¿Es la ciencia misógina?

El hecho de que los ensayos clínicos sobre las vacunas covid no tuvieran en cuenta el ciclo menstrual de las mujeres ha vuelto a evidenciar como los estudios científicos no siempre consideran como deben a la mitad de la población que menstrua, puede tener hijos y es cíclica. Un ‘modus operandi’ que ya es histórico y que no solo ha causado grandes prejuicios a las féminas sino al estado de salud de la población en general.

Rita Abundancia

Foto de Artem Podrez en Pexels.

Si, como han demostrado los estudios, todas las células del cuerpo humano tienen la marca de sexo, el hecho de que una persona haya nacido hombre o mujer puede determinar la evolución de las enfermedades que pueda sufrir a lo largo de su vida. Al parecer, los componentes celulares que forman un tejido humano reaccionan de modo diferente ante el ataque de una dolencia en función de si son masculinas o femeninas, según una serie de investigaciones que se publicaron el pasado año en la revista Science, y en las que participaron, entre otros, el Centre de Regulació Genòmica de Barcelona, la Universitat de Barcelona y el Institut de Recerca de l’Hospital de Sant Pau-IIB Sant Pau.

Hasta ahora, las diferencias sexuales eran atribuidas, sobre todo, a hormonas, cromosomas sexuales, al comportamiento y a factores medioambientales, pero nunca a los mecanismos moleculares subyacentes de la biología. Los descubrimientos de esta investigación, sin embargo, revelaron que en al menos 360 casos el hecho de ser hombre o mujer afecta a la expresión genética en un grado distinto en cada sexo. Por no hablar de que existen diferencias sexuales en los genes implicados en muchas funciones de los seres humanos, incluida la forma en la que las personas responden a los medicamentos, cómo se controlan los niveles de azúcar en sangre, cómo funciona el sistema inmunológico o cómo se desarrolla el cáncer.

“Estos descubrimientos sugieren la importancia de considerar el sexo como una variable biológica en los estudios de genética y genómica humana”, explicaba una de las directoras del proyecto, Barbara Stranger, profesora asociada de farmacología en la Facultad de Medicina Feinberg de la Universidad Northwestern, en EEUU.

Ahora que se habla tanto de la perspectiva de género; la medicina, las investigaciones científicas y farmacológicas y los ensayos clínicos parecen no haberse dado por aludidos y continúan efectuando su trabajo en modo patriarcal, o tal vez habría que elegir la palabra misógino. Hay numerosos estudios, la mayoría elaborados por mujeres, sobre cómo la ciencia se ha olvidado del género femenino. En el 2014, investigadoras del Brigham and Women’s Hospital in Boston publicaban un trabajo titulado Chronicled  the exclusión of women from health research and its impact on women’s health (Cónica de la exclusión de las mujeres en los estudios clínicos y su impacto en la salud de las mismas); donde se decía: “la ciencia que informa a la medicina, incluida la prevención, diagnosis y tratamiento de las enfermedades, rutinariamente falla a la hora de considerar el crucial impacto del sexo y el género. Esto pasa en las etapas más tempranas de la investigación, donde las mujeres son excluidas (ya sean humanas o animales) de los ensayos clínicos, o donde el sexo de los participantes no se tiene cuenta a la hora de publicar los resultados. Todo esto nos impide identificar importantes diferencias que se traducirían en grandes beneficios para de la salud de todos”.

No crean que las cosas han cambiado mucho desde el 2014 hasta nuestros días. Las vacunas de la covid han destapado, de nuevo, que la ciencia (como ha hecho a lo largo de la historia) no tiene muy en cuenta que la mitad de la población mundial está formada por unas personas que menstrúan, pueden tener hijos y son cíclicas.

 ¿Vacunas machistas?

