Manual para vivir una guerra a distancia

  Circula un meme que dice algo así: “Putin está nominado al Premio Nobel de Medicina por haber acabado con el virus en una semana”. A cambio de su proeza sanitaria, el líder ruso se ha convertido en el enemigo público número uno. Un ser sediento de sangre, un loco que, de la noche a…

Rita Abundancia

Secuencia de un videojuego, atribuida en muchos medios al conflicto ruso-ucraniano.

 

Circula un meme que dice algo así: “Putin está nominado al Premio Nobel de Medicina por haber acabado con el virus en una semana”. A cambio de su proeza sanitaria, el líder ruso se ha convertido en el enemigo público número uno. Un ser sediento de sangre, un loco que, de la noche a la mañana, se levanta con ganas de invadir a su vecino sin importarle las consecuencias.

Toda guerra necesita un villano y la de esta es, sin duda, Vladímir Vladimirovich. Objeto de todas las tertulias y programas televisivos, donde se analiza minuciosamente la figura de este mandatario hasta límites insospechados. No hace mucho, el programa Cuatro al día, capitaneado por Joaquín Prat, aspiraba al Pulitzer haciendo periodismo de calidad y hablando de las leyendas en torno al personaje. “Hay quien asegura que Putin tiene más de cien años, es inmortal y capaz de viajar en el tiempo”. De lo que si es capaz Vladimir es de aunar conceptos diametralmente opuestos, una cualidad que roza lo esotérico, ya que la izquierda lo califica de ser de extrema derecha y la derecha de comunista.

Sostener que el presidente ruso no es el único villano en esta guerra (ya sabemos que un santo de palo tampoco, sino nunca hubiera llegado a donde está), implica las obligadas aclaraciones en este aburrido y maniqueo mundo. A saber: que una es contraria, por principio, a cualquier guerra; que una no es agente del SVR (Servicio de Inteligencia Exterior ruso) ni está a sueldo de Moscú y que, aunque últimamente todo el mundo me diga que parezco rusa (lo que supone un problema añadido), procedo de gallegos de pura cepa.

Teleficción o el informativo emocional                                                                  

¡El periodismo ha muerto, viva la teleficción! Este podría ser el lema de los grandes medios de comunicación de masas iniciado, a saco, con la pandemia y que no hace más que retroalimentarse. El periodismo ha dejado de preocuparse en analizar la realidad e informar sobre los hechos, lo más objetivamente posible. Ahora su misión es crear tendencia e impregnarlo todo de un sentimentalismo bachatero. Los informativos o programas de televisión no tienen como meta que la gente entienda por qué se ha producido el conflicto ruso-ucraniano, su contexto histórico, qué agentes están en juego, qué papeles han representado cada uno o qué consecuencias traerá la guerra para los distintos países. Muy al contrario, su misión es crear emociones y decirte en qué bando tienes que estar para que no te cuelguen el insulto o San Benito del momento (ser ‘pro Putin’ en marzo del 2022 equivale a haber sido antivacunas tres meses atrás).

Mientras las mejores series de ficción han desterrado ya a los personajes maniqueos y se han lanzado a explorar las luces y sombras que hay en todo ser humano; los telediarios retroceden décadas y vuelven a la viejuna narrativa de buenos y malos. Para ello, no dudan en recurrir a los trucos más sucios del periodismo sensacionalista: casquería, es decir, imágenes de heridos (prohibidas hasta hace relativamente poco), ‘relatos humanos’ y hasta efectos especiales. Susanna Griso es conocida ya en medio mundo por enseñar imágenes de un videojuego atribuidas al conflicto que vivimos. No me importa si la responsable directa fue ella o no; pero como cabeza del programa, debería estar ya en la cola del paro.

Hay también personas que mueren dos veces en los medios (en Afganistán y en la frontera ruso ucraniana), imágenes de películas románticas (dos enamorados que se separan en una vía de ferrocarril) pretendiendo ser reales y hasta cartas escritas por soldados a sus novias en el frente. ¿Alguien sigue escribiendo cartas todavía? ¿No creen que lo más probable es que la llamara o le enviara un audio por WhatsApp?

