Esa tendencia a pronunciarse sobre todo

  Como diría un argentino, estoy podrida de tanto comentario sobre la bofetada de los Oscar. No hay personaje público que no haya expresado su posicionamiento sobre el asunto. No hay Youtuber o Ticktoker que no haya hecho un vídeo sobre el evento. Y, para el resto de los mortales que no tienen canal propio,…

Rita Abundancia

Foto de Mika Baumeister para Unsplash

 

Como diría un argentino, estoy podrida de tanto comentario sobre la bofetada de los Oscar. No hay personaje público que no haya expresado su posicionamiento sobre el asunto. No hay Youtuber o Ticktoker que no haya hecho un vídeo sobre el evento. Y, para el resto de los mortales que no tienen canal propio, existe siempre la opción de compartir en las redes sociales opiniones de otros, con las que se sientan identificados.

La semana pasada ha transcurrido tratando de racionalizar un acto irracional, buscándole el trasfondo a un pronto, a una subida de testosterona. Tratando de meterse en la cabeza de Will Smith para explicar por qué se engoriló y echó una mancha, de las que no se quitan así como así, en su curriculum profesional, justo el día en que era muy probable que le fueran a dar su primer Oscar.

Tamaño ejercicio no es fácil porque, además, no hay que descartar que el tortazo fuera una contundente pero eficaz forma de publicidad, otro número de teatro más en este mundo cada vez más seducido por la ficción. Esta idea cobra cada vez más fuerza porque, curiosamente, la hostia ha resultado rentable para todos los involucrados. Will Smith se llevó su premio, tras agredir a alguien y seguir tan campante, sin ser expulsado de la ceremonia. La web de la marca de cosmética sostenible de Jada Pinkett, Hey Humans, se colapsó debido a la avalancha de visitas, y su cuenta de Instagram ganó, en un solo día, 5.000 seguidores. Por su parte, el abofeteado, Chris Rock, que está estrenando su propio show tiene, tras el golpe, el aforo lleno hasta nuevo aviso.

He leído y escuchado justificaciones o explicaciones de todo tipo entre los partidarios del sopapo, que no son pocos. En este selecto club no solo están los hombres que echan de menos resolver las cosas a guantazos, al modo de las películas de John Wayne, sino (y esto es lo más sorprendente) a algunas mujeres, a las que ver como dos machos se pelean por una hembra, que permanece callada, no les parece propio del patriarcado sino algo encomiable. Hay también quien explica la ‘heroica’ reacción de Smith en base al racismo, el mismo que ha provocado la alopecia de Jada, al tener que alisarse el pelo constantemente para encajar en el canon de mujer negra aceptable. “Olé Will Smith” decía la ticktocker Madame Artichaut, “el actor no lo ha hecho por defender a su mujer, sino a todas las mujeres negras de la opresión que sufren”. ¿Realmente alguien se cree tamaño altruismo por parte del ex rapero y actor, con vocación de predicador y salvador de la humanidad, a juzgar por su discurso posterior a la recogida del Oscar?

Pero la intención de este artículo no es la de opinar del tema del que todo el mundo ya ha opinado, sino más bien reflexionar sobre esa imperiosa necesidad de pronunciarse sobre todo. Bueno, sobre todo no, más bien sobre cosas intranscendentes para nuestras vidas (léase el último disco de Rosalía o la canción que representará a España en el próximo Festival de Eurovisión); mientras, lo verdaderamente importante, lo que nos afecta directamente, parece activar nuestro modo autista o lo que los psicólogos llaman la indefensión aprendida.

Me extrañó en su momento como opinadores oficiales de la talla de Iñaki Gabilondo abandonarán el ruedo coincidiendo con la aparición de la pandemia. El comentarista de  una de las cabeceras más importantes del país sorprendió a todos retirándose, no sin antes dejarnos un alegato a favor de las farmacéuticas (el mismo que vivió y denunció el engaño de la Gripe A), de lo buenas que eran y de lo mucho que velaban por nuestra salud. De la noche a la mañana, Gabilondo envejeció lo suficiente para jubilarse, evitando así enfrentarse a la gran bestia. El tema de todos los temas, que solo tenía una lectura oficial y aceptable.

Arturo Pérez Reverte sufrió también otra metamorfosis, pasando de opinador sin pelos en la lengua, con la valentía de un ex reportero de guerra, a prudente escritor preocupado en las cifras de venta, y anunció que no iba a hablar sobre el asunto del coronavirus. “Juré desde el principio no mencionarlo. Había demasiado experto opinando; y yo no lo era ni lo soy. Y no sabe usted lo que me alegro de esa temprana decisión”, dijo el escritor en las redes sociales. Así, el señor Reverte, con la excusa de no ser virólogo, hizo como los tres monos sabios ante las decisiones políticas (que no sanitarias), ante el inexistente comité de expertos, ante la alarmante pérdida de derechos y libertades, ante el nuevo Orden Mundial, ante los suicidios y las personas que se arruinaban y ante los ancianos que morían en las residencias. Y se centró en la poca cultura de las masas, en su estulticia, que es uno de sus temas predilectos.

Claro que no están los tiempos para opinar libremente sobre cuestiones importantes;  cuando la censura llega a niveles que nos recuerdan tiempos pasados, con los fact chekers como versión moderna de la Inquisición, y con Facebook borrando todo lo que no coincida con l’air du temps (y no me refiero al perfume).

Tal vez esa falta de libertad a la hora de opinar de los temas realmente trascendentes, sin pagar una gran factura (y la libertad de expresión es eso, poder decir cosas sin miedo a las consecuencias, como ya expliqué un artículo), sea la que provoca esta casi obligación a pronunciarse en parcelas poco significativas, en temas banales donde no hay riesgo ni efectos secundarios. Una válvula que se nos deja abierta para que sigamos pensando que seguimos siendo libres, que vivimos en sociedades democráticas y que Facebook no bloqueará nuestros comentarios ni nos impedirá seguir publicando durante un mes.

Observo también que la mayoría de los puntos de vista que se dan sobre los diversos temas ligeros y ‘opinables’, no son fruto de la observación directa y de la reflexión, sino de la ideología a la que uno pertenece. O de lo que se debe opinar si se quiere estar en tal grupo, partido o congregación. Como dijo Teócrito. “los hombres libres tienen ideas, los sumisos ideologías”.

Y desde luego, el oficio de opinador de todo es incompatible con el de hacedor de algo. Porque cuando alguien se dedica a hacer cosas, le quedan ya menos horas para valorar las actuaciones ajenas. Se necesita de un determinado ocio y tiempo libre para juzgar los actos de alguien en el otro extremo del mundo. En este sentido, el que siempre tiene un punto de vista sobre todo; pasa de ser productor, de su propia vida, a intermediario (y, de paso, publicista), de la de los demás.

No me gustaría que me interpretaran como una persona excesivamente seria, centrada solo en temas sesudos. Pero, últimamente, creo que guardamos nuestras energías para asuntos de revistas del corazón, mientras dejamos que nos la metan doblada en las cuestiones cruciales. Creo que la frivolidad es necesaria y la risa imprescindible; y suscribo, al cien por cien, la definición de humor que dijo Sthéphane Charbonnier, el editor de Charlie Hebdo, que murió en el atentado a la sede de su revista, en enero de 2015. “Reír es lo que nos permite soportar las cosas insoportables que nos pasan. Es el único medio para resistir”.

 

5+
Sin Comentarios

Deja una respuesta

Tu email no será publicado.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.