Cuando el mundo entero se quedó en casa

La actual pandemia ha obligado a los países a tomar medidas. Pero la cuarentena no es la misma en Estocolmo que en Delhi. Habitantes de diferentes ciudades nos cuentan, en primera persona, su experiencia durante el encierro. (Primera parte)

Rita Abundancia

Imagen de Queven en Pixabay

Suecia. El país sin prohibiciones

La primavera llega al país escandinavo y las terrazas se llenan de gente que, sin mascarillas, exponen su rostro al preciado sol. Negocios, trasportes públicos, restaurantes, parques y escuelas están abiertos y funcionan con total normalidad.

Rikard Anderson (56 años) vive en Malmö. Su trabajo, como organizador de eventos y exposiciones, es uno de los pocos que se ha visto afectado por la crisis del Covid 19, ya que se han suspendido los eventos para más de 50 personas. Así que, aunque normalmente trabaja en una oficina, ahora lo hace desde casa debido al escaso volumen de tarea. Vive en compañía de su perro Otto.

Una concurrida terraza en la ciudad de Malmö

El bajo número de muertos y contagios en Suecia se achaca, sobre todo, a su excelente sistema sanitario y, según Anderson, “al hecho de que la mayoría de los ancianos viven en sus casas. No existen muchas residencias porque cuando ya no pueden valerse por sí mismos, el ayuntamiento cuida de ellos, en sus casas, con un programa que se llama Hemtjänst. Se les lleva comida, se les lava, se les hace compañía y se atienden sus necesidades sanitarias. Es más económico y más humano. Mi padre disfrutó de él, aunque vivía a mi lado y yo le visitaba cada día. Murió en 2017, con 92 años en una epidemia de gripe muy fuerte que mató a 3.000 personas, más que las que se ha llevado el coronavirus”.

La madre de Rikard, con 84 años, practica, como casi todos los ancianos suecos, un auto confinamiento desde que empezó la pandemia. “Lleva ya varias semanas en casa, aunque vamos a verla de vez en cuando y procuramos que sea en el jardín o al aire libre. Nosotros pensamos que los virus se transmiten más en ambientes cerrados. En Suecia ha existido siempre la idea de que uno es responsable de su salud y debe cuidarse lo más posible (no fumar, hacer ejercicio, llevar una vida sana) para no usurpar los recursos sanitarios. Aquí los ancianos son muy activos, van en bicicleta y algunos trabajan hasta los 75 porque, además, tienen rebajas fiscales”.

Rikard Anderson la pasada semana en Malmö.

Anderson habla perfectamente el castellano, en parte porque vivió 15 años en Barcelona, donde tiene una casa. “Sigo las noticias de España y me preocupa mucho el abuso de autoridad de algunos policías, las multas que se ponen a los ciudadanos por el mero hecho de salir de casa. No creo que el confinamiento pudiera imponerse en Suecia, la mayor parte de la gente no lo admitiría. Aquí se parte de la idea de que el ciudadano es inteligente, honrado y velará por el bien común. Pero pienso que si un país trata a su gente como potenciales delincuentes, estos acabarán portándose así. Aunque quiero subrayar que la disidencia sueca es distinta a la de los americanos votantes de Trump o los brasileños partidarios de Bolsonaro. La nuestra está basada en la información y la racionalidad. Aquí los políticos no son los que hablan del coronavirus, sino los expertos y los médicos y la gente hace muy poco caso de las noticias que circulan por las redes sociales, muchas de ellas falsas”.

Rikard pensaba visitar Barcelona este verano pero sus planes están, ahora mismo, en el aire. “No sé que haré. Todo depende de cómo evolucione la situación. Los aeropuertos se están abriendo pero la idea de muchos suecos es la de pasar este verano en su país y hacer turismo nacional. Tenemos buenas playas y los veranos son cada año más cálidos”.

EEUU. Nueva York sin primavera.

