¡Quién fuera turista en su propia ciudad!

  Uno sabe que vive en una dictadura cuando empieza a no entender nada de lo que ocurre porque todo ha entrado ya en los dominios del surrealismo. No hay explicaciones a las normas impuestas y el sentido común brilla por su ausencia. Los contrarios conviven y las leyes se dictan para situaciones imposibles o…

Rita Abundancia

 

Uno sabe que vive en una dictadura cuando empieza a no entender nada de lo que ocurre porque todo ha entrado ya en los dominios del surrealismo. No hay explicaciones a las normas impuestas y el sentido común brilla por su ausencia. Los contrarios conviven y las leyes se dictan para situaciones imposibles o idílicas, mientras que la problemática cotidiana vive desatendida, en tierra de nadie.

Con un par (perdón, según dice la leyenda con uno solo), Franco derogó la ley de divorcio republicana en 1939, obligando a  hombres y mujeres a volver con sus ex cuando habían formado ya nuevas familias, si su cónyuge así lo requería. Con su cara de adolescente con trastornos endocrinos, Kim Jong-un ha prohibido en la República Popular Democrática de Corea el sarcasmo y la práctica del esquí. No es que nieve mucho por allá, pero cuando lo hace su líder se va a Masikryong, el único complejo para esquiar del país, al que solo puede ir él.

Con su misoginia histriónica, los países árabes han superado todos los límites del absurdo. Cuando Al Qaeda controlaba los territorios sunís de Irak a las mujeres se les prohibió comprar hortalizas con formas fálicas. Según ellos, había hortalizas macho (pepinos, calabacines, zanahorias) y verduras hembra, como el tomate. Y las primeras solo podían ser adquiridas por los varones.

Por esta regla de tres, deberíamos estar muy atentos y temerosos porque cada vez hay más normas que nadie entiende en España. La última es la de permitir la entrada de turistas extranjeros estas vacaciones de Semana Santa, mientras los españoles no pueden moverse de su comunidad o provincia. No la entiende nadie; ni Fernando Simón, ni Arguiñano, y los intentos de explicarla han sido peores que la propia incomprensión; ya que cuando la consellera de salud del Govern Balear, Patricia Gómez Picard, argumentó que “es más fácil la trasmisión entre locales que entre turistas”, no solo se perfiló como racista, sino que bajó aún más la ya debilitada autoestima patria, al tacharnos indirectamente de ¿irresponsables?, ¿promiscuos?, ¿guarros?, ¿tontos?

Preveo una Semana Santa caliente, al menos en Baleares (el Silicon Valley del turismo español), y no me refiero a la meteorología sino al ámbito político-social, que nos ha proporcionado un viaje en el espacio-tiempo sin precedentes. De un plumazo, la pandemia nos ha teletransportado a la España del sol y playa del franquismo. Da igual lo que estudiemos y nos preparemos, da igual que las nuevas generaciones sepan inglés y tengan una carrera porque de lo único que dependemos es del turismo. La cultura se esfuma en épocas de crisis, no importa y lo que realmente cuenta “es el sol español que te trajo hasta aquí”, como cantaba Luis Aguilé.

Sobre los españoles parece haber caído una maldición bíblica: “no importa lo que estudies o lo que te prepares, siempre acabarás de camarero o haciendo camas en un hotel”. Y los más afortunados, los que hereden una casa de sus padres o de una tía soltera (porque comprársela uno por sus propios medios es ya imposible) podrán vivir, mas desahogadamente o incluso ganarse un pastón, alquilando su ‘tesoro’ a jóvenes franceses en Airbnb.

Desgraciadamente este viaje en el tiempo a la España vacacional de las películas de Alfredo Landa y las suecas, esas de las que tanto nos reíamos y que nos parecían ya tan lejanas, tiene su variante. Seguimos siendo igual de pobres e igual de dependientes del sol, pero ahora el agua de nuestras playas está llena de plásticos, porque ni siquiera hemos sabido cuidar de nuestro único sustento, la naturaleza.