 “La participación femenina en los ensayos clínicos para elaborar las vacunas covid fue del 50%. Es decir, hubo paridad entre hombres y mujeres, pero los resultados y los efectos secundarios no se disgregaron por sexos”, comenta Carme Valls Llobet, endocrinóloga especializada en medicina con perspectiva de género y autora de los libros: Mujeres invisibles para la medicina (Capitán Swing) y Medio ambiente y salud: Mujeres y hombres en un mundo de nuevos riesgos (Cátedra). “Tan solo un 4% de las investigaciones sobre la Covid tuvieron en cuenta de manera explícita el factor sexo y, desde luego, no se ha considerado el hecho de que las mujeres tienen la menstruación. De ahí que muchas hayan visto sus ciclos alterados tras inyectarse la vacuna”, afirma esta endocrinóloga.

Olga Ocón es ginecóloga del Hospital San Cecilio de Granada y participa en el estudio Proyecto Eva que lidera la matrona y profesora de la Universidad de Granada, Laura Baena. El objetivo del mismo es investigar los efectos secundarios de las vacunas contra la covid en el ciclo menstrual de las mujeres.

“Empezamos a desarrollar la metodología a finales de febrero y, entre marzo y principios de abril, reclutamos a un grupo de mujeres, cerca de 140, a las que vigilamos de cerca. El estudio consta de dos partes: un cuestionario anónimo, que ya ha recogido unas 22.000 respuestas, y el seguimiento de ese grupo de voluntarias a las que vemos antes de que se vacunen, estudiamos sus historiales médicos y sus menstruaciones, y luego registramos los posibles cambios que experimentan tras la inoculación”, apunta Ocón.

El estudio sigue su curso pero, de momento, el 70%  de las mujeres que han contestado la encuesta reconocen haber sufrido trastornos menstruales tras la vacuna. En el caso de las 140 voluntarias, la proporción es del 30%. “Las alteraciones más frecuentes son adelanto o retraso de la menstruación, sangrado abundante o fuera del ciclo, dolor y síndrome premenstrual más acusado. O lo contrario, no tener ciertos síntomas cuando antes si se tenían”, cuenta esta ginecóloga. Hay también casos de mujeres menopaúsicas a las que le vuelve la regla; pero ese grupo no ha podido entrar en el Proyecto Eva porque cuando se empezó el estudio, la mayoría de las mujeres de esa edad ya habían sido vacunadas.

Laura Baena decidió emprender esta investigación cuando empezó a escuchar quejas de mujeres vacunadas en un grupo de Whatsapp de matronas al que pertenece. Y la propia Ocón, de 40 años, experimentó, en primera persona, cambios en su ciclo menstrual tras la vacuna. “A mí me empezó un sangrado más abundante, sin síntomas algunos, a los 10 días de ponerme la segunda dosis y tardé un mes y medio en regularme”.

El estudio no cuenta con financiación de ningún tipo, aunque ahora esperan que, tal vez, puedan conseguir algo de ayuda por parte de una cátedra de investigación en la salud de la mujer. La idea de llevar a cabo esta investigación no contó con muchos aplausos, aunque si con frecuentes suspicacias. “¿Por qué hacéis eso? ¿No veis que puede influir en que las mujeres no se vacunen? Nos decían”, cuenta Ocón. “Nosotras no somos antivacunas, tan solo queremos investigar y ver si esos efectos secundarios son ciertos (históricamente, la razón de muchos trastornos femeninos se ha explicado siempre con el socorrido argumento de los nervios o el estrés), si duran en el tiempo o se van a los pocos días. Y, por supuesto, si se demuestra que son consecuencia de las vacunas, incluirlos en la lista de los posibles efectos secundarios de las mismas. La Agencia Europea del Medicamento (AEM) dice que, a día de hoy, no hay estudios al respecto, pero tampoco niega que estos efectos puedan ser ciertos”, señala Olga.

Capítulo aparte sería el tratamiento mediático de los efectos adversos de la vacuna en mujeres. Para muchas un compendio de todo el argumentario de lo que ha ocurrido siempre en medicina y en ciencia respecto al “sexo débil”. “A mí me ha parecido mal”, cuenta Carme Valls, “porque para tranquilizar al personal muchas ginecólogas ya han salido diciendo que esos trastornos del ciclo menstrual podían ser atribuidos a los ‘nervios’. Todo un clásico. Pero esto es producto de no incorporar la menstruación en las pruebas”.

