Cómo nos afectan las (malas) noticias

El bombardeo informativo, cargado de noticias negativas y amenazadoras, deja su huella en nuestro bienestar y salud mental. Pero hay un camino entre la actualidad incesante y retirarse del mundo a un monasterio budista; entre la información y la angustia que nos deja el telediario. Un camino que pasa por dosificar las noticias, elegir los medios de comunicación y hasta tomar partido en diversas causas, para cambiar la sensación de impotencia por la de aportar nuestro pequeño, pero valioso, grano de arena.

Pandemia, muertes, cuarentenas, inestabilidad económica, miles de parados que cada día engrosan las listas, incierto futuro, inseguridad ciudadana, cambio climático, océanos llenos de plásticos… Podría ser el argumento de cualquiera de esas series que se anticipan ya a la realidad, pero es el contenido de cualquier telediario, periódico o medio de comunicación un día cualquiera. Cada mañana nos levantamos con estas noticias, comemos con ellas y les damos un repaso al llegar a casa, mientras cenamos y disfrutamos de nuestro merecido momento de relax. Algunas nos inquietan más que otras, pero tratamos de digerirlas e incluso ignorarlas para poder seguir con nuestra vida pero, ¿podemos deshacernos de ellas y borrarlas totalmente o quedan almacenadas en nuestro disco duro, ocupando espacio en nuestra memoria e incluso entorpeciendo el desarrollo de otras funciones?

Muchos sostienen ya que tanta información negativa, frustrante y desesperanzadora es perjudicial no solo para nuestro bienestar sino para la salud y Rolf Dobelli es uno de los más firmes defensores de esta hipótesis. Dobelli es suizo, doctor en Filosofía Económica por la Universidad de St. Gallen (Suiza), escritor y empresario entre otras cosas. Uno de sus libros más populares, El arte de pensar: 52 errores de lógica que es mejor dejar que cometan otros (Bias), ha sido traducido a 17 idiomas y ha sido superventas en varios países.

En su ensayo Por qué usted debe mantenerse lejos de las noticias, Dobelli señala algunos de sus argumentos principales: las noticias son al cerebro lo que el azúcar al cuerpo. Son fáciles de tragar y nos facilitan pequeños bocados de placer, no requieren ningún esfuerzo, pero nos acaban perjudicando. Las noticias confunden y nos llevan a caminar con el mapa de riesgo completamente equivocado en nuestras cabezas. En el libro, Dobelli pone el ejemplo de como el terrorismo, el colapso de Lehman Brothers y los astronautas están sobrevalorados; mientras que el estrés crónico, la irresponsabilidad fiscal y los enfermeros están subvalorados. Según Dobelli, la mayor parte de las noticias que engullimos a diario son irrelevantes. “De cerca de las 10.000 noticias que usted haya leído en los últimos 12 meses, nombre una que le haya permitido tomar una decisión mejor acerca de un asunto serio que afecta su vida, su carrera o su negocio”, dice. Las noticias nos convierten en pensadores superficiales, nos hacen pasivos, son historias abrumadoras sobre cosas en las cuales no podemos influir y matan la creatividad.

A bote pronto, pareciera que este autor estuviera a favor del fin de los medios de comunicación. Sin embargo, según sus palabras, éstos “son necesarios para la sociedad”, afirma alguien que se mantiene activo en las redes sociales y que, por lo tanto, necesita saber lo que ocurre en el mundo. Pero Dobelli cree más en un periodismo “del tipo investigativo, del que analiza y explica la realidad; y eso requiere reportajes largos o libros que estudien temas en profundidad”.

Las noticias en batería, los datos intencionadamente presentados, los titulares sensacionalistas que luego poco tienen que ver con el cuerpo de la noticia y los desastres anticipatorios, más propios de pitonisas que de expertos, serían el fast food de la información; mientras que la actualidad tratada más a fondo y con rigor constituiría una dieta saludable, que nos ayudaría a estar al día y a entender el mundo en que vivimos, con sus pros y sus contras.

