Destinos inconfesables

Magaluf. El abrevadero de Inglaterra se seca irremediablemente

El destino de sol, alcohol, drogas y sexo; el epicentro del balconing, la válvula de escape veraniega de la working class inglesa agoniza y es ahora una ciudad fantasma en pie de guerra que reivindica su derecho a ganarse la vida con el turismo.

Texto y fotos: Rita Abundancia

La playa de Magaluf, mucho menos frecuentada que en otros años.

 

A ocho de agosto, Punta Ballena, esa pequeña calle mallorquina que se ha hecho popular en el mundo entero, parece pertenecer a una ciudad fantasma. Bares, tiendas de comida rápida, restaurantes, locales nocturnos o lap dances permanecen cerrados cuando deberían estar a pleno rendimiento. Solo algunos supermercados, regentados por chinos, indios o paquistaníes, están abiertos, esperando que alguno de los escasos turistas que han llegado en plena pandemia a Magaluf, el abrevadero de Inglaterra (como lo definió hace años el titular de un periódico mallorquín) entren para aprovisionarse de agua o bebidas más fuertes. Abrevar ya no es tan fácil en la ciudad donde antes corrían el alcohol y las drogas, y los escasos viandantes buscan bares como agua en el desierto.

Pepita, 50 años, española y residente en Magaluf vuelve de la playa con su hija. Debía estar trabajando, pero el local donde ejercía de camarera está cerrado gracias a una ley del gobierno balear. “El fin de semana del 11 y 12 de julio hubo un incidente. Un joven se subió a un coche y empezó a saltar sobre él junto a un grupo de personas que, desde el suelo, lo coreaban. No llevaban mascarillas ni respetaban la distancia de seguridad. Durante los días siguientes empezaron a aparecer vídeos en las redes sociales sobre desmanes en Magaluf (la mayoría de otros años) y el gobierno decidió cerrar los locales de Punta Ballena. Los bares estaban cumpliendo a rajatabla todas las medidas de seguridad y cuando esto ocurrió estaban ya cerrados (era más de las 2 de la madrugada). No creo que deban pagar todos por la irresponsabilidad de una sola persona, pero así están las cosas aquí. Mucha gente se ha quedado sin trabajo y el invierno se prevé muy duro”, cuenta esta mujer visiblemente enfadada tras su mascarilla que, curiosamente, está adornada con una sonrisa roja, en las antípodas de su discurso.

Locales cerrados en Punta Ballena.

Las cerca de 2.000 personas que se han quedado sin trabajo por el cierre de Punta Ballena han creado ya la Asociación de Pequeños y Medianos Comerciantes y trabajadores de Calvia. Su presidente, Juan Rodríguez, comentaba a El Diario de Mallorca que están dispuestos a reclamar al ayuntamiento 18 millones de euros, el equivalente a los salarios medios (1.500 €) de las personas perjudicadas.

El cabreo de los trabajadores de Magaluf es visible, ya que la mayor parte de los locales cerrados exhiben carteles que rezan en grandes letras: “queremos trabajar”, “somos contribuyentes, no delincuentes”, “gobierno dimisión”, “we love tourists” o dimisión Lago Negueruela”. Este último es el conseller de Modelo Económico, Trabajo y Turismo del gobierno balear, nada partidario del ‘turismo de borrachera’ que, según comentaba al Diario de Ibiza, “es muy peligroso para nuestra sociedad y nuestras islas”. Claro que hay borracheras y borracheras. Las de Niki Beach, también en la ciudad del pecado, parecen menos perjudiciales y más rentables, a 200 € la botella de Moët & Chandon y a 700 la cama-hamaca para nueve personas. Desde la playa puede verse como en el recinto al aire libre de este beach club las personas, sin mascarilla ni distancia de seguridad, celebran el verano en este abrevadero de alto standing.

Un grupo de turistas pasean por la playa de Magaluf.

En el lado opuesto al glamur, el Daiquiri Palace, a pie de playa, es de esos bares que venden frozen cocktails, que vienen en grandes dispensadores y que se sirven tirando de una palanca. La manera más rápida para acabar con la flora intestinal y cogerse una cogorza. Allí están Ben, Trevor y Gary (bebiendo cerveza, eso sí). Tres ingleses jubilados que viven en Magaluf todo el año. “No es un sitio tan tremendo”, comenta el primero, de Coventry, “pero hay una clara intención de demonizar a este lugar por parte de algunos medios ingleses, capitaneados por The Sun”. Trevor, de Newcastle, se acerca para enseñarme un vídeo, supuestamente de Benidorm, donde un hombre penetra con la mano a una mujer desnuda con el cuerpo pintado frente a una nada desdeñable audiencia. “Si esto pasara aquí, estas imágenes ya estaban en todas las televisiones del mundo”, afirma. La hipótesis que estos tres gentlemen defienden es que hay intereses que quieren convertir este lugar en una zona exclusiva, con hoteles y restaurantes caros. “Quieren quitársela a la workig class para dársela a los vips”, sentencia Gary, londinense y asiduo a Magaluf desde los 70, y continúa, “en los últimos años Punta Ballena era uno de los sitios más seguros del mundo, porque había un policía en cada esquina. Lo que no entiendo es como las fuerzas del orden no han hecho nunca nada con las prostitutas nigerianas, que más que prostituirse se dedicaban a robar a los turistas borrachos, agrediéndolos si era necesario. Y este año siguen, aunque  se ven pocas”.

Nos guste o no, si Calvia, donde se encuentra este enclave turístico, fue durante años el municipio más rico de España hay que agradecérselo a las libras de las dependientas de Oxford Street, de los lavaplatos de los restaurantes caros de Londres, de las limpiadoras de Liverpool, de los fontaneros de Manchester y hasta de los niños bien de Oxford y Cambridge, que venían a pasar su semana de sol, alcohol, drogas y sexo para volver luego a sus jerséis de cachemir, sus sesiones de golf y sus tés en el Savoy. El capitalismo era eso, ¿no?, proporcionar servicios adecuados a las demandas de la clientela.

Por otro lado, deberíamos ser conscientes de que no podemos criar niños en council flats, con nuggets de MacDonald’s, telebasura y una educación que brilla por su ausencia y pedir luego que su forma de entretenimiento sea escuchar El Mesías de Handel, degustar carne de buey de kobe masajeado o debatir sobre la última exposición del Victoria & Albert Museum antes de retirarse al hotel para leer el último libro del filósofo coreano Byung-Chul Han.

Letreros en Punta Ballena informan sobre las multas por determinadas acciones.

Hace tres años, un fotógrafo de Mallorca me propuso hacer un reportaje sobre trabajadores ingleses que venían a hacer la temporada a Magaluf para venderlo al diario inglés Daily Mail. A él le cogieron sus fotos pero mi texto no gustó, probablemente porque no arremetía contra el lugar con la furia deseada por el tabloide. Ese centro de corrupción de la juventud inglesa, por no hablar del famoso ‘balcón asesino español’, que engatusa a todo aquel que se asoma a él para que se tire al vacío o, en el mejor de los casos, a la piscina del hotel.

En la playa (la única que ha salido ganando con todo esto, ya que exhibe unas aguas transparentes) encuentro a una pareja de jóvenes que resultan ser de Milán, Manuel y Jessica, ambos de 29 años. Cuando compraron sus vacaciones, dos semanas antes, no sospechaban que el Magaluf que conocía él (había venido cinco años antes) iba a estar tan cambiado. “Solo el 10% de los bares y sitios están abiertos. Ayer, nuestro primer día, salimos a cenar y no encontramos ningún lugar para tomar una copa. Hoy exploraremos otra zona, pero resulta todo un poco triste e inquietante. Pareciera el escenario de una serie de ciencia ficción”, comenta Manuel, que intentó cancelar sus vacaciones a la vista de las noticias procedentes de España respecto al aumento de contagios, pero era ya demasiado tarde para no perder el dinero.

