Ese pequeño dictador que algunos llevan dentro

  La plaga que estamos viviendo ha hecho que el verdadero yo interior que tiene cada uno aflore a la superficie. Podría decirse que han sido como años de terapia o psicoanálisis comprimidos en unos meses para parir a ese ser (para muchos desconocido) que llevamos dentro y que, desde la sombra, maneja los hijos…

Rita Abundancia

 

La plaga que estamos viviendo ha hecho que el verdadero yo interior que tiene cada uno aflore a la superficie. Podría decirse que han sido como años de terapia o psicoanálisis comprimidos en unos meses para parir a ese ser (para muchos desconocido) que llevamos dentro y que, desde la sombra, maneja los hijos de nuestra existencia, a menudo sin nosotros saberlo.

Leo, por ejemplo, a personas que en las redes sociales afirman, sin pudor, cosas como esta: “yo soy muy tolerante, pero con esos cerdos negacionistas no. ¡Por ahí no paso! Creo que habría que encerrarlos a todos y obligarles a vacunarse y, si se enferman, que paguen ellos los gastos”. Lo que me recuerda a lo que me dijo un taxista el Día del Orgullo Gay en Madrid, hace muchos años, “Oiga, que yo respeto a todo el mundo pero no entiendo por qué los maricones celebran a bombo y platillo el hecho de tener esa tara”. De lo que se deduce que si alguien piensa así, no respeta a todo el mundo; y si un individuo quiere encerrar a la gente que opine de forma diferente a la suya, pues se le podrá llamar de mil maneras, menos tolerante.

Entre estos nuevos dictatorzuelos interiores que le han salido a muchos, se encuentra el alter ego golpista del señor Miguel Ángel Revilla; que con el 19 ha mutado de afable invitado de La Sexta Noche a furibundo incitador a un golpe de estado sanitario. “Más que restricciones, pido que se vacune a todo el mundo, por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo militar”, zanjó. Llámenme quisquillosa, pero yo creo que el presidente de Cantabria debería ser más comedido en sus declaraciones y no llamar al ejército, así como así, teniendo en cuenta el pasado reciente de nuestro país.

No parecía tan preocupado el señor Revilla por los contagios cuando el pasado mayo se le encontró comiendo y fumado un puro en el interior de un restaurante, cuando las medias comunitarias permitían estar solo en las terrazas. Al ser pillado in fraganti, el presidente, muy poco convincente y visiblemente asustado, dijo (en un vídeo) que el puro no era suyo y que había llegado a la mesa antes que él.

Me gustaba más Risto Mejide cuando hacía de malo e insultaba y vejaba a los concursantes de Operación Triunfo o Tú sí que vales a cambio de fama y fortuna. Una puede entender que los que están ávidos de notoriedad hagan ciertas cosas; aunque luego, podía imaginármelo ayudando a la vecina anciana a subir las bolsas de la compra porque el ascensor se había estropeado. Sin embargo, me cuesta más evocar a un Mejide, de hoy en día, realmente preocupado por los viejecitos (con tres dosis, más la de la gripe) que este invierno pueden morir contagiados por los “insolidarios” que esquivan el pinchazo. Una cosa es representar el papel de ‘malote’ en un concurso cuando uno empieza en el show business y otra, muy distinta, es retratarse como un auténtico energúmeno, con la excusa del bien común, cuando a uno ya lo conoce todo dios.

“Son medidas que prácticamente convierten a los no vacunados en apestados, cosa que a mí me parece bien”, aseguraba la estrella mediática tras conocer la decisión de Austria y de otros gobiernos como el de Singapur. “Si decides no vacunarte, allá tú. Todo el mundo es respetable, pero no todas las ideas son respetables, ni merecen un respeto. Cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero hay que pensar en todos”. Entre esta conjunción de contrarios (somos libres pero no, todo el mundo es respetable excepto esos apestados), Risto manifestaba también que “esto no es una cuestión sanitaria (…) Estamos hablando de gente que se organiza alrededor de una idea peligrosa para todos”. ¿Si los motivos para sembrar el odio hacia este colectivo no son sanitarios, cuáles son entonces? ¿No le parece bastante peligroso enfrentar a dos sectores de la población?, le preguntaría yo al bueno-malo de Mejide, que cuenta ya con una denuncia por delito de odio, derivada de estas declaraciones.

Nada como la perspectiva de tener problemas con la ley y tener que pagar indemnizaciones, para que ese pequeño ser autoritario, que se ha gestado en la pandemia, se suavice y pase a posturas menos extremistas. Días más tarde, el presentador apoyaba el pensamiento libre al hablar de la postura que Joaquín Prat, su compañero de cadena, había manifestado al respecto. “Yo sé que Risto defendía ayer en su programa algo así como arrinconar a los no vacunados. No puedo estar más lejos de esa opinión, teniendo en cuenta que la vacuna no es obligatoria. Tú no puedes aislar a la gente que decide voluntariamente no vacunarse”, afirmaba Prat.

“Obviamente en Mediaset cada uno piensa cómo le da la gana” comentaba Mejide sobre las declaraciones de Joaquín. “Es una empresa que además premia el pensamiento libre, con lo cual nada que decir si lo que cree él es eso. Yo me pregunto por qué hay gente como él que lo piensa, y eso desde luego no va a ir en menoscabo de mi opinión sobre él, pero sí que me sorprende”.

