Cuando el mundo entero se quedó en casa (2ª parte)

De Hong Kong a Brasil, pasando por Luxemburgo o Londres. Cinco habitantes de cinco ciudades del mundo nos cuentan, en primera persona, su experiencia durante la cuarentena.

Rita Abundancia

Foto de Christine Hall en Pixabay.

 

Hong Kong. Autodisciplina entre la multitud

Esta región administrativa especial de China (antigua colonia británica) ha registrado solo cuatro muertos por coronavirus a pesar de su altísima densidad de población, cerca de 7 millones y medio de personas en una superficie de tan solo 1.110 km cuadrados. Para que se hagan una idea, la madrileña Puerta del Sol los días antes de navidad.

Giuseppe, 57 años, natural de Venecia, vive desde hace 20 años en la ciudad de los rascacielos. Además de dar clases de italiano en una universidad, importa vinos de su país, que vende a clientes fijos, y asesora a empresarios, generalmente compatriotas, que intentan meter la nariz en el pastel. Un pastel que ya no es tan dulce como antes.

“De hecho, me estoy planteando irme, incluso antes de jubilarme. El mundo de los negocios ya no es el mismo. Por un lado, la sociedad hongkonesa se está ‘achinando’ cada vez más. Cuando dejó de ser británica, se firmó un acuerdo de retorno a China, con un marco legal especial hasta el 2047, pero no siempre se cumple. La población ve como los costes crecen mientras su poder adquisitivo merma, y eso no les gusta. Pero además, los extranjeros que vienen a hacer negocios ya no son los mismos. Muchos son hijos de papá sin demasiada experiencia ni visión empresarial. Mucha de esa elegancia en la forma de hacer negocios que había antes se está perdiendo”, dice este veneciano, que prefiere no salir en la foto y mantener su anonimato.

Letreros en la ciudad de Hong Kong. Foto de Lou Asen en Pixabay.

En este diminuto territorio tan altamente poblado, la sensibilidad oriental con el espacio es imprescindible. “Las mascarillas aquí son algo habitual, independientemente de la pandemia. La gente las lleva por la contaminación o cuando están enfermos o tienen catarro. Principalmente, para no contagiar a los demás. Los orientales tienen un concepto del espacio muy distinto al nuestro, disfrutan de su lugar sin molestar al de al lado”.

La relativamente reciente epidemia de SARS (2003) saltó enseguida las alarmas. “Tras el año nuevo chino se cerraron los colegios, se restringieron las visitas de trabajo y en las oficinas quedó menos gente. Muchos extranjeros que vivían aquí se fueron a Europa por miedo al virus chino. El problema fue cuando éstos volvieron, esta vez huyendo de Italia, Alemania, Reino Unido o España. Entonces los contagios crecieron”.

Gran parte del éxito de este lugar en su lucha contra el Covid 19 está, según Giuseppe, en la disciplina personal. “Aquí nadie cuestiona las medidas del gobierno entorno a la pandemia. Se acatan y ya está, aunque si hay preocupación por los negocios, la economía y la situación política. Curiosamente, durante las protestas del pasado año se prohibieron las máscaras, para que la policía pudiera identificar a los manifestantes. Hoy, sin embargo, son un accesorio imprescindible”.

Poco a poco, la vida vuelve a la normalidad en Hong Kong. “Se prevé que pronto los gimnasios abran y los restaurantes vuelvan a su capacidad normal. Aquí nunca se cerraron del todo, ya que mucha gente come fuera. Algunos, ni siquiera tienen cocina en sus diminutas casas”.

Giuseppe ve aliviado como en su país natal, las muertes han ido descendiendo. “El problema de Italia fue reaccionar demasiado tarde, la descoordinación de sus organismos (sanitarios y administrativos) y la corrupción. Pero no te estoy contando nada nuevo. Todo esto es tan viejo como los espaguetis”.

Luxemburgo. Cuarentena sin muchos aspavientos

Hay pocas referencias comunes sobre Luxemburgo, al igual que respecto a otros países centroeuropeos. Situados entre las idílicas y racionales naciones del norte y las crispadas y corruptas del sur; los luxemburgueses son a la personalidad algo así como el normcore a la moda. Sin extravagancias ni rasgos a destacar como para que el mundo haya pintado ya una caricatura universal de ellos.

“Aquí empezamos la cuarentena el 16 de marzo. Más o menos como en España”, cuenta Pablo Vega, 57 años, natural de Arriondas (Asturias) y que vive en Luxemburgo con su mujer y sus dos hijos adolescentes.

Pablo Vega con su guitarra Gretsch Country Club.

