicaba a alquilar a turistas en Airbnb, aunque no eran suyos sino alquilados. Ahora estaban vacíos y por eso Jorge propuso que se hiciera la cena en uno de ellos, el más amplio, donde había sitio de sobra y donde, en caso de que la cosa se prolongara más allá del toque de queda, la gente se podía quedar a dormir.

-“Espero que haya puesto algo de calefacción. No quiero acabar congelada. Y a las 12:00, como mucho, plegamos. Ya veremos como volvemos a casa. Aunque sea andando, total vamos ya sin peso” dijo Eva mientras esperaban a que Jorge abriera la puerta.

“¿Cómo hará para pagar los alquileres, porque turistas ya no hay desde hace muchos meses?”, pareció preguntar Martín al felpudo al que miraba y donde se leía en grandes letras ‘Home sweet home’.

Los temores de Eva se confirmaron al entrar en un salón frío no, lo siguiente, como ella misma habría dicho, y en el que estaban ya dos invitados. Francisca, su cuñada, estaba con una visera-pantalla de plástico que le protegía la cara y había otra persona más a quien no conocía. Era Osvaldo, un chileno amigo de Jorge. “Lo he invitado porque está solo y no tiene a nadie con quien cenar. Pero no os preocupéis, podemos pelearnos igual”, dijo el anfitrión.

La acción de cerrar la ventana por parte de Eva no gustó a Francis, que venía abrigada como para hacer una travesía por el Ártico. “Es mejor tener algo abierto para que corra el aire”, dijo. “Es mejor no coger una pulmonía y acabar en el hospital”, contestó su cuñada, “allí las posibilidades de hacerse con el virus se multiplican”.

Poco a poco los otros invitados fueron llegando. Primero Carlos, el padre, que con 79 años se mantenía bastante bien. Al ver a su hija Francisca, que trabajaba en Correos, con la pantalla le preguntó si se había cambiado al sector de la metalurgia, cosa que a ella no le hizo mucha gracia pero prefirió no devolver el golpe. Había resuelto no pelear ni entrar en provocaciones, pasara lo que pasara. Tenía bien claro que su prudencia y observación de las normas sería criticada esa noche, pero ella permanecería en su puesto. “Si la pandemia había minado el raciocinio de muchas mentes hasta el punto de que ya la gente creía en conspiraciones, lagartos, extraterrestres y microchips implantados para controlar a la humanidad; la suya no había llegado a esos extremos. Y la cosa no era para avergonzarse ni ocultarlo”, pensaba.

-“Bueno Jorge, ¿Y qué tal va la vida?, ¿De qué vives ahora porque turistas no hay muchos y pagar el alquiler de estos pisos…?”, preguntó el padre.

La economía de Jorge era un misterio insondable en la familia y aun sin resolver, porque no se le conocía un trabajo oficial. Así que éste tenía siempre a mano una serie de contestaciones vagas e imprecisas para abortar el tema, tipo: “bueno, estoy esperando que me salga una cosa que tiene buena pinta” o hacer referencia a intentos fallidos de buscar trabajo en el pasado. De todas formas, este tipo de preguntas hace tiempo que ya no se formulaban porque la economía de la gran mayoría de la gente era cada vez más Jorgiana, incomprensible y monocromática, con una especial inclinación hacia el negro. Ya nadie preguntaba esas cosas pero su padre era de la vieja escuela, además de un tocapelotas.

Esta vez fue el timbre el que lo salvó de contestar y corrió a abrir la puerta a su otra hermana, Ana, que venía acompañada de su hijo Pedro, un chaval de 21 años, que ni estudiaba ni trabajaba. Además de matrona, Ana era vegetariana y siempre traía opciones sin carne para ella, que acababan en los estómagos de todos, como sus deliciosas croquetas de espinacas y queso. Mientras disponía en la cocina, con su hermano Jorge, las cosas para llevarlas a la mesa, Martín le preguntó: “¿sigues sin comer carne?, ¿qué vas a hacer cuando llegue el apocalipsis zombi?”. “Comerte a ti, brother. Contigo tengo para unos meses”, contestó ella.

-“Bueno, ¿qué temas de conversación prohibidos tenemos este año?”, dijo el padre que vivía ya en ese descontraído ‘me-da-todo-igual’ de algunos mayores. “El año pasado recuerdo que era el Process. ¡Quien nos lo diera hoy!, ¿Verdad?”.

-“Este año no hay. Intenté hacer una lista pero cualquier asunto se ha convertido ya en un punto de fricción. Lo han montado todo muy bien y han conseguido dividir a la población en casi todos los ámbitos de la vida”, dijo Jorge.