Efectos colaterales de la actualidad en nuestra salud mental

Algunos expertos sostienen que la exposición continuada a noticias negativas y violentas tienen consecuencias que van más allá de los sentimientos de pesimismo y el desanimo. El psicólogo inglés Graham Davey, especializado en los efectos colaterales de la violencia en los medios, afirma que las malas noticias pueden ser causa de estrés, ansiedad, depresión e incluso TEPT, trastorno de estrés post traumático.

Un efecto de las noticias negativas es que el espectador las ve y es testigo directo de muchas de ellas, en un afán por parte de los medios de comunicación en llegar lo más rápido al lugar de los hechos y proporcionar al público un asiento de primera fila en la catástrofe. Algo común a los afectados por trastorno de estrés post traumático que, generalmente han sido testigos de hechos dramáticos o violentos”, afirma Davey y continúa. “Estudios realizados entre los que presenciaron en televisión el derrumbamiento de las Torres Gemelas de Nueva York, en septiembre de 2011, o las bombas del Maratón de Boston (2013), demuestran que lo anterior es posible. Pero además, nuestros estudios han probado que la emoción y negatividad que estos hechos generan, influyen en nuestro estado de ánimo e incrementan nuestros miedos y ansiedades vitales. Hacen que veamos nuestros problemas como mucho más difíciles de solucionar y estresantes de lo que en realidad son, aunque no tengan nada que ver con los acontecimientos que hemos visto en los medios de comunicación”, apunta este psicólogo inglés, autor de títulos como The Anxiety Epidemic (La epidemia de ansiedad) o  Applications of Conditioning Theory ( Aplicaciones de la teoría del condicionamiento). “El mundo pareciera estar diseñado para generar estrés y ansiedad, pero la batalla contra estas patologías está medio ganada si identificamos las causas que nos producen esa ansiedad y si entendemos los procesos cognitivos y psicológicos que la generan”, señala este psicólogo.

Identificar el sensacionalismo para no caer en él

La mayoría de los medios de comunicación echan mano del sensacionalismo para vender más ejemplares u obtener más clicks, y eso pasa por escribir titulares sorprendentes, que impacten y produzcan miedo o alarma; aunque luego, una vez leída la noticia con detenimiento, veamos que no es para tanto.

Según el psicólogo Graham Davey, cuanto menos educación y recursos tengan los lectores o espectadores, más fácil es influir en ellos y que sucumban al sensacionalismo de los medios. “Un típico ejemplo de esto es la forma en que la prensa trata las estadísticas”, señala, “a veces leemos titulares que dicen que un estudio demuestra que comer determinado tipo de comida (por ejemplo, beicon), incrementa las posibilidades de morir de una determinada enfermedad en un 50%. Algo que suena francamente alarmante. Pero el artículo no dice cuál es el porcentaje de morir de esa enfermedad, que a lo mejor es muy pequeño, digamos un 1%. En ese caso, y según la estadística, comer beicon incrementaría morir de esa patología en un 1,5 %, lo que no entraña una probabilidad muy elevada”.

Por poner otro ejemplo, si un coche pasa sobre un puente y éste se viene abajo, es muy probable que la mayoría de los medios aborden el tema entrevistando al conductor, si sale vivo, y centrándose en los pormenores del accidente, porque es una información fácil, rápida y barata de producir. Pero lo más útil para el espectador sería hablar también de la solidez del puente, su estructura y el riesgo de que algo semejante ocurriese en otro lugar. Algo ya más complicado y costoso.

El sensacionalismo hace también que demos gran importancia a hechos muy llamativos, como accidentes de avión o ataques terroristas, y que los pongamos en la lista de las cosas que más nos preocupan, cuando la probabilidad de que eso ocurra es muy pequeña. Sin embargo pasamos por alto cosas mucho más perjudiciales para nosotros, como la polución o el estrés crónico. Los medios, especialmente los públicos, se recrean a menudo en determinadas noticias para esconder otras o para crear un cierto ánimo en la población. No olvidemos la prima de riesgo que estaba tan de moda durante la crisis del 2008 y de la que ahora nadie se acuerda.