Para Irene Aterido, sexóloga, feminista y miembro del consejo editorial de la revista Mujer y salud, editada por la redCAPS (Red de Mujeres Profesionales de la Salud), “la forma en que se están despachando estos efectos secundarios en el cuerpo femenino no es sino otra machistada. Si un varón se presentara en la consulta con su emisión eyaculatoria reducida en un 10%, lo tendríamos ya con TAC y pensaríamos en un posible cáncer de próstata”.

La píldora anticonceptiva masculina no ha sido aprobada a pesar de que en sus ensayos registró menos efectos secundarios que la femenina.

Los diferentes paradigmas de la ciencia en torno al género

“La historia de la medicina se ha construido sobre sujetos oprimidos y sin derechos. Cuando surge la medicina moderna, la biología y la genética; la mayor parte de los estudios se realizan para verificar la teoría de las razas o la superioridad de unos grupos sobre otros”, cuenta Irene Aterido. “Durante bastante tiempo, la neurociencia se dedicó a investigar porque la gente era homosexual y porque las mujeres no sabemos leer los mapas, en vez de preocuparse por cosas más urgentes, como la salud mental o los síndromes endocrinos graves. Intentaban biologizar las diferencias culturales y por eso hubo tanta reacción por parte del feminismo. En los años 70 del pasado siglo, cuando la ciencia se pobló con otras voces y con mujeres, pareció bastante absurda esta línea. Justificar las diferencias de género por diferencias neuroendocrinas era volver a principios del siglo XX, a la teoría de las razas y los sexos. Claro que hay diferencias cerebrales entre hombres y mujeres, pero entonces había un afán de desmontar a los genetistas que veían capacidades cognitivas distintas en personas de piel oscura o clara. Durante años, las diferencias culturales se habían achacado a la biología”.

El nuevo paradigma que se construye en los 70, junto con los avances en el estudio del ARN y la biología molecular, coincide en tiempo y espíritu con el auge de los Derechos Humanos y los feminismos. Entonces se trataba de demostrar que las diferencias hombre-mujer no siempre respondían a la biología sino a la educación, a la cultura y al entorno.

De repente, hablar de diferencias genéticas y biológicas entre los sexos no estaba bien visto. Ahora se quiere construir un paradigma más híbrido. Los genes implican una parte, pero el ambiente constituye otra nada despreciable.

Las feministas, casi todas (independientemente de que hay muchos tipos de feminismos), tenemos un gran interés en que se reconozca la diferencia femenina igual que la masculina para poder diagnosticar, atender y evaluar a los pacientes. Por ejemplo, lo que hemos hecho recientemente en la redCAPS es reclamar algo tan sencillo como desagregar por sexos las estadísticas de infección, mortalidad y morbilidad de la covid; porque, a día de hoy, no tenemos acceso a eso en el estado español. Nos estamos dejando mucha información fuera y eso es una negligencia a nivel epistemológico. La salud de las mujeres es imprescindible, no solo para ellas mismas, sino para las generaciones futuras”, cuenta Aterido.

 El ciclo menstrual, un fastidio que encarece y ralentiza los ensayos clínicos

El hecho de que las mujeres seamos cíclicas, menstruemos y tengamos un sistema endocrino mucho más sofisticado que el de los varones gusta poco a los laboratorios farmacéuticos; ya que considerarlo y tenerlo en cuenta en los estudios encarece y ralentiza mucho todo el proceso. “Incluso en animales no se tiene en cuenta el sesgo de género porque resulta más caro tener a ratas menstruantes. Hay que hacer los mismos controles cinco veces, una por cada fase del ciclo. Y luego ver a ratas menopaúsicas y no menopáusicas”, señala Aterido.

Sin embargo, como apunta Carme Valls, “las variaciones hormonales no solo son propias del género femenino, el masculino también las registra. Por ejemplo, en los estudios para desarrollar psicofármacos, las ratas macho pueden tener una variabilidad hormonal superior a las hembras cuando se les encierra juntas. Es probable que al macho dominante le suba el nivel de testosterona cinco veces más que a los otros”.

A lo largo de la historia,  la mayoría de las sociedades han penalizado o ridiculizado algo tan valioso como el ciclo ovulatorio, al que el propio American College of Obstetricians and Gynecologists (ACOG) ha definido ya como un quinto signo vital para las mujeres.