Su trabajo en el departamento de recursos humanos, en el Tribunal de Cuentas, lo hace desde el inicio de esta pandemia en casa, sin problemas porque ya antes teletrabajaba un día a la semana. “Las medidas de confinamiento han sido muy parecidas a las de España, con la diferencia de que aquí se podía salir, desde el principio, a hacer deporte o pasear, siempre que se fuera solo y se guardaran las distancias. Tampoco se cerraron las fronteras. Por trabajo fui a Italia en febrero. Los que volvían tenían que pasar una cuarentena, pero solo si tenían síntomas”.

Los 96 fallecidos por coronavirus en Luxemburgo, un país con medio millón de habitantes, obligaron a convertir un recinto ferial en improvisado hospital, para evitar el colapso sanitario. “Como en España, a las 20:00, la gente sale a aplaudir a los balcones y el 19 de mayo se empezarán a hacer test masivos a la población, aunque no es obligatorio. A partir del pasado lunes, 11 de mayo, hemos pasado a la fase 2 y ya hemos recibido un folleto explicativo de lo que se puede hacer. Por ejemplo, abrirán las peluquerías, tiendas y la gente podrá recibir visitas en casa (hasta 6 personas, además de los que viven en el hogar)”.

Folleto explicativo de las normas de la fase 2, en Luxemburgo.

Sin litoral, los habitantes de este pequeño país corren al mar en sus vacaciones pero, de momento, no hay muchos planes. “La gente está a la expectativa, aunque a mí me gustaría, como cada año, ir al descenso del Sella. O, al menos, estar allí aunque no se baje el río”, cuenta Pablo, que cada año va a Asturias o se pasa por Madrid, ciudad en la que vivió, y donde tocó en varios grupos musicales durante la Movida (Alphaville, La Cólera de Dios, Minuit Polonia y Los Primordiales).

Los luxemburgueses, bastante ecológicos, ven como la cuarentena ha servido para que todo esté más limpio, “aunque aquí ya se cuidaba bastante el medioambiente con transportes públicos gratuitos, una potente red de bicicletas y carriles bici o parques con zonas vip para las abejas”.

“Lo que menos me gusta de España es la falta de consenso entre los partidos políticos. Ni siquiera para una emergencia de este tipo. Se utiliza cualquier cosa para atacar el otro. En vez de unirse para ayudar, se dedican a insultarse unos a otros. Hay mucha crispación innecesaria y aquí eso se relaciona con naciones con una democracia poco avanzada”.

Reino Unido. El país europeo con más muertes

Con más de 32.000 fallecidos por coronavirus; el país que, en un primer momento, desoyó las advertencias de los virólogos y optó por la vía de la ‘inmunidad colectiva’, ocupa ahora el segundo ranking mundial en muertes, después de EEUU.

Boris Johnson, que estuvo en la UCI por Covid 19, se muestra ahora más prudente y ha anunciado que, aunque se ha superado el pico de la pandemia, todavía se está en fase de riesgo, por lo que la desescalada se llevará a cabo con mucha prudencia. Los habitantes de la isla de Wight están experimentando una aplicación móvil que detecta si se ha estado en contacto con personas que hayan tenido síntomas de coronavirus. Si funciona, se piensa implementar en todo el país. La ideología conservadora del líder inglés no duda ahora en echar mano de sistemas de control propios de países comunistas.

La pandemia ha pillado a Claire Winifred, 31 años, australiana, en Merstham. Un pueblo a 27 km de Londres. Associate project manager en construction y built environment consultancy, trabaja en la capital para Pick Everard, una empresa de consultoría relacionada con el mundo de la construcción y el mercado inmobiliario. Muchos de sus colegas han sido puestos de baja indefinida. “Yo soy de las que han tenido suerte. Continuo trabajando de lunes a viernes (unas 12 horas al día) y mi sueldo se ha reducido un 10%”. Claire vive con su casero y dos gatos de éste: Teddy y Pola. Las normas le permiten salir solo para lo esencial y para dar un paseo de una hora al día. Puede ir acompañada de una persona, preferiblemente con la que vive.

Claire con Teddy, uno de los gatos de su casero.

La última vez que Claire fue a Londres, a coger su ordenador para trabajar desde casa, la ciudad se parecía más al escenario de alguna serie futurista de Netflix que a la vibrante y seductora capital inglesa. “Todo estaba cerrado, las calles vacías, era como estar en una película. No había vida, ni gente deambulando. Era muy escalofriante”. We are all in this together (estamos juntos en esto) es el eslogan que los ingleses han ideado para esta desgracia y que cuelga de balcones, ventanas, tiendas y vallas.