El viaje en el espacio del que hablaba antes es muy práctico, puesto que nos lleva a otros lugares sin movernos de casa. Especialmente a los que echamos de menos los desplazamientos. Esta Semana Santa los españoles podrán sentirse como cubanos, al ver que hay ciertas actividades que los turistas podrán hacer y ellos no. Por ejemplo, ir a cenar al restaurante de un hotel, al menos en Mallorca, porque están reservados solo para los huéspedes. Mis sinceras disculpas a los que todavía viven en el periodo de la Guerra Fría y el Telón de Acero. No pocos se enfadarán con esta similitud con un país comunista pero es la primera que me ha venido a la cabeza tras varios viajes a Cuba, país maravilloso, independientemente de su política, como tantos otros.

Recuerdo a los locales de La Habana mirando a los turistas tras las rejas de los bares o restaurantes y bailando en la calle al son de la música. De hecho, a menudo la juerga estaba más fuera, con el pueblo, que dentro, con turistas canadienses incapaces de enviar órdenes neuronales a sus caderas para que éstas se pusieran en movimiento.

Una vez más, en esta comparación salimos perdiendo. Los españolitos pandémicos no tenemos ni la alegría, ni la filosofía Carpe Diem ni, mucho menos, el ritmo de los hijos del Caribe. Ahora que todo son restricciones de derechos y libertades estoy pensando pedir el asilo político en Cuba. Puestos a ser pobres y a no poder hacer nada, mejor vivir en La Habana donde, al menos, el estado te proporciona una vivienda, una cartilla de racionamiento y, además, hay más sabrosura.

Los turistas alemanes, procedentes de un país con muchos contagios cuyos líderes han recomendado a la población no viajar al extranjero, ya han empezado a venir a Mallorca, que ve también como suben las ‘PCRs positivas’. Una mezcla explosiva que pronto veremos como acaba.

De momento, los medios de comunicación, cada vez más alejados de su función primordial: contar la verdad, ya han dicho, para no dar celos a los residentes, que los turistas no vienen a divertirse sino a tomarse un respiro, a relajarse del estrés, que no es lo mismo, y que se moverán lo menos posible. Como escribe Matías Vallés en un artículo del Diario de Mallorca a pesar de que “el turismo es la esencia de la movilidad, Patricia Gómez, ha inventado el turista quieto parado”. Yo añadiría también que acaba de nacer el turista triste y circunspecto. Ya sabemos que la alegría tienen mala prensa en la nueva normalidad, así que los extranjeros se autoimpondrán un semblante taciturno, como de gastroenteritis (si comen en el hotel puede que no tengan ni que fingir) para no herir la sensibilidad de los locales y; pasadas las cinco, cuando los bares cierren para los residentes, ellos podrán retirarse a su hotel a reír y mamarse hasta las 22:00.

He gastado mi valioso tiempo en preguntar a la policía local, llamar al Govern Balear, al teléfono Infocovid y a Salud Pública para averiguar si un residente balear puede ir a cenar al restaurante de un hotel, en caso de que sea invitado por un extranjero y, en el último organismo, me han dicho que no. Recuerdo que en Cuba las jineteras/os podían acompañar a sus enamorados extranjeros a todas partes; porque aunque el dinero y la normativa tienen sus barreras, el amor no conoce ninguna.

Como he podido comprobar, nadie sabe muy bien las normas pero la consigna es que a los turistas no se les dé mucho la lata porque, al fin y al cabo, es de lo que viven las islas. Lo que justifica los muchos controles que se hacen en bares y terrazas y los nulos que se efectúan en hoteles. “Para los extranjeros se apela a la responsabilidad personal. A los aborígenes, garrotazo y multa”, que decía Matías Vallés.

La delegación del Govern  ha revelado también que la supuesta vigilancia en aeropuertos era eso, supuesta. Los controles para comprobar si los extranjeros traían su PCR eran aleatorios, pero parece ser que ahora, sí. Ahora la cosa va a ir en serio. Al mismo tiempo, la presidenta de la comunidad, Francina Armengol, viendo la que se va a montar y para curarse en salud, ya ha dicho que ella no ha invitado a los turistas alemanes a venir en Semana Santa, porque su objetivo es el verano.

Señores alemanes: Sepan que aunque se les permita venir aquí y puedan hacerlo con sus familias (mientras los mallorquines tiene restricciones para reunirse con sus consanguíneos), aunque tengan privilegios y puedan hacer cosas que a los locales no se les permiten, no son bienvenidos. Lo que no quita que los esperemos de nuevo para el verano ¡Ea!

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