Londres a golpe de ritmo

Hablamos con Patricia Godes con motivo de la publicación de su último libro, Guía musical de Londres (Anaya Touring), que propone descubrir la capital inglesa a través de la historia del pop. Cuando unos gamberros cambiaron la música, la moda y el mundo entero.

Rita Abundancia

Mercado de Portobello, en Londres.

 

¿A qué suena Londres? A The Pogues, The Kinks, Sex Pistols, Beatles, Rolling Stones, Queen, Bowie, Elton John, Culture Club, Duran Duran, Amy Winehouse o Adele. Muchas grandes canciones llevan el nombre de alguna calle, lugar o barrio de la capital inglesa como A bomb in Wardour Street (The Jam), West End Girls (Pet Shop Boys), Buk-in-Hamm Palace (Pete Tosh) o I don´t want to go to Chelsea (Elvis Costello).

En la última mitad del siglo pasado, la historia de Londres estuvo tan ligada a la de la música que si se pertenecía a alguna tribu urbana era obligado peregrinar a esta capital a hacerse con algunos discos, una cazadora de cuero, comprar unos creepers azules en Candem Town, ver algunas actuaciones y hasta pasarse por una sex shop del Soho, cuando estas todavía eran antros oscuros y sórdidos, regentadas por un tipo raro con pinta de violador recién salido de la cárcel.

La ruta que nos propone Patricia Godes (periodista, escritora y una de las mujeres pioneras de la crítica musical en España) por su Londres particular nos lleva a antiguos clubs, tiendas de discos, lugares emblemáticos del Swinging London, estudios de grabación, boutiques de moda que ya no existen, domicilios de estrellas, barrios o mercadillos de segunda mano. Un viaje en el tiempo a la gran factoría de sonidos que conquistaron el mundo.

Pero la guía no solo habla de música sino también de historia; esa historia con minúscula, que no sale en los libros y que explica muchas cosas, de sociología, de política o de condiciones laborales. De council flats (pisos municipales) y de okupas que anunciaban ya el endémico problema de la vivienda y la gentrificación en las grandes urbes. Y, como Godes cuenta con un amplio curriculum en el mundo de la radio, no duda en amenizar el recorrido con referencias a canciones a propósito del tema.

El Londres de hoy no tiene la efervescencia ni la juerga de aquella época (excepto en el 10 de Downing Street, donde los parties no se interrumpieron ni durante el confinamiento) pero muchos de sus rincones todavía recuerdan aquellos años tan estrambóticos y fructíferos. Como escribió Dickens en Oliver Twist “con alguna frecuencia había oído a los viejos del hospicio que ningún muchacho con talento puede pasar privaciones en Londres, y que en esa inmensa ciudad hay medios de vida que nunca pudieran imaginar aquellos que viven en el campo”.

¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?

Cuando estaba en distintas televisiones y viajaba por motivos laborales, siempre que me sobraban horas me iba con el cámara a hacer diferentes reportajillos. Hice uno de los Beatles, en Liverpool; cuando estuve en Nueva York hicimos uno de Walhol y otro del Greenwich Village, partiendo de la figura de Bob Dylan.

Por otro lado, soy de una ciudad turística, Castellón, y desde muy pequeña he visto como el turismo salchichero ha destrozado el medioambiente, la cultura, la vida de las familias e, incluso, la distribución de riqueza y clases sociales, que se han empobrecido a pesar de la falsa apariencia de prosperidad momentánea. Ya había hecho antes Guía del Madrid de la movida (Anaya Touring), con Jesús Ordovás, y nos quedó muy chula. Propuse hacer la de Londres a Laura López, de la misma editorial, que es un encanto y muy profesional. Me lo aprobaron y tiramos p’alante.

El turismo alternativo parece vivir su apogeo

Sí, porque además el clásico se ha vuelto ya bastante inaccesible. Yo recuerdo ir al Louvre y no poder ver La Gioconda. Primero, porque tiene un plástico delante para que no la estropeen; y luego porque está lleno de japoneses y gente de los emiratos árabes, que ocupan todo el lugar con sus guías y no puedes acercarte. Cuando era pequeña y fui al Monasterio de Guadalupe (Cáceres) con mi familia, mi escasa estatura me permitió descubrir los paisajes de Zurbarán. Todo el mundo se fijaba en los frailes de Zurbarán pero yo me centré en aquellas pinturas, colocadas a mi altura, que resultan ser los únicos paisajes del pintor, y que mucha gente se los salta. Cuando volví a ir de mayor, porque tenía muy buen recuerdo, no pude ver casi nada porque detrás venía un colegio y luego otra excursión, y había que pasar rápido. Así que todo fue en plan relámpago, para decir que habíamos estado en Guadalupe. Soy muy contraria a este tipo de turismo.