En sus buenos tiempos, el lugar que inventó el balconing no era solo un centro de vacaciones. Muchos ingleses venían aquí cada año para hacer su agosto, trabajar todo lo que aguantara el cuerpo (con la ayuda de sustancias o sin ellas) y reunir algo de dinero para viajar, comprarse un coche, ayudar a pagar la hipoteca y hasta estudiar. El trabajo de P.R. (public relations) es uno de los más duros ya que hay que estar a pie de calle, convenciendo a la marabunta de que tu bar, disco o pub es el mejor de todo Magaluf y deben cruzar la puerta de entrada al paraíso. Zac (21 años) de Essex, vendía tickets que daban acceso a los principales antros nocturnos. Lo había hecho dos veranos consecutivos y este era su tercero. Llegó a Mallorca cuando los hoteles abrieron pero los diferentes acontecimientos; el cierre de los locales de Punta Ballena y la normativa del gobierno inglés de someter a un aislamiento de 14 días a los viajeros procedentes de España, lo han dejado sin trabajo. Lo encuentro solo y algo bebido en la calle, “no sé muy bien qué hacer. Me había hecho a la idea de pasar el verano aquí, haciendo dinero. La posibilidad de que abran Punta Ballena es muy remota y, aunque lo hicieran, muy pocos ingleses vendrán este año aquí sabiendo que luego deben guardar cuarentena”. Zac maldice al gobierno inglés que lo ha dejado en dique seco pero yo apostaría por él. Sin duda, es un tipo con recursos, de esos con el torso lleno de tatuajes y con un diploma en la universidad de la vida. De haber nacido en otra época, podría haber sido un marino de los de Conrad, o uno de esos charlatanes que vendían elixires curalotodo en el salvaje oeste.

Carteles de protesta por el cierre de los locales de Punta Ballena.

Un poco más lejos de Punta Ballena, el pub Britannia, toda una institución, mantiene abiertas sus puertas, aunque en la enorme terraza solo una mesa está ocupada por dos mujeres inglesas de cierta edad. Les pregunto si no les incomodan las medidas del gobierno inglés. “Fuck Boris Johnson”, contesta la más mayor que sostiene un cigarrillo entre sus dedos amarillos de nicotina y que mete un fuck en cada frase. “Me siento más segura en España que en mi país. Aquí hay más reglas, más policía”.

Ciertamente, la policía vigila las avenidas desiertas, como esperando que un ejército de hooligans zombies apareciera gritando y agitando sus manos en cualquier momento y las calles están llenas de letreros con diferentes multas para todo lo que, hace un par de años, parecía normal en Magaluf. Beber alcohol en la calle se penaliza con una sanción de 500 €, ensuciar la vía pública es algo más barato (200 €) e ir desnudo, algo que a los ingleses les gusta hacer cuando beben y que se complica en su país por motivos climatológicos, conlleva desembolsar 400 €.

Dos inglesas en la terraza del pub Britannia, en Magaluf.

Frente al Britannia, Nicolás, camarero del Piano Bar, regentado por españoles, espera a los clientes en la terraza. Él tiene su propia lectura a las medidas del gobierno inglés, que han dado el golpe de gracia a la temporada turística de este año. “Son más económicas que sanitarias. Han puesto problemas a la gente para que salga de vacaciones y se quede en el país y gaste allí el dinero. De hecho, las playas inglesas están atestadas de gente”.

“La juventud necesita divertirse”, cuenta Maggie, la señora del Britannia, “work hard, play hard es una máxima inglesa; pero si uno ya no puede entretenerse un poco y solo le queda trabajar y trabajar hay algo que falla, y la presión tendrá que salir por algún lado, tarde o temprano”.

En las tiendas de souvenirs abiertas, las camisetas todavía exhiben eslóganes de la época de la juega y el desmadre. “What happens in Magalluf stays in Magalluf (“lo que pasa en Magaluf se queda en Magaluf”), Good girls go to heaven, bad girls go to Magaluf (las chicas buenas van al cielo, las malas a Magaluf”) o They say I was in Magalluf but I can’t remember (“dicen que estuve en Magaluf pero no lo recuerdo”); muchas de las cuales servían de uniforme a los ejércitos de despedidas de solteras, que quemaban sus últimos cartuchos en la ciudad donde todo estaba permitido. Algunos matrimonios ingleses, abiertos de mente, practicaban la filosofía de la semana off. Siete días al año la mujer se iba de vacaciones con sus amigas, lo mismo que el marido, sin temor a que su pareja le hiciera preguntas indiscretas. Lo que allí pasaba quedaba solo en la memoria del que lo vivía. Algo así como una amnistía matrimonial. ¡Quién sabe cuántas uniones sobrevivieron a los años gracias a esta generosa práctica!

“Créeme querida”, me dice Maggie, “Magaluf era mucho más salvaje antes que ahora. ¿Sabes cuál es el verdadero problema? Las fucking cámaras de los teléfonos móviles”.

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