Esa cotidiana sensación de fin de mundo

  Aparte del calor, que nunca ha hecho por estas fechas, y del escandaloso encarecimiento de las sandías, el tercer puesto en el top ten de conversaciones de ascensor es lo que se nos avecina este otoño. “Hay que leer las señales de la calle. El sistema nervioso de una crisis es la calle”, dijo…

Rita Abundancia

Foto de Ovsyannykov para Pixabay.

 

Aparte del calor, que nunca ha hecho por estas fechas, y del escandaloso encarecimiento de las sandías, el tercer puesto en el top ten de conversaciones de ascensor es lo que se nos avecina este otoño.

“Hay que leer las señales de la calle. El sistema nervioso de una crisis es la calle”, dijo alguien, y no me pregunten quién porque no me acuerdo; pero es una frase que siempre he puesto en práctica, de manera intuitiva. Las conversaciones con los desconocidos, gente con la que coincidimos en una tienda o en el autobús y que, muy probablemente, nunca volvamos a ver, son valiosos testimonios del sentir de la población. Son confesiones en toda regla, stripteases emocionales puesto que no hay nada que vender ni comprar, no hay nada que esconder ni exagerar o pretender. Las energías son limitadas y las guardamos para ocasiones especiales, así que con el vecino de asiento en el metro dejamos de fingir y le hablamos con toda sinceridad, obsequiándole con el raro regalo de mostrarnos tal y como somos, porque no hay consecuencias que temer. Desaparecerá de nuestras vidas sin dejar rastro.

Yo que hablo poco y escucho bastante. A mí que me gustan esas afirmaciones espontáneas, sin filtro, constato una sensación de apocalipsis a la vuelta de la esquina. Algo gordo va a ocurrir y cada vez más gente se inclina ya a pensar que tantas desgracias juntas no pueden ser fortuitas. “¡A ver con que nos salen este otoño!”, exclama alguien en la cola del supermercado. “Nos están dejando algo tranquilos en verano, por eso del turismo, pero en octubre esto se acaba”, comentaba un taxista. “¡Se dice que planean encerrarnos de nuevo!”, he escuchado en más de una ocasión. La pandemia nos cogió de sorpresa, pero una epidemia constante parece que necesitara de otros ingredientes, aparte de los virus, para sostenerse indefinidamente en el tiempo.

Las plagas de Egipto fueron una serie de infortunios que, según la Biblia, cayeron sobre el reino egipcio tras negarse a liberar a los hebreos, pero al menos llegaban de una en una. Las modernas plagas de la agenda mundial se solapan y conviven: virus, guerras, escasez de alimentos y de energía, falta de agua, desplome de la economía  o cambio climático, que es el que se publicita en estos momentos.

Está claro que lo que le llevamos haciendo a la Madre Tierra, desde siglos, debido a nuestra avaricia y pereza, acabaremos pagándolo, y no sabemos todavía en qué forma. Y empieza a ser evidente que el cambio climático ha empezado hace mucho, con experimentos para poder controlar el tiempo meteorológico por parte de gobiernos y grandes corporaciones. Hasta el propio Pedro Piqueras habló del tema en su telediario, el pasado año: “China asegura que controlará el clima en el 2025, en el 60% de su territorio. La siembra de nubes a gran escala; productos químicos, como el yoduro de plata, para evitar granizos que destruyan cultivos, provocar lluvia o provocar claros se hace ya puntualmente en muchos países, incluido España”.

Se habla poco de estos ‘experimentos’ con graves y desconocidas consecuencias, se buscan pocas soluciones a los problemas reales de contaminación (polución y plásticos) y se hacer creer a la población de que las corbatas son las causantes de que la gente se muera por golpes de calor. Y que conste que simpatizo con la regulación de los aires acondicionados en modo frozen y las calefacciones en modo averno, tras sufrirlos en mis propias carnes durante años de trabajo en redacciones, en las que en verano nos disfrazábamos de campesinas bielorrusas y en invierno de favelistas para poder soportar el ‘cambio climático laboral’.

