Ricos S.L.

  “Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Versionando el principio de Ana Karenina, la novela de Tolstoi, se podría decir que todos los ricos se parecen, mientras que los pobres, lo son cada uno a su manera. Los de abajo, los…

Rita Abundancia

 

“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Versionando el principio de Ana Karenina, la novela de Tolstoi, se podría decir que todos los ricos se parecen, mientras que los pobres, lo son cada uno a su manera. Los de abajo, los infelices, los que comparten una existencia difícil, los que ríen poco siempre han sido más literarios, más diversos, más creativos con su propia existencia, por eso el arte se ha centrado más en ellos.

Entre la clase baja pueden encontrarse fácilmente obreros de derechas, negros de Vox; riders que, más que a partirse la crisma por ir a mil por hora por un mísero sueldo, lo que les quita el sueño por las noches es que el monstruo del comunismo resurja como el ave fénix y los devore. O, algún sin techo, que ve con preocupación cómo la unidad de España está en peligro (y a éstos dos últimos, los conozco personalmente).

Las clases altas, sin embargo, no exhiben tal eclecticismo. Allí impera más el pensamiento único. Denme una persona, sus ingresos, su cuenta bancaria y sus propiedades y creo poder dibujar, con un mínimo margen de error, sus puntos de vista sobre diferentes temas. A saber: la ecología, el cambio climático, la política, la monarquía, el aborto, la caza, los toros, la batalla coche-carril bici en las grandes ciudades, el salario mínimo interprofesional y hasta el nuevo hit de Leticia Sabater. Porque la gente no vive de acuerdo a sus ideas sino más bien a su cuenta corriente. Estos son mis principios, pero si empiezo a ganar más, tengo otros.

Así pues, la gran mayoría de la clase pudiente vive en un universo totalmente determinado. Y, si con todas las comodidades, contactos, casas y segundas residencias, posibilidades para irse a estudiar cualquier cosa al extranjero, amigos que te metan en el ‘negocio’, amigos que te firmen masters sin haber asistido a ellos, o amigos que te saquen de embrollos, uno no es creativo con su vida, ¡apaga y vámonos!

Muy seguro que en otras latitudes la clase alta genera envidia por su glamurosa y apasionante existencia; pero en España, me temo que son un pobre referente. ¡Qué dinero tan mal gastado!, ¡qué frivolidad (y que conste, que la considero una virtud necesaria) tan insulsa!, ¡qué gente tan poco leída!, ¡qué mal gusto! y ¡qué uniformidad estética, que se ha negado en rotundo a evolucionar con los tiempos y que sigue anclada en la gomina, el chaleco acolchado, los polos o los náuticos!

Hablando de náutica, los dueños de yates tienen ya poco que ver con aquel adorable personaje de la película de Billy Wilder, Con faldas y a lo loco (1959), que se enamoraba de un músico travestido y que seguía dispuesto a vivir su amor, aún después de descubrir que éste era un hombre. Un amigo mío, que vive de dar clases de náutica, me ha descrito bien a este selecto grupo. No piensen que son aventureros o lobos de mar sino más bien panzones, que utilizan el barco como hotel o para hacer negocios (invitamos a los clientes, hacemos una fiesta, traemos unas putas y firman lo que sea). De esos que ponen en WhatsApp su foto de alguna de sus cacerías en Botsuana, disfrazados de coronel Tapioca y con un animal abatido a sus pies, cuando en realidad lo que hacen se asemeja más al tiro de pichón. “En los parques naturales siempre hay excedentes de animales que hay que matar”, explican, como excusándose, lo que los rebaja a meros matarifes.

Hay un dicho indio que dice: “cuando uno va andando quiere una bicicleta, cuando tiene la bici quiere una moto, luego un coche y después un barco. Y cuando ya ha conseguido el barco, lo que quiere es volver a ser joven”. Me recuerda a esas mujeres de ricos con yates que he visto tantas veces en Ibiza o Formentera. Ya maduras, clientas fijas de cirujanos plásticos, con miedo a que cualquier chica joven les quite el puesto.

El pasado sábado, el 15 M de los ricos me pilló en las calles, haciendo la compra. Me propuse hacer el ejercicio periodístico de preguntarle a la gente por qué protestaba. Nadie supo darme una respuesta concreta y entendible. Una señora envuelta en una bandera de España y sola, volvía cansada y roja (no sé si de calor o de ira). “¡Qué por qué protesto!”, me gritó, “¡por todo, en qué país viveeeee!” y se marchó lanzándome rayos por los ojos, como en una viñeta de cómic. A mí me dio pena. Le hubiera dado una tila y un vale para hacerse las raíces en la peluquería. Claro que las barricadas no entienden de tintes capilares.

La cuestión es que a mayor poder adquisitivo, el cabreo aumentaba. ¿Por qué los que tienen una existencia más difícil son los que menos protestan? Un señor en un descapotable enumeraba una lista de quejas con muy malos modos (cómo si yo hubiera hecho las normas), encabezada por el hecho de que “al principio de la pandemia nos habían dicho que no había que llevar mascarilla y ahora sí”. Otro, ya más calmado, se oponía a todo. Al gobierno, las autonomías, los políticos y su discurso se acercaba más al anarquismo, que a otra cosa. Pero a diferencia del movimiento político, él creía que llegaríamos a este estado ideal votando a Vox.

Una pareja de médicos se quejaban de que el estado de alarma duraba demasiado y estaba haciendo un gran daño al turismo. Todo debería volver ya a la normalidad. ¿También la medicina de atención primaria?, les pregunté; ya que el día anterior se habían negado a tomarme la tensión en mi centro de salud. Ahí ya la teoría se les vino abajo, aunque ellos trataron de defender a su gremio argumentando que el virus sigue, que el peligro continua, que muchos sanitarios han muerto y que se atienden los casos urgentes (mientras los leves, van evolucionando a éstos últimos). Me quedé con la duda de si los turistas o los que les atienden tienen una especial resistencia o inmunidad al Covid19, que los demás desconocemos.

Oigo a mucha gente decir que la nueva normalidad se parece demasiado a la vieja. Yo, sin embargo, he empezado a pensar lo contrario. Y me temo que los nuevos tiempos nos traerán innumerables sorpresas, nuevos esperpentos. ¿Alguna vez en la historia de la humanidad se ha visto a un rico en la parte de atrás de su descapotable, conducido por su chófer, con una bandera de España a modo de capa ondeante y gritando “libertad, libertad”?

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2 Comentarios
  1. Para escribir estas tonterías mejor no empezar un Blog, madre mía q incultura, que de todo. Es un un horror de Blog, de textos sin sentidos de una persona amargada que se cree que va a triunfar dando su opinión sin saber ni explicarla.

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