Enric Puig Punyet: “Esta crisis es un momento perfecto para que el sistema se repiense a sí mismo”.

¿Qué nos ofrece un cuerpo o el contacto físico con otro en la digitalización de la vida tras la Codiv 19? Es la pregunta que este filósofo y escritor trata de responder en su último libro.

Rita Abundancia

El filósofo y escritor Enric Puig Punyet.

Entre las muchas obras y creaciones artísticas que han brotado durante la cuarentena, Los cuerpos rotos (Clave Intelectual, 2020), del filósofo y escritor catalán Enric Puig Punyet, es de esos libros que presiona la olvidada tecla de pensar y sugiere más preguntas que respuestas. Pero así es la filosofía, que cree más en las interrogaciones y los puntos suspensivos que en los signos de exclamación.

Esta reflexión sobre la corporeidad en un mundo cada vez más digitalizado, nació con la finalidad de ser un artículo periodístico (entre abril y mayo de 2020), cuando al cuerpo se le declaró agente patógeno que había que encerrar y cuando el autor vio “como en distintos centros culturales se asumía, de una forma bastante peligrosa, la virtualización de la experiencia cultural”. Pero el artículo se alargaba más de la cuenta y acabó en libro.

Puig Punyet, profesor de la Universidad Abierta de Cataluña y director de la fábrica de creación artística La Escocesa, en Barcelona, se hizo popular arremetiendo contra Internet en La Gran Adicción. Cómo sobrevivir sin Internet y no aislarse del mundo (Arpa Editores, 2016) y en El Dorado. Una historia crítica de Internet (Clave Intelectual, 2017); aunque ya antes había tratado temas más pantanosos en La cultura del ranking. Nacionalismos en la era de la globalización (Editorial Bellaterra, 2015).

Con la pandemia, el cuerpo ha pasado a ser el enemigo público número uno, un agente contaminante al que hay que vigilar de cerca. Pero, independientemente de las consecuencias lógicas derivadas de una crisis sanitaria, este virus ha desatado conductas extremistas y hasta racistas, como la madrileñofobia surgida en algunos pueblos de España. Todo esto me recuerda a la idea religiosa de que el peligro está en el cuerpo, solo que el gran pecado ahora es estar enfermo. Y ya sabemos que el pecador siempre corre el riesgo de ser apedreado.

Si, como bien dices hay una herencia católica. Está claro que las sociedades occidentales, que le han dado nombre a esta pandemia y que articulan el discurso alrededor de la misma, tienen una herencia judeocristiana, donde hay una cierta tradición de considerar al cuerpo como enemigo. Pero, como digo en el libro, para mí la novedad de esta crisis respecto a pandemias y a demonizaciones del cuerpo anteriores, es que en esta se desconfía de todos los cuerpos; contrariamente a otras formas epidémicas en las que si había una cierta segmentación social. Aparecía una enfermedad y esta se achacaba a un determinado sector o grupo del que se tenía que desconfiar (por ejemplo, los gays con el Sida). Esto ahora no ha ocurrido sino que desconfiamos de todo cuerpo humano, independiente del sexo, edad, raza, estatus económico o social. Pero podemos prever, por las formas en las que la sociedad ha operado hasta ahora, que en un futuro próximo habrá una segmentación social.

¿Y cuál será esa segmentación social?

Por lo que estoy viendo y por las tendencias transhumanistas que están surgiendo, yo diría que el cuerpo peligroso, el que se segmentará, será el cuerpo que no pueda ser bioparametrizado, el que no pueda ser medible, el que no pase todos los controles científicos y sanitarios que se dictaminen. Finalmente, esto repercutirá, como siempre, hacia esas capas de la sociedad más vulnerables, más al margen y que no pueden acceder a esos datos de bioparametrización.

Por otro lado, la sociedad desarrollará una relación con la técnica inédita, en la que el cuerpo va a tener que estar constantemente medido, controlado, cruzado por datos.

Imagino que, a día de hoy, muchos ven cierto grado de robotización como algo deseable. Si pudiéramos dejar el cuerpo en casa, como quien deja las zapatillas y volverlo a poner al llegar del trabajo, sería ideal. Siempre hemos oído que las máquinas nos quitarían el trabajo pero yo creo que nosotros vamos a quitarle el trabajo a las máquinas. ¿No ve un cierto afán de ser cada vez más tecnología y menos carne?

Una de las cosas que estamos viendo en los últimos años es que delimitar lo humano y la máquina es una distinción muy escurridiza. Utilizamos prótesis que son tecnológicas y los dispositivos digitales acaban ampliándose y pasan casi a formar parte del cuerpo. Por eso el ejercicio que he querido hacer en el libro es poner a todos los cuerpos en el mismo nivel. Hacer un análisis de lo que significa un cuerpo; tanto si es humano, biológico (animal o vegetal) o un cuerpo técnico, creado por el hombre para asistirle.

Dejando claro esto, para mí el problema está en las promesas de automatización. Es decir, lo mismo que nosotros, como humanos, podemos ser víctimas de un proceso de promesa de automatización; que nos obliguen a pasar por una serie de análisis de datos para poder entrar en una circulación y un uso social normal; las máquinas también son víctimas de eso. Nos están prometiendo que hay dispositivos técnicos automáticos que funcionan bien y sin fallos cuando, en realidad, cuanto más complejo es un cuerpo más capacidad de fallo tiene.

El problema no está tanto en si se nos va a sustituir por máquinas o no; sino en que se nos dice que serán máquinas infalibles, cuando eso es mentira. Esa promesa de automatismo tiene un alto componente político e ideológico. Todos hemos sido víctimas de los servicios de atención al cliente, en los que nos contesta una máquina, que repite lo mismo y entramos en un bucle del que es difícil salir y que complica aún más el problema. Pues bien, el conflicto no está ni en nosotros ni en la máquina en sí, sino en la promesa de que esa máquina va a ser infalible. En anular toda posibilidad de fallo.

¿Cuál es el fin de este discurso, el de hacernos creer que la tecnología va a salvarnos y solucionar todos nuestros problemas?

Eso es una tendencia ideológica que lleva mucho tiempo gestándose, sobre todo desde Silicon  Valley y que se le llama ‘solucionismo tecnológico’. Creer que las soluciones de un mundo muy complejo pasan por el automatismo tecnológico. Pero por ese discurso estamos cruzados todos los cuerpos, no solo las máquinas. De lo que se trata es de que todos los cuerpos, ya sean tecnológicos o humanos, tienen que medirse de una forma determinada. Lo que pasa es que eso que se ofrece como solución científica es también un posicionamiento ideológico.

Portada del libro Los cuerpos rotos.

En su libro apunta como, durante esta pandemia, el primer ámbito donde el cuerpo ha sido expulsado es el de las actividades no productivas: sociales, culturales, lúdicas. Imagino que porque no generan tanto dinero, porque no son tan necesarias para mantener el sistema.

Porque son las más fáciles de eliminar y deberíamos empezar a entender, sobre todo en este país, que la cultura es la base de la autoexplicación de una sociedad, Cuando se hace alusión a la responsabilidad individual, eso pasa por una gestión de lo que es el entorno cultural. No podemos eliminar la cultura como un elemento vertebrador, porque es tanto o más importante que el trabajo o la cuestión económica.

Para mí ha habido un cierto error en creer que esta crisis es una crisis del contacto entre los cuerpos; para mí el problema sanitario no es una repercusión del contacto entre cuerpos sino de ciertas políticas de acumulación. Acumulación de capital, de cuerpos, de turismo, de público. En los últimos años, desde finales de los ochenta, hemos estado viviendo en unas políticas de aglomeraciones. Ahí es donde está el fallo y esta es una oportunidad de oro para revisar estas cosas.

