Miedo

  Siempre me han encantado las películas de terror pero hasta hace poco no podía verlas si iba a pasar la noche sola en casa. Aun así, a veces la curiosidad superaba la perspectiva de la mieditis posterior y las veía, aun a sabiendas de que luego pasaría varias noches toledanas. Hace poco he vuelto…

Rita Abundancia

 

Siempre me han encantado las películas de terror pero hasta hace poco no podía verlas si iba a pasar la noche sola en casa. Aun así, a veces la curiosidad superaba la perspectiva de la mieditis posterior y las veía, aun a sabiendas de que luego pasaría varias noches toledanas. Hace poco he vuelto a disfrutar El Corazón del Ángel (1987), que descubrí en su momento de estreno y que perturbó mis sueños durante varios días. En la oscuridad recordaba a Robert de Niro, en el papel de diablo con bastón y uñas puntiagudas, preguntándole al incrédulo protagonista, interpretado por un Mickey Rourke previo a su metamorfosis (cortesía de la cirugía estética): “¿Si tuviera patas hendidas y cola en punta de flecha me creerías?”. Y, por supuesto, esa angustiante bajada en un montacargas, que sirve de punto final a la cinta.

Ya no me dan miedo las películas de miedo y, tras volver a ver el éxito del 87 dormí como una bendita. Incluso veía, en cierto modo, ‘lógico’ que el diablo se cobre sus deudas. La persona que hizo en su día ese pacto ya sabía a lo que se atenía y, dentro de lo malo, hay que reconocer que Lucifer no cambia las cláusulas del contrato ni se inventa unas nuevas, como acostumbran a hacer los seguros, las inmobiliarias, las compañías de electricidad o los bancos (desde la pandemia, si no ingreso un mínimo de dinero cada mes en mi cuenta, me cobran 14 €).

Pensando en el origen de este envalentonamiento mío con el cine de terror he llegado a la conclusión de que si ya no me dan tanto miedo esas películas es porque el horror cotidiano es mucho peor que el cinematográfico. El recorte o supresión de las libertades básicas y los derechos fundamentales, que comenzó hace casi dos años con vocación de quedarse y engordar, es mucho más horripilante. La falta de libertad de expresión y la censura alcanza ya los niveles de una dictadura y va camino de emular la realidad de Farenheit 451(1953). El afán insaciable del estado por meterse en cada pequeña parcela de nuestras vidas, para controlarlas y sacar su comisión parece un spoiler de 1984 (1984). La pasividad y sumisión de gran parte de la población, disfrazada según el día de tolerancia, solidaridad o responsabilidad, evoca ya a esas imágenes de la serie The Walkind Dead. Zombis caminando irremediablemente hacia un precipicio donde encontrarán su final y, si alguien les previene de ese peligro, todos a uno lo reducen, lo masacran y lo engullen.

Los monstruos clásicos parecen adorables peluches al lado de los organismos oficiales, las sociedades sin ánimo de lucro, los filántropos, la industria farmacéutica, los expertos (casi siempre anónimos), los fondos de inversión, las aseguradoras, las compañías de electricidad y gas, los informativos (que dejaron por los suelos a los maestros del cine de terror), los colegios (convertidos en prisiones de máxima seguridad), los hospitales, los puestos de trabajo, la burocracia eterna e interminable, que amenaza con matarnos de aburrimiento y desidia.

Ese miedo latente, con el que convivimos ya, es mucho más aterrador que el hombre lobo, Drácula, la momia, el fantasma de la ópera o los muertos vivientes. El miedo actual es líquido, en expresión del sociólogo Zygmunt Bauman, difuso y nos trasmite que lo mejor es esconderse sin un plan de respuesta claro, porque no tenemos aún muy claras cuáles son las amenazas. Es un miedo (en terminología psicológica) disfuncional, porque lo que ocurre a consecuencia de sentir esa emoción, es aún peor que lo que ocurriría si no la sintiéramos.

La función básica de la emoción que nos pone los pelos de punta es alejarnos de un suceso para el cual todavía no estamos preparados, pero el miedo es también una construcción sociocultural muy útil. Quienes puedan fabricar nuestros desasosiegos podrán vendernos después el antídoto para los mismos (en el mejor de los casos).