Antiguamente, en periodos de guerras o penurias, los gobiernos trataban de elevar la moral de las tropas y la población, porque sabía que era un elemento crucial en la supervivencia y triunfo de la contienda o la crisis. Ahora el modus operandi es asustarnos aún más, apocaliptizándolo todo. Si, con esa facilidad que tiene el idioma inglés para convertir palabras en verbos y viceversa, la Real Academia Española podría incluir el verbo apocaliptizar: acción o efecto de sobredimensionar un hecho y agrandar sus funestas consecuencias con el fin de atemorizar a la población.

Los agoreros siempre guardan oscuros propósitos. Para empezar, acallar las posibles protestas, disidencias, levantamientos; porque no es momento de exigencias cuando el fin del mundo está a dos telediarios. ¿Le parecen caros los melones? Pues de gracias a Dios que aún los puede comprar, porque mañana tal vez no tenga ni eso para llevarse a la boca. ¿Cree que el precio de la luz es un sacrilegio? Pues espere a cuando ni siquiera la tenga y deba alumbrarse con velas. ¿Considera que la censura está llegando a niveles de la época de Franco? ¡Con la que está cayendo y usted se preocupa por la libertad de expresión! ¡Debe ser que no tiene problemas más graves!

Otra característica del apocalipsis es que las reglas que se aplicaban al mundo pre hecatombe ya no funcionan. Si antes del 2020 lo que no te mataba te hacía más fuerte; ahora lo que no te mata muta y lo intenta una y otra vez.  Si antes las vacunas inmunizaban y evitaban los contagios en el 2021 perdieron su función sanitaria y sirvieron para poder asistir a la cena de Navidad, ir al cine o al restaurante. Así que la gente ya no sabe a qué atenerse, porque algunas normas antiguas parece que se siguen aplicando pero otras no. Ante esta confusión, los agoreros sacan tajada y manipulan más fácilmente a la población, que corre como pollos sin cabeza.

Otra gran ventaja de las catástrofes que no cesan es que lejos de desterrar a los gobernantes, que en parte han propiciado la situación en la que estamos, la gente cree que son más necesarios que nunca. Porque si la cosa está mal, alguien debe estar al frente, ya que podría derivar hacia algo peor. Es como ir en una barca que el patrón dirige hacia una enorme catarata. Lo peor que se puede hacer es seguir en ella inmóvil. Uno puede intentar hacerse con el timón, reducir al capitán, saltar al agua pero decide no hacer nada y seguir confiando en su verdugo. No sé si este fenómeno tiene un nombre en psicología, Síndrome de Estocolmo o indefensión adquirida, pero debería tenerlo, para poder diagnosticarlo y buscar así un posible remedio.

Ante este cataclismo que planea sobre nuestras cabezas algunos sucumben a la ansiedad prolongada y otros, los menos, empiezan a bajar la guardia, puesto que el temido lobo que tenía que llegar ayer, no vino. Pocos piensan que, tal vez, nuestro verdadero enemigo sea el pastor o las ovejas. Y si fuéramos algo más avanzados, la proximidad de la tragedia, de la muerte, nos podría enseñar el arte de la vida, como dicen los yoguis; pero solo un número insignificante se beneficia de este positivo efecto colateral. La mayoría es una generación triste con fotos felices, porque el apocalipsis que viene y nunca acaba de llegar tiene eso, que mata la alegría.

Pero no quiero deprimirles aún más, así que les contaré una anécdota de mis años en Londres. Una amiga española, que hablaba poco inglés, se presentó a un casting para azafatas en la capital inglesa. De aquella no hacían faltan tantas titulaciones, bastaba con ser alta, guapa y hablar idiomas, y luego te daban un cursillo de un mes. Entre las preguntas que le hicieron, una consistía en decir ( en inglés) a la tripulación que había una bomba en el avión y que iba a estallar. A lo que mi amiga dijo en su particular espanglish: “ladies and gentlemen. There is a bomb in the plane and it is going to explote very quickly. Enjoy your last five minutes!”.

Ayer leí también algo de Charles Bukowski que entroncaba con lo de disfrutar los minutos que nos quedan que, seguramente, serán más de cinco. “Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo/ Estamos aquí para beber cerveza/ Estamos aquí para matar la guerra/ Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos”.

P.D.  Los finales también llevan implícitos los comienzos. Así que uno puede esperar el fin del mundo o el comienzo de una nueva humanidad.

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