Esto tiene que ver con las teorías del decrecimiento. Hay que decrecer y mantenerse en un determinado nivel, todo lo contrario al modelo de desarrollo ilimitado.

Y sobre todo redistribuir. La redistribución es clave dentro de la gestión de esta crisis. La cuestión no es prohibir reuniones de mil personas. Bueno, hay que prohibirlo pero no hay que virtualizarlo como única respuesta, sino que hay que ver como eso se redistribuye en pequeños grupos de diez personas. Eso tiene que ver con las instituciones culturales pero también tiene que ver con la educación, el turismo, la gestión de vehículos, el tráfico, las personas, la vivienda, las concentraciones urbanas y, al final, en la cúspide de la pirámide está la concentración de capital. Todo esto obedece a una voluntad de concentración de capitales, de enriquecerse lo máximo con una misma operación. Hay que hacer un trabajo de diversificación.

El uso del cuerpo parece ya anacrónico para ciertas cosas y queda relegado a las clases más bajas. Por ejemplo, al jefe ya casi no se le ve, hay que comunicarse con él por email y este solo le coge el teléfono o se reúne con personas importantes. Determinadas funciones, como ir a la compra o ir a recoger comida preparada, ya no son presenciales porque hay otra persona que lo puede hacer por ti. Tan solo las clases bajas siguen haciéndolas.

Precisamente eso es lo que hay que reivindicar. Por eso empiezo el libro diciendo que es urgente posicionarse en eso. Creo que, aunque parezca contradictorio, en un momento en el que nos están vendiendo una crisis del cuerpo lo que hay que hacer es revindicar el cuerpo en esos pequeños contactos, recuperar la capacidad de hablar con el jefe o con quien sea. Esos contactos de tú a tú, en los cuales el cuerpo tiene sentido y donde existe esa posibilidad de fallo, esas roturas (por eso el libro se llama Los cuerpos rotos), porque es en esa capacidad que tenemos los cuerpos, los humanos y los tecnológicos, donde reside la posibilidad de cambiar cosas.

Si tenemos un dialogo entre un cuerpo y otro en el que todo está automatizado, segmentado, regulado, entonces hay unas ciertas cosas que no podremos hacer. Lo que hay que reivindicar es la recuperación de la inmediatez, la espontaneidad, donde todo está permitido. Todas esas sorpresas, posibilidades de fallo, emergencias son las que propician que nazcan cosas nuevas.

¿Esa es la respuesta a la pregunta que se formula el libro, cuál es la función del cuerpo? 

Hay un momento en el libro en que utilizo una metáfora muy simple, la de un bolígrafo que falla y empieza a mancharnos el papel. Nosotros tenemos la tendencia a desecharlo pero ha emergido ahí, en ese objeto, algo único que nos permite crear formas nuevas que nunca habríamos podido crear con un bolígrafo que funcionara de forma correcta.

Eso es muy interesante y le ocurre a cualquier cuerpo. Esa capacidad de actuar de forma distinta es la que encierra el cambio, la creación, la revolución social. Si todo esta parametrizado, la posibilidad de salirse de los marcos se anula.

Nuestros cuerpos son mucho menos naturales, salvajes o indeterminados de lo que nosotros creemos, como apunta en esta obra. Ahí están toda una serie de reglas culturales, sociales, estéticas, de comportamiento social, de modelos que queremos seguir. Hay toda una codificación metida en la cabeza. ¿Qué papel juega la cultura en todo esto, ya que tiene una parte deseable pero también otra perversa, de estandarización?

Es una buena pregunta. La cultura es un arma de doble filo, como la mayoría de ámbitos de mediación. Porque al final, la cultura no es sino una forma de mediar las relaciones interpersonales. La cultura puede servir para salvar el status quo de una sociedad en base a una ideología determinada o puede ser la expresión de ese carácter de apertura, de rotura de los cuerpos. Pero eso ocurre con todo. Lo que he dicho de la cultura puede aplicarse a la política o a la tecnología. Siempre nos movemos en esa dualidad. Cualquier medio de expresión puede servir tanto para salvaguardar las tradiciones que, quizás deberían empezar a ponerse en duda, como para generar formas de rotura. Y estas dos vertientes existen en paralelo, aunque en determinados momentos históricos nos parezca que prima una más que otra.