No necesitamos estar conectados a la actualidad las 24 horas del día

A menos que uno sea director de un periódico o periodista de la CNN, la mayoría de la gente no necesita estar conectada todo el día a la actualidad. Sin embargo, muchos tienen alertas en sus smartphones que les informan, en todo momento, de las últimas noticias; tal vez para ser los primeros en subirlas a las redes sociales o enviárselas a los amigos.

Antiguamente, la gente leía el periódico, tarea en la que podía gastar una o dos horas, y luego se olvidaba de la actualidad para el resto de la jornada. Ahora las cadenas de noticias emiten información las 24 horas, aunque la mayor parte de esos titulares se repitan una y otra vez. El resultado de este proceso es que no solo no añade información nueva, sino que actúa como un mantra de la negatividad y el pesimismo, al repetirnos machaconamente las mismas malas noticias.

Según el psicólogo Graham Davey, uno debería observarse a sí mismo para determinar en qué grado le afecta ver el telediario, oír la radio o leer los periódicos y dosificar esa necesidad que todos tenemos de saber lo qué ocurre en el mundo, en nuestro país o en nuestra ciudad. “Seguramente, para la mayoría de la gente ver el telediario o leer el periódico digital una vez al día es más que suficiente para estar informado. No hay que estar el resto del día pegado a una pantalla. Es mejor hacer otras actividades que nos proporcionen más placer o beneficios como el deporte, salir con amigos o escuchar música. Esto no solo hará que nuestro estado de ánimo mejore sino que centrará nuestro pensamiento en cosas positivas, en vez de en las negativas”, señala este experto.

Cómo afecta a la sociedad el bombardeo informativo

La sociología también ha estudiado el impacto de las malas noticias en la sociedad y su enorme capacidad para crear tendencias de pensamiento, ánimos, corrientes y visiones sobre el mundo.

Como apunta Jorge García Marín, sociólogo y profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, “el consumo masivo y superficial de las noticias se traduce en varias funciones. Por un lado ejerce de narcotizante. Es decir, tanta mala noticia acaba por producir una desensibilización, un término que ya había acuñado el sociólogo Zygmunt Bauman, refiriéndose explícitamente a la insensibilidad moral y al hecho de que el ser humano se vuelva cada vez más despiadado e indiferente. Por otro lado, ante tanta catástrofe, los individuos se desentienden y le echan la culpa al sistema. ¿Qué puedo hacer yo?, se preguntan, y ante una respuesta poco clara olvidan el asunto, hacen las paces con su conciencia y siguen su vida normal, evitando así la lucha, la reivindicación o la acción”.

“Otra consecuencia del bombardeo informativo es que la gente se pone a la defensiva y se vuelve muy desconfiada hacia los otros”, continúa este sociólogo. “Se fomenta el individualismo porque uno ha visto en las noticias que el vecino de al lado, un ser aparentemente normal, era un asesino en serie o pegaba a su mujer”, continúa García, para quién las noticias cumplen una doble función de proporcionar dolor y placer. “Cuando nuestras vidas son insulsas o infelices, puede ser un consuelo ver que las de otros tampoco son mejores y esto nos engancha, como las series de televisión. ¿No se han convertido los papeles de Bárcenas y las peripecias de esta familia en un melodrama seriado por capítulos?”.

Para este sociólogo, la solución para evitar caer en este bucle es elegir bien los medios de comunicación que seguimos. “Internet es una buena herramienta para acceder a otras formas de pensamiento, a otras visones del mundo, a otras realidades. Pero también debemos dosificar nuestro tiempo de exposición a los medios y vivir más nuestras propias vidas”.

¿Pueden las noticias cambiar el mundo?

