Con la censura hemos topado

  Cada época tiene sus códigos y si en la España de Franco los díscolos corrían delante de los grises, emulando los Sanfermines, ahora a las ovejas negras se las aparta del redil de las redes sociales o se las vigila muy de cerca para que no balen más de la cuenta, en un tono…

Rita Abundancia

 

Cada época tiene sus códigos y si en la España de Franco los díscolos corrían delante de los grises, emulando los Sanfermines, ahora a las ovejas negras se las aparta del redil de las redes sociales o se las vigila muy de cerca para que no balen más de la cuenta, en un tono que no está permitido.

El otro día, por primera vez, Facebook me censuró. Se trataba de un post que compartía, sin comentario alguno, un artículo del periódico Diario 16, firmado por Beatriz Talegón, sobre lo que ya se ha bautizado como el PfizerGate. El Tribunal de Cuentas de la Unión Europea ha abierto una investigación sobre la adquisición de los viales contra el 19 a las distintas compañías farmacéuticas. Es algo que está ocurriendo en el Parlamento Europeo, y se están celebrando sesiones donde los distintos parlamentarios hablan, preguntan y piden explicaciones.

Hasta el momento, el PfizerGate ha destapado varias cosas. La primera es que, según una empleada de Pzifer, los pinchazos no se hicieron nunca para inmunizar. ¿Para qué se hicieron entonces? ¡Vaya usted a saber! ¡Pregúntele a su médico, el mismo que le aconsejó ponérsela para no matar a la abuela! Parece ser también que la comisión encargada de comprar estos, llámenosle, medicamentos, adquirió la friolera de 80.000 millones de dosis. Teniendo en cuenta que hay 447 millones de europeos, nos toca a muchos chutes por barba. Este dispendio absurdo del dinero público hará que 1.100 millones de dosis, a 15 euros cada una, acaben en la basura.

En esta telenovela, Ursula Von Der Leyer, es la protagonista indiscutible; ya que, en abril del 2021, negoció directamente y de manera poco transparente con un jefe de Pfizer la compra de 1.600 millones de dosis adicionales y, ¡Oh casualidad!, su marido trabaja en una compañía asociada a esta farmacéutica. Todo parece indicar también que los contratos se hicieron sin consultar ni coordinar con los estados miembros y sin un objetivo ni estrategia claros.

Básicamente, esto era lo que se podía leer en el artículo que compartí, sin más comentarios, que informaba sobre algo que estaba pasando en el Parlamento Europeo, que estaba siendo grabado por cámaras y cuyos vídeos circulaban e incluso pasaban la censura del bipolar Youtube. Aunque, eso si, jamás esperen ver nada al respecto en la tele ni en los grandes medios de comunicación, dedicados a temas más urgentes como los rebuznos de un grupo de adolescentes salidos y borrachos en su primer mes en un colegio mayor. Así que no entiendo muy bien qué puede haber molestado en mi post al señor Zuckerberg, al que aprovecho para saludar efusivamente.

Vivimos tiempos absurdos. Trabajamos gratis para las redes sociales, contribuimos al enriquecimiento de sus propietarios y, a cambio, debemos asumir sus reglas dictatoriales. Ya sé que son voluntarias, pero es el tipo de voluntariado del siglo XXI. Puedes no participar, pero entonces no existes. No sé si sabrán que muchas revistan instan a sus colaboradores a que compartan sus artículos en el mundo digital. Hace años me pidieron que escribiera de sexo para una marca de juguetería erótica, pero al final no me cogieron porque, según me comunicaron, “tenía muy pocos seguidores en las redes sociales”. Baremo que también utilizan algunas editoriales para decidir si le publican un libro a alguien o no.

Asistimos también a una agonía de la libertad de expresión igualable, sino mayor, a la que había en la época de Franco, con la diferencia de que en el NODO actual las reglas son incomprensibles y cambiantes, según se levante el algoritmo de turno. Al menos con el gallego la gente sabía que no se podía hablar de política, religión o cualquier cosa relacionada con el sexo (y aquí les insto a leer Historias del NODO, en RitaReport, donde cuento como a Sofía Loren se la censuró por ser ‘demasiado exuberante’). A día de hoy cualquier cosa es susceptible de ser censurada si no sigue la versión oficial. Incluso algo, antiguamente tan banal, como hablar del tiempo se ha convertido en una insurrección, en caso de que no se profese la fe del cambio climático, aceptando todos y cada uno de sus dogmas al pie de la letra.

Leo los comentarios de amigos que cuentan cómo le censuraron cosas incomprensibles en Facebook. El último que recuerdo fue el de un fotógrafo, que publicó una foto de un mercado de comida asiático, en el que se veían unos animales asados, como si fueran pollos. ¡A tanto llega el fundamentalismo vegano! Y me viene a la mente el caso de otro post, no mío, censurado por comentar que Maradona tuvo problemas con las drogas, ¡Cómo si quedara alguien sobre la faz de la Tierra que no lo supiera!

Pero si la vara de medir de los nuevos censores es incomprensible y esquizofrénica, el origen de la censura está siempre muy claro: es el mejor barómetro para detectar el grado de miedo del que la practica. Es el pañal para contener la diarrea de un sistema que debe empapelar la verdad para asegurar su subsistencia.

Hay una anécdota que me gusta mucho y que cuento a menudo. En los años 60 se hizo un experimento, llamémoslo psicológico, en EEUU. Había un periódico que publicaba diariamente un crucigrama complicado, difícil de solucionar; así que un día se trató de monitorear la rapidez con la que se iba resolviendo y se pidió a los lectores, hacedores de crucigramas, que fueran llamando a un teléfono a medida que lo acababan. El periódico salía a las 6 de la mañana y, como el crucigrama era un hueso duro de roer, la primera llamada se hizo esperar. Pero una vez que la primera persona había completado la prueba, llegaba una avalancha de llamadas de gente, sin conexión alguna, que finalizaban el crucigrama en Filadelfia, Dallas, Austin, Houston o Los Ángeles, con solo minutos de diferencia.

Una explicación a esto puede ser el inconsciente colectivo de Jung, que actúa como una nube de storage, a la que cada persona va incorporando sus conocimientos; accesibles, de manera inconsciente, a todos. Puede que muchos consideren esta explicación demasiado esotérica, pero los que mandan, los que ponen las reglas y los que tapan las bocas saben perfectamente que cada persona que resuelve el crucigrama está ayudando a otra a resolverlo. Y ni siquiera necesitan hablar, conocerse, ni postear nada en Facebook.

Es difícil esconder la verdad. La verdad es como un gas que se expande y cuya presión aumenta cuando lo tratamos de comprimir.

P.D. Por si los los algoritmos se ponen tontos, los remito a mi canal en Telegram ( @ritaabundancia).

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