-“¿A quiénes te refieres?”, preguntó la empleada de correos, “sospechaba que serías conspiracionista. Existen unas fuerzas del mal, unos señores que se reúnen para acabar con el mundo (en el que, curiosamente, ellos mismos también viven) y que manejan los hilos de la política y la economía. Pero ¿quiénes son esos, son humanos, extraterrestres, lagartos?

-“¿Tú te crees todo lo que sale en la tele?”, intervino Ana, “yo no niego que haya un virus pero las cifras oficiales, los hospitales siempre saturados, las medidas tomadas por los supuestos expertos (que a día de hoy, aún no sabemos quiénes son), los metros abarrotados mientras impiden a la gente que salga a la calle a determinadas horas (como si el virus tuviera un horario de mayor virulencia), la gente que ya solo muere por coronavirus, como si las demás enfermedades hubieran desaparecido. El control cada vez mayor de la población ¿Te parece esto normal?”.

-“Yo lo que he visto es que ha muerto mucha gente, y siguen muriendo”, contestó Francis, “es que una pandemia es algo complicado. Es un virus nuevo, no se sabe muy bien cómo actúa y se va cambiando sobre la marcha. Pero ocurre en todos los países, no solo en España. Mira Alemania ahora como está. Lo que pasa en que en otros sitios la gente es más cívica y cumple las normas. Pero aquí es un pitorreo, mucha gente sigue sin llevar mascarilla y los jóvenes, que se creen inmortales, continúan su vida como si nada, van de botellón, se lían unos con otros, fiestas y juerga porque se les ha educado así, en el que pueden hacer lo que les da la gana”.

Por alusiones Pedro se vio obligado a contestar. “Claro, los jóvenes tenemos la culpa de los contagios con nuestros fiestones y orgias diarios. Por cierto, tía, ya que estás tan enterada dime dónde son para ir a alguno”.

-“Yo veo los fines de semana a las chicas, sobre todo a ellas, muy pintadas y preparadas, con sus pantaloncitos cortos y sus tacones. Y no creo que se pongan así para ir solo al bar o al Retiro. Estaría bien seguirlas para saber que hacen. Y ellos lo mismo”, añadió el padre.

-“¿Y desde cuando está prohibido arreglarse?” preguntó Pedro que se veía en franca desventaja tratando de defender a la juventud. “Joder, es que si no te arreglas eres un perro flauta, pero si te vistes bien ya eres sospechoso. Tal vez quieran vivir un poco, ¿no?”.

-“Sí, claro tenéis que vivir, pero yo a tu edad ya estaba trabajando en Correos y me levantaba cada día a las 6:00 de la mañana porque mi piso estaba al otro lado de Madrid”, comentó su tía.

-“La diferencia”, intervino Ana, “es que tú a los 25 ya tenías una hipoteca que pagaste en pocos años y tenías trabajo fijo. Los jóvenes de ahora puede que no tengan eso jamás. Y por cierto, además de salir cada noche de juerga e infectar a sus abuelos; hay también muchos jóvenes que se suicidan. Pero eso no sale en la televisión”.

-“La juventud de hoy en día es muy blanda. Ha sido criada entre algodones. Si tuvieran que aguantar lo que otras generaciones, la guerra o los campos de concentración, no durarían ni un día. ¡Si ya les da un ataque cuando se les estropea el móvil y tienen que estar 24 horas sin él!”, dijo Carlos, el padre, contentándose con este simple pero contundente argumento.

Martín y su mujer Eva, que regentaban una pequeña distribuidora de bebidas alcohólicas, que eran autónomos y que en los últimos meses habían derivado de ser votantes del PP a Vox, por obra y gracia del cabreo gestionado cada vez más hacia la derecha, habían tenido poco protagonismo pero ahora Martín salía al ruedo. “Si papá, tu tuviste una vida terrible. Para empezar no viviste la guerra civil, por mucho que quieras ponerte medallas aún a costa de parecer más viejo. Es verdad que naciste en la post guerra pero pudiste estudiar, tener un trabajo fijo, comprarte dos casas y jubilarte con una pensión decente. Fantasías animadas de ayer, pero no de hoy y menos de mañana”.

-“Entonces es que algo de culpa tendréis las generaciones de ahora. Si todo está tan mal no será por mí. ¡Vamos, digo yo!”, se defendió Carlos, que únicamente perdía su relajo cuando alguien intentaba pintar su vida como fácil.