“La menstruación es un indicador de salud”, afirma Carme Valls, “por eso yo no estoy de acuerdo con el ‘permiso menstrual’ que algunos ayuntamientos quieren implantar en las empresas o lugares de trabajo, porque sería tratar ese rasgo femenino como una enfermedad. Y es todo lo contrario. Los mohicanos consideraban que el ciclo de las mujeres era un factor de crecimiento de la tribu y cuando menstruaban los hombres les llevaban comida”.

El desinterés respecto  a la menstruación femenina, por parte de la ciencia, ha derivado en que se sepa muy poco sobre el síndrome menstrual, la menopausia o la endometriosis, que tarda en diagnosticarse una media de nueve años en nuestro país. “Todo lo que es específico de la naturaleza femenina, como es la menstruación, el embarazo y la menopausia, ha sido ignorado por la ciencia y los estudios clínicos”, recalca Carme Valls.

“Hasta los años 80 no se sabía para qué porras servía la ovulación, ahora se sabe que para unas 150 funciones distintas del cuerpo, y que hasta la córnea se ve afectada por las variaciones cíclicas. Durante muchos siglos, en ciencia, el cuerpo de las mujeres fue una copia del de los varones. Y esto muchos feminismos lo compraban, aunque es un error. Otro error es pensar que somos tan diferentes que hay enfermedades de mujeres y de hombres. Esto es también grave. Si pensamos que el cáncer de mama es femenino estamos dejando fuera a los varones con cáncer de mama”, apunta Aterido.

Pero si el ciclo menstrual es ignorado en los estudios clínicos, del embarazo ya ni hablamos; razón por la que hay tan pocos fármacos que sean seguros para las gestantes. La historia registra el episodio de la talidomida que provocó graves malformaciones en niños cuyas madres embarazadas habían tomado el preparado en los años 50 del pasado siglo, como tratamiento sintomático de las náuseas y vómitos del embarazo. Aunque la cifra de afectados a nivel mundial no se conoce con exactitud, se ha estimado la existencia de más de 10.000 recién nacidos con malformaciones durante el periodo de comercialización de la talidomida (1957-1963), siendo España uno de los últimos países en prohibirla oficialmente, en enero de 1963.

Sin perspectiva de género en los ensayos clínicos

Si hay un campo donde la perspectiva de género es imprescindible, hasta el punto de que puede salvar vidas o, en su defecto, todo lo contrario; ese es el de la medicina y la investigación científica. “No se puede generalizar, pero es bastante frecuente que los ensayos clínicos no tengan muy en cuenta la diferenciación por sexos”, afirma María Teresa Ruíz Cantero, doctora en Medicina y Cirugía, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública, miembro del Centro de Investigación Biomédica en Red de Epidemiología y Salud Pública (CIBERESP) y directora del Grupo de Investigación de Salud Pública en la Universidad de Alicante.

La principal línea de investigación en la trayectoria profesional de Ruíz Cantero es la salud de las mujeres desde la perspectiva de género. En concreto, le interesan los ‘sesgos de género’ en: investigación (ensayos clínicos), atención sanitaria (esfuerzo diagnóstico y terapéutico) y difusión del conocimiento. Analiza cómo se producen y cómo podemos prevenirlos. Su segunda línea de investigación es “epidemiología  política desde la perspectiva de género”, en la que estudia cómo influyen las decisiones tomadas en el ámbito político y mediático en las desigualdades de género en salud. En su currículum se incluye haber coordinado la monografía Perspectiva de género en medicina, surgida de una mesa redonda celebrada en Barcelona en 2018, en la que 24 profesionales abordaron la cuestión desde distintas perspectivas.

“En 1994 la Food and Drug Administration (FDA) publicó unas recomendaciones para incluir la perspectiva de género en los ensayos clínicos. Pero eran eso, recomendaciones, que la Agencia Europea del Medicamento (EMA) se niega a aceptar. Existe un lobby de mujeres en Bruselas que luchan para que se tengan en cuenta los puntos de la FDA. Por su parte la EMA, que tiene unas líneas de actuación, propone que cuando haya suficiente tamaño en la muestra se haga la estratificación por sexos; pero ¿y si no lo hay?”, apunta María Teresa.

En principio, lo lógico sería que se escogiese una muestra representativa del porcentaje de población que fuera a consumir el fármaco que se está testando; pero la historia de los ensayos clínicos cuenta con episodios cómicos que rayan lo grotesco. Por ejemplo, cuando se estaban efectuando las pruebas de la flibanserina, más conocida como la viagra femenina, su interacción con el alcohol se probó en una muestra de 25 voluntarios sanos, 23 de ellos eran hombres y solo había 2 mujeres.

“Otro ejemplo absurdo es el hecho de que los psicofármacos que muchas mujeres toman para la depresión (ellas sufren 5 veces más esta patología que ellos)  y la ansiedad (por cada hombre con ansiedad hay 10 mujeres con síndrome ansioso) se testaron en ratas macho y en hombres; a pesar de que son ellas las que más los consumen estos fármacos”, cuenta Carme Valls. “Lo que tampoco se tiene cuenta es el hecho de que las dosis dependen de cómo metabolice el cuerpo ese fármaco y las mujeres, por nuestra constitución y fisiología, necesitamos menos que los hombres”.

Las pastillas para la arritmia es otro ejemplo de fármaco testado solo en varones. “A igual número de infartos mueren más mujeres, porque se llega más tarde y porque el medicamento se ha testado mayoritariamente en hombres” subraya Valls.

La inmunología debería también enfocarse desde una perspectiva de género; ya que según esta endocrinóloga, “en todas las vacunas ha pasado lo mismo. Las mujeres reportan siempre más efectos secundarios en las vacunaciones, porque tienen un sistema inmunitario muy diferente al del hombre, mucho más potente y que desata más reacciones autoinmunes, biológicamente hablando. Las enfermedades autoinmunes predominan en las mujeres respecto de los hombres en una proporción de nueve a uno”, añade Valls.

Pero, ¿Por qué hay casi siempre menos féminas que varones en los estudios? “Las mujeres caen más por el camino”, cuenta Ruíz Cantero. “La gente que participa en los ensayos suele ser pobre, a la que se le da un estipendio, una dieta para comida durante el tiempo que duran los estudios. Pero a menudo esto se hace a posteriori y mucha gente con pocos recursos abandona porque no tienen dinero ni para pagar el autobús. Otra razón que dan las farmacéuticas es que las mujeres en edad fértil pueden quedarse embarazadas y los test pueden afectar al feto, pero eso suena más a excusa que a otra cosa”.

Ruíz Cantero habla de la farmacogenética, “la ciencia que estudia el efecto de la variabilidad genética del individuo y su relación con la respuesta a los fármacos”. La farmacocinética, “que investiga los procesos a los que un fármaco es sometido a su paso por el organismo y hasta que es eliminado por el cuerpo” y la farmacodinámica “que es el estudio de los efectos bioquímicos y fisiológicos de los fármacos, de sus mecanismos de acción y la relación entre la concentración del fármaco y el efecto de este sobre un organismo. Estas tres disciplinas nos demuestran que los fármacos actúan de manera distinta en hombres y mujeres y que interactúan con los estrógenos, con la píldora anticonceptiva y con la terapia hormonal sustitutiva”, concluye Ruíz Cantero.

“Se sabe ya que las mujeres, al ser generalmente más pequeñas que los hombres, necesitan menos cantidad de fármaco para obtener los mismos resultados. Algo que se vio ya con la vacuna de la gripe. Con la mitad de la dosis, ellas generaban la misma respuesta inmune que los varones. De la misma manera que algunos fármacos tardan más tiempo en hacer efecto y en ser eliminados del organismo femenino, debido al mayor porcentaje de grasa abdominal que presentan las mujeres”, señala esta experta y sentencia: “es necesario que la enseñanza en las universidades de medicina contemple la perspectiva de género; ya que biológicamente, fisiológicamente y patológicamente, la enfermedad se expresa de manera diferente en ambos sexos”.

