Hedy Lamarr. Talento desperdiciado

“Las personas más grandes con las ideas más grandes pueden ser derribadas por las personas más pequeñas, con las mentes más pequeñas. Piensa a lo grande de todos modos. Lo que pasas años construyendo, puede ser destruido de la noche a la mañana. Construye de todos modos. Ofrécele al mundo lo mejor que tienes y…

Rita Abundancia

“Las personas más grandes con las ideas más grandes pueden ser derribadas por las personas más pequeñas, con las mentes más pequeñas. Piensa a lo grande de todos modos. Lo que pasas años construyendo, puede ser destruido de la noche a la mañana. Construye de todos modos. Ofrécele al mundo lo mejor que tienes y te partirán los dientes. Ofrécelo de todos modos”.  Estas palabras de Hedy Lamarr, actriz, mujer de negocios, inventora, esposa-objeto y otras cosas más, describen a la perfección su turbulenta vida. Tan intensa como agria, tan glamurosa como triste, tan independiente como falta de recursos.

El documental Bombshell: La historia de Hedy Lamarr, estrenado el pasado 6 de mayo y disponible en Filmin, muestra las múltiples perspectivas de esta sorprendente y hermosa mujer. Escrito y dirigido por Alexandra Dean, parte de la entrevista que, en 1990, el periodista Fleming Meeks hizo a la actriz y publicó en la revista Forbes.

La pequeña Hedy, austríaca y judía, mostraba un talento innato para la química, su asignatura favorita, y para armar y desarmar aparatos. En su adolescencia se hacía fotos, con y sin ropa (lo que no era raro entre las artistas) y en su primera película Éxtasis (1933), no solo protagonizó el primer desnudo integral de la historia del cine sino el primer orgasmo, reflejado en su cara. Años más tarde y casada con Friedrich Mandi, un judío que le vendía armas a los nazis, Hitler prohibiría la película en Alemania porque la protagonista era hebrea.

La azarosa existencia de Lamarr oscila entre su carrera de actriz, su talento innato para la invención y su necesidad de casarse con hombres adinerados, que le proporcionaran cierta estabilidad económica.

A pesar de su magnetismo con la cámara y sus éxitos en el cine con Argel (1938), o Sansón y Dalila (1449), que fue la película más taquillera de 1950, Hedy nunca llegó al estatus de la Garbo o la Dietrich. Es más, tenía fama de ‘complicada’ en el Hollywood que explotaba a las estrellas, les hacían contratos por años y trabajaban como mulas, seis días a la semana. Para poder seguir el intenso ritmo de los rodajes (levantarse muy temprano y rodar el día entero) los médicos de la industria les daban pastillas.

Su habilidad especial para relacionar ideas y para la invención la desarrollaba en sus ratos libres. Para Howard Hugues, diseñador aeronáutico (el peor amante que tuvo, según sus propias palabras) diseñó un avión más rápido, cambiando la forma de las alas. Durante la Segunda Guerra Mundial ideó una pastilla que, al disolverse, convertía el agua en Coca Cola. Pero su mayor contribución al mundo de la tecnología fue el descubrimiento de los saltos de frecuencia, junto al compositor George Antheil, base de los actuales GPS, Wifi, Bluetooth o satélites militares.

Hedy patentó su invento y se lo entregó a la armada de los Estados Unidos. Era un sistema infalible para que los torpedos dieran siempre en el blanco y acabaran con los escurridizos submarinos alemanes, pero no la tomaron en serio. Dijeron que la invención era demasiado aparatosa, inviable y le sugirieron que si quería ayudar a los EEUU se dedicara a vender bonos de guerra y entretener a las tropas. Así, esta mente prodigiosa se empleó en pintarse los labios de carmín y besar al soldado afortunado que ganara el concurso. Años después Lamarr lucharía por recibir dinero de esa patente pero fue una batalla perdida.

Su vida conyugal, repartida entre sus seis maridos, es otro de los aspectos que aborda el documental. Del primero, Friedrich Mendi, empresario en la industria armamentista, escapó una noche cuando se celebraba una fiesta en su casa; tras contratar a una criada que se le parecía y huir en bicicleta con sus joyas. “Cualquier chica puede parecer glamurosa. Solo tienes que estarte quieta y parecer estúpida” fueron sus consejos dirigidos a las mujeres  objeto.

A los 40 años, Lamarr empezó a hacerse operaciones de cirugía estética, en las que no dudaba en dar instrucciones al cirujano sobre la parte que había que cortar y dónde hacer la costura. Murió sola, recluida en su casa, con demasiadas operaciones en su cara, al estilo de la protagonista de El crepúsculo de los dioses (1950). Debe ser difícil envejecer, mirarse al espejo y no reconocerse, cuando una ha vivido acostumbrada a entrar en una habitación y, de repente, captar todas las miradas de la sala.

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