No entiendo nada

  Con la situación actual a mí me ocurre como cuando uno empieza a ver una serie de televisión. Se supone que las series buenas deben ser de esas que al principio no entiendes nada, con profusión de flashbacks y flashforwards. Información fragmentada, como en un rompecabezas, que conforme se avanza en los capítulos va…

Rita Abundancia

Cine en California con el letrero: “cerrado hasta que la vida  deje de parecerse a una película”.

 

Con la situación actual a mí me ocurre como cuando uno empieza a ver una serie de televisión. Se supone que las series buenas deben ser de esas que al principio no entiendes nada, con profusión de flashbacks y flashforwards. Información fragmentada, como en un rompecabezas, que conforme se avanza en los capítulos va tomando forma. El futuro se mezcla con el pasado, las apariencias engañan, las certezas se derrumban, lo improbable sucede como por arte de magia y lo cotidiano se traslada al reino de la utopía.

Si esta es la fórmula del éxito para un guión de Netflix, hemos llegado a ese momento glorioso que todo escritor busca, cuando la historia toma los mandos, va por su cuenta y el autor se convierte en mero escribiente de lo que ésta le dicta.

Así que estamos en esa fase donde todo es nuevo, sorprendente, inexplicable; justo antes de llegar al big bang, al núcleo narrativo, al caos, a la explosión, o al renacimiento. Tenemos un bicho que no se sabe cómo ha surgido pero que se ha cobrado ya muchas vidas en un pequeño periodo de tiempo. Pero lo que en un principio parecía una crisis sanitaria está agitando los cimientos de una civilización. Estarán los que piensen que exagero y que en cuanto abran los bares (con o sin mamparas) y podamos arreglar el mundo entre cañas y pinchos de tortilla todo volverá a ser como antes. Pero también puede pasar que la historia, que ha tomado ya las riendas del guión, decida otros rumbos y que la antigua normalidad pase a ser una imagen vintage, tecnología obsoleta.

Por lo pronto, los inmigrantes que hace años arriesgaban sus vidas por venir en patera a la Europa de las oportunidades, pagan ahora sumas de hasta 5.000 € por huir del continente infectado. Los alquileres, hasta ahora por las nubes, bajan en las grandes ciudades, sin clientes de Airbnb que paseen sus carritos por las aceras. El trabajo hace ya tiempo que había traicionado su razón de ser (un medio de vida) pero el engendro en que pueda transformarse tras esta crisis pone los pelos de punta. El turismo de masas parece haber muerto así como el sexo ocasional, el consumo desmesurado, las colecciones primavera/verano y otoño/invierno y las toneladas de ropa, que esperan en los almacenes Primark, y que ahora mismo solo disfrutan las ratas. Los gobiernos aprovechan para implantar medidas de control a los ciudadanos, que estos acatan sin pestañear. Ninguna excusa mejor que la salud pública para que la policía salga en las ruedas de prensa en una crisis sanitaria. Mientras, intelectuales,  analistas económicos, líderes e influencers, tienen poco que decir. Más bien esperan que el guión les diga qué hacer y, en el reino de la incertidumbre, solo hay dos ideas claras: el miedo y la furia. Ya lo dijo el escritor Bukowski, “el problema con el mundo es que los inteligentes siempre están llenos de dudas mientras que los estúpidos lo tiene todo muy claro”.

El otro día fui al banco y la empleada, atrincherada y con mascarilla, me dijo, sin ni siquiera entrar, que a qué iba yo allí sino a ponerla en peligro de contagio. La mujer se debate entre la bolsa (su trabajo, su salario) y la vida y parece que, de momento, gana la primera. La entidad me carga 14 € al mes por comisiones si no ingreso cada 30 días un mínimo de 700 €. Antes tenía el programa ‘por ser tú’, que no me cobraba nada. He descubierto que ya no soy yo.

Si los que tienen trabajo fijo tienen miedo a morir, los que no lo tienen temen más la ruina y esgrimen la teoría de la supervivencia del más fuerte, cuando lo que prevalecía hasta el momento era la del más rico y poderoso. No sé qué me produce más pavor; si los paranoicos que para evitar una muerte, más bien improbable, renuncian ya a la vida o los seguidores de Trump que, armados hasta los dientes, proponen el ‘sálvese el que pueda’ o el que tenga el sistema inmunitario más fuerte. Seguramente desconocen que, como los antropólogos sostienen, la solidaridad fue, es y será el motor de la evolución ¿De verdad que el país de los donuts, las palomitas empapadas en mantequilla y la tele tienda, quiere que solo vivan los más sanos, fuertes e inteligentes? Yo me lo pensaría dos veces, vaquero.

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