-“Por mí tampoco”, siguió Martín visiblemente cabreado. “Trabajo como un negro para pagar impuestos que debo seguir pagando aunque me cierren el negocio. La culpa es de los políticos que son como hijos yonquis. Lo único que hacen es sacarte el dinero. Y no te cuento ya con el gobierno comunista que tenemos ahora. Acabaremos en un gulag, pero la gente tiene mucho aguante o está aborregada, que es lo peor”.

-“¿No os han dado ayudas a los autónomos?”, preguntó el anfitrión a su hermano.

-“La ayuda”, contestó Martín, “es que puedes pagar más tarde, pero tienes que pagar. Si fuera negro y hubiera llegado en patera, tal vez estaría en un hotel de cinco estrellas con televisor de plasma. Por otra parte, no tengo la facultad que tú tienes, hermano, de vivir del aire y además van a subir los impuestos a los autónomos. ¿Tú te crees? ¡Con la que está cayendo!”.

Eva, su mujer, no tan radicalizada como su marido, salió a matizar que se referían a los inmigrantes ilegales y “no a ti, Osvaldo, que supongo habrás venido como toca”. A lo que el chileno aseguró con su peculiar acento. “Pues cierto, ¿no?, pero tampoco yo tengo papeles. Estoy, como a la espera, pero no se apure. Coincido con usted en que hay que controlar la emigración, ¿cierto? Todos los países lo hacen y aquí no cabemos todos. Como que nos iríamos cayendo por los bordes del mapa, ¡listo!”. Quién sabe si la escasa confianza, el buenismo (como diría Martín) o el desconcierto de alguien que practica la inmigración ilegal pero no la defiende, le sirvieron a Osvaldo para salir ileso de este asunto y que el grupo pasara rápidamente a otro tema. Como si no hubieran escuchado su desconcertante argumento.

-“Tal vez esto te enfade”, dijo Francis dirigiéndose a su hermano autónomo, “pero es que tienen que subiros la tarifa de cotización. Es una de las cosas que tiene que hacer el gobierno para recaudar más y asegurar las pensiones”.

El comentario no enfadó a Martín, eso sería quedarse corto. Para empezar lo atragantó, le hizo toser y cuando se recuperó saltó verbalmente sobre su hermana como un jaguar. “¿Me estás diciendo que yo tengo que pagar más, cuando gano ya muy poco, para que tú, con tu culo gordo y grasiento, puedas jubilarte y rascarte el coño a mi costaaaa???”.

-“Tranquilo, brother, tengamos la fiesta en paz. Francis solo ha expresado una opinión”, dijo Ana viendo como la cosa podía llegar a las manos.

-“Bien, expresaré yo también mi opinión, entonces”, dijo Martín y todos se prepararon para escuchar algo que se recordaría en años. A Pedro le entraron ganas de accionar la grabadora de su iPhone pero se reprimió. “Mi opinión, Francisca, es que nunca has sabido lo que es trabajar realmente porque eres funcionaria, vas a pasar la mañana a un sitio, haces que trabajas y luego dedicas la tarde entera a hacer cosas para relajarte y soltar el enorme estrés que supone estar tras una ventanilla dándole al matasellos. Tampoco sabes lo que es dejar de ingresar dinero y no poder pagar la hipoteca porque tu cobras siempre, trabajes o no. A pesar de todo esto creo que pasaste una depresión hace algunos años. No me extraña, debe ser complicado darle sentido a tu vida. Por eso llevas esa estúpida pantalla (que subía y bajaba, conforme comía o no) porque te aterroriza morir. La gente como tu habéis descubierto en esta pandemia la mortalidad del género humano y morir os aterroriza porque os dais cuenta de que no habéis vivido”. La audiencia parecía desconcertada, porque se esperaba de todo menos un discurso a lo Paulo Coelho de boca de Martín.

-“Mira, eso es cierto”, dijo el padre, “yo no tengo miedo al virus. Sigo haciendo mi vida normal. Soy ya viejo, he vivido y el día menos pensado se acabó. Pero observo que los que llevan una vida de mierda son los que más miedo tienen de perderla. ¡Pero si ya lleváis muertos hace muchos años! Les digo yo a algunos de los de mi edad. En cuanto a ti, Francis, con todo mi respeto, te aconsejo que si aún sigues siendo virgen pruebes el sexo, merece la pena”; y esta última frase era ya producto de la media botella de vino que se había zampado, burlando las prescripciones de su médico que le había suprimido el alcohol desde hace tiempo.

-“Sabemos que disfrutaste mucho del sexo, papá, dentro y fuera del matrimonio y lo que sufrió mamá por ello”, gritó Francisca levantándose y anunciando al grupo que se iba y que nunca debería haber venido.

-“¡Pero cómo se va a ir ahora! No pues, no se lo tenga en cuenta a su hermano”, dijo Osvaldo. “Esto es normal en todas las familias, la gente toma y los tragos le hacen decir cosas, pero bueno, discutir es también una forma de comunicación. Lo peor es cuando ya ni se ven. Y, por otra parte, es normal que usted esté paniqueada. Diga que sí, y si quiere llevar esa pantalla pues usted la lleva que no le hace daño a nadie”, argumentaba el chileno sujetándola suavemente para que no se fuera.

-“¡Paniqueada estará su madre!”, contestó la empleada de Correos, rompiendo ya su promesa de conservar la calma y abandonándose enteramente a la furia. “A mí no me venga con esos términos y ese lenguaje azucarado, porque conozco a los sudamericanos. Mucha sonrisita, si a todo y luego hacen lo que les da la gana o te clavan el puñal si hace falta”.

En este punto Jorge se apresuró a defender a su invitado que, aparte de ser inmigrante ilegal, lo único malo que había hecho era intentar consolar a su hermana. “Por favor, dejemos al ‘allegado’ en paz y centrémonos en insultar y vejar a los familiares”, sentenció.

-“Por cierto”, intervino de nuevo el padre, dirigiéndose a Jorge, “aún no nos has dicho en calidad de qué es allegado, qué os une. ¿Novios, pareja de baile, pareja de hecho? Puedes hablar con total libertad. Si nos dices que eres gay o que quieres cambiarte de sexo, no hay ningún problema. Hasta yo estoy al tanto de las nuevas teorías de género. Háblanos un poco de ti hijo, qué nunca dices nada, ahora que estamos ventilando los trapos sucios. Tu hermana es sospechosa de ser virgen a los casi 60 años, yo soy un adúltero, Martin es de Vox, Osvaldo es ilegal, Ana es tierraplanista y Pedro es un nini que va matando viejos sin querer. ¿Y tú a qué te dedicas?, por ejemplo”.

La preguntita de marras acabó con la paciencia de Jorge que dijo: “me rasco los cojones a cuatro manos, papá”.

A Pedro le dio una ataque de risa y Francisca, que empezaba a reconsiderar quedarse, no tanto por espíritu navideño sino por devolver el golpe, contestó como sin gana, lo que dio aún más énfasis a su intervención: “¡pues hijo, debes tenerlos ya en carne viva; porque si que llevas años rascándotelos!”. La risotada fue ya general y la funcionaria se apuntó un tanto o varios. Podía ser virgen pero cuando quería tenía sentido del humor.

-“Te quedas entonces”, le dijo Jorge a su hermana, “así me gusta. Ahora voy a traer un postre que os va a encantar y que yo mismo he hecho”. Y le pidió a Osvaldo que le ayudara a retirar los platos y cortar la tarta. En la cocina había dos pasteles idénticos. “¿Cuál llevamos?”, preguntó el anfitrión al chileno. “Éste, sin duda”, contestó el allegado.

Cuando los platos con los trozos de tarta llegaron a la mesa la conversación había derivado ya a las vacunas y el pinchazo, opcional u obligatorio. Francisca y Martín coincidían, muy a su pesar, en que se la pondrían. La primera porque era lo que decía el gobierno, la Agencia Europea del Medicamento y porque Iñaki Gabilondo estaba convencido de que lo que movía a las farmacéuticas era un genuino sentimiento de querer sanar a la población mundial. El segundo, sin embargo, lo hacía, según sus propias palabras, para adquirir “la puta inmunidad y que todo volviera a ser como antes”.

-“Nunca nada volverá a ser como antes”, dijo Ana, “por muchas vacunas que te pongas. De hecho, seguiremos llevando mascarillas (Illa ha dicho que para siempre), no se sabe muy bien si la vacuna da la inmunidad total o en qué grado, parece que se puede seguir contagiando a otros, no se saben los efectos secundarios que pueda tener y el fabricante no se hace responsable de ellos. No solo no volveremos a estar como antes. Es probable que estemos aún peor”.

-“Pues tú vas a ser de las primeras en vacunarte al ser personal sanitario”, añadió Eva.

-“Veremos”, contestó su cuñada.

El pastel pareció hacer un efecto calmante que sosegó los ánimos del grupo. “¿Y tú Pedro?”, le preguntó su tío Jorge, “te pondrás la vacuna o piensas como tu madre”. “Como seré de los últimos grupos en ponerla tendré tiempo para ver que os pasa a vosotros primero y luego decido”, contestó el chico. “Si veo que Martín se pasa a Bildu y Francis se vuelve ninfómana, entonces seguro que me animo”.

