Infojobs, infrajobs y megajobs

Resulta que Domestika busca un maquetador de contenido y traducción para sus cursos. Y, de momento, no lo encuentra porque cada día Linkedin me manda una y otra vez la misma oferta de trabajo. Antiguamente había la profesión de maquetador, la de creador de contenido y la de traductor pero hace ya tiempo que las…

Rita Abundancia

Call center en Nicaragua.

Resulta que Domestika busca un maquetador de contenido y traducción para sus cursos. Y, de momento, no lo encuentra porque cada día Linkedin me manda una y otra vez la misma oferta de trabajo.

Antiguamente había la profesión de maquetador, la de creador de contenido y la de traductor pero hace ya tiempo que las empresas tienden a unir capacidades e inventarse nuevas multiprofesiones con el mismo ahínco y entusiasmo con el que reducen los salarios o despiden al personal.

Como esta empresa comenta en su presentación, “Domestika es una de las comunidades creativas con mayor crecimiento y proyección de la industria creativa. Nació como una pequeña pero vibrante comunidad de profesionales creativos ávidos por compartir conocimiento y aprender unos de otros”. Y yo me pregunto cómo derrochando tanta creatividad nadie se haya preocupado de buscar un sinónimo para no repetir tres veces la misma palabra y acabar haciendo un trabalenguas, creativo, ¡eso sí! Pero, ¿qué talentos requiere un maquetador de contenido y traducción? Por supuesto, saber redactar contenidos y tener dos años de experiencia en el tema; nivel avanzado de inglés y portugués, puesto que deberá realizar “traducciones ágiles”, saber maquetar, “ser polivalente para gestionar varias responsabilidades al mismo tiempo” y manejar un montón de herramientas ofimáticas como Google Drive, programas de videoconferencia y Photoshop, entre otras. Además de ser ¡¡autónomo!! pero estar acostumbrado a trabajar en equipo. Lo que traducido al español de la calle significa que no te harán contrato y que podrán despedirte cuando quieran sin recargo alguno.

¿Qué ofrece a cambio esta empresa a este hipotético Leonardo da Vinci, a este personaje renacentista, a este hombre-orquesta? Pues la respuesta es bien escueta: “trabajar en una de las compañías de referencia en la industria creativa, un equipo divertido, creativo (de nuevo), colaborador y multicultural, libertad para proponer líneas de trabajo que ayuden a resolver desafíos (¡guauuuu!) y un salario honesto, acorde con tu experiencia”. Reparen unos segundos en el calificativo elegido para el salario; porque tras los fuegos artificiales de esta empresa creativa, divertida y multicultural, donde cada día laboral se asemeja a una fiesta ibicenca, el salario es, simplemente, honesto. Atribuyendo cualidades humanas a algo inanimado y del que no tenemos ningún dato. Cuando vivía en Londres recuerdo que en las ofertas de trabajo venía un salario aproximado. Entre esto y lo otro, o a partir de tanto, pero en España está mal visto hablar de dinero en las entrevistas laborales. Mejor no preguntarlo, aconsejan algunos y así, muchos jóvenes empiezan a trabajar sin saber lo que van a cobrar a fin de mes. Algo parecido a casarse con alguien sin haberse acostado antes con él/ella.

Y si el mercado laboral ha fracasado, no solo porque ya no hay suficientes trabajos para todos sino porque éstos hace tiempo que han perdido su esencia, puesto que no nos permiten pagar nuestras facturas; la pandemia no ha hecho sino asestarle la puntilla, bajando todavía más las retribuciones. Cualquier excusa es buena para las rebajas: un virus, la crisis económica, la prima de riesgo, el riesgo de tu prima. Todo puede traducirse en ver mermada la nómina, sin siquiera avisar y con el odioso mantra patrio de ‘es lo que hay’. Como apuntaba un artículo de La Vanguardia recientemente, la pandemia bajará entre un 10 y un 15% los salarios en las ofertas de empleo, según previsiones de la consultora Spring Professional y estimaciones del Banco de España; y los empleos que más sufrirán este descenso serán los relacionados con la construcción, inmobiliarias, industria y departamentos de recursos humanos.