Es paradójico como a día de hoy, con toda la tecnología de que disponemos, la verdad sea una utopía inalcanzable. Hemos retrocedido al medievo y nadie que no esté presente en el lugar de los hechos puede decir, a ciencia cierta, que sabe lo que realmente está pasando en el extremo oriental de Europa.  Y lo peor de todo es que, seguramente, nunca lo sabremos. Los medios son como ese amigo mentiroso al que ya no puedes creer de tantas trolas que te ha contado. Pero el truco todavía funciona para gran parte de la población, que da verosimilitud a todas las imágenes que salen en la tele. Como los indígenas primitivos que, cuando veían por primera vez el cine, reaccionaban saltando hacia la pantalla para liberar a la chica; porque creían que, realmente, alguien la estaba secuestrando.

Rusofobia delirante

Al enemigo se le ataca desde muchos frentes. Ya lo dijo Josep Borrel, el Alto Representante de Política Exterior para la UE, “pueden ser gestos irrelevantes desde un punto de vista geopolítico, pero tienen un impacto social”. Así que, por lo pronto, Rusia será excluida del Festival de Eurovisión y de la final de la Champions League, que no se celebrará en San Petersburgo, como estaba previsto, además de otros eventos cruciales para el ser humano.

No pocas empresas han hecho ya el boicot al país eslavo: CNN, Pornhub, Facebook. Se habla también de Coca Cola, Mc Donnald’s e Inditex; que ha cerrado, temporalmente, sus 502 tiendas en la patria de Putin. Resumiendo, que los rusos se ahorrarán tener que ver el decadente festival europeo de la canción, estarán mejor informados, se harán menos pajas y, por consiguiente, tendrán más relaciones con sus parejas. Facebook no los podrá censurar ni castigar un mes sin publicar. Estarán más sanos, delgados y guapos y no gastarán dinero en jerséis de Zara, que a las tres semanas están llenos de bolas.

Mientras tanto, aquí seguiremos con el borrado de todo lo que tenga que ver con el país de las matrioshkas. Ya hay chefs que han rebautizado a la ensaladilla rusa como ensaladilla Kiev y le han puesto, además, más huevos duros. La Filmoteca de Andalucía canceló la proyección de la película Solaris (1972), de Andréi Tarkovsky, justificando su decisión debido a la “delicada situación mundial”. El Festival de Cannes también ha anunciado que no aceptará delegaciones rusas en su próxima edición y la Universidad de Bicocca, en Milán, suspendió un ciclo de conferencias entorno a Dostoievski; aunque luego, y debido a las protestas, tuvo que retractarse y volver al programa inicial.

Si son fans de los escritores rusos, como es mi caso, no estaría de más que empiecen a esconder sus ejemplares de Ana Karenina, Doctor Zhivago, Las almas muertas o Los hermanos Karamazov. Por lo que pueda pasar.

Los mil y un usos de un chivo expiatorio

Otra de las ventajas de aglutinar el mal en una sola persona es que ésta se convierte, automáticamente, en el chivo expiatorio. Así, todos los desastres debidos a la incompetencia de los que están al mando y no deberían, se le adjudica directamente y, en este caso, a Putin.

Esta táctica ya se había probado, con grandes resultados, durante la pandemia. La diferencia es que un virus es imperceptible, anónimo y difícil de personalizar. Nada comparable a un ex agente de la KGB que se fotografía cabalgando semidesnudo en la estepa siberiana. La prueba máxima del grado de aguante de la figura del chivo expiatorio, tan práctica y útil en política, es que Pedro Sánchez ha cogido el ‘muerto’ de la subida del precio de la luz y la energía, se lo ha cargado a Putin en la espalda, y se ha quedado tan ancho. La ministra de Hacienda y Función Pública, para no ser menos, ha llamado chantajistas a los transportistas en huelga y les ha acusado de hacerle el juego al tirano Putin.

Y desde luego, una guerra, aunque dure poco, es la ocasión de oro para subir precios, que luego nunca bajarán.

Los ricos también lloran. Y pasan frío

Ante tanto sufrimiento, los poderosos muestran su lado humano y dejan patente que ellos también lloran y, si es necesario, hasta pueden pasar algunas penurias por eso de solidarizarse con el mundo en guerra. Borrell pide que los hogares europeos bajen la calefacción, para no depender tanto de la energía rusa. Un gesto insignificante cuando la gente se ha pasado año y medio con las ventanas abiertas en trabajos y colegios, y ha comido el pavo de Nochebuena entre corrientes de aire. Sin embargo, la propuesta no ha hecho mucha gracia y ha cabreado a los exhaustos ciudadanos.

Llega entonces Ana Botín y confiesa que ella ha bajado la calefacción de su casa a 17 grados. Aunque lo que no especifica es a qué casa se refiere: la del Viso, en Madrid; su finca de Cantabria, su vivienda en Londres, muy cerca de Buckingham Palace, o su chalet en Gstaad (y espero no haberme dejado ninguna). Aunque pensemos que ser la hija de un poderoso banquero y una marquesa puede ser de mucha más ayuda que haber nacido en una favela brasileña; Ana ha confesado que, en su carrera, ha tenido que enfrentarse a muchos prejuicios y que nadie le ha regalado nunca nada. ¿Ni siquiera el Ratoncito Pérez le dejó unas monedas por sus dientes de leche? ¡Qué vida tan triste!

Agudos ataques solidarios, de corta duración

Tras volcarnos con el pueblo afgano, hace apenas unos meses; la guerra ha hecho que la tendencia en solidaridad sea ahora con los ucranianos. No me dibujen como un alma despiadada que hace bromas con las víctimas de un conflicto sino, más bien, como alguien que subraya la tremenda hipocresía reinante en el tema de la caridad.

Tengo una vecina muy molesta porque una pareja de mendigos sin casa duermen cerca de nuestro edificio. Le gustaría echarlos, porque además se besan y muestran su amor en público; pero no puede, aunque lo ha intentado. El otro día, que hablé un rato con ella, mostró una especial sensibilidad hacia los ucranianos que han dejado sus casas y no tienen dónde ir. Es probable que hasta done dinero a esta causa para lavar su conciencia.

Que quieren que les diga, claro que dan pena los ucranianos y los rusos que mueren en esta guerra o que tienen que huir; pero yo siempre he sido más partidaria de la solidaridad de Km 0. Entre otras cosas, porque va directamente a quien la necesita, sin oscuros intermediarios. Esta pareja de mendigos sabe mi nombre y yo los suyos, tenemos nuestros teléfonos, hemos tomado café juntos y, como sé que les gustan las anchoas, a veces les compro alguna que otra lata. Pero, por supuesto, cada uno que ayude a quien quiera. Eso sí, antes de hacerlo fíjense bien donde envían su dinero porque ya hay disfraces de benefactores que utilizan algunas pretendidas ONGs, pedófilos y capos de las mafias sexuales. De hecho, ya hay alertas por intento de tráfico de mujeres en las fronteras con Ucrania.

He escuchado a varios analistas políticos (no, entre ellos no se encuentra César Carballo) decir que esta guerra durará poco. Zelenski, que no va al baño sin permiso de EEUU, ya ha dicho que Ucrania no será miembro de la OTAN (hombre, si lo hubiese dicho unas semanas antes, a lo mejor nos hubiésemos ahorrado muchos problemas).   Así que ya hay muchas voces que quieren nominar a este ex comediante que tocaba el piano con el miembro ( era uno de sus números cómicos) y que estaba en la lista de los Papeles de Panamá al Premio Nobel de la Paz. EEUU venderá gas a Europa, un 40% más caro que el ruso, y la guerra habrá servido para lo que sirven las guerras, para hacer negocios y, en este caso, para acercarnos más a esa agenda 2030 que nos promete un mundo perfecto. Ya saben, no tendrás nada y serás feliz.

 

 

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