Praga en nueve gestos

Esta “sinfonía de piedras”, como calificó Bertolt Brecht a la ciudad, requiere de tiempo para ser descubierta a fondo. Este es el plan para hacerse con el espíritu de la capital checa.

Rita Abundancia

Plaza Municipal de Praga, con la Torre de la Pólvora.

 

1. Un repaso a las joyas de la corona

“El grupo de hombres más fotografiados desde los Beatles”, así calificó en cierta ocasión un periódico de Praga al conjunto de los doce apóstoles, que asoman desde la torre del Reloj Astronómico del ayuntamiento. Por la tarde se acumulan cada día cientos de personas para ver el espectáculo. La Plaza Vieja, la Ciudad Antigua y la Plaza de Wenceslao son ejes que articulan casas y palacios, con fachadas en innumerables tonos, cuando el color era símbolo de estatus y los ricos utilizaban los pigmentos más raros y costosos.

El antiguo cementerio judío es para muchos una de las mejores cosas que hay que ver en la capital checa. La peculiar colocación de las lápidas, que es lo que confiere personalidad a este mausoleo, fue algo accidental, provocado por la falta de espacio. Al parecer, en los cementerios judíos no se cancelaban las tumbas tras un determinado tiempo, lo que obligaba a echar tierra encima para seguir albergando a más gente hasta 1787, cuando se celebró el último entierro. La estrella del más allá es aquí el creador del legendario Golem, Jehuda Liwa ben Bezallel, más conocido como Rabbi  Löw, que pasó a mejor vida en 1609.

En el Puente de Carlos, además de las famosas estatuas,  hay ahora caricaturistas ucranianos, marionetistas checos y músicos de las más variadas nacionalidades. Hay que verlo al atardecer y poner la mano en la estatua de San Juan Nepomuceno, la más popular. Entre los poderes de este santo está el de impedir las crecidas de las aguas y el de proporcionar felicidad, siempre que se froten los dedos en el pilar de su base, lo que hace que esté ya muy pulido.

El Castillo de Praga, la mayor zona fortificada continua del mundo, es un complejo de palacios, catedral e iglesias; sede del poder político, religioso y centro cultural en el pasado. Otro de los deberes turísticos de esta ciudad.

2. Admirar la arquitectura moderna

Praga mantiene su carácter innovador que la coronó como la cuna de movimientos vanguardistas como el cubismo, funcionalismo o el art nouveau, y sus calles tienen siempre los brazos abiertos a cualquier construcción con el sello de ‘lo nunca visto’.

La Casa Danzante, de Frank Gehry  (el responsable del Guggenheim de Bilbao) junto con Vlado Milunic, es uno de los esos edificios que no se olvidan fácilmente. Su nombre originario es Fred and Ginger, ya que representa a los dos bailarines. En el barrio de Karlín están el Main Point Karlín, todo un homenaje a las curvas, y la puntiaguda Danube House, en la que se rodaron escenas de una de las entregas de James Bond, Casino Royale (2006).

Quienes quieran descubrir qué aspecto tiene un edificio cubista, tienen que acercarse al Museo del Cubismo Checo, obra de Josef Gočár. Dentro de este estilo, y en la Ciudad Nueva, está el edificio Diamant (1912). Hay también una farola cubista en la plaza Wenceslao y no hay que olvidar La Virgen Negra, construcción destinada originariamente a grandes almacenes, tiendas y despachos. Cerca de los jardines del castillo, las Viviendas Unifamiliares Gemelas (1912-1913) entran también dentro de esta escuela arquitectónica.

Casa Danzante.

3. Ver rarezas como la Torre Eiffel o las piezas del escultor más loco de la historia

Praga también tiene su Torre Eiffel que es como la parisina, solo que algo más pequeña, con 60 metros de altura, una cuarta parte de la original. Fue construida con motivo de la Exposición Nacional de 1891 en una colina del monte Petrin, que de bosque pasó a huerto de viñedos, en el siglo XII, y a jardines en el XVII. El Parque Petrin tiene otros encantos como la estatua de Karel Hynek Mácha, el más importante poeta romántico checo; la iglesia de San Miguel, un templo de madera del siglo XVIII trasladado desde Ucrania en 1920 o el Laberinto de los Espejos, en el interior de un pabellón, creado para la misma exposición que la torre.