 Si las noticias son, en parte, el cemento con el que construimos nuestra visión del mundo, estás son mucho más importantes de lo que creemos. Seán Dagan Wood es  chief executive officier de Positive News, una web de noticias propone un periodismo menos catastrófico y centrado en las cosas buenas y esperanzadoras que ocurren en el mundo.

Dagan apuntaba en una charla TED como “estudios de la Universidad de Southampton han demostrado que la gente expuesta a información positiva está más inclinada a hacer buenas acciones, dar donativos a ONGs o cuidar más el medioambiente. Las emociones positivas generan oxitocina, la llamada ‘molécula de la moral’ que nos impulsa a la generosidad, empatía y confianza. Un periodismo centrado más en los aspectos amables, en la gente que hace cosas buenas o desarrolla tecnologías innovadoras, tiene importantes implicaciones en la sociedad y no solo nos informa, nos inspira y nos empodera”.

No se trata de obviar los hechos desagradables o esconder la cabeza bajo tierra como el avestruz. Según sostiene este abanderado del periodismo positivo, no es solo de lo que se habla sino cómo se habla y él está convencido de que incluso la guerra de Siria puede cubrirse desde otros ángulos.

Niños, los más vulnerables a la actualidad inquietante

La exposición continuada a noticias y acontecimientos violentos (virus asesinos, guerras, ataques terroristas, tiroteos en colegios) puede llegar a producir desensibilización, pero lo más corriente es que los más pequeños se vuelvan excesivamente sensibles a lo que ocurre en el mundo.

Juliette Van der Molen y Brand Bushman, de la Universidad de Amsterdam, estudiaron los efectos de la violencia en televisión, concretamente en 572 niños de entre 8 y 12 años, y descubrieron que las imágenes violentas de la tele aumentan el miedo y la ansiedad de los más pequeños y hacen que se preocupen más por las cosas. Lo curioso de este estudio es que llegó a la conclusión de que el contenido violento de las noticias produce más miedo que el que proviene de la ficción (películas o series). Estos investigadores vieron también que el miedo y la preocupación era mayor en las niñas que en los niños, y causaba más estragos en los de menor edad. Pero además, los efectos de una infancia expuesta a los crudos telediarios son de larga duración. Muchos adolescentes reconocen haberse sentido muy afectados por imágenes de atentados, guerras o catástrofes que vieron en la tele de pequeños y que todavía recuerdan con gran desagrado.

Cómo convivir con el telediario

¿Qué podemos hacer para vivir en el momento presente, con la necesidad implícita de estar mínimamente informados de lo que ocurre, y no sucumbir a la desesperanza, el pesimismo o la ansiedad? La filosofía ha tenido siempre como tarea, desde su nacimiento, explicar el mundo y hacer que, en cierta forma, hagamos las paces con él; por eso ahora está tan de moda en forma de acompañamiento filosófico (sesiones similares a las de un psicólogo), charlas, cafés filosóficos, revistas o programas de radio.

Nacho Bañeras es filósofo y director de la Plataforma de Filosofía y Autoconocimiento. Para él la saturación de información “produce, paradójicamente, la sensación de estar desinformado. ¡Hay tantos temas que desconocemos! Por ejemplo, cómo se originó el conflicto sirio. Lo que nos lleva a consumir más información y a estar permanentemente conectados al telediario o al periódico digital. Esto aumenta la sensación de catástrofe (porque la mayoría de las noticias se centran en sucesos negativos) y a su vez nos produce impotencia. ¡Qué podemos hacer nosotros contra la pandemia, el cambio climático o la pobreza! Se forma así un bucle del que es difícil salir”.

Lo que propone la filosofía ante este problema es, según Bañeras, “empezar con un cierto distanciamiento. Lo primero en lo que tengo que preocuparme es en mí mismo. “Conócete y conocerás el mundo”. Una vez que esto se hace hay que tratar de buscar un estado de serenidad que nos permita ubicarnos en el mundo como observadores, solo de esta manera podremos analizar los problemas de forma racional y objetiