Retiro en plan Tarzán

Son muchos los que este año tirarán pal monte en sus vacaciones, huyendo de la incógnita de cómo la playa resolverá la ecuación: turismo+poco espacio+distancia social. ¿Qué tal encaramarse a un árbol y olvidarse por unos días de la civilización?

Rita Abundancia

Una de las cabañas, situadas en el Alto de Barazar, en Euskadi.

 

“Yo Tarzán, tu Jane”. Si de pequeña me hubieran dado la posibilidad de emular a uno de mis héroes infantiles, sin duda me hubiera transformado en Tarzán, que para mí vivía en el mejor de los mundos. Lejos de la civilización, las obligaciones y el trabajo. En plena selva, con la envidiada facultad de poder conversar con los animales y la inestimable ayuda de los elefantes, que siempre acudían en manada a su particular grito de socorro. Pero si el rey de los monos era todo un referente; su casa, en lo alto de un árbol, fue el Arquitectural Digest de mi infancia. Un traslado de lo que yo llamo la ‘tecnología Picapiedra’ (electrodomésticos y robótica fruto de la combinación de elementos rudimentarios con la tracción animal) al corazón de la selva africana.

Es seguro que esta admiración por la vida salvaje es compartida por otras muchas personas. Entre ellas los artífices de Cabañas en los árboles que, en un bosque de Euskadi, trataron de hacer realidad el sueño infantil de vivir en las alturas, allá por el 2014.

Este verano incierto y problemático hará que muchos cambien el mar por el campo, las aglomeraciones de la costa por la tranquilidad del interior, el azul del agua por el verde de las hojas. Pues bien, si de pequeño se fantaseaba con Tarzán, aquí es posible matar dos pájaros de un tiro: descansar y rememorar los anhelos infantiles, fabricados en lo oscuro de una sala de cine.

En el Alto de Barazar (a 26 km de Victoria y 50 de Bilbao) se encuentra este complejo que cuenta con ocho cabañas y cuatro carros cíngaros donde pernoctar. Cada casa en el árbol tiene personalidad propia. Casi todas son para dos personas, excepto la llamada Hontza, que es familiar y caben hasta 5 almas con la posibilidad de mascota; y la Ilargi, en la que pueden dormir dos niños (además de dos adultos).

Balcón de una las casas en los árboles.

La elección de la cabaña dependerá de diferentes factores: altura, capacidad, posibilidad de ducha (para las que no tienen agua corriente, están los baños comunitarios del caserío), vistas o tipo de cama. Los planes románticos deben decantarse por la suite Oooh!, con agua, terraza de 360 º y cama redonda. Existe también la posibilidad de uso privado del spa, encargar una cena romántica o un eco picnic o sorprender a la pareja al llegar a la cabaña con flores y bombones o, si se prefiere, con una botella de cava.

Cama redonda con vistas al bosque.

El desayuno está incluido y llega cada mañana en una cesta que se sube con una cuerda. Uno puede tomar la primera comida del día en la terraza, mientras contempla este tupido bosque con una gran diversidad de coníferas: roble americano, abeto, haya. En los años 70-80 se experimentó con semillas procedentes de EEUU y el actual caserío fue entonces la casa del guarda forestal.

Uno de los carros cíngaros donde también se puede pernoctar

Los alrededores están llenos de lugares que visitar; empezando por los parques naturales de Urkiola y Gorbea; el pantano del río Landa, donde uno se puede bañar, las cuevas de Baltzola, el Hayedo de Otzarreta o el parque de aventura Hontzaextrem, en Otxandio (Oleta), con atracciones y tirolinas de madera. Si se cuenta con coche, las ciudades de Vitoria o Bilbao están a tiro de piedra y el interesante Museo de Alfarería Vasca, en Ollerias, se sitúa muy cerca de las cabañas. Además de todas las rutas de senderismo que hay por la zona, que también pueden hacerse sobre dos ruedas.

Precios: cabañas desde 160 € y carros desde 89 € (2 personas).

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