Los medios y el año 2020

  Veo un vídeo-anuncio de un periódico local español en el que se hace referencia a lo duro que ha sido dar noticias tan negativas este año que acaba y lo mucho que le hubiera gustado publicar otro tipo de informaciones. Hubiésemos querido sacar otros titulares pero la actualidad manda, es el mensaje que se…

Rita Abundancia

 

Veo un vídeo-anuncio de un periódico local español en el que se hace referencia a lo duro que ha sido dar noticias tan negativas este año que acaba y lo mucho que le hubiera gustado publicar otro tipo de informaciones. Hubiésemos querido sacar otros titulares pero la actualidad manda, es el mensaje que se desgrana de esta publicidad, con el subjuntivo como modo imperante.

Hace tiempo leí en alguna parte que en las lenguas o dialectos primitivos o indígenas no existe ese tiempo verbal. Solo tienen el presente, el pasado y el futuro; con lo que se pierden muchos recursos poéticos y literarios pero se libran de suposiciones, especulaciones y probabilidades que nunca ocurrieron ni ocurrirán. De pajas mentales e hipocresías. Por eso cuando vi ese anuncio detecté en él, aunque en cantidades homeopáticas, una cierta incomodidad, un inconsciente sentimiento de culpa, un imperceptible ‘lo siento”.

Todos sabemos ya que no hay que matar al mensajero y que los carteros no son responsables del contenido de las cartas que reparten. Los periodistas tampoco lo son de la naturaleza de las noticias pero si de cómo las cuentan, especialmente en momentos de crisis, guerras o pandemias; puesto que la percepción que la gente tenga de la realidad, la gravedad de la situación, y su futuro se cocinará en los titulares, los telediarios y los artículos. De los medios depende informar, alertar a la población de la realidad o crear pánico. A estas alturas puede que haya todavía mucha gente que opine que el miedo es bueno y que salva vidas. Lamento decirles que su efecto es justamente el contrario, para empezar deprime el sistema inmunitario y nubla el pensamiento; pero, además, cuando uno siembra miedo no sabe nunca que cosecha va a recoger: pánico, irracionalidad, dejadez (a fuerza de repetir las mismas palabras, éstas van perdiendo su verdadero significado), intolerancia, depresión…

En las grandes crisis y guerras mundiales todo el mundo tenía muy claro que la moral de las tropas y de la población era crucial a la hora de vencer o sobrevivir; por eso las actrices de Hollywood viajaban al frente para animar a los soldados, por eso durante la Segunda Guerra Mundial en el metro de Londres se celebraban fiestas bajo los bombardeos y por eso el gobierno británico, en esa misma contienda, creó un lema destinado a los ingleses: “Keep calm and carry on” (mantén la calma y sigue adelante).

La actitud de los medios de comunicación durante esta pandemia ha sido justamente la contraria, faltando no solo a ese principio psicológico; sino a las reglas más básicas del periodismo. Muertos que ocupan titulares varios días (como si murieran dos o tres veces), amarillismo, sensacionalismo a la hora de dar los datos o cifras y un patente interés, casi sádico, en centrarse en los detalles escabrosos.

Durante los atentados de las Torres Gemelas, las televisiones y periódicos evitaron dar las imágenes de las personas que se tiraban por las ventanas, prefiriendo saltar a morir quemadas. Pues bien, metafóricamente hablando, en esta pandemia los medios no solo no han evitado esas imágenes sino que las han puesto en cámara lenta, mientras comentaban las expresiones de los que saltaban y los efectos que el salto produciría en sus cuerpos.

El escritor Javier Marías (con quien no suelo coincidir en sus opiniones, pero aquí sí) denunció esta cobertura de los medios en su columna de El País Semanal, en un artículo titulado Terrorismo Informativo, y Karin Wahl-Jorgensen, periodista y profesora en la Universidad de Periodismo de Cardiff (Reino Unido), escribió también al respecto en The Conversation, en un texto titulado Coronavirus: how media coverage of epidemics often stokes fear and panic (Coronavirus: Cómo la cobertura de epidemias de los medios alimenta siempre el miedo y el pánico). En su minucioso análisis del lenguaje periodístico, esta experta señala: “El predominio del pánico en los reportajes sobre el coronavirus sugiere que la cobertura de la crisis se centra más en reflejar el miedo de la gente que en informar de lo que realmente está pasando en términos de propagación del virus”.

Durante el pasado verano fue trending topic el fragmento de un programa de televisión matinal de TVE1, en el que una presentadora entrevistaba a un médico, Luís de Benito, sobre el estado de los hospitales en la Comunidad de Madrid. Las preguntas incluían ya la respuesta (“¿no es cierto que podemos hablar ya de total saturación en los hospitales?”); pero como el médico no se amoldaba al guion preestablecido (“pues en realidad no. La semana pasada aquí no había nadie y ayer había solo tres personas”), la presentadora seguía con el mantra de la total saturación y de que habían saltado ya todas las alarmas. El vídeo debería utilizarse como material didáctico en las universidades de periodismo, ya que es el mejor compendio de todo lo que un entrevistador no debe hacer nunca.

En esta campaña del discurso único, los disidentes, los que discrepaban de la explicación oficial de la pandemia y de cómo debía tratarse (existen variadas formas de enfrentarse a una crisis sanitaria), fueron excluidos de los medios y metidos en el mismo saco que llenaron negacionistas, conspiracionistas y tierraplanistas. Casi nadie se interesó por sus puntos de vista, faltando a otro principio básico del buen periodismo que dice que hay que escuchar a todas voces implicadas en un conflicto, nos gusten o no. Y, por supuesto, faltó mucha cobertura internacional, convirtiendo a España en una isla informativa a la que casi no llegaban noticias del exterior, y mucho menos de países que aplicaban unas normas diferentes a las nuestras.

Recuerdo también el titular de algunos periódicos nacionales e internacionales que rezaba: “Una joven mata a su abuelo sin querer. Se contagió de coronavirus en una fiesta”, haciendo referencia al caso de una chica texana, de 20 años, y equiparando el contagio con el homicidio involuntario.

¿Realmente creen los medios de comunicación que han salvado vidas, que han ayudado a comprender el origen y evolución del virus y la enfermedad, que han concienciado a los más incrédulos; o por el contrario han contribuido a una mayor confusión y desinformación sembrando el terror? Conozco a dos señoras mayores que llevaban una vida activa, que cada tarde salían con sus amigas a merendar a un bar y que decidieron encerrase en sus casas tras ver programas y programas de televisión que hablaban del virus; por no mencionar a todas esas personas con propensión a algún trastorno mental (casi todos estaríamos en este selecto club) que hubieran vivido tranquilas, pero a las que la pandemia y el miedo han convertido en enfermos mentales.

A lo largo de estos meses muchos conocidos me han comentado el penoso papel de los medios de comunicación en esta crisis, que ha hecho que muchos de ellos hayan optado por apagar la tele o dejar de leer la prensa. Algunas veces por prescripción de su médico, psicólogo o psiquiatra.

Como periodista que soy, y aun siendo consciente de que la prensa hace ya tiempo que no es libre ni independiente, que está sujeta a múltiples intereses políticos y económicos y que recibe subvenciones del estado; creo que, francamente, podrían haberlo hecho mucho mejor.

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