Irene Montero y la educación sexual

  Hay combinaciones muy peligrosas en la vida, tanto pública como privada, y una de las que más abundan en los últimos años es la siguiente: ignorancia + ambición desmedida + incapacidad de comunicar claramente las ideas. La actualidad de la semana pasada ha estado dominada por las declaraciones de Irene Montero sobre lo que…

Rita Abundancia

Gracias a Charlesdeluvio por su foto en Unsplash.

 

Hay combinaciones muy peligrosas en la vida, tanto pública como privada, y una de las que más abundan en los últimos años es la siguiente: ignorancia + ambición desmedida + incapacidad de comunicar claramente las ideas.

La actualidad de la semana pasada ha estado dominada por las declaraciones de Irene Montero sobre lo que ella entiende por educación sexual a los niños, niñas y niñes. Y, como no, en la España políticamente binaria (ahora que huimos tanto del binarismo) y extremista, los seguidores de la ministra han echado la culpa a la extrema derecha; mientras que en el polo opuesto estarían los que ya sospechan que la ministra sirve a los pedófilos, a las redes mundiales de pederastia y al mismísimo Satanás. Si esto fuera cierto, es la mejor de las noticias porque entonces deberíamos estar tranquilos y relajarnos; ya que los malos han hecho un fichaje tan nefasto que les llevará a la ruina y a la autodestrucción. Tan solo es cuestión de esperar un poco para asistir a su fin. Si Lucifer tiene algunas luces, huiría de relacionarse con Montero como del mismo diablo, por la cuenta que le trae.

Claro que si analizamos las primeras declaraciones de la ministra de manera imparcial, sin ideología de por medio, veremos que, textualmente, dijo lo siguiente: “La educación sexual es un derecho de los niños y de las niñas independientemente de quienes sean sus familias. Porque todos los niños, las niñas, les niñes de este país tienen derecho a conocer su propio cuerpo, a saber que ningún adulto puede tocar su cuerpo si ellos no quieren y que eso es una forma de violencia. Tienen derecho a conocer que pueden amar o tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, basadas, eso sí, en el consentimiento. Y esos son derechos que tienen reconocidos”.

Una vez soltada la bomba, en los pasillos del Congreso, una Montero claramente afectada, matizaba lo siguiente: “La educación sexual es un derecho de los niños y las niñas de nuestro país, de los adolescentes. Piense que el inicio de acceso a la pornografía violenta en nuestro país es a los ocho años; y, por tanto, urge que aseguremos, de forma obligatoria, la educación sexual para que todos los niños y niñas aprendan y tengan herramientas para identificar las violencias sexuales que se pueden ejercer contra ellos y ellas. Para que aprendan a identificar situaciones de violencia y a tener herramientas para pedir ayuda y, por lo tanto, para tener una vida libre de violencias”.

En esta misma intervención añadía lo siguiente, tras la pregunta de un periodista que le cuestionaba: “¿Se arrepiente de hacer apología de la pedofilia como le decían?”. A lo que la ministra contesta: “ este país se merece un debate y un acuerdo sensato para garantizar el derecho de los niños y las niñas a una educación sexual que les permita tener vidas libres de violencias y que les permita, en un futuro, vivir libremente su sexualidad y sus relaciones afectivas”.

“En un futuro”. Estas tres palabras son las que marcan la diferencia entre un discurso que dice que los niños pueden tener relaciones sexuales consentidas y otro que aplaza ya esas relaciones a más adelante, cuando sean adultos. El gran problema de Irene es que ese pequeño-gran matiz no lo dijo antes. El gran problema de Irene es que cumple a rajatabla la ecuación con la que empezaba este artículo. El gran problema de Irene es que la arrogancia acompaña habitualmente a la ignorancia, y es incapaz de hacer autocrítica. Podría haber dicho: “me expresé mal. Pido disculpas porque lo que yo quería decir es que los niños deben aprender cosas para que cuando sean adultos puedan tener relaciones sexuales libres y felices”. El problema es que ha sido incapaz de rectificar (eso hubiera calmado los ánimos) y ha iniciado una loca carrera hacia el abismo; así que los detractores de la ministra no necesitaran esperar mucho hasta ver como ella misma se lanza a la hoguera de las vanidades. El problema es que lo que dijo Irene al principio recuerda bastante a lo que esgrimen los obispos y curas pedófilos cuando se les descubre: “ellos consentían, a los niños les gustaba y hasta te provocaban”.

No se puede pedir al sufrido ciudadano que esté en la cabeza de Irene Montero y sepa lo que realmente quiere decir, aunque diga otra cosa. No se puede cometer un fallo garrafal de comunicación, en un asunto tan peliagudo y delicado como este, y luego echarle la culpa a la extrema derecha, a la extrema izquierda, al centro, al hombre del saco, al mar de los sargazos, a la Santa Compaña, al patriarcado, al cambio climático o a Putin. Y, muy probablemente, no se pueda comunicar bien algo a base de gritos, como acostumbra la ministra, al mismo tiempo que se declina el nuevo lenguaje inclusivo (ellos, ellas, elles). Pero eso es algo en lo que Montero debe trabajar, que para eso se le paga, y bastante más de lo que se merece.

De hecho, si se fijan bien, en la segunda declaración ya excluye a los ‘niñes’ para no hacerse un lío y echa mano de la pornografía; la culpable de todo lo malo que le pasa últimamente a los adolescentes, junto con el temido reguetón.

Y, si en el primer discurso la ministra dibujaba un futuro donde los niños, niñas y niñes conocen sus cuerpos y tienen relaciones con quienes les place; en el segundo retrocede a la época de la inquisición en la que el sexo está ya lleno de peligros, de situaciones de violencia, de pornografía que enturbia nuestras mentes. Un averno donde la única forma de salir vivo es teniendo las herramientas necesarias para combatirlo. El sexo ha pasado de ser un pecado, en la época de nuestros padres y abuelos, a ser una actividad peligrosa, rodeada de violencia, virus y bacterias. ¡Pues mira, si hay que elegir, casi que me quedo con el primer modelo! Hay una excelente viñeta de El Roto que dice “nos gustaba el sexo hasta que llegó el género”. De la misma manera se podría decir: ‘muchos estaban a favor de la educación sexual, hasta que llegó Irene Montero’.

Hay personas que tienen la extraña virtud de corromper todo aquello que quieren promocionar. Son como antiagencias de publicidad. Usted, por ejemplo, quiere lanzar unos helados y ellos van a hablar tan mal de ellos, hacerle unas fotos tan horrendas y describirlos de forma tan tosca que nadie, en su sano juicio, querría jamás llevárselos a la boca.

Algo parecido está haciendo Montero y algunos personajes con la educación sexual, con la que yo, en principio, estoy de acuerdo. A partir de cierta edad, y con contenidos muy sensatamente elaborados y adaptados a la evolución de los chicos. Y creo que, en este tema, tengo más capacidades que la ministra, puesto que además de periodista soy sexóloga, ya que aproveché la pandemia para educarme en esta materia.

Pero entiendo también el recelo de muchos padres a la hora de que a sus hijos se les instruya en este asunto, ya que en las redes sociales abundan ‘profesores’ desequilibrados/as/es, que parecen salidos de una película japonesa de terror. Seres que, en el fondo, lo que buscan es notoriedad, trabajo o un puestecito en la administración que les permita comprarse un piso en Lavapiés. Vamos, nada que ver con el bien o la educación de los niños.

Iniciativas como la gincana sexual en Barcelona, donde se les enseñaba posturitas a los chicos o como lamer un plátano resultan patéticas. Esa visión reduccionista de la educación sexual, que se centra en cómo tener sexo anal sin que te duela o cómo practicar el sexo oral es tan absurda, antipedagógica y poco creativa como un supuesto curso de escritura en donde te dictaran, directamente, lo que tienes que escribir.

Hace poco hablé con un sexólogo y psicólogo que da charlas en los colegios, para un artículo que estaba escribiendo, y me dijo que lo que más le preguntan los chicos, cuando ya cogen algo de confianza, es lo siguiente: ¿cómo saber si estoy realmente enamorado?  y ¿qué es el amor?

¿Entrarían estas temáticas en la idea que tiene Irene Montero sobre la educación sexual para los niños, niñas y niñes, o se centraría más en la violencia sexual y en cómo detectar una latente transexualidad, en la mayoría de los jóvenes, lo antes posible?

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