La historia cultural y patriarcal de la vulva

La sexualidad de la mujer, sus genitales y su placer han sido siempre objetos de estudio de la moral, la ética, las buenas costumbres y la religión; para pasar luego a ser materias de interés de la ciencia, cuando a Dios le sucedió en el trono la verificación empírica. Claro que los científicos no siempre…

La sexualidad de la mujer, sus genitales y su placer han sido siempre objetos de estudio de la moral, la ética, las buenas costumbres y la religión; para pasar luego a ser materias de interés de la ciencia, cuando a Dios le sucedió en el trono la verificación empírica. Claro que los científicos no siempre fueron muy analíticos ni objetivos a la hora de valorar y estudiar estas materias. Sino, nunca hubiéramos tenido que oír disparates de la talla de los de Sigmund Freud (1856-1939), cuando dijo que el orgasmo clitoriano era “infantil e inmaduro”; o las teorías de John Harvey Kellogg (1852-1943), el de los cereales, que estaba en contra de que las mujeres se tocaran sus partes y proponía el remedio de aplicar ácido fenólico puro en el clítoris para disuadirlas de esta práctica.

La historia cultural de los genitales femeninos, especialmente de los externos (exentos de la misión reproductora) es asombrosa, inquietante, surrealista, machista y con graves consecuencias para las que pretendían saltarse las normas.

Gracias a la fórmula  de la comedia: humor= tragedia+tiempo, la sueca Liv Strömquist, humorista, locutora de radio y televisión, escritora y feminista, ha transformado la historia de las apreciaciones masculinas sobre las vulvas en un cómic divertido e instructivo a partes iguales, con un montón de información ignorada para la  mayoría.

Uno de los episodios más hilarantes de El fruto prohibido (Reservoir Books) lo constituye el  “ranking de hombres que estuvieron demasiado alucinados con la almeja, los maníacos del chumino o los chiflados del chichi”, según cuenta el libro. Además del inventor de los cereales, ya mencionado anteriormente, estaban el doctor Isaac Baker-Brown (1811-1873), que para evitar la masturbación sugería algo más drástico, extirpar el clítoris; el psicólogo John Money (1921-2006), a favor del sistema binario de sexos y, por lo tanto, de operar a los bebés que nacieran con un órgano sexual que no encajara con esta noción; o el barón Georges Cuvier (1769-1832). Éste último pasó su vida obsesionado con los genitales de una mujer sudafricana, Saartijie Baartman, que había sido vendida como esclava y que exhibió en Londres como fenómeno natural, ya que tenía unas nalgas prominentes y unos labios menores que sobresalían fuera de su vulva.

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