En el epicentro del capitalismo salvaje, la reducción o suspensión de actividad se perfila como esa calma que, en las películas de terror, antecede al ataque de los monstruos; materializados aquí en facturas, gastos o alquileres insaciables que no entienden de excusas. Nadie puede parar en la Gran Manzana sin una sensación de abismo creciendo entre sus pies.

Guillermo Cameo es barcelonés (33 años), residente en Brooklyn y director de fotografía, con varios premios: mejor cinematografía en el UNOFF Festival (2019) y en el COFF Film Festival (2017); además de su trabajo como jefe de iluminación en Green, película ganadora del Sundance Jury Award (2019). Él ha experimentado un parón total en su trabajo, ya bastante inestable de por sí, sin necesidad de virus ni bacterias. “Tenía un par de proyectos para empezar ahora y un largometraje para el invierno del 2021, pero todo está congelado. En principio me han dicho que se posponen, pero no hay seguridad de que eso pase. A mi pareja, que vive conmigo y que es actriz, le ocurre lo mismo”.

Guillermo Cameo pasando la cuarentena en su piso de alquiler en Brooklyn.

En EEUU el Covid 19 es una fábrica de parados a pleno rendimiento y algunos hablan ya de una crisis similar o mayor que la Gran Depresión de 1929. En este desolador panorama los freelancers, la gente bohemia y los artistas son grupos desasistidos, que pueden acabar engrosando la cifra de indigentes. “Si tienes una tienda o un negocio es más fácil que te den alguna ayuda pero los oficios relacionados con el mundo del arte reciben muy pocas; por eso ya hay iniciativas como Feed the freelancers, una campaña de crowdfunding creada por Isabella Olaguera, asistente de dirección, destinada a recaudar fondos y comprar comida para este colectivo. Hace poco organizaron un evento en una rental house, de las que se usan para el cine”.

El alquiler en la ciudad que nunca duerme se lleva una proporción considerable del sueldo de cada neoyorquino. “El gobernador de Nueva York ha adoptado la medida de congelar las rentas, que es una solución a corto plazo, pero cuando esto acabe habrá que pagar los atrasos y mucha gente se pregunta cómo va a hacerlo. También se dice que en esta crisis va a haber cobertura sanitaria para todo el mundo, pero todas estas regulaciones y normas no están muy claras. Hay mucha confusión al respecto”.

Aquí la gente empezó a tomarse el problema en serio muy tarde. Cuando en Europa ya había muchas medidas, aquí se continuaban celebrando fiestas y, si llevabas mascarilla, te veían como raro. Ahora el miedo y la incertidumbre han calado de lleno en los neoyorquinos, con fama de bordes, aunque yo diría más bien que son duros. Tienes que serlo si vives en una ciudad que, en cuanto te descuidas, te devora. Aunque ahora está floreciendo la solidaridad, un cierto sentimiento de unión entre la gente. Hay también una reivindicación o espíritu a favor de la implantación de una sanidad pública para todo el mundo. El problema es que esta medida remite al socialismo y aquí no gusta esa palabra. En parte, porque las medidas sociales, son interpretadas por muchos como un fracaso del individuo, que debe pedir ayuda al estado. Pero Donald Trump ya ha lanzado su cheque de 1.200 dólares para cada norteamericano”.

El día a día de Guillermo se llena con sesiones de ejercicio físico, la construcción de una maqueta de barco, ver muchas películas (me lo tomo como un aprendizaje) y contemplar la primavera desde la ventana, o cuando sale a comprar. “Es lo que más me gusta de esta ciudad, cuando empieza el buen tiempo. Lo mucho que se celebra y como todo el mundo está contento, lleno de energía”. Si pudiera viajar, Cameo estaría en Utah, “es un estado muy virgen y despoblado, donde poder disfrutar de la naturaleza. Siempre que puedo voy solo de camping o a una cabaña de madera”. Su primer beso post pandemia sería, sin duda, para sus padres en Barcelona.

India. Las insólitas calles desiertas de Delhi

Los que hayan visitado alguna vez la capital india, comprenderán la dificultad de imaginarse esta urbe sin un incesante sonido de bocinas de coches, motos y rickshaw que intentan abrirse paso en la caótica circulación de Delhi; así como sin su aire irrespirable, que el pasado año ocupó titulares de prensa por alcanzar niveles de polución extremos.

