Sobre la libertad de expresión

  Últimamente me viene a la cabeza una puntualización que hizo Bob Pop, hace ya algún tiempo, en el programa Leit Motiv, cuando dijo que en España siempre habíamos tenido muy malos abanderados o referentes para las grandes causas por las que luchar. Pensemos por ejemplo en la libertad de expresión, ese canario en la…

Rita Abundancia

 

Últimamente me viene a la cabeza una puntualización que hizo Bob Pop, hace ya algún tiempo, en el programa Leit Motiv, cuando dijo que en España siempre habíamos tenido muy malos abanderados o referentes para las grandes causas por las que luchar. Pensemos por ejemplo en la libertad de expresión, ese canario en la mina de carbón, ese derecho que es siempre de los primeros en extinguirse cuando las libertades empiezan a brillar por su ausencia. Pues bien, resulta que su buque insignia, el origen de las múltiples revueltas de los últimos días reside en un rapero torpe, malo (musicalmente hablando) y que desconoce los recursos más básicos de la narración para soltar bombas sin que le estallen a uno en la cara.

Siguiendo la ecuación Bob Pop, La Veneno, sobre todo gracias a la serie, se ha convertido de la noche a la mañana en el referente de la lucha por los derechos de las personas trans. No tengo nada contra Cristina y espero que Dios la tenga en su gloria pero creo que reivindicar los derechos de este colectivo nunca estuvo entre sus prioridades; que más bien parecían ser ganar dinero y salir en la tele (¡Muy respetables, oiga!). He visto en programas matinales a transexuales anónimas mucho más capacitadas para abanderar la lucha por este colectivo. Claro que de momento nadie las conoce, ni han hecho una serie sobre ellas.

Con la libertad de expresión no solo nos hemos buscado un referente desafortunado sino que no acabamos de entender su verdadero significado, o lo entendemos a medias porque no se trata solo de que la gente pueda decir lo que piensa sin temor a represalias (cosa que no ocurre ya desde hace algún tiempo en esta país); sino, y esto es lo importante, de no lapidar al que piense de forma diferente a la nuestra.

“No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defenderé con mi vida su derecho a decirlo”, la típica frase erróneamente atribuida a Voltaire (parece ser que su autora fue su biógrafa, la escritora inglesa Evelyn Beatrice Hall), resulta ya cursi, vintage, viejuna. A día de hoy uno puede perder un ojo en la manifestación a favor de la libertad de expresión, encarnada en el furibundo Hansél, y acto seguido pedir a gritos que a Victoria Abril no se la permita hablar más porque está desequilibrada. ¿Pueden los desequilibrados beneficiarse del derecho a la libertad de expresión, me pregunto? Porque de no ser así, tendríamos que cambiar a muchos cargos públicos.

Desde sus inicios, el tema pandemia se convirtió en el nuevo tótem y tabú sobre el que solo se puede tener la opinión oficial. Una excepción a la libertad de expresión. Cualquier mínima discrepancia sobre las medidas para atajar la misma ha sido censurada, ridiculizada y criminalizada en los medios de comunicación y en las redes sociales con el peligroso argumento de que hay opiniones que matan. En la Alemania nazi, en el Berlín oriental, en la dictadura franquista o en el Chile de Pinochet, desde luego. Pero en un país democrático las opiniones no deberían tener esos efectos tan devastadores, ni tener tanto peso. Podemos estar de acuerdo con ellas o no, pero no deberíamos verlas como virus que pueden atacar y acabar con la sociedad.

De hecho, la propia noción de censura es algo ya caduco, propio de regímenes decimonónicos que, sin embargo, resucita de nuevo, aunque con sus viejos trucos de siempre trasladados el mundo digital. Hasta hace poco en los países democráticos a los disidentes, a los críticos, no les encarcelaban, ni se les tapaba la boca. Ni mucho menos, el estado se limitaba a no hacerles caso y las empresas a ponerle las cosas complicadas, como ha ocurrido siempre. Pero, incluso, si se coincidía con ellos en algún evento se les sonreía y se les daba la mano, como hacía George W. Bush con su enfant terrible, Michael Moore. El presidente norteamericano estaba tan seguro de que el sistema estaba completamente blindado, que sabía que cuatro o cinco documentales críticos con su administración no eran para preocuparse. La censura es el barómetro más eficaz para medir el nivel de miedo del que la pone en practica.

Otra de las estrategias de la falta de libertad de expresión es camuflarse bajo un supuesto disfraz de tolerancia. ‘Opinen libremente, pero si no piensan lo que yo quiero que piensen, serán castigados’. Y aquí me viene a la cabeza esas elecciones que convocan a veces las dictaduras, para mostrar al mundo su apertura, en las que tienes dos opciones: votar al partido que está en el poder o votar al partido que está en el poder.

Este fin de semana he leído algunos artículos sobre la conveniencia ética de ponerse las vacunas. Algo que, en principio y excepto en Galicia, es optativo. Es decir, quien quiere se la pone y quien no, no. Sin embargo ya se han inventado insultos para los que son reacios al pinchazo. Free riders, “gorrones que se aprovechan del esfuerzo o del riesgo que corre el resto” (¿No habíamos quedado en que las vacunas eran seguras?). Estigmatizando de nuevo al que no piensa como debería. Y aunque estos editoriales  tampoco están a favor de la obligatoriedad de vacunar; en una pirueta mental con doble salto mortal, insultan a los que ven con recelo la vacuna mientras pasan como sobre ascuas por la ley gallega, que resucita los tiempos en los que se vacunaba a punta de pistola a negros y pobres, en la epidemia de viruela de principios del siglo XX, en EEUU.

Veo también muy poca libertad de expresión a la hora de criticar las acciones del gobierno. Por eso ya he dejado de ver El Intermedio, que ha dejado de ser un programa de humor para convertirse en un programa en el que las bromas son selectivas y solo se aplican a ciertas comunidades autónomas y partidos políticos, olvidando que el humor empieza por uno mismo.

Las redes sociales están llenas de forofos que, libremente o sospecho que a sueldo, neutralizan cualquier crítica al poder, por pequeña que sea. He sufrido ya sus iras y el primer argumento que esgrimen es que le estás haciendo el juego a la ultraderecha. Opinar abiertamente se ha convertido ya en un deporte de riesgo. La autocensura existía ya en el País Vasco de la ETA, en la Cataluña del Procés y está viva y coleando en la España actual. Hay que medir cuidadosamente las palabras, hacerles una PCR a cada una de ellas antes de escribirlas y, aun así, siempre habrá alguien que se sienta ofendido, que te encasille en el partido equivocado, que exija tu cabeza o que busque repercusiones estratosféricas en simples decisiones personales. De seguir así, dentro de muy poco solo podremos tener conversaciones de ascensor y colgar en las redes fotos de tartas, pies y vídeos de paisajes porque las auténticas víctimas de la falta de libertad de expresión no son los raperos, somos cada uno de nosotros.

El derecho de poder decir lo que uno piensa tampoco tiene mucho que ver con el artículo de Público en el que Máximo Pradera lamentaba el cáncer de Julia Otero y le deseaba esa misma enfermedad a Trump, Aznar y Macarena Olona, la diputada de Vox. Sin gustarme nada estos personajes, Pradera ha manipulado una bomba que le ha estallado en los morros y además, le ha regalado un tanto a ese partido que tanto odia. Si el gobierno de Rajoy fue una fábrica de independentistas, me temo que este lo está siendo de votantes de Vox. ¡Y ya lo siento, créanme!

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