Cosas que nunca pasaron en el 2021

  Es tradición que los medios de comunicación publiquen, por estas fechas, un resumen de la actualidad del año que acaba. Yo, sin embargo, he preferido hacer una recopilación de algunos hechos que nunca ocurrieron, porque jamás salieron en las grandes televisiones, radios ni periódicos subvencionados. En sociedades poco dadas a la libertad de expresión…

Rita Abundancia

 

Es tradición que los medios de comunicación publiquen, por estas fechas, un resumen de la actualidad del año que acaba. Yo, sin embargo, he preferido hacer una recopilación de algunos hechos que nunca ocurrieron, porque jamás salieron en las grandes televisiones, radios ni periódicos subvencionados.

En sociedades poco dadas a la libertad de expresión y mucho a la censura, la realidad se lee en los sucesos no ocurridos, en las opiniones silenciadas, en los libros prohibidos y en los artistas, intelectuales o periodistas apartados del escenario. Hay épocas en las que los negativos dicen más que las fotos reveladas y los silencios cuentan cosas mucho más interesantes que las palabras.

El año que termina ha visto como las calles de las principales ciudades del mundo se llenaban de gente, de manifestantes que protestaban contra unas medidas impuestas por los gobiernos, y con las que no estaban de acuerdo. He visto videos caseros de protestas en Berlín, Roma, Londres, París, Atenas, Viena, Toronto, Florencia, Ámsterdam, Jerusalén, Nueva York, Tel Aviv, Tokio, Oslo, Lima, Brasilia, Sídney, Ciudad del Cabo y así podría seguir citando destinos en el mapa. He visto también como en algunos lugares la policía marchaba junto a los manifestantes ¿Lo he visto de verdad o lo he soñado, porque los medios no han hablado de esto? Las calles ardían pero a los directores de cadenas, radios y periódicos no les parecían hechos relevantes. Comprendan que la realidad es vasta e inmensa y los telediarios tienen una duración limitada, así que hay que escoger lo que sea del agrado de la Roca Negra, que es el moderno señor feudal mundial y que aspira a serlo del universo entero.  Así que asistimos a la paradoja de que en un mundo con exceso de información, la revolución no será televisada.

Concretamente, en el año que se va, los parisinos parecían especialmente cabreados contra su presidente. Gritaban, bailaban y hacían picnics en plena calle cuando entró en vigor el pasaporte ‘verde’, pero los periódicos y televisiones no se enteraron. Los corresponsales estaban en casa viendo Nexflit o, si acaso, haciendo algún artículo sobre la Semana de la Moda en París y las propuestas que Dior, Miu Miu o Vuitton nos reservan para la próxima temporada, que está ya al caer.

Si hay algo común a todas las dictaduras es crear un muro que impida que lleguen las noticias del exterior. Es imposible saber lo que ocurre, a ciencia cierta, en otros países; y, desde luego, el mejor trabajo para los amantes de la inactividad es el de corresponsal en una capital extranjera porque vas a trabajar menos que el sastre de Tarzán.

Y cuando ya la no realidad era tan grande que inundaba el terreno de lo real, algunos periódicos o cadenas se animaban a cubrir el evento como algo anecdótico y minoritario. Reducían el número de participantes a unas cuantas docenas y los inscribían en la ideología más odiada del momento: hippys, tierraplanistas, conspiracionistas, negacionistas, antivacunas, fans del reguetón o miembros de partidos de ultraderecha.

Recientemente leí algo que apunté en mi cuaderno de citas, aunque no puedo decirles quién es el autor. “Hay que leer las señales de la calle. El sistema nervioso de una crisis es la calle”. Otra cosa es que los medios quieran leerlas, o se les permita. Pero, como todos sabemos, el sistema nervioso (ya sea central o periférico, simpático o parasimpático), díscolo por naturaleza, siempre acaba por pronunciarse. Y más pronto que tarde. La calle se infiltra hasta en esos programas con guiones blindados y, cuando lo hace, se entera toda España. Matrix  describiría el fenómeno como un déjà vu, un fallo del sistema que, irremediablemente, ocurre a pesar de los innumerables filtros. El más reciente que hemos presenciado es el de un señor que, desde una terraza de un bar de Andalucía, denunció “una dictadura de control social, que no sanitaria”, ante la perplejidad de la locutora, que exclamó: “¡Vaya por Dios!”. A buen seguro que la mujer que sostenía el micrófono no estaba pensando en Dios; sino en su puesto de trabajo y en el tirón de orejas que le iba a caer al volver a la tele. “¡La próxima vez, guapa, mira primero a quien preguntas!”.

