¡Qué trabaje Rita!

  En esta convivencia de contrarios que define la nueva-antigua normalidad, los enfermos pueden encontrarse perfectamente sanos, la sociedad capitalista sufrir desabastecimientos propios de la Cuba inmediatamente posterior al derrumbe de la URSS, y las altas tasas de paro pueden convivir en perfecta armonía con la falta de mano de obra. Europa busca trabajadores, era…

Rita Abundancia

 

En esta convivencia de contrarios que define la nueva-antigua normalidad, los enfermos pueden encontrarse perfectamente sanos, la sociedad capitalista sufrir desabastecimientos propios de la Cuba inmediatamente posterior al derrumbe de la URSS, y las altas tasas de paro pueden convivir en perfecta armonía con la falta de mano de obra.

Europa busca trabajadores, era el título de un artículo que publicaba recientemente El País y que trataba de dar respuesta a una nueva situación que nos ha pillado a todos de sorpresa. A las empresas les resulta cada vez es más difícil encontrar personal que quiera trabajar para ellas. Si antes de la pandemia, las oficinas de empleo se dedicaban a buscar puestos a los parados; a partir de ahora su función será la inversa, tratar de reclutar trabajadores para cargos en los que nadie quiere estar.

Cuando parecía que las grandes empresas podrían dar una nueva vuelta de tuerca y aprovechar la, ya eterna, crisis para empeorar las condiciones laborales (deporte nacional y, últimamente, ya mundial) resulta que en Florida Mc Donald’s paga ya 50 dólares por asistir (solo asistir) a una entrevista de trabajo. En Canadá, Amazon ofrece bonus de 2.000 dólares canadienses a los que empiecen a trabajar para ellos y, en Toronto, la empresa Fitch Security Integration, que despidió a muchos de sus empleados al empezar la pandemia, no encuentra ahora técnicos para instalar los sistemas de seguridad que vende y está dispuesta a regalar 7.000 dólares canadienses a los que acepten trabajar para ella.

Esta desgana laboral ya se ha bautizado como la Gran Renuncia (en inglés The Big Resignation o The Big Quit) y, aunque muchos quieran justificarla con razones macroeconómicas, casi siempre poco comprensibles, otros prefieren centrarse en el hartazgo de los trabajadores, en general, y los millennials, en particular, que ven como la vieja cantinela del esfuerzo y la meritocracia no ha funcionado con ellos. La generación más preparada de la historia vivirá mucho peor que sus padres, cobrará sueldos de mierda y tendrá, ya no un techo de cristal sino uno de cemento si se propone ascender laboralmente a la manera vintage. Es decir, echando mano, única y exclusivamente, de sus talentos y habilidades.

La periodista norteamericana Anne Helen Peterson ha publicado este año un libro titulado No puedo más. Como se convirtieron los millennials en la generación quemada (Capitán Swing), donde denuncia, entre otras muchas cosas, los bajos salarios que se pagan y que impiden a la gente ahorrar, comprarse una casa, formar una familia y, últimamente, vivir; y que tienen mucho que ver en esta Gran Renuncia. El propio Joe Biden dijo a los empresarios “paguen más” y Yolanda Díaz lo repitió hace unos días. El presidente de la patronal francesa Medef, Geoltroy Roux de Bézieux, aconsejó “aumentos salariales bastante significativos” y el ministro francés de economía, Bruno Le Maire, sentenció “el trabajo debe pagarse”, aunque luego le riñeron al llegar a ‘casa’ y tuvo que matizar que la subida de los sueldos traería consigo una carestía de los precios.

Durante décadas, los jefes se han acostumbrado a ganar tanto que ya se da por sentado que las subidas salariales las pagará el consumidor, no el empleador. Como cuenta Peterson en su libro, “en 1950 un director general ganaba aproximadamente 20 veces más que un empleado normal y en el 2013 esa diferencia pasó a ser de 204 veces más”.  ¡No me quiero imaginar cómo será ahora! Siguiendo con este libro, y según la Reserva Federal de EEUU, “a los 35 años los baby boomers tenían el 21% de la riqueza del país. A esa misma edad, la generación X poseía el 8% y los millennials, que tendrán 35 años en el 2023, ostentarán tan solo el 5% del pastel”.

