¿Poco propenso a pensar por sí mismo? ¡Abrace una ideología!

  La semana pasada alguien me borró de Facebook. No le gustó uno de mis posts y me dejó con grandes aspavientos y ataques personales. La mujer me dijo, dando un portazo digital: “¡Parece mentira, alguien que se dice periodista y que pretende ser seria!”. Aclaro aquí que tengo un título en Ciencias de la…

Ilustración de Mohamed Hassen para Pixabay.

 

La semana pasada alguien me borró de Facebook. No le gustó uno de mis posts y me dejó con grandes aspavientos y ataques personales. La mujer me dijo, dando un portazo digital: “¡Parece mentira, alguien que se dice periodista y que pretende ser seria!”. Aclaro aquí que tengo un título en Ciencias de la Información por la Complutense de Madrid, y no un máster en la Universidad Rey Juan Carlos, que no es lo mismo. Y recalco también que no pretendo ser seria, sino todo lo contrario.

Un segundo ofendido por mis opiniones exclamó, ya por privado, “te creía con un nivel superior”. Como no especificó a qué nivel se refería (de inglés, de azúcar en sangre, de empatía o de densidad ósea), no le di más importancia. Provengo de una familia de seis hermanos y estoy entrenada en el cuerpo a cuerpo. En cuanto a los ataques digitales, mis años escribiendo de sexo para S Moda (El País), cuando los comentarios estaban abiertos y cualquiera podía teclear lo que se le pasara por la cabeza, y por otras partes de su anatomía, sin necesidad de registrarse, me enseñaron a no dar demasiada importancia al engorilamiento online, que se perfila ya como el deporte nacional. “¡El que se pica, ajos mastica!”, decíamos en el patio de recreo. Pero hay otro dicho que me gusta más, y que descubrí de mayor. “Lo que Juan dice de Pedro, dice más de Juan que de Pedro”.

¿Por qué me atacaban a mí, personalmente, cuando yo solo había expuesto una opinión? ¿Si no les gustaba, por qué no la rebatían, con sus propios argumentos, en vez de caer en la descalificación personal? Sin duda porque yo, con mi punto de vista, había atacado antes a su ideología. Y ante eso, ¡Ajá! No hay marcha atrás en la España crispada.

La ideología es ese prêt-à-porter mental, ideal para aquellos que no tienen tiempo para pensar, o no pueden. Así, una vez suscritos a la ideología que más les atraiga, esta les regalará un kit completo sobre lo que tienen que pensar respecto a cada tema de actualidad: ciencia, tratamientos médicos, aborto, inmigración ilegal, partidos políticos, subida de la luz, papa Francisco, feminismo, movimiento LGTBI, lenguaje inclusivo, ley de memoria histórica, procés catalán, reguetón…

¡Para qué pensar por sí mismo y perder tanto tiempo leyendo o interesándose sobre un tema! O, en el lado contrario, ¡Para qué exponerse a hablar sobre cosas que no se saben y quedar así como un idiota! Eso se lo dejamos a los contertulios de los programas de radio y televisión, que para eso les pagan. Adopte una ideología y sepa, en todo momento, lo que hay que decir porque, además, le proporcionamos actualizaciones sobre los nuevos conflictos o cuestiones que van surgiendo y que, al ritmo que llevamos, parece que no van a ser pocos.

La mayoría de las personas que conozco parecen haber sucumbido a esta propuesta y han corrido a suscribirse a alguna ideología con la misma rapidez que lo han hecho a Netflix. Lo que ocurre es que uno debe ser fiel al pack completo, le guste o no, y evitar todo acto de razonamiento, crítica o rebeldía. Si esta temporada se llevan los pantalones pitillo, pues hay que ponérselos; aunque uno parezca un tragador de sables, porque en eso consiste este prêt-à-porter mental. Y, sino, no haberse suscrito.

Las ventajas de esta oferta y de no darle a las neuronas son innumerables. No solo se ahorrará muchas divagaciones, sino que la ideología es como un salvoconducto que le permite saltarse a la torera las normas más elementales y lógicas. Por ejemplo, si se ha adscrito usted al intransigente club de los ‘yonquis de la inmunización’, que es ahora el más popular y el único que le permite acudir a espectáculos, restaurantes y gimnasios en muchas comunidades españolas, sepa que puede dilapidar valores tan importantes como la libertad individual o la no discriminación, con el pretexto del bien común. De nada sirve que sea evidente que los que se han chutado ya varias dosis pueden contagiar y contagian, como lo demuestra la famosa cena-covid de navidad de los sanitarios de Málaga, o el hecho de que la nueva variante haya volado en clase preferente, a lomos de ciudadanos respetables con las dosis que Fauci, Gates y la OMS (la Santísima Trinidad) nos ordenan. Uno sigue en sus trece, con el pantalón pitillo a reventar, sin darse cuenta de que el pasaporte poco tiene de sanitario y, en realidad, es un sistema de identificación digital con crédito social para los que pasen por el aro.

Otra de las ventajas ideológicas, es que uno puede permitirse exigir la cabeza del ‘enemigo’ (el que piensa distinto) sin que esté mal visto. Como decía el humorista Gila, “lo bueno de la guerra es que uno puede hincharse a matar sin que le pase nada”.