He visto, o más bien, he creído ver, como peluqueros australianos salían a la calle a cortarle el pelo gratis a los nuevos apestados, a los que se les impide entrar en las peluquerías. Y me ha parecido ver como habitantes de una ciudad de algún país del este, paraban sus coches para llevar a los nuevos parias, que tenían prohibido usar el transporte público. Los vehículos que socorrían a estos individuos, sin posibilidad de moverse, llevaban una cinta roja a un lado del parabrisas para distinguirse de los ciudadanos responsables, que cumplían las normas.

A veces, queriendo hacer el mal se hace el bien, y viceversa. Y este afán desmedido de enfrentar a la población, que tiene su ring en la televisión, puede producir también el efecto contrario y despertar ese sentimiento atávico pero dormido de pertenencia a un grupo, de necesidad de interdependencia y cooperación para la prolongación de la especie.

Hay un colectivo nada despreciable que pudiendo solicitar el citado pase se niega a usarlo por considerarlo una medida que atenta contra la Constitución y los derechos fundamentales. Conozco algunas personas que ya no van al cine o al restaurante por un ideal. ¿Alguien se hubiera imaginado altruismo semejante en la era del individualismo atroz? Pues ahí lo tienen, cortesía de las élites y los caciques autonómicos.

Otra cosa que nunca ocurrió en el 2021 fue el debate que un romántico, Federico Ruíz de Lobera, se propuso hacer e hizo sobre la epidemia en La Clave Cultural, un proyecto audiovisual independiente. El programa nacía con la idea de retomar el placer de debatir sin acritud (¡Jajaja! ¡En España!) e hizo un primer debate sobre el tema, al que invitó a personas con posiciones diversas, aunque ninguno negaba la existencia del 19. Todavía en Youtube, se puede ver el video con la iracunda actuación de María Luisa Carcedo, ex ministra de Sanidad, que abandona el programa tras pasarse, desde el inicio, amenazando con irse porque los demás tenían opiniones distintas a la suya. Doña “Me voy” pensaba que un debate era un sitio al que acudían personas con el mismo punto de vista sobre un determinado asunto, todos decían lo mismo, se apoyaban unos a otros y, al final, todo acababa con tres vivas a la OMS. Al descubrir que el concepto era bien distinto se marchó muy airada, instando a su partenaire ideológico a que hiciera lo mismo. ¡Cuánto sufrimiento se hubiera evitado la humanidad si fuera más asidua a consultar los diferentes diccionarios de las distintas lenguas, para hacerse con el verdadero significado de las palabras!

Pero, como era de esperar, ningún medio importante habló del tema, que se fundió en el olvido, siguiendo el lema del nuevo periodismo: “Lo que no me gusta, no existe”.

Y ya, para no cansarles, citaré solo otro asunto que no ocurre y es que los parlamentarios de las distintas comunidades autónomas no necesitan un pase para entrar en sus organismos (parlamentos y congresos) y, por supuesto, pueden acudir a las cafeterías de estas dependencias a pelo, aunque a los ciudadanos de sus respectivas comunidades les pidan el certificado para tomarse un descafeinado. Newtral, empeñada en aclarar la diferencia entre las fake news y las mentiras oficiales, enseguida publicó un artículo diciendo que los políticos, como todo hijo de vecino, enseñan el pase en bares, restaurantes, cines y conciertos, si así lo pide la comunidad en la que están. Y hasta ahí todos de acuerdo, pero de lo que se estaba hablando es de si lo enseñan en sus organismos, y parece ser que no. ¡Consejos vendo que para mí no tengo!

Imagino ya a los odiadores profesionales diciendo que ya estoy a vueltas con el tema. Pero es que el TEMA ha hecho que nuestra completa existencia, hasta en sus detalles más íntimos, gire en torno a él desde hace dos años. Ese síntoma agudo que, contrariamente a las leyes de la naturaleza, muchos tratan de cronificar porque se ha convertido en la gallina de los huevos de oro.

Recalco, de nuevo, que todo esto que les he contado no ha ocurrido; sino los grandes medios, que nos cuentan lo que pasa en el mundo, nos lo hubieran dicho. Actualmente, algunas televisiones empiezan a preguntarse por qué muere tanta gente joven y sana de infartos (especialmente deportistas). Algo poco habitual en ese sector de la población.  Pero, a día de hoy, los expertos desconocen las causas de este raro fenómeno. Seguiremos informándoles.

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