“El dinero no lo es todo”, nos decían al mismo tiempo que recomendaban no preguntar cuánto se iba a ganar en una entrevista de trabajo. Pues bien, tanto repitieron este mantra que la gente ha decido renunciar al averno laboral y buscarse la vida de otras maneras. No entiendo de macroeconomía, pero tengo un amigo que era camionero y lo ha dejado porque se gana muy poco. Te obligan a cargar y descargar el camión y a limpiar el container (cosas que antes hacían otros). “Ya no ganas ni para pagar al fisioterapeuta por pasarte la vida sentado y joderte la espalda” me dijo.

Entre abril y junio de este año, en EEUU han renunciado a sus trabajos 11 millones y medio de personas, según el departamento de trabajo de ese país, la mayor cantidad de renuncias en toda la historia de Norteamérica. Un 40% de los millennials están dejando sus empleos en EEUU, Canadá y Australia y se espera que el virus llegue pronto a Europa y Latinoamérica. Según una encuesta de Linkedin, el 74% de las personas que abandonaron sus puestos laborales en EEUU lo hicieron porque el encierro de la pandemia les proporcionó tiempo para reconsiderar sus vidas. Por el estrés, el agotamiento y por sentirse quemados. Otros recibieron un tratamiento mezquino por parte de la empresa durante la pandemia, la mayoría ganaban muy poco y algunos consideraban que el sistema de ascensos era muy injusto.

El periodismo hace ya años que viene siendo una avanzadilla de este declive del sistema laboral. Sueldos de miseria, becarios eternos, falsos autónomos, directoras de revista femenina que encargan el mismo tema a varios colaboradores y se quedan con el que más les gusta, sin retribuir su trabajo a los demás. Robo de ideas, reportajes que nunca se pagan porque no se publican. Uno de mis últimos trabajos como freelance, donde escribí de sexo y otras cosas para la sección femenina de un periódico, acabó cuando decidieron prescindir de mis servicios (probablemente, la periodista más leída y compartida de esa revista) sin muchas explicaciones.

¡Qué quieren que les diga! Una ha sufrido tanto maltrato en su vida laboral, ha visto tantos disparates, ha cobrado tan poco y ha escuchado incesantemente eso de que “son lentejas. Si quieres las comes y sino las dejas”, que este tipo de tendencias me resultan extremadamente excitantes. Por no decir que las considero la única forma de revolución posible. Siempre lo he dicho, si el 99% se pusiera de acuerdo (tampoco hace falta que sea una proporción tan elevada) y dejase de producir, cambiaba el mundo en dos semanas. Si el trabajo ya no cumple su función primordial, que es permitir ganarse la vida a la gente, entonces tal vez deberíamos jubilarlo e inventar algo nuevo. Y parece que mucha gente ya lo está haciendo.

No faltarán los empresarios ofendiditos que, tras leer este artículo, argumenten que el problema es que la gente ya no quiere trabajar y que a ellos nadie les regaló nunca nada, como dijo en una entrevista a El Mundo la señora Ana Botín (¿ni siquiera una muestra de crema en la farmacia? ¡Qué vida tan triste!). A ellos, les recomendaría que vieran la última película de Fernando León de Aranoa, el Ken Loach español, El buen patrón, brillantemente interpretada por Javier Bardem en su papel de empresario al que la vida nunca le ha dado nada. Aunque, curiosamente, heredó la empresa de su padre. Pero no les diré más porque no quiero hacer spoiler.

No niego que quede algún que otro trabajo “bueno”, pero es la excepción que confirma la regla. Y, además, tienes que ser amigo de alguien o pertenecer a alguna ‘cofradía’ o ‘hermandad’. Como tampoco niego que hay pequeños empresarios que hacen juegos malabares para seguir manteniendo su empresa a pesar de la avaricia del estado. El gran proxeneta que se lleva una comisión de todos y cada uno de nuestros pequeños y grandes esfuerzos y que, curiosamente, se ha propuesto la meta de acabar con la prostitución. Otra coincidencia de opuestos que define la sociedad del momento.

 

 

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