Muertos que a nadie importan

  Hablemos de muertos en el único día del año que se puede abordar la muerte, porque en nuestra cultura es un tema tabú que se esconde y se aparta en horteras y asépticos tanatorios o en modernos cementerios, que imitan a bloques de pisos baratos. Olvidarnos de ese punto y final de nuestra existencia,…

Gracias a Michal Dziekonski por su foto de Unsplash,

 

Hablemos de muertos en el único día del año que se puede abordar la muerte, porque en nuestra cultura es un tema tabú que se esconde y se aparta en horteras y asépticos tanatorios o en modernos cementerios, que imitan a bloques de pisos baratos.

Olvidarnos de ese punto y final de nuestra existencia, ocultarlo y no tenerlo en cuenta, de vez en cuando, es un error que algunas culturas no cometen. India, por ejemplo, no solo no vive de espaldas a la muerte sino que la celebra cada día quemando cadáveres al aire libre, a la vista de todos (y aquí les remito a mi reportaje sobre Manikarnika, en esta misma web); ya que, como dicen los yoguis, “nadie como la muerte para enseñarnos el arte de la vida”.

Se dice que las grandes crisis, desastres, plagas y desgracias, en las que la presencia de la muerte se hace más patente, suelen dejar inolvidables lecciones a los supervivientes. Hacerlos más sabios, humanos, valientes, empáticos, expertos en separar el grano de la paja, lo que es importante de lo que no; pero no estoy muy segura de que los acontecimientos vividos en el 2021 y 2022 hayan producido tales consecuencias. Yo más bien diría que se ha conseguido lo contrario, la gran mayoría se ha vuelto más tonta, inhumana, cobarde, dócil, egoísta y centrada en lo que cada día les cuenta la televisión.

En relación con la muerte pasa un hecho muy curioso. La humanidad descubrió su condición mortal los últimos dos años, cuando entró en pánico. Pero ahora, que muere más gente que en los peores momentos de la ‘crisis sanitaria’, el hecho parece no afectarles. Aceptan resignados que a todos nos llega la hora, sin tener en cuenta que determinados experimentos pueden hacer que se nos adelante esa cita, sin nosotros pedirlo. “¡Es lo que hay!”, responden ante el exceso de mortalidad, expresión típicamente española que detesto y a la que considero como la quintaesencia del conformismo más estupidizante.

El ‘exceso de mortalidad’ es un término ya familiar que engloba a todos los muertos incómodos, anónimos y díscolos que no importan a nadie, que ya no dan miedo y que, además, no sabemos donde colocar, ya que son muy difíciles de clasificar y explicar. Los medios de comunicación se encargan, a veces, de ellos en un intento desganado por buscarle causas, cada cual más absurda que la anterior: el calor, el estrés, los videojuegos, la comida basura, la pizzas con tomate, el sexo desenfrenado (¿dónde?), el cambio climático, la contaminación atmosférica… Como si todos estos elementos hubieran llegado al mundo antes de ayer.

La ciencia, que nos ha salvado a todos de morir por el diecinueve, no parece interesada ahora en investigar las muertes repentinas de deportistas, cantantes, presentadores o magos que se desploman en plena performance, en vivo y en directo, de manera fulminante. Gente joven, sin enfermedades previas, a la que le llegó la hora antes de tiempo.

Desgraciadamente, las clases sociales existen también en el más allá y hay muertos de primera y de segunda. Los que murieron en los hospitales, UCIS y residencias de ancianos, en terribles circunstancias (¡pobrecillos!) eran mucho más mediáticos. Salían en la tele y a todos nos daban mucha pena. Sin embargo, las víctimas de repentinitis, los que engrosan ese exceso de mortalidad y los que han convertido a la funeraria en un gran negocio (el otro día vi, por primera vez en mi vida, el anuncio de una empresa de servicios fúnebres en una marquesina de autobús) conviven ya con nosotros, sin darnos mucho susto, como fantasmas buenos que solo buscan un poco de atención.

Pero si la sociedad nunca ha demostrado demasiado interés hacia los muertos, ni hacia el más allá; los políticos, esa especie carroñera en peligro de expansión, no duda en utilizarlos cuando les hacen falta. Es ya sabido que en pasadas elecciones gallegas algunos muertos votaron, y más de una vez, por cierto. Claro que en el país de A Santa Compaña todo es posible. Las estadísticas de fallecidos pueden también manejarse según convenga; para darnos miedo, como los monstruos en Halloween, o para invisibilizarlos y centrarse en el más acá cuando interesa. Y las causas de las muertes son también susceptibles de un cierto tuneo. Ahora te meto un palito y ya no has muerto por atropello sino por algo más lucrativo para el hospital, que cobra por cada enfermo que pasa a mejor vida por culpa de determinada enfermedad. Así que no crean que los muertos ya no tienen nada que hacer en el mundo de los vivos; al contrario, son multiusos si uno sabe cómo manejarlos.

Por una vez me gustaría que, como en las películas de terror que veremos en estas fechas, esos muertos se levantaran y fueran a donde deben ir (ellos lo saben muy bien) a reclamar justicia y hasta venganza.

Por todos ellos. Por las muertes que no tuvieron que ocurrir. D.E.P.

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