Resulta también complicado atisbar los esfuerzos de este país por intentar que sus 1.300 millones de habitantes permanecieran encerrados en casa hasta el 3 de mayo; sobre todo teniendo en cuenta que más de 70 millones viven en la calle, 300 millones sobreviven por debajo del umbral de la pobreza y, en este grupo, 64 millones habitan barriadas marginales, sin condiciones higiénicas. Para eso, el gobierno indio se empleó a fondo en contar con personalidades que recitaran el mantra de ‘quédate en casa’. Entre ellos, Sadhguru, guía espiritual con un canal en Youtube, o Jyoti Amge, la mujer más baja del mundo (26 años y 62,8 cm de estatura). Toda una celebrity que ha protagonizado un capítulo de la serie American Horror Story. Y, si eso no era suficiente, la policía patrulla con la ayuda de drones y palos, para los ciudadanos poco obedientes.

Prakhar Yaduvanshi se hace un selfie durante su confinamiento en Delhi.

Prakhar Yaduvanshi, 25 años, natural de Bareilly (al norte del país, en el estado de Uttar Pradesh), vive en Delhi. Tras acabar sus estudios de informática (Bachelor of Science in Information Tecnology), trabaja como desarrollador web becario para una empresa en la capital india. La cuarentena le pilló en su piso, solo y sin poder volver a casa de sus padres, en Bareilly, ya que los transportes públicos se habían cerrado.

“Me sorprende que la gente se lo haya tomado tan serio, aunque con el tiempo empiezan a cansarse y tienen ganas de salir. La ciudad parece otra, el cielo está más claro y el aire huele mejor”. En las calles de esta capital tan solo quedan los animales que siempre (al margen de esta crisis) han deambulado por ellas libremente como vacas, cabras, monos, cerdos o perros y que se alimentaban de los restos de comida de la actividad humana. El cierre de los restaurantes los ha dejado sin sustento, “por eso existen organizaciones que se ocupan de darles comida y el propio gobierno insta a los ciudadanos a que lo hagan”.

Mono callejero en India

El confinamiento ha sacado el lado más responsable de Prakhar, “me estoy sorprendiendo a mí mismo al verme más ordenado y cuidadoso con las cosas de casa y al explorar mi faceta como cocinero”. Sus ratos libres los pasa jugando en el ordenador, escuchando música o leyendo “buenas historias”.

“La lección que deberíamos aprender de esta experiencia es que nada es permanente. Todo puede cambiar en cualquier momento y lo importante es no entrar en pánico y manejar la situación de la forma más positiva. Deberíamos también dejar de jugar con la Madre Tierra, si decide castigarnos será nuestro fin”.

Lo primero que Prakhar planea hacer cuando la vida vuelva a la normalidad es ir a tomar unas copas y bailar con sus amigos a The Lord of the Drinks, uno de los clubs nocturnos más populares entre la clase media-alta de Delhi. Un lugar con música en vivo y ambiente divertido que conocí cuando visité la ciudad. Y, cuando los transportes y los míticos trenes indios vuelvan a funcionar con sus habituales retrasos, otro de sus deseos es ir a Rishikesh, su lugar preferido para desconectar. “La belleza de la naturaleza, su proximidad con los Himalayas y el río sagrado (Ganges), me convierten en otra persona. Allí también se conoce mucha gente (turistas y mochileros) de diferentes culturas. Cuando más se viaja, más se aprende de la vida”.

Italia. El dolor por los que se han ido

La pequeña y tímida ciudad de Bérgamo, que nunca salía en las noticias se vio de pronto en los noticieros de todo el mundo “porque había 70 camiones que tenían que llevarse los ataúdes de los que morían”, cuenta Carmen Martínez, vallisoletana (57 años) que dejó Madrid cuando el amor llegó y se trasladó a la región de Lombardía. “La gente identifica la cuarentena italiana con la imagen de las personas en los balcones, cantando ópera o tocando música pero eso no pasa aquí. De hecho, nadie sale a aplaudir a  las ventanas. En Bérgamo todo el mundo ha enterrado a alguien y hay un sentimiento de profunda tristeza, de derrota. Por eso el eslogan-hashtag ‘Bergamo mola mia’, que quiere decir algo así como no dejes de luchar, no te hundas, está por todas partes”.