Tal vez algunos salarios tengan algo de margen para recortar, pero la mayoría están tan mermados que yo creo que a partir de ahora habrá que cambiar la pregunta ¿Cuánto ganas? (que en España nadie contesta ni en el potro de la tortura), por ¿Cuánto te cuesta trabajar? Me refiero, claro está, a la plebe, ordinary people, a la gente que va a trabajar en metro, sin miedo al contagio o con él, a los de abajo, a los que nunca llegarán arriba por la vía laboral.

Un buen barómetro para saber si estamos ya a niveles tercermundistas o no, es el de tratar de imaginar las economías de amigos y conocidos. Si no se entienden es que hemos bajado ya a la cuarta división. ¿Cómo vivirá mi amiga que es periodista, mantiene solo una colaboración mensual de 50 € y paga 700 €/mes de hipoteca? Misterio insondable, y si la cercanía permite una pregunta indiscreta ¿Oye, tu cómo vives?, las respuestas son tan ambiguas como la de una jinetera cubana. ¡Qué digo!, la economía de esta última era más entendible antes de que el maldito virus democratizara la precariedad.

Este absurdo laboral, donde ya nada encaja, genera que el trabajo ya no sea solo desempeñar la tarea para la que uno ha sido contratado (escribir artículos, servir copas o buscar clientes) sino que la mayor dedicación está destinada a mantenerse en el puesto, a evitar que nade te lo quite. Ahora entiendo porque mi vida laboral ha sido y es tan ingrata; porque yo (con una innata tendencia vintage) siempre he creído que lo importante era hacer un buen trabajo cuando lo decisivo es mantenerse en el cargo. “No solo hay que cortar árboles, sino afilar el hacha”, que diría un coach laboral. A lo largo de mi vida me he encontrado con muchos afiladores/as de hachas, que pasaban de cortar árboles (eso era para los becarios) y que utilizaban el filo para otros menesteres, como cortar cabezas. Y la mía, curiosamente, era siempre de las primeras.

Estos maestros del arte de permanecer en sus puestos, al margen de la calidad de sus trabajos, logran también en muchas ocasiones meter a sus amigos y conocidos en la empresa. En periodismo es ya una tradición que los nuevos con algo de decisión se traigan a su camarilla de colaboradores, prescindiendo de los anteriores, que al no tener contrato no hay ni siquiera que despedir. Es algo así como el juego de las sillas. En cuanto se quita una y empieza la música, hay que estar muy atentos a cuando pare y, a base de culazos, si es necesario, hacerse con un asiento.

Esta dinámica empresarial en la que no gana el más inteligente sino el listillo o el que mejor hace la pelota al jefe, genera una mediocridad laboral, en la que todo el mundo está afilando el hacha y, por lo tanto, los árboles se cortan tarde y mal. Por eso no nos debe extrañar que sobre España planee siempre la maldición de ser un país muy poco productivo a pesar de las muchas horas que dedicamos al trabajo.

En cuanto a los megajobs de los que hablaba en el título, esos no se publican en los portales de búsqueda de empleo. Ahí lo que funciona es el boca a boca o meterse en política; ya que los políticos no necesitan de titulación (y si fuera necesario, siempre hay universidades dispuestas a proporcionarla en 24 horas), no tienen por qué ser creativos ( de hecho, resultan bastante aburridos y predecibles) y pueden transitar sin problemas de un ministerio a otro. Hoy soy ministro de economía y mañana de salud, ecología o igualdad. Hoy puedo prometer una cosa y mañana hacer la opuesta. Hoy puedo instaurar el toque de queda y esta misma noche saltármelo, recurriendo a la poco creativa excusa del marido infiel: “una cena de trabajo en la que alguien siempre acaba poniéndose enfermo”. Y, todo esto sin temor a las consecuencias, pues ya sabemos que los cargos públicos viven en un paraíso, donde ni el despido ni las bajadas de sueldo existen. Es más, siempre hay una tendencia al alza, a las dietas innecesarias y a los sobres con nombres e iniciales indescifrables. Pero no se crean que estos viven ajenos al juego de las sillas, también está activado para ellos, solo que aquí los asientos son más cómodos, están forrados de terciopelo y son estilo Luis XV.

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