La ocurrencia provocó carcajadas; incluso las de los propios implicados en la broma, que parecían ahora empezar a disfrutar de la cena. La risa fácil se había instaurado entre los comensales como en un grupo de adolescentes. Incluso Francis olvidó por completo su pantalla protectora. La tarta de zanahoria y chocolate era deliciosa y casi todos repitieron.

-“Mmmm este pastel te ha quedado de miedo, tienes que darme la receta”, dijo Ana a su hermano. “¿De verdad lo has hecho tú?”.

-“Si, aunque con ayuda de Osvaldo. ¿Revelamos sus verdaderos ingredientes?” preguntó Jorge a su amigo chileno, que asintió con la cabeza. “Pues bien, allá van: harina, huevos, azúcar, zanahorias, cacao, canela, vainilla, leche y… marihuana”.

-“¿Quééééééé?” preguntó Francis.

-“Como lo oyes, hermana. Te has comido tu primer porro, o tu segundo porque veo que has repetido”, dijo el cocinero.

-“¿Y la otra tarta que tienes en la cocina y que parece exactamente igual, también tiene…?”, preguntó Ana.

-“No, esa era sin”, contestó el pastelero. “Decidí hacer dos modalidades y usar la que fuera más necesaria llegados los postres. Estaba claro que hacía falta algo de descontracción. Y ya puestos a revelar secretos, voy a contestar a la pregunta del millón. ¿De qué vivo, cómo sigo pagando estos pisos si no vienen turistas? ¡Tachááánnnnn! ¡Seguidme y lo sabréis!”.

Todos se levantaron de inmediato y siguieron a Jorge, que los llevó al otro extremo de la casa ante una puerta cerrada que, al abrirse, descubrió una habitación grande destinada al cultivo de interior de cannabis. Estaba llena de pequeñas plantas en sus macetas, con riego automático, y bombillas permanentemente encendidas. El olor a hierba era muy intenso.

-“Joderrrrr con el tío. ¡Qué crack!, ¡El puto amo!”, empezó a exclamar Pedro mientras sus ojos iban de un lado a otro de la habitación intentando captarlo todo.

-“Así que era esto”, dijo Martín moviendo la cabeza como esos perros que se ponían antes en la ventanilla de atrás de los coches. “Y todo en negro, sin pagar impuestos. No, si este es el país de los chanchullos. Es la única manera de sobrevivir. En cierta forma, te doy la razón.¡El muy cabrón!”, exclamó el autónomo estoicamente, pues los efectos del pastel ya habían pasado de la risa fácil a la aceptación sin crítica de todo lo que acontecía.

-“¿Y si te cogen, y si los vecinos se enteran y te denuncian? Puedes acabar en la cárcel”, preguntó Francis.

-“Precisamente, fue uno de los vecinos el que me dio la idea. El también cultiva. Estos pisos se dedicaban casi todos al Airbnb. ¿No nos dicen que hay que adaptarse a la nueva normalidad?”, contestó Jorge.

-“Bueno tío y no podríamos probarla. Me refiero a fumar algo. Ya que nos has enseñado tu plantación. Además es Navidad. ¿Verdad mamá? Un día es un día”, dijo Pedro.

-“Y siete una semana”, contestó Ana a su hijo.

La cuestión es que se fumaron algunos porros (hasta Francisca dio algunas caladas). Se puso música, se bailó, se rió, se recordaron anécdotas familiares divertidas, hirientes, patéticas y hasta tristes con un desapego ejemplar, como si se tratase de las de otras familias. Se acordó que Jorge le haría un préstamo a Martín para pagar las cuotas atrasadas de autónomos. Ana y Francisca encontraron puntos en común en su visión de la pandemia y su gestión por el gobierno y Carlos, el padre, tuvo que reconocer que a su hijo mayor, el vago, el que se rascaba los cojones a cuatro manos había montado, de la noche a la mañana, su propia empresa. Y Osvaldo hasta se atrevió a tirarle los tejos a Francisca. “Usted todavía está para un raspado de olla”, le contestó cuando ella alegó que ya era muy mayor para el amor, y más aún para el sexo.

 

P.D. Cuando se escribió esta historia el máximo de personas permitidas en las reuniones familiares era de 10. Así que el hecho de que en el relato sean 8, cuando ahora solo se permiten 6, no debe interpretarse como una incitación a la desobediencia, sino como la imposibilidad del narrador de adaptarse a unas normas que cambian constantemente. Tampoco hay que buscar una apología de las drogas. Y espero que las empleadas de correos no me inscriban en su lista negra. Es solo ficción, un cuento de navidad.

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