En los juicios de Nuremberg, se le preguntó a Hermann Göring cómo había sido posible que Hitler hubiera conseguido el apoyo de la mayoría del pueblo alemán. A lo que el nazi contestó que era un problema de la naturaleza humana y que podía conseguirse cualquier cosa de la gente, si previamente se la atemorizaba lo suficiente. Algo que Naomi Klein nos recuerda en La Doctrina del shock. Paralizados por nuestras pesadillas, damos por bueno lo que en otras circunstancias nos resultaría inaceptable. Atemorizados, nos convertimos en personas individualistas, mucho más manipulables porque dividiendo es más fácil vencer. En estado de shock muchas personas optan, incluso, por ponerse del lado de sus verdugos y colaborar en la masacre, pensando así que eso las salvará del destino de la mayoría. O creyendo, totalmente convencidas, que están formando parte del bando bueno. ¿Recuerdan a los policías de balcón de la pandemia?

Si antes los gobiernos vendían sus planes prometiendo utopías, ahora lo hacen a lo bruto, metiendo miedo. Ocurre lo mismo con los anuncios de medicinas, que antaño garantizaban la felicidad (“Calmante Vitaminado le devuelve la alegría”) y ahora solo el aguante para seguir tirando (“que la gripe no te detenga”, “que nada te frene”).

Los acontecimientos políticos van a menudo asociados a historias para no dormir que nos contaron previamente, con el fin de meternos el miedo en el cuerpo. En marzo del año 2003, el presidente norteamericano George Bush denunció que Irak estaba a punto de aniquilar el planeta con sus armas de destrucción masiva. Eran, según él, las armas más letales jamás inventadas. Y entonces el presidente invadió Irak. Años más tarde se supo que esas armas nunca habían existido. Estrategia esgrimida ya antes en la historia universal. Por poner un ejemplo, en el año 1964, el presidente Lyndon Johnson, denunció que los vietnamitas habían atacado dos buques de los EEUU en el Golfo de Tonkín. Y entonces el presidente Johnson invadió Vietnam. Cuando ya la guerra había destripado a una gran multitud de vietnamitas, en su mayoría mujeres y niños, el secretario de Defensa de EEUU, Robert Mac Namara, afirmó, años después, estar convencido de que el ataque del golfo fue un invento de su administración para justificar la intervención de Estados Unidos en Vietnam. Los muertos nunca resucitaron.

Personalmente siempre he desconfiado de las personas que pretender meter miedo, ya que es la táctica de criminales, maltratadores y malos padres, que crían a sus hijos con amenazas y malos presagios. Y también he comprobado, en los últimos dos años, que los que más miedo tienen a morir son las personas que llevan existencias más miserables (y no hablo aquí de dinero, sino de otras cosas). Tal vez porque se dan cuenta de sus vidas no vividas.

En estos días en que se celebra la llegada de la oscuridad (los días más cortos), se recuerda a los muertos y se festeja esta sensación de terror; no estaría de más que reflexionáramos sobre quién o quiénes dictan las nuevas tendencias en materia de miedo en el túnel del terror y con qué fin lo hacen. Porque lo que más miedo le da al poder es la gente que no tiene miedo.

Y acabo ya con un pequeño cuento chino, como esos que nos cuentan con oscuros fines. Un emperador de China llamó una noche a su consejero principal y le confió la angustia que le impedía dormir. Le dijo: “Nadie me teme”. Como nadie le temía, nadie lo respetaba. Y como nadie lo respetaba, nadie le obedecía.

El consejero principal meditó un rato y, finalmente, dijo: “Falta castigo”. El emperador, sorprendido, dijo que castigo no faltaba, porque él mandaba a la horca a todo el que no se inclinara a su paso. Pero el consejero principal matizó: “Pero esos, esos son los culpables. Si solo se castiga a los culpables, solo los culpables sienten miedo”.

El emperador chino pensó y pensó y llegó a la conclusión de que el consejero principal tenía razónAsí que lo primero que hizo al día siguiente fue cortarle la cabeza. La ejecución ocurrió en la gran plaza pública y el consejero fue el primero de una larga lista de sospechosos de no tener miedo.

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