Así pues, ¿pertenece Joaquín Prat al grupo de los apestados, o como trabaja en la misma cadena de televisión que Risto, eso le exime de su condición de paria? ¿Y, ya que Prat parece ser considerado por  Mejide como una persona respetable, es su idea de que los no vacunados tengan la libertad de no pincharse también respetable o no?  Inmersos de lleno en este indeterminismo existencial, me surge una nueva duda: ¿Hay apestados de primera y segunda división y, de ser así, cómo habría que tratar a cada uno de estos subgrupos?

¡Qué les voy a contar de Bill Gates que no sepan ya! El filántropo que va presumiendo de utilizar a los niños de India y África como ratas de laboratorio para sus experimentos (“¡Les inyectábamos material genético directamente en sus brazos!”, cuenta entusiasmado en un vídeo). El que se pasó media vida en los juzgados, debido a sus prácticas fraudulentas con Microsoft. El Sandro Rey de la Nueva Normalidad, capaz de predecir las pandemias futuras, su duración exacta y su número de muertos. El que conjuga una preocupación crónica por el cambio climático con varios jets privados que contaminan 40 veces más que un avión comercial. El mayor poseedor de tierras cultivables en EEUU.

Pues bien, el bueno de Bill ha centrado sus instintos autoritarios y dictatoriales en la censura y en decirle a los medios de comunicación lo que deben pensar sobre cada cosa, pero resulta que las redes sociales se le escapan. ¡Ni siquiera él tiene presupuesto para compr…, perdón, ‘subvencionar’ a tanta gente! Así que su última idea es que los gobiernos castiguen a los usuarios digitales que se opongan a las mascarillas y las vacunas. “Hay que combatir las fakes news y para eso los gobiernos deben crear una plataforma que vigile los contenidos de las redes sociales, ya que Facebook está siendo un poco lento a la hora de ‘bajar el martillo”, ha dicho el magnate en una entrevista reciente.

Yo que usted, señor Gates, no sería tan severo con su amigo Mark Zuckerberg. Comprenda que ahora mismo está muy liado intentando explicar al mundo su paja virtual, Metaverso, que no la entiende ni la madre que la parió. Pero, además, los censores automatizados de Facebook se hacen la picha un lío tratando de distinguir entre sexo (malo), arte (depende), lencería (mala), disfunción eréctil (bueno), pezones (si son masculinos, buenos; si son femeninos, malos) e ironía ( no se entiende). Es fácil que dejen escapar a algún que otro negacionista mientras censuran la Venus de Willendorf, confundiéndola con material altamente pornográfico. ¡Es lo que tiene ser una máquina y saber solo de algoritmos, big data o clickbaits!

Por otra parte, si Facebook solo permitiera fotos de perritos, gatitos, pies desnudos en la playa, platos gourmet y felicitaciones de cumpleaños, lo más probable es que la gente abandonaría la red social, buscando otra que le permitiese expresar sus ideas. Como ya está ocurriendo con el trasvase de WhatsApp a Telegram. ¿Cómo entonces, podrían vender nuestros datos privados a empresas a cambio de sustanciosos beneficios?

Visto lo visto es el momento ideal para que cualquiera saque a relucir su yo-totalitario sin recargo alguno, y sin detrimento de su reputación democrática, tolerante y aperturista, siempre y cuando sus ataques vayan dirigidos a los que se resisten a inocularse. Aquí vale todo, se puede pedir el encierro, la horca, el garrote vil, la hoguera, la lapidación o la silla eléctrica para estos parias indeseables y gritarlo a los cuatro vientos, sin temor a ser tachado de reaccionario e intransigente. Es lo bueno de estos tiempos, ya no hace falta esconderse, como hacían los miembros del Ku Klux Klan, para linchar a un sector de la población.

Pero hete aquí que en este Halloween permanente, en el que nuestros monstruos más feos salen a la calle, aparece la sombra de las denuncias por delito de odio, como vecinos aguafiestas que golpean la pared para que bajemos la música. ¡Y sino que se lo cuenten a Mejide, que ya no sabe que es mejor si ser malo-bueno o bueno-malo!

Hace unos días vi un documental sobre el Gueto de Varsovia donde comprobé horrorizada la similitud con la situación actual. El pasaporte sanitario, instaurado por los nazis; el linchamiento de un sector de la población; el hecho de que tu vecino de al lado, el que tenía una tienda donde comprabas las frutas y verduras, pasaba, de un día para otro, a convertirse en tu peor enemigo. Y claro, los judíos transmitían también peligrosas enfermedades, porque los malos de la historia siempre han sido sucios y han estado llenos de patógenos.

Y ya les dejo con una anécdota real de una amiga que vive en Andalucía. Pasó el 19 durante el encierro, se vacunó en primavera y hace tres semanas empezó a sentirse mal. Tenía fiebre, dolor de cabeza, había perdido el olfato y respiraba con dificultad. Estos dos últimos síntomas no los tenía la primera vez y se sentía bastante peor que entonces. Fue al ambulatorio, explicó su caso y pidió que le hicieran una PCR, pero se negaron. No le hicieron ninguna prueba, le dijeron que era gripe y la mandaron a casa con unos antigripales. Estamos tan ocupados intentando encerrar a los no vacunados sanos que dejamos sueltos los vacunados enfermos.

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