¿Viviste alguna vez en Londres?

No. Pasé un verano cerca para quitarme el acento americano y me acercaba los fines de semana. Pero siempre he aprovechado los viajes promocionales de la industria del disco para conocer a fondo la ciudad. Cuando ya los grandes comentaristas o periodistas eran demasiado mayores, o ya no querían ir porque ya no los llevaban en Sedán, como cuenta Jesús Ordovás en el prólogo del libro, me dejaron cubrir esa información a mí. Eso cuando los viajes consistían en ir y venir en el día. Pero siempre merecía la pena y procuraba escaparme, tras acabar el trabajo, para ver cosas y callejear.

Portada del libro de Patricia Godes.

Empiezas el libro haciendo referencia a la llegada, en junio de 1948, del Empire Windrush, ese barco procedente del caribe de habla inglesa. Indudablemente, la multiculturalidad londinense tuvo mucho que ver a la hora de convertir a la ciudad en la capital musical de Europa en los años 60, 70 y 80; pero, ¿qué más cosas influyeron en esa estrecha relación entre metrópolis y música; que, además, pervivió a lo largo de décadas?

Cuando yo empecé a ir a Londres, en los 80, se escuchaba reggae y lover’s rock (ese reggae romántico, que en definitiva es londinense). Se oía por todas partes, por los mercadillos, en Portobello. Escuchabas una canción increíble e ibas a preguntar qué canción era y de qué grupo. Y sacabas las libras para llevártelo a casa.

La multiculturalidad de Londres y su riqueza musical proviene de la explotación colonial del imperio británico; pero también, y sobre todo, de que se supo levantar y mantener una industria. Una industria que ya existía de antes, de grandes teatros, music halls, operetas; y todo eso se adaptó a los nuevos tiempos. Así como en España, cuando aparece La Movida, ésta se enfrenta a la canción del verano y a la música ligera, y ambas se separan en dos microescenas; en Londres esos teatros absorbieron las nuevas tendencias: la música negra, rock, sicodelia. Por ejemplo, el manager de los Beatles era el dueño de uno de los grandes teatros, allí se grababan algunos programas de la BBC y se programaban conciertos de otras figuras del momento.

Los ingleses supieron reinventar esa industria; que ya existía, en el rock, el pop y las músicas modernas. En el mismo teatro donde se podía escuchar a Ivor Novello, el gran vocalista de la canción melódica del siglo XX, se podía ver también a los Rolling Stones.

En los años 60 del siglo pasado estaba el Swingin London y estaban los mods, pero también estaba la comunidad afrocaribeña que recoge esa miniserie llamada Small Axe, producida por Steve Mc Queen. La trama trata del racismo y la violencia con la que la policía trataba a esta minoría y sale la famosa Marcha de los Manglares o los inicios del carnaval de Notting Hill. ¿Qué ocurrió con la música de este colectivo, se integró en el Swinging London o fue por su cuenta?

Siendo muy pequeña, yo ya conocía el reggae, ya había oído Israelites, que estaba por todas partes, y ya había discos de los Piramyds/Symarip y todos esos grupos. Hay una historia muy bonita y es que Chris Blackwell, un colono que vivía en Jamaica, naufragó en su barco de recreo y fue salvado por unos pescadores rastas, que le cuidaron en sus cabañas. Cuando conoció su música quedó fascinado y decidió invertir la fortuna familiar en promocionarla por el mundo entero. Fundó un sello discográfico, en 1959, Island Records y llevó a los artistas a Londres. La más famosa fue una adolescente jamaicana, que se llamaba Millie Small. Con ella se situó en el centro de la escena musical, con un disco que se considera el primer éxito del ska. Por cierto, que Millie murió hace poco de coronavirus con 60 y tantos años.

Excepcionalmente, hubo también sellos y eventos que se especializaron en la música negra o manifestaron una simpatía a esas minorías, de los que hablo en el libro, como el festival Rock Against Racism, en Victoria Park.

El éxito del sonido de entonces viene de los negros norteamericanos y jamaicanos, pero principalmente de las imitaciones inglesas de la música afroamericana. Reconocemos la apropiación cultural de los grupos de entonces, Rolling Stones e, incluso, Beatles pero también hicieron una labor de divulgación, porque difícilmente hubiéramos conocido esa música sino fuera por esas corrientes musicales. Poner la radio y que te sonase una versión de Wilson Pickett por los Rolling. Y, ya, si eras una niña un poco inquisitiva buscabas la versión original.

Patricia Godes, autora de la Guía Musical de Londres.

Queda patente también en el libro como nació todo un mundo alrededor de la música. Casi parecía que esta era el motor económico de la ciudad. Al calor de ella surgieron salas de conciertos, locales de ensayo, estudios de grabación, revistas musicales, programas de radio, tiendas de discos. Pero también sastrerías, boutiques de moda, pisos para las estrellas y peluquerías especializadas. Y en este apartado uno puede darse cuenta de que muchos looks no fueron casuales, sino de encargo (como las trenzas étnicas del cantante de Culture Club). La música fue la gallina de los huevos de oro y hasta los punks se convirtieron en un reclamo turístico, a la altura de las tazas de té con la foto de Lady Di.

Sí, había postales de punkis que se vendían en los quioscos, junto a las del Big Ben. Por poner un ejemplo menos usual, la segunda British Invasion de los nuevos románticos fue un gran éxito en América. Duran Duran, Culture Club, etc. Se desató una locura, como con otros fenómenos musicales, y debió entrar muchísimo dinero. Por eso la reina de Inglaterra concedió medallas de Miembro del Imperio Británico a tantísimos artistas. El capitalismo supo monetizar todo eso. Y además, por lo que yo sé, en Inglaterra todos los grupos que tienen éxito, o que han sacado uno o dos discos que venden, luego siguen tocando. A lo mejor no en grandes festivales, pero sí en locales pequeños y fiestas. Eso aquí no pasa, si dejaste de tener éxito te mueres de hambre. Incluso con éxito, te puedes morir de hambre también.

Yo que he vivido en Londres siempre recuerdo la capital inglesa con un enorme dinamismo. Siempre pasaban cosas y, si se comparaba con España, parecía que en nuestro país todo iba en slow motion (y esta sensación me ha sido corroborada por personas que también vivieron allí). Pero imagino que en los años 60 y 70 todo iba aún mucho más acelerado. Esa es la idea que me ha venido a la cabeza al leer, en la guía, que Bowie vivía en una ambulancia de segunda mano, estacionada frente a La Gioconda (un café), para estar en contacto con el mundo de la música y no perder tiempo en ir y venir desde su casa.

Debían encontrarse todos ellos cada noche, en esos cafés. Los artistas, los hombres de negocios, los mafiosos, los periodistas, los fans y se cocían un montón de cosas. Es que antes, los grandes grupos sacaban un disco cada tres o cuatro meses: los Kinks, los Herman’s Hermits, los Beatles, los Rolling. Incluso Jimmi Hendrix, aunque era una música más complicada. Hacían cuatro o cinco discos pequeños al año, más elepés, aunque fueran de recopilación o versiones. Era un continuo trabajar e ir actuando por todos los garitos y universidades. Cuando empecé a leer las revistas musicales inglesas, casi la mitad de las páginas eran anuncios de conciertos y lanzamientos de discos.

La poca productividad musical de hoy en día, comparada con la de entonces, ¿puede interpretarse como una negativa, por parte de las discográficas, a asumir el más mínimo riesgo?

Fíjate que toda la música de éxito de hoy es la misma fórmula: pop latino, reguetón, desde hace 10 años. O tecno disco-bakaladero, desde hace 35. Antes era continuo el cambio de modas y ritmos, te gustasen o no.  Antes, la industria de la música la llevaba gente de la música: músicos, directores, aficionados, entendidos, fans. Pero luego entraron los de marketing, que decían que vender música era como vender chorizos. Lo cual no es verdad, porque incluso para vender chorizos tienes que saber algo de chorizos. Mi teoría es que, si la música de ahora se ha simplificado tanto (y con esto no quiero decir que sea necesariamente peor), es porque la música sencillota y machacona es, quizás, la única que son capaces de captar los que deciden lo que se va a poner al alcance del público.

Por otro lado, yo sé que hay música actual muy buena, pero no siempre es anglosajona. Con lo cual, volvemos a lo que tú decías acerca de aquel Londres de otros tiempos.

Bobbies intentando contener a un grupo de fans de los Beatles, frente a la verja de Buckingham Palace.

Moda y rock siempre han ido de la mano, pero en aquellos años mucho más. Creo que es un ejemplo de perfecta colaboración en la que ambos salieron ganando.

Las dos se retroalimentaban. Pero si vamos a la cuestión social-económica, lo que pasaba es que después de la Segunda Guerra Mundial y, tras la postguerra, empieza a ir creciendo una prosperidad. La gente joven ha adquirido un cierto poder adquisitivo y se crean productos para ellos. Mary Quant introduce la minifalda para la vida moderna. Las discográficas contratan a los grupos que gustan a los adolescentes, porque los jóvenes quieren identificarse con una nueva cultura, que tiene mucho de musical.

Sí, pero la moda jugó también un papel de empoderamiento (odio esa palabra, pero bueno) en el sentido de que si te vestías con el look adecuado, aunque vivieras de okupa y no tuvieras ni para comer, al llegar la noche te convertías en el rey. Una vez leí que en la discoteca Studio 54, de Nueva York, el gorila de la puerta seleccionaba al personal por el aspecto. Si eras cool entrabas. Un poco la historia que cuenta Fiebre del sábado noche (1977). Esa metamorfosis que experimenta el don nadie al pertenecer a una tribu urbana, vestirse de una determinada manera y tener alguna habilidad (tocar en un grupo, bailar, etc).

Sí, de hecho, Fiebre del sábado noche empieza con el protagonista vistiéndose. Despreciar la indumentaria como creación y forma de expresión es absurdo. Lo primero que percibimos de otra persona es lo que lleva puesto, concretamente el color. Los ojos reaccionan al color y, luego, identificamos el código, el grupo, lo que está queriendo comunicar. Los uniformes militares, las togas judiciales o los hábitos religiosos son códigos muy potentes. En uno de los libros que he releído para hacer esta guía, que se llama Groupie (traducido en España como Los profetas del underground), la protagonista se burla de un chico de uno de los grupos porque se viste con copias de boutique de barrio de la ropa “groovy“, de los diseñadores sicodélicos. Es casi un culto: la imitación, hacértelo en casa, llevar ropa usada y de mercadillos. Expresarte con la elección de un logotipo, en una camiseta, o con una determinada manera de vestir es toda una declaración de principios. Debió ser tremendo para los adultos, cuando empezaron a ver las extravagancias de los jóvenes.

Sostengo que el identificarse con la ropa es un hecho connatural a la especie humana y siempre ha existido. Y en la época del pop y el rock mucho más, porque significaba que estabas en el ajo, que te gustaba determinada música y te servía para contactar con tus pares, con la gente que tenía gustos similares al tuyo.

Fíjate en la importancia de la ropa que, en los 80, el portero de un club de nuevos románticos no dejó entrar a Mick Jagger porque no llevaba la indumentaria adecuada.

Nuevos románticos en el Camden Palace, Londres.

Otra característica de los 60, 70 y hasta 80 era que las estrellas de la música, moda o arte se podían ver por las calles, en las tiendas, bares o clubs. Todavía no se había creado ese invento macabro de la zona VIP que, en mi opinión, ha sido tan nefasto para la cultura y la diversión.

No te olvides del asesinato de John Lennon firmando un autógrafo. A partir de ahí la cosa cambia. En Rock-Ola, parte del ambientazo que había era que un día podías ver a Iggy Pop como se bajaba del escenario y se sentaba en uno de los sofás a tomarse una cerveza. Tienes razón: la zona VIP puso fin a ese compadreo y convirtió a las estrellas en intocables. No sé muy bien cuando se debió generalizar.

Y luego también estaban los destrozos que hacía el público, especialmente el de los grupos punks, que derivó en que muchas salas les impidiesen tocar y que tuvieran que hacerlo en otros locales, clubs de striptease o lo que fuera. Por aquel entonces, la mayoría de los clubs ingleses no tenían permiso para vender bebidas alcohólicas y no se servían. Lo hacían para ahorrarse la licencia y la gente iba allí a escuchar música, no a beber. Aunque nunca sabremos si no llegaban ya bebidos del pub de la esquina.

La especulación inmobiliaria y su estrecha relación con la posibilidad de hacer cosas o montar negocios, queda patente también en el libro. Concretamente, en el ejemplo de la tienda The Sweet Shop, que se extinguió cuando la dueña dejó de ser beneficiaria de una ayuda y no pudo seguir pagando el alquiler. Y los okupas de los 80 y 90 también tuvieron su influencia en la música.

Como estábamos en pleno confinamiento, me tocó hacer mucho trabajo de Google Maps para escribir la guía, y tengo que reconocer que encontré cosas que nunca había visto en mis paseos por la ciudad. Lo que antes eran pubs, tiendas, teatros; ahora son apartamentos de lujo. A lo largo de los últimos años ha habido numerosos intentos de luchar contra la gentrificación, muchas recogidas de firmas para que tal o cuál sala no desapareciera. Pero de la misma manera que el interés económico se enfocó en la música y en la cultura pop en aquellos años, ahora se ha enfocado en otras cosas.

¿Cuál fue el criterio de selección de las citas que introducen los diferentes capítulos?

Para empezar el libro hay unas estrofas de la canción Streets of London y luego para los distintos capítulos hay extractos de novelas de humor británico. Yo estudiaba francés, detrás de mi casa había una colonia de franceses, y para mí los modernos eran ellos. Mi simpatía por lo inglés empieza con el humor británico, hasta el punto de que casi me consideraría un poco especialista en el tema. Todos los capítulos empiezan con citas de P.G. Wodehouse, excepto el del sur del Támesis, para el que elegí una de Tres hombres en una barca.

Es una manera de dar color y relacionar la guía con lo que significan para mí Londres e Inglaterra; y como la simpatía que tengo por esa ciudad es fruto de leer esas novelas. Se trataba de conseguir, más que con la música incluso, ese aura mágica y divertida.

Creo que la gran mayoría de la gente tiene bastante claro lo que pasaba en Londres en los 60, 70 y hasta 80 (Swinging London, mods, hippies, glam rock, punk, nuevos románticos), pero bastantes se pierden cuando llegamos a los 90. ¿Qué se cocía por aquel entonces en la capital inglesa?

La primera parte de la década es una continuación del pasado con el grunge. Ese revival autofagocitante que aparece a final de los 80. Entonces, se abortó lo que llamaban world music, una especie de globalización musical que creo que hubiera sido muy enriquecedora. Pero la industria anglosajona no fue capaz de asimilarlo. Paralelamente, está toda esa música tecno de baile; que es música utilitaria, para la juerga, la fiesta, el baile, el ligoteo y la desinhibición. Es entonces cuando el Dj y el productor se convierten en estrellas y ocurren cambios sustanciales.

En los 90 llega la moda de las raves, que se crearon precisamente para saltarse la dura normativa del ruido, los horarios y las drogas. Yo no sé si antes la gente estaba sorda, o no le importaba el ruido, pero cada vez hay menos locales de música en vivo en las ciudades. Y si los hay, están en los polígonos. Yo opino que las ciudades se están convirtiéndose en lugares asépticos donde solo hay oficinas, tiendas, restaurantes y sitios de take away. La diversión es algo cada vez más complicado de adquirir. Un bien en peligro de extinción.

Sí, ahora la diversión se desplaza a las afueras, a los polígonos. Pero también hay que tener en cuenta otra cosa, que en los años 60 los equipos no eran tan potentes como ahora. En la isla de Wight, donde tocaron un montón de grupos: Jimi Hendrix, Miles Davis, Sly & the Family Stone, Leonard Cohen y todos los de moda de 1970, había un equipo de, más o mneos, 5.000 vatios. Ahora cualquier restaurante te mete un equipo superpotente. Cada caja tiene 1.000 vatios, así que cuenta las que hay en cada columna. No se pueden celebrar ese tipo de fiestas cuando hay gente que está viviendo encima.

Es curioso, y me gusta mucho que el libro empiece con la llegada de los inmigrantes del Caribe y acabe con una discoteca de tecno, Fabric. Esta se inauguró en la capital inglesa, en 1999, con una salvaje innovación: la pista bodysonic, con el suelo conectado a unos transductores que reproducían las frecuencias subgraves de la música para que todo el esqueleto vibrase. Personalmente, me parece una locura. Pero está claro que estamos en otro universo musical respecto a 1948.

Otra cosa que veo ahora, es la gran dificultad para estar al día en el panorama musical. Apenas hay programas de música en televisión, ni demasiadas revistas especializadas. ¿No crees que para saber qué grupos nuevos salen hay que currárselo mucho?, porque los medios de comunicación no lo ponen fácil.

Han cambiado mucho los focos de emisión de la actualidad musical. La gente tiene acceso a mucha música, pero los medios de comunicación siguen atendiendo solo a la industria del disco, olvidando muchos otros focos de difusión musicales. El ejemplo típico es el de los artistas amateurs en Youtube  y otras redes sociales, con tanta o más capacidad de convocatoria que los profesionales. O el boom del K-pop y la influencia social y política de sus fans norteamericanos.

Fíjate en las revistas femeninas, que incluso cuando sacan a cantantes como Jennifer López, Rihanna o Selena Gómez, es para hablar de sus trajes, nunca de su música.

 

 

 

 

 

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1 Comentario
  1. Gracias Rita!, Una entrevista muy interesante, me ha encantado leerla, Patricia es una excelente periodista, ese libro caerá. Enhorabuena!.

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