Una de las variantes del eslogan inglés para la pandemia, “estamos juntos en esto”.

Con el sector servicios, clave para la economía inglesa, seriamente dañado (Virgin Atlantic y British Airways han anunciado ya despidos masivos) los expertos predicen que esta podrá ser la peor recesión de la historia reciente.

“Yo creo que, a pesar de las circunstancias, debemos sentirnos afortunados. Nuestros padres y abuelos lo pasaron peor en la Primera y Segunda guerras mundiales, cuando la hambruna mataba a cientos de mujeres y niños. Además, tengo la suerte de vivir en una zona rural y no en la ciudad. Durante esta pandemia he empezado a cocinar más y dispongo de más tiempo para mí, ahora que no tengo que desplazarme cada día a Londres para trabajar. La gente se ha vuelto más amigable. En mi vecindario, cada domingo a las 11:00 tomamos una taza de té en la calle, guardando las distancias, lo que está muy bien”. Claro que si pudiera elegir, esta australiana estaría ahora en una playa de Palma de Mallorca, con su hermano, cuñada y sobrinos, tomándose un mojito.

Brasil. Panelada anti Bolsonaro a las 20:30

La nación más grande de Sudamérica no ha llegado todavía a su pico de contagios, que se prevé para finales de mayo. El país de la samba, las favelas, os meninos da rua, la música (cualidad casi innata en los brasileños), la Amazonia y las tribus indígenas que todavía viven en la selva, sufre las consecuencias de la ceguera de su presidente. Incapaz de ver los peligros de una epidemia que se expandía por el mundo a la velocidad del fuego, él mismo que el pasado año acabó con una buena parte del pulmón del mundo.

Julia Cárdenas, 43 años, brasileña, homosexual, vive en Niterói (a 30 minutos de Río de Janeiro) con su mujer Aline (37), su hija Dora (11) y su perro Nega Fulô. “Afortunadamente, en el estado de Niterói las medidas se tomaron rápido. Antes que en otros. En Brasil cada estado tiene una cierta autonomía que le permite desligarse un poco del gobierno central. Eso ha sido algo por lo que se ha luchado mucho últimamente. Así que estamos lejos de ser de las áreas más afectadas del país, como Manaos, la capital del estado de Amazonas, donde hay muy poca sanidad pública  y donde los médicos cubanos, que hacían una importante labor, fueron expulsados por Bolsonaro”.

De izquierda a derecha: Julia, Dora y Aline.

Julia trabaja como coordinadora de programación en la Biblioteca Parque de Niterói, ahora desde casa, y su pareja es profesora de niños. Las escuelas han cerrado pero siguen sus clases online. “Muchos niños están estresados. La cantidad de tareas que les mandan y el encierro no son una buena combinación”.

A pesar de la cuarentena y el cierre de la mayor parte de los negocios, excepto los esenciales, mucha gente sigue su vida sin muchas precauciones. “Los seguidores de Bolsonaro, los evangélicos fundamentalistas, tienden a saltarse las normas. Algunos creen que dios los protegerá contra el virus. Hay mucha ignorancia y el país está dividido entre la izquierda y la derecha. Se gasta mucha energía en la cuestión política y yo creo que muy pronto seremos el segundo país del mundo en número de muertos, tras EEUU”.

A pesar de que las iglesias cerraron sus puertas, muchos cultos evangélicos se continúan haciendo en plazas, con la consiguiente aglomeración de personas sin mascarilla. “No todos los seguidores de la iglesia evangélica son extremistas”, señala Julia, “Henrique Vieira es un pastor socialista que lucha contra los exaltados. Pero en Brasil, que durante un tiempo fue cuna de la teología de la liberación, hemos visto como en los últimos años lo que más se abrían eran iglesias y farmacias. Y esto se intensificó hace 4 años, cuando el gobierno Dilma-Lula fue derribado y la derecha empezó a crecer”.

Julia espera que esta pandemia genere una mayor conciencia social. “La gente se ha vuelto más solidaria y hay muchas organizaciones que ayudan a los más desfavorecidos: los de las favelas, que viven hacinados en pequeños espacios, a veces sin agua ni jabón, ni las mínimas condiciones higiénicas; la gente que vive en la calle o los músicos autónomos, que han visto como sus conciertos se han suspendido. El gobierno contempla un auxilio económico mensual de 600 reales (97 €, lo que no llega ni al sueldo mínimo) pero hay gente que pasa dos noches en la calle, haciendo cola y luego no se lo conceden”.