Reconozco que jamás pude abrazar ninguna ideología porque todas me parecían deficientes y con grandes lagunas. Me asombraban los simpatizantes del PP, votando de nuevo a un partido corrupto, con numerosas tramas delictivas destapándose. Diciendo cosas como: “sí, nos roban, pero al menos son de los nuestros”. De la misma manera que me molestan los que ahora excusan al PSOE y se hacen el harakiri mental tratando de disimular sus muchos errores (por ejemplo, el precio de la luz, que viene impuesto por Europa). Nunca entendí como los católicos practicantes estaban tan en contra del aborto y a favor de la vida, al mismo tiempo que defendían la pena de muerte. Me cuesta mucho entender como una sociedad que protege tanto los cuerpos de algunos/as/es, exija que se introduzca una sustancia en el organismo de personas contra su voluntad. Y me asombra como algunos, entrados ya en años, que viven de recordar sus hazañas contra la dictadura franquista (¡lo cual es muy de elogiar!), no sean capaces de detectar los signos tan evidentes de la que tenemos ya encima.

Y, de nuevo, el bien común, como excusa. Que yo recuerde, todos los totalitarismos tenían sus bienes comunes y para llegar a esa sociedad idílica no dudaban en aplastar a sus ciudadanos y atarlos corto. Siempre he desconfiado de esta ecuación: si te fastidio ahora lo suficiente y te quito tus derechos, en el futuro serás feliz; porque ese happy ending nunca justifica los medios. Es más, es muy probable que nunca lo veamos, excepto en los masajes de pago.

Otro ejemplo de ideología llevada a su extremo de paroxismo e irracionalidad es el del caso del niño catalán de Canet del Mar, cuya familia pidió tener su cuota del 25% de clases en castellano, sin saber que estaba invocando al Lucifer del independentismo. ¿Puede el amor a la patria y a la lengua justificar el bulling a un chaval de cinco años y a su familia? Si, si hay una ideología que lo respalde.

Bajo este paraguas filosófico, un ex profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, Jaume Fábrega, se atrevió a escribir en Twitter “me apunto a apedrear la casa de ese niño”. Y un mosso d’ Esquadra, Albert Donaire, propuso también, en esa porqueriza digital, que se le practique el ostracismo a la criatura, al grito de “¡Reaccionemos o nos matan la lengua!”. Yo creo que si se le preguntase a la lengua catalana si aprobaba esos sacrificios en su nombre, esta gritaría: “¡No collons!”.

No estoy en contra del catalán (¡ni mucho menos!), y no creo que hablar (y hasta amar) la propia lengua sea un impedimento para aprender otras tan útiles como el castellano, que es la cuarta más hablada del mundo, después del inglés, el chino, y el hindi. Una amiga mía, que estudió filología hispánica, se gana la vida dando clases de gramática española a chicos bien en Palma de Mallorca. No es que los jóvenes no sepan castellano, es el idioma de las series de televisión que ven y el de Internet, pero muchos no saben escribirlo y meten muchas faltas de ortografía. Y no es cuestión que, tras remover cielo y tierra y tirar de contactos para conseguirle un buen trabajo, vaya luego el niño/a y la fastidie escribiendo en un email a su superior cualquier barbaridad lingüística. Mientras los peces gordos del independentismo y los políticos catalanes mandan a sus hijos a estudiar a universidades prestigiosas de EEUU, Canadá o Irlanda y aprenden inglés y hasta chino; los de abajo experimentan la inmersión lingüística, para mantener viva la lengua y no poder salir, laboralmente hablando, del imperio de Els Països Catalans.

Si en algún momento las ideologías tuvieron algo bueno, ahora son prostituidas por algunos para obtener sus fines, para radicalizar cada vez más a la población y como coartada para ocultar acciones aberrantes. Así que quizás sea el momento de sustituirlas por valores. ¿Qué tal si defendemos los derechos fundamentales y las libertades? ¿Qué tal si ponemos a las personas por encima de las lenguas que hablen? ¿Qué tal si empezamos a pensar por nosotros mismos? Les aseguro que no hay que ser un erudito, sino limitarse a abrir los ojos y ejercer el ya flácido músculo del sentido común. ¿Qué tal si olvidamos el prêt-à-porter y creamos nuestro propio estilo?

A veces la situación actual me recuerda a esas escenas propias de las películas de nazis. Un oficial alemán en un campo de concentración, y para su solaz, pone a un prisionero en un dilema extremo. O mata a su mejor amigo o acaba en la cámara de gas. El prisionero, lleno de miedo y con lágrimas en los ojos, accede a ejecutar a su compañero, pensando que así salvará su vida. Pero entonces el nazi se le acerca con una pistola y le dice apretando el gatillo: “¡Eso no se hace. No hay que disparar a los amigos!”.

Pues eso, no ejecuten a los vecinos, pensando que así van a salvar el culo. Morirán igual y, además, como cobardes y traidores.

 

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1 Comentario
  1. Es un artículo que me ha hecho reflexionar sobre formas de actuar. Lo que lamento es que haya gente que le conteste mal por no estar de acuerdo con lo que escribe. Un abrazo.

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