Las pruebas clínicas para aprobar la flibanserina (la viagra femenina), registran el episodio surrealista de que su interacción con el alcohol se testó en una muestra de 25 individuos (23 hombres y solo 2 mujeres). Foto de Edward Jenner en Pexels.

Máxima prioridad a los estudios sobre dolencias o trastornos masculinos

El sesgo de género es también patente en el hecho de que a menudo se priorizan los estudios destinados a investigar o sacar un fármaco contra enfermedades, eminentemente masculinas. No hay sino que fijarse en la variada oferta de remedios para los trastornos de la eyaculación en comparación con los que existen para otras dolencias femeninas.

La anticoncepción, sin embargo, se ha dejado históricamente en manos del género femenino; a pesar de que el periodo fértil en una mujer dura de 24 a 48 horas al mes (¡si, han leído bien!); mientras que el hombre produce espermatozoides todo el tiempo.

Cuando la píldora anticonceptiva cumple este año los 61, la masculina se hace esperar; aunque existen dos áreas de investigación en este campo: la anticoncepción hormonal, que utiliza hormonas sintéticas para detener temporalmente el desarrollo de espermatozoides sanos, y el método no hormonal que pretende evitar que los espermatozoides entren en la vagina.

En 2016 un estudio para la píldora en varones, que inyectaba a los participantes testosterona y progestágenos, similares a los que se encuentran en la píldora femenina, se detuvo por los efectos secundarios que provocaba: granos en la piel, trastornos del estado de ánimo y aumento de la libido, que los expertos consideraron demasiado severos e intolerables, por lo que se canceló la investigación. Efectos relativamente menores que los que sufren muchas mujeres que toman la píldora y que incluyen: ansiedad, aumento de peso, nauseas, dolores de cabeza, reducción de la libido o sequedad vaginal, entre otros.

Para la doctora Lisa Campo-Engelstein, directora del Instituto de Bioética y Humanidades de la Salud de la Universidad de Texas y experta en el estudio del futuro de la salud reproductiva, el hecho de que no haya una píldora anticonceptiva masculina no se debe a que la ciencia no lo haya podido lograr, sino a que no le interesa lograrlo. “Es claro que la pastilla anticonceptiva masculina no existe no por un tema científico, sino por un tema de género, de normas sociales. Se le puso ese trabajo exclusivamente a la mujer”, reconocía Engelstein a BBC News.

Contrariamente a la anterior filosofía, los ensayos clínicos sobre la píldora anticonceptiva femenina, que se llevaron a cabo en los años 50 del pasado siglo en mujeres pobres en Puerto Rico, no contaron con esa consideración hacia los posibles efectos secundarios en la salud de las participantes; sino, más bien, todo lo contrario.

El estado libre asociado se convirtió en el laboratorio norteamericano para experimentar el control de la natalidad y se intentó reclutar a las ‘cobayas’ en diversos segmentos de la población. Primero entre las estudiantes de medicina (incluso se planeó castigar a las reacias a colaborar en la investigación, negándoles el título), luego entre la población reclusa y, finalmente, los ensayos se llevaron a cabo en un poblado de chabolas.

Comenzaron en abril de 1957, en uno de los barrios más pobres de Puerto Rico. Sólo aceptaron hacer de ratas de laboratorio 56 mujeres de un total de 175, a las que se les había propuesto participar. Incluso las que lo hicieron tuvieron dificultades para seguir las instrucciones. Poco después, en virtud de un nuevo proyecto urbanístico, se derribaron las chabolas y las mujeres se dispersaron antes de que se pudiese comprobar los efectos a largo plazo de la píldora.

En 1960, después de las pruebas peor llevadas y menos rigurosas que se hayan hecho nunca con un fármaco aprobado por la FDA, se autorizó el uso de Enovid como anticonceptivo en Estados Unidos. Dos años más tarde se aprobó en Gran Bretaña. Se había probado en millares de mujeres portorriqueñas, pero sólo 123 la habían tomado durante doce meses o más. El 65% de ellas se habían quejado de náuseas, trastornos estomacales, dolores de cabeza, vértigos u otros síntomas. En el 23,8% de los casos, los síntomas fueron tan graves que las afectadas decidieron abandonar las pruebas. Entre las que habían tomado la píldora durante más de seis meses, se habían observado notables cambios del cuello uterino. La Dra. Satterthwaite intentó conseguir para el archivo fotografías tomadas de esos cuellos uterinos “inflamados”, como ella les llamó, pero el equipo de investigación no dio importancia a este síntoma. Murieron tres mujeres y los fallecimientos se atribuyeron a accidentes cardiovasculares, pero no se les hizo nunca la autopsia.