“No me gustaría volver de nuevo a la ‘normalidad’. No querría que saliéramos de esta situación sin estar un poco trasformados y replantearnos la vida anterior, la desigualdad, el capitalismo salvaje. La naturaleza está ahora mejor, el aire es más limpio, se oyen más pájaros y en la playa de Itaipu (a unos 20 minutos de casa) se han visto ballenas”, cuenta Julia, que cada día a las 20:30 engrosa la iniciativa del panelazo (cacerolada) anti Bolsonaro.

La música en Brasil es la otra teología de la liberación y los artistas y bandas más destacadas hacen conciertos online gratuitos. “El domingo pasado, Zeca Pagodinho estuvo en directo. Es un sambista famoso de orígenes muy pobres. También Teresa Cristina hace life cada día. Mucha gente compra cerveza y montan la fiesta en casa (solo con los que viven en ella) o hacen parties virtuales con los amigos”.

Tras nuestra conversación por whatsapp, Julia me envía un poema de la brasileña Cora Coralina, “muitas vezes basta ser colo que acolhe, braço que envolve, palavra que conforta, silêncio que respeita”.

Alemania. ¡Vuelve el futbol!

El país europeo continúa en su papel de ejemplo de cómo se debe manejar un tsunami sanitario. No solo fue de los primeros en reaccionar y en proveerse de material sanitario, sino que es uno de los que más test ha hecho a la población (una media de unos 300.000 por semana). Su fuerte sistema de salud, con una capacidad hospitalaria mayor que otros países, y el hecho de que la mayoría de los casos de coronavirus (70%) se daban en jóvenes entre 20 y 50 años, ha hecho que su tasa de mortalidad por Covid 19 sea una de las más bajas de Europa (0,8%).

Recientemente, Angela Merkel anunciaba que la primera fase ya se había superado. En breve se podrían abrir las tiendas, los niños volverán a las aulas en el periodo de verano y hasta la Bundesliga (liga de fútbol alemana) celebrará partidos fantasmas, sin espectadores y con los jugadores limpios, tras pasar dos semanas de cuarentena. Todo con mucha cautela y con la posibilidad de activar el freno de emergencia, porque la segunda oleada es un fantasma que planea por el mundo.

Alex Jopp, alemán, 49 años, ingeniero que trabaja en la industria farmacéutica, vive en el área metropolitana de Rhein-Main, en el estado de Hessen. Desde el inicio de la cuarentena trabaja desde su equipada oficina casera y las reuniones las atiende por Zoom.

“Aunque mis planes se han visto truncados por la situación, trato de permanecer relajado y optimista. Y creo que esto se debe, en parte, a que no tengo televisión. Me pierdo los programas y las noticias ‘supervisadas’, aunque estoy al tanto de la actualidad. Estoy suscrito a un periódico y a otras fuentes de información, que tomo en las dosis adecuadas; además de ver películas y documentales interesantes en YouTube”.

Alex en el equipado despacho de su casa, donde teletrabaja.

Con el aeropuerto de Frankfurt muy cerca, el cielo es usualmente denso, por no hablar del ruido de los incesantes aviones. “Ahora todo está limpio y de noche se pueden ver las estrellas. Uno se da cuenta de lo que realmente significa la loca “situación de normalidad”.

Según Alex, algunas de las conclusiones post pandemia que deberíamos sacar podrían ser las siguientes: “la histeria no es una buena guía. La humanidad necesita un poco de perspectiva, una salida. La idea de perseguir constantemente lo más rápido, grande o rentable no es razonable. La Tierra necesita un descanso. Los políticos sin experiencia en la vida real, los que jamás han desempeñado un trabajo, no deberían ser políticos y, menos, manejar una situación de emergencia. El desarrollo y el crecimiento ilimitado deben ser cambiados por un modelo sostenible. Las personas u organizaciones que han alimentado o favorecido esta crisis, por obra u omisión, deben ser conocidas públicamente, sancionadas y penalizadas por ello”.

Los fines de semana, Alex aprovecha para salir al campo. “El tiempo está siendo espléndido esta primavera y se oyen más pájaros que nunca”. El paraíso para este ingeniero no se corresponde con la imagen de una hamaca y una piña colada en una playa. “Yo quiero hacer algo interesante con mis conocimientos, experiencia y talento. Por eso planeo independizarme como empleado y poder trabajar en mi proyecto de forma creativa y a mi ritmo. Ideas relacionados con ayudar a la gente que busca otra manera de hacer las cosas, protegiendo a la naturaleza y el planeta”.

Cuando todo esto acabe, Alex organizará una buena comida con las personas que más aprecia y seguirá con sus planes de desligarse del sistema de trabajo de la industria farmacéutica. Y, por supuesto, no prevé comprarse un televisor.

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