Un fallo dentro del sistema que se cree infalible genera un trauma, pero un trauma que es irreconocible. Los humanos podemos tratar de curar nuestros traumas de diversas maneras pero ¿a qué recurren los cuerpos tecnológicos cuando sufren esa rotura, que ni siquiera es admitida como tal? 

Cuando hablo de la carga del sistema, me refiero al sistema tecnológico completo. No a una colección de máquinas, como a veces se entiende. Tecnología no es solo técnica sino que esta también el logos (la palabra lo dice); es decir, todo el discurso ideológico que hay alrededor de las relaciones que hay con objetos técnicos. Por lo tanto, esto también incluye a los humanos.

Cuando hay esos fallos sistémicos, repetidos y no reconocidos esto carga el sistema y acaba petando por algún lugar, que es lo que está ocurriendo ahora. En este sentido soy optimista y pesimista a la vez. Creo que es una gran oportunidad para repensar muchas cosas en un sistema muy complicado. Y ahora que está relativamente parado es un momento oportuno para darse los tiempos y evitar la vuelta a la nueva normalidad, en lugar de hacer esas políticas de rapidez. Desde luego que hay ámbitos en los que es urgente actuar porque las economías de muchas personas dependen de ello, pero es el momento de activar determinados núcleos de pensamiento alrededor de que es lo que ha estado ocurriendo durante mucho tiempo.

Respecto a toda esta cuestión de nuestra relación con las máquinas frente al discurso solucionista de automatización que se está gestando, ha llegado el momento de posicionarse. De decir ¿vamos a creer en esa capacidad de rotura y sorpresa del cuerpo humano cuando no es automatizado o no? Si decimos que sí, habrá que hacer un esfuerzo para recuperar, a pesar de la crisis sanitaria, esas pequeñas acciones de no concentración en la que los cuerpos tienen sentido. Porque habíamos llegado a situaciones en las que el cuerpo dejaba de tener sentido. ¿Hasta qué punto tiene sentido miles de personas en un concierto que ven al artista a través de una pantalla? ¿O traer a una persona del otro lado del Atlántico, gastar dinero en hotel y en transporte para una entrevista o charla? Hay que volver a la dimensión humana de las cosas porque esta es una crisis de escala.

¿Es el sexo virtual el paradigma de la locura en la que estamos inmersos, el ejemplo palpable de lo mal que hemos entendido el papel del cuerpo humano y el tecnológico?

Si una experiencia sexual es sustituible por su alternativa virtual es que entonces no estábamos sacando provecho del cuerpo. Quizás haya que plantearse qué hacíamos mal para que el componente sorpresivo, de ruptura, de vulnerabilidad, de familiaridad con el otro cuerpo no nos aportara nada. Quizás debamos recuperar esa dimensión del cuerpo insustituible por sus versiones virtuales.

Por ejemplo, los niños basan su aprendizaje en el ensayo y error. El fallo es algo asumido en la mentalidad infantil, son los adultos los que le damos una visión peyorativa y los que lo intentamos invisibilizar y minimizar, tratando de ser más efectivos y productivos.

¿Qué pasará tras esta pandemia, sabremos cambiar el chip o no?

Al final, las sucesivas crisis se dan en un sistema ya muy tensado, con muchos parches. Yo creo que habrá una polarización creciente en la sociedad. Por un lado, estará la necesidad individual de revalorizar el cuerpo ante esta explosión tecnológica y de automatización; pero por otra parte, nos estamos integrando cada vez más en un sistema que quiere ser más automatizado. Esa tensión se acrecienta con las crisis y debemos vivir esa tensión como un problema ante el cual hay que posicionarse. Es un momento propicio para que el sistema se repiense a sí mismo.

 

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