La afición de los checos por la escultura encuentra en David Černý, a su enfant terrible. Varias de sus piezas pueden encontrarse en las calles de Praga como Quo Vadis?, que representa a un Trabant  (coche típico fabricado en la República Democrática Alemana) con piernas, y que puede verse en un parque infantil (Vlasská, 19). Pero hay más: un San Wenceslao, patrón de la región de Bohemia, que monta un caballo patas arriba (Pasaje de Lucerna); un feto que baja por un canalón de agua, en la fachada del Teatro Na Zábradlí; Sigmund Freud, que cuelga de la viga de un edificio en el cruce de Husova con la Plaza de Betlemske; unos bebés negros, que escalan la antigua torre de televisión de Žižkov o una enorme calavera roja en una grúa, que gira sobre el techo del Museo de Arte Contemporáneo de Praga (DOX). Frente al Museo de Franz Kafka hay también dos hombres que orinan sobre un pequeño estanque con la forma de la República Checa, obra de este mismo escultor.

Torre de,Žižkov, en Praga.

4. Descubrir que se cuece en los barrios emergentes y hipsters de la ciudad

Puede que con tanta referencia al pasado y a la historia nos entren ganas de conjugar un poco los tiempos futuros. Para esto hay que acercase a uno de los barrios emergentes de la capital que, como en tantas otras ciudades, tiene un pasado industrial y deprimido. Se trata del barrio de Karlín, que a mitad del siglo XIX estaba lleno de fábricas y en los años 60 de edificios de hormigón armado, y al que salvaron las inundaciones del 2002, porque sirvieron de pretexto para su remodelación.

Ahora Karlín es un barrio cool y los precios de sus casas y alquileres son prohibitivos. Los edificios del conjunto Corso, formados por tres construcciones, fueron reconstruidos por Ricardo Bofill. Arquitectónicamente hablando hay que citar también el proyecto River City Praha, compuesto por Danube House, Nile House, Amazon Court y Rover Dimond y el Main Point Karlín, declarado en 2012 el edificio administrativo más sostenible del mundo, que cuenta con una terraza-jardín abierta todo el año con vistas al centro histórico de Praga. La zona está llena de vida y gente joven, con restaurantes y clubs donde pasar la noche.

El barrio de Žižkov tiene una vocación más hipster. Esta antigua parte obrera conserva sus casas pintorescas y humildes pero con fachadas que copiaban el estilo de las de las calles más adineradas. Este barrio es el que ostenta el récord de poseer más bares y cervecerías antiguas, por las que seguramente pasean los espíritus de los escritores y bohemios que vivían en esta parte barata de la ciudad, como Jaroslav Hasek. En la torre de televisión de Žižkov se encuentra el restaurante Oblaca, un mirador y el One Room Hotel, que cuenta con una sola habitación.

Si se quiere profundizar más en el aspecto menos ortodoxo de esta ciudad Alternative Prague Tours, con visitas guiadas, enseña galerías de arte antisistema, muros de graffiti o centros sociales y culturales con ganas de cambiar el mundo.

5. Merendar en uno de sus cafés históricos

Durante la primera mitad del siglo XX las cafeterías eran parte inseparable de la vida de la ciudad, especialmente en el periodo de entreguerras. Todavía quedan algunas que nos trasportan estéticamente a esos años. El Café Louvre es una de ellas, a la que acudían Albert Einstein y Kafka, de estilo modernista y que ofrece hoy platos vegetarianos, checos y mesa de billar. El Café Imperial, en el hotel del mismo nombre, es uno de los más espectaculares con sus motivos moriscos, de plantas y animales, en las columnas y su mezcla de elementos del art nouveau y cubismo.

La cafetería de la Casa Municipal, en la plaza de La República, de estilo modernista, es toda una joya, junto con el edificio entero, y el Grand Café Orient es la única cafetería cubista del mundo en la que lo mejor, a parte de su decoración, es su strudel de manzana.

Calles del barrio judío de Praga.

6. Visitar los museos imprescindibles

El edificio que alberga el Museo Nacional es ya una obra maestra en si mismo, con sus preciosos frescos, suelos y paredes de mármol en todos los colores y sus numerosas salas que albergan colecciones de pájaros, minerales, meteoritos, paneles que cuentan la historia de la ciudad y estatuas de héroes de la historia checa.