La historia de este estudio dio para que Linda Grant escribiera un libro sobre ella titulado Sexing the Millennium.

¡No se preocupe por esas palpitaciones, mujer, son los nervios!

El campo de las enfermedades cardiovasculares es otro ejemplo perfecto de como haber nacido mujer resta muchos puntos. Una peor atención primaria, un desconocimiento mayor de la enfermedad en el género femenino lo que, no pocas veces, deriva en un diagnóstico erróneo, y una farmacología destinada al varón, en la que la presencia de la mujer brilla por su ausencia en los estudios de investigación.

Todo esto hace que la enfermedad cardiovascular sea, a día de hoy, la principal causa de muerte en la mujer adulta en España.

Antonia Sambola Ayala, cardióloga del Hospital Universitario Vall d’Hebron, en Barcelona, realizó un estudio titulado Diferencias de género en la atención por dolor torácico o palpitaciones; en el que se revelaban las siguientes conclusiones: a las mujeres se les realizan menos ecocardiogramas que a los hombres, se las deriva menos al cardiólogo, ingresan menos y se alcanza un diagnóstico en una menor proporción de casos.

Héctor Bueno es cardiólogo, trabaja en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares y es jefe de sección de cardiología clínica del servicio de cardiología del Hospital Universitario 12 de Octubre, en Madrid. Bueno hace una puntualización; ya que hay que diferenciar entre enfermedades cerebrovasculares y cardiovasculares. “Entre las primeras están los ictus y entre las segundas los infartos. Y las que más afectan a las mujeres son las cerebrovasculares. El hecho de que sean la primera causa de muerte en mujeres adultas en nuestro país viene ocurriendo ya desde hace décadas. Lo que pasa es que la gente no lo sabe, ni siquiera las propias mujeres que temen más al cáncer de mama, por ejemplo. Así que sí, es verdad que hay un sesgo de género, incluso en la propia percepción de los pacientes. En atención primaria, desgraciadamente, es bastante probable que a la mujer que acuda con palpitaciones se le atribuya este síntoma a los nervios o al estrés; mientras que, en el caso del hombre, se piense antes en taquicardia. Aunque también es verdad que ellas tienen  más ansiedad, estrés o depresiones que los varones”, puntualiza este cardiólogo.

La razón por la que estas patologías afectan cada vez más a las mujeres es, según Bueno, “por la exposición a los factores de riesgo: arterioesclerosis, tabaquismo, hipertensión, diabetes, colesterol alto, sedentarismo, dieta, o estrés. La mortalidad del cáncer de pulmón supera ya al de mama en las mujeres y la combinación de anticonceptivos orales y tabaco es especialmente nociva”.

Se dice también que los síntomas de una enfermedad cardiovascular son distintos en ambos sexos. Sin embargo, en palabras de este cardiólogo, “esto tiene una explicación y es que las mujeres debutan más tarde (entre 6 y 10 años después) en estas patologías; ya que durante la edad fértil, el perfil hormonal la protege hasta la menopausia. En realidad, los síntomas son diferentes pero no por el género sino por la edad. Con los años hay menos dolor y más fatiga. Y la presencia de diabetes puede variar también los síntomas”.

Para Carme Valls es patente que hay diferencias biológicas entre los dos sexos y eso hay que tenerlo en cuenta en ciencia y en medicina. “Estas disciplinas deberían considerar no solo el sexo sino también el género. Qué atributos ha dado la cultura y la sociedad al hecho de ser mujer o ser hombre. Qué estereotipos, condicionamientos y aptitudes se esperan de los dos sexos, porque esto también influye, y mucho, en sus estados de salud”.

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