El eslogan de la ciudad de Bérgamo durante la pandemia

Carmen vive en el pueblo de Lallio, a las afueras de Bérgamo, con su marido italiano, Marco, y sus gatos Gianni e Indi; que, según cuenta, no le están haciendo mucho caso durante el encierro. “En principio, siempre he odiado la periferia urbana y los chalets adosados pero ahora está siendo nuestra salvación. Tenemos un pequeño jardín y allí saco mi bicicleta estática o me pongo a tomar el sol o a leer”.

“Las primeras dos semanas de cuarentena era posible hacer actividad física cerca de casa pero luego, como la gente exagera y se reunía en los parques, se prohibió. Ahora solo puedes salir a 200 m de casa, especialmente los padres con niños pequeños, pero la policía te puede parar en cualquier momento. Aquí no estamos en estado de alarma sino que se cerró el país el 8 de marzo y se decretó que la gente solo se podía desplazar por necesidades laborales o esenciales, como ir a comprar productos básicos o al médico”.

Carmen trabaja en una de las ONGs más grandes de Italia, Cesvi, que cuenta con proyectos de cooperación, desarrollo y emergencia. “Al ser expertos en emergencia nos pusimos en acción en el minuto uno para ayudar a Bérgamo, y el hospital principal de esta ciudad nos encomendó la labor de comprar material sanitario. La gente se volcó y recogimos más fondos que los que hubiéramos recaudado en tres años. Lo que ocurría era que ese material procedía casi todo de China y estaba todo bloqueado. Yo he llegado a pagar 20 € por una mascarilla para la oficina. Ahora tenemos de sobra, así como material sanitario que llevamos a hospitales, asilos y ayuntamientos para repartir entre la población, ya que aquí es obligatorio salir a la calle con la boca y nariz tapadas”.

La alta mortalidad del país italiano, la atribuye Carmen a que “no había protocolos que aplicar en caso de una emergencia de este tipo, aunque llevaban 20 años anunciándola. Cada hospital, ayuntamiento, región, entidad, aplicaba unas medidas diferentes, como mejor entendían y al no estar unificadas fue un desastre. La infección se extendía muy deprisa y en las dos primeras semanas se colapsó el sistema sanitario, que no podía atender a la gente que empezaba a tener síntomas graves y, por lo que se ha visto, es crucial tratar la enfermedad en los primeros momentos. Mucha gente ha pasado la enfermedad en casa o ha sido ingresada cuando ya era muy tarde. Pero al margen de esto, la sanidad pública es muy buena, especialmente en el norte de Italia”.

Carmen practicando sirsasana durante el confinamiento

Si pudiera viajar, Carmen estaría ahora mismo en Valladolid, con su padre, hermano y sobrina  o, en su defecto, en cualquier sitio con playa. “Aunque con mi familia discuto mucho. Hay algo que me ha horrorizado de las noticias que me llegaban de España y es que, al principio, se trató de convertir a la población en la policía del vecino. Y lo peor es que muchos pensaban que estaban haciendo un bien público cuando denuncian a alguien que salía a correr o que iba con un niño. Eso en Italia nunca ha ocurrido”.

Las medidas para salir de la cuarentena se espera que sean lentas en Italia y, más aún, en la región de Lombardía. “Yo cuando salgo lo llevo casi peor. Es tan agobiante lo de la mascarilla, no poder ver a nadie, ir directa al trabajo y volver como un autómata, que yo prefiero no salir. El otro día pasó una compañera por la oficina, a recoger su ordenador y nos mirarnos a tres metros de distancia con la mascarilla y se nos llenaron los ojos de lágrimas. No pudimos ni darnos un abrazo”.

México. Más miedo al hambre que al Covid 19.

Para ser una ciudad mexicana, Mérida, con menos de 800.000 habitantes, es de las pequeñas y afortunadas, al estar cerca de reliquias arqueológicas como Tulum (a tres horas de coche) o Chichén Itzá, en la península del Yucatán.

“Aquí la cosa está bastante tranquila. Nada que ver con la situación en D.F.”, cuenta Carlos Cifuentes, mexicano (47 años), diseñador gráfico, separado y con dos hijos: Diego (12) y Frida (10), que viven una semana con papá y otra con mamá.

Carlos Cifuentes en un supermercado de Mérida

Trabajar en casa no le ha pillado de sorpresa a Carlos, pero le preocupa la posible falta de encargos con sus clientes, la mayoría estadounidenses o españoles. “Estoy metido en una agencia de EEUU que contacta a freelancers con empresas y que cuenta con una bolsa de trabajo, pero cada vez hay menos tarea y más gente buena esperando. Tengo también otros proyectos y colaboro con una plataforma de crowdfunding, que busca financiar a los pequeños agricultores, pero esto es ya algo más vocacional que rentable”.

“El estado del Yucatán fue uno de los primeros en reaccionar contra la, entonces, epidemia. El presidente actuó tarde, lo mismo que otras zonas del país. Pero ahora todo está parado: los colegios, negocios, la construcción. La situación es similar a la de España y la gente solo puede salir a calle a por productos básicos o al médico y los cubrebocas empiezan a ser obligatorios en muchos espacios públicos. Claro que ésta es la vía legal, luego está la otra forma mexicana de hacer las cosas, a la que recurren los que viven al día, que tienen más miedo al hambre que al Covid 19. Una gran parte de la población sigue con sus negocios hasta que se los cierran y luego ven la manera de hacerlo de forma clandestina. ¡Hay que vivir!”.

Cartel en un establecimiento mexicano durante la cuarentena.

La semana que Frida y Diego pasan con papá, a parte de sus clases online,la dedican a bailar, hacer yoga o guerras de agua con cubos en el patio. “También me dan clases de cosas que aprenden en la escuela”, cuenta Carlos, “el otro día Diego, al que le gusta mucho la mitología, nos habló de las quimeras y Frida de los trinomios y del funcionamiento del cerebro durante el sueño”.

Carlos echa de menos sus paseos matutinos, cuando llevaba a los niños al colegio y volvía a casa andando, empapándose de la energética actividad de la ciudad. “A Frida le llama la atención el silencio que permite oír el sonido de los pájaros tropicales, cada vez más numerosos. A mí lo que más me sorprende es ver ese afán consumista amordazado de repente, y como todo eso influye en la naturaleza, los animales, el entorno y nosotros mismos. Creo que lo primero que voy a hacer cuando el confinamiento acabe es ir a bañarme a un cenote (pozos de agua de la época maya, que eran considerados como lugares sagrados donde contactar con los dioses y que hoy son paraísos acuáticos)”.

“El gobierno del estado de Yucatán ha aprobado un apoyo económico mensual  de 2.500 pesos por núcleo familiar durante dos meses, destinado a los que hayan perdido su trabajo a causa de la crisis del Covid 19 o a los que no tengan empleo y trabajen por cuenta propia; pero se teme que la violencia en las ciudades aumente, al igual que la de género. Las víctimas de esta última ya se han incrementado alarmantemente”.

La heroína nacional es, por el momento, Susana Distancia, un personaje de cómic, con traje de Wonder Woman, que encarna la distancia social tan necesaria en estos tiempos. Y, como era de esperar, a la tal Susana ya le han salido muchos memes ¡Cómo no! ¡Mejor morir de risa que del pinche virus!

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2 Comentarios
  1. Es increíble la diferencia entre los diferentes países, no tanto la gestión, que también, si no la mentalidad de la gente, eso es lo que más me llama la atención y lo que más me gustaría que mejorara en el que yo vivo.
    Sobre todo la diferencia entre Suecia y México.
    Muy interesante artículo.

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