La Galería Nacional está situada en una construcción funcionalista de los años 20 y posee una de las colecciones más ricas de arte moderno y contemporáneo formada por obras de Delacroix, Rodin, Monet, Pissarro, Gauguin, Cézanne, Derain, Bourdelle o Picasso, en su época parisina.

El Museo de las Artes Decorativas, en un palacio neorenacentista, expone cerámicas, vidrios, relojes, vestidos y textiles, orfebrería, metales, obras de imprenta o muebles. Auténticos exponentes de estilos como el cubismo, racionalismo, romanticismo, art decó o art nouveau. El Museo Mucha, aunque pequeño, es un compendio de las obras de este ilustrador checo, que fue el que mejor retrató la estética de la Belle Époque, en carteles o pinturas. Si hay tiempo, el Museo del Comunismo nos ayudará a entender mejor la historia de este país.

7. Probar la cerveza checa

Si los franceses presumen de quesos y los suizos de chocolates, los checos lo hacen de cerveza, sosteniendo que aquí se elabora la mejor del mundo, con marcas como Pilsber Urquell o Budweiser. Praga está llena de cervecerías donde probar la modalidad checa, pero U Fleků es la más antigua (desde 1499) y el templo de esta bebida, que se fabrica en la casa. Además de cerveza negra, aquí hay música en vivo, mesas comunitarias donde socializar y especialidades de la cocina nacional, como el pato, cerdo, goulash, salchichas o ensalada de col, para contrarrestar los efectos de esta bebida. Hay hasta cabaret en esta taberna que, por su decoración, supone un viaje al pasado.

Monumento a Kafka.

8. Hacer la ruta de Kafka

Toda ciudad que se precie tiene un escritor que ha vivido y hablado de ella, y el de Praga es Franz Kafka. Él, sin embargo, ansiaba con ver otros decorados, como escribía en una ocasión, “estoy en la Assicurazioni Generali (la compañía de seguros para la que trabajó) con la esperanza de sentarme un día en los sillones de países lejanos, de ver por la ventana de la oficina campos de caña de azúcar o cementerios musulmanes”.

El Franz Kafka Museum es un buen punto de partida, y en él puede verse una exposición interactiva que habla de su vida, obra y el papel de Praga en la misma. Existe también un monumento al escritor. Una escultura de bronce del artista checo Jaroslav Róna, bastante rara, es decir, kafkiana, situada entre la iglesia del Espíritu Santo y la Sinagoga Española.

Las casas donde vivió Kafka, y que son lugar de culto, son dos; una está en el número 5 de la calle U. Radnice, cerca de la plaza de la Ciudad Vieja. La del Callejón del Oro, en el número 22, fue otro lugar donde vivió el autor de La Metamorfosis con su hermana Ottla, y está rodeada de librerías y tiendas de souvenirs que tratan de rentabilizar este acontecimiento histórico. El parque de Chotek , descrito por Kafka como “el lugar más bello de Praga”, y los antiguos jardines de Belvedere (Letenske Sady) eran lugares donde paseaba el escritor. Todavía existe el Café Slavia, que se inauguró en 1863, con su decoración art decó y sus vistas al castillo, uno de los lugares frecuentados por Kafka y los intelectuales de su época. Su tumba se encuentra en el cementerio judío de Olsany.

9. Cenar en un barco sobre el río Moldava

El canal de agua que atraviesa esta ciudad es el eje de dos cosas imprescindibles a hacer en Praga, cruzar sus muchos y monumentales puentes y hacer una travesía en barco, para ver la urbe desde el agua.

Como la capital checa es un excelente destino romántico, para ir en pareja, la opción de la cena a bordo es la más utilizada porque mata dos pájaros de un tiro. Existen muchas empresas que organizan cruceros por el río, como Cruise Prague, que ofrece un tour de tres horas y media que atraviesa los puentes más emblemáticos y desde el que se pueden ver joyas como el Castillo, el Monasterio de Santa Inés o el Teatro Nacional. Además, hay cena con bufet libre, música en vivo y brindis con el tradicional licor de Becherovka.

Otra opción es comer o cenar mirando las aguas del Moldava en Kampa Park Restaurant, uno de los restaurantes más bonitos de la ciudad por su estratégica posición, ya que su terraza es un asiento de primera fila al puente de Carlos.

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