El engordado odio hacia los no vacunados

  Leo un abyecto artículo en El Mundo titulado (en su versión en papel) Los nuevos leprosos, firmado por José María Robles con una ilustración de Ricardo Martínez. En el dibujo se ve a un leproso tocando la campana y con un letrero que pone “Negacionista”, mientras a su alrededor la gente huye despavorida. Hace…

Rita Abundancia

 

Leo un abyecto artículo en El Mundo titulado (en su versión en papel) Los nuevos leprosos, firmado por José María Robles con una ilustración de Ricardo Martínez. En el dibujo se ve a un leproso tocando la campana y con un letrero que pone “Negacionista”, mientras a su alrededor la gente huye despavorida.

Hace ya tiempo que no gasto mi dinero en suscribirme a los diferentes panfletos periodísticos, pero como este artículo promete me acerco a la biblioteca más cercana para leerlo. “A ver, escribe algo sobre los antivacunas, que últimamente están metiendo mucho ruido en el mundo”, imagino que le habrán sugerido sus superiores al señor Robles; quien, diligente cual perro faldero, ha puesto toda la carne en el asador.

“Los criados tienden a inclinarse más de lo que se les exige”, decía Virginia Woolf; por eso los periodistas y grandes medios de comunicación no dudan en hacer lo que sea para contentar a sus amos; aunque sea dinamitar de un plumazo todos los principios de la ética periodística e insultar a los espectadores. “Vacúnate idiota”, era el rotulo que aparecía de fondo en un debate de La Sexta Noche que no vi, y por eso no puedo comentar.  Hace ya algunos años que no veo la tele. De hecho, no tengo ni el aparato, y no vean lo maravillosa que es la vida sin la mediana pantalla.

“Leprosos” y “perros” son dos de los insultos que el artículo de El Mundo  lanza al colectivo que, en España, ha optado por no pincharse. Le recuerdo al señor Robles que, a día de hoy, en nuestro país no es obligatorio vacunarse. Es algo opcional y, por lo tanto, en países democráticos debería guardarse respeto hacía las personas que eligen opciones legales y que la sociedad contempla. Es como si una nación que se declarase con libertad de culto, promoviera las palizas a budistas o católicos. ¿Incomprensible, verdad?

Desde que esta pandemia ha comenzado, los grandes medios de comunicación han cometido tantos pecados capitales que y si algún día les llega la hora de expiarlos van a necesitar varias vidas para ello. Primero sembraron el terror con una enfermedad que, en realidad y según las cifras de muertos que ha dado la OMS, solo tiene una tasa de mortalidad del  0,05 %. Luego se dedicaron a demonizar a la juventud, diciendo en titulares que mataban a sus abuelos tras volver infectados de un botellón. Curiosamente, nunca se contagiaron trabajando gratuitamente de becarios para luego, cuando llegase el momento de hacerles el contrato, ponerlos de patitas en la calle; o yendo en vagones de metro atestados. No, eso no pasó jamás, sino los periódicos lo hubieran publicado y contado conforme a su nuevo manual de estilo: “Mata a su abuela de Covid tras volver de un trabajo de mierda donde ni siquiera le pagan”.

Pero la sucia tarea que los grandes medios de comunicación tienen ahora entre manos es sembrar el odio hacia los no vacunados. No he visto un colectivo que reciba tantas críticas e insultos como los “insolidarios” e “irresponsables” ( cuando nadie se responsabiliza de los efectos secundarios de los pinchazos) que rechazan ponerse una vacuna que ya se ha anunciado a bombo y platillo que no inmuniza. “Lo que hace es que si te coge la enfermedad la pasas de manera más suave y no te mueres”, dicen los expertos (esos expertos que nunca se sabe quiénes son y que los periódicos ya ni se molestan en nombrar). ¿Dónde está entonces la solidaridad, me pregunto, si los vacunados pueden contagiarse y contagiar y si se pinchan es para no morir? Hablemos con propiedad; a eso no se le llama pensar en los demás sino en uno mismo. Cosa muy loable, por otra parte, pero si esto es así y vemos que los hospitales y las ucis se están llenando de gente que ya se ha pinchado dos veces, ¿Quiénes son los leprosos, me pregunto? ¿No lo somos todos, señor Robles?

En este mundo tan tolerante donde cualquiera se puede sentirse ofendido, los llamados negacionistas son ese puching ball en el que cualquier demócrata-‘tolerante’ puede despacharse a gusto. Puede caer en el delito de odio y puede hasta desear que los mate el virus, que no haya camas cuando les llegue la hora y que mueran entre terribles sufrimientos y estertores. Y, como colofón, que sus sucesores paguen luego la factura del hospital. ¡Faltaría plus!

Si, abundan ya los artículos que se plantean que los que no se han puesto la vacuna paguen si se ponen enfermos. De la misma manera, podemos pedir que a los que tengan sobrepeso, a los fumadores, a los que descuidan su alimentación, a los que no hacen ejercicio físico, a las mujeres que se quedan embarazadas (¡Oye, que hay métodos para evitarlo, guapa!), a los que beben alcohol o a los que están deprimidos (¡Lo que les pasa es que son unos flojos!) los parta un rayo y, además, que paguen sus estancias en los hospitales, porque podían haber evitado sus desgracias con algo más de responsabilidad.

No crean que estoy exagerando, este pensamiento nazi, intransigente y autoritario está cuajando, lo están engordando y está siendo permitido, siempre y cuando, vaya dirigido contra los que no se han vacunado. Ni la ETA, ni los terroristas, ni los asesinos en serie, ni los políticos corruptos, ni los pedófilos, ni los okupas (bueno a estos los defiende la policía) se han canjeado tanto odio como los que prefieren no pincharse. ¡Esa cochambre que pone en peligro nuestras vidas! Si las vacunas no funcionan o no inmunizan ni se le ocurra pensar por un momento que la culpa pudiera ser de las farmacéuticas que las han hecho. ¡Quite, Quite! Es de los que no se las quieren poner.

En el artículo de Los nuevos leprosos hay una comparación de pata de banco, que el autor pone en boca de una socióloga, Cristina Monge, y que dice así: “Es como si estoy con un grupo de amigos en el bar, todo el mundo paga una ronda de copas y cuando me toca a mí, cojo y me voy”. La diferencia está en que los antivacunas no han pedido, en ningún momento, que otros se las pongan.

Una fiebre dictatorial recorre Europa y el mundo y los mandatarios políticos juegan a ver quién es el más impopular (de momento Macron va a la cabeza), quien saca más decretos en contra de la constitución o las leyes del país y quien dice más gilipolleces por segundo (esta última competición está muy reñida). En la nueva anormalidad, la ley de protección de datos es compatible con pedirle a alguien su historial médico para comprar un paquete de pipas; y la posibilidad de no querer revelar tu identidad sexual cuando, por ejemplo, compras un vuelo en Internet, puede convivir perfectamente con el hecho de pedir a la gente un striptease sanitario.

Da igual que las nuevas normas vayan en contra de los derechos fundamentales de los ciudadanos. Todo sea por salvar vidas. Por salvar vidas vamos a crear un apartheid y vamos a fomentar el odio hacía un colectivo (como hicieron los nazis en la Segunda Guerra Mundial contra los judíos, gitanos y homosexuales). Por salvar vidas vamos a obviar los efectos secundarios de las vacunas, cada vez más numerosos y reportados por organismos como VAERS (Vaccine Adverse Event Reporting System). Por salvar vidas vamos a insultar a personas y llamarlas leprosos, perros e idiotas. Los que hacen todo esto y se creen que luchan por una buena causa no son mejores que los nazis o los skinheads que pegan palizas a emigrantes o queman a mendigos mientras duermen. Porque aquellos, en el fondo, también tienen miedo.

Señor Robles, le sugiero que analice su miedo a morir que, generalmente, provienen de vidas no vividas. Personalmente, más que a morir ( lo haré cuando llegue mi hora) a mí me da miedo vivir en la sociedad que usted promulga y hacia la que, desgraciadamente, vamos montados en un tren de alta velocidad.  Comunidades autónomas capitaneadas por caciques analfabetos, países dirigidos por Adolfitos, Franquitos y Kim Jong-Uns que nos dicen en todo momento lo que podemos hacer o no. Dele un cheque en blanco al estado ( ese hijo yonqui que lo único que quiere es parné) para que secuestre sus derechos fundamentales cada vez que hay algún tipo de crisis y verá como el poder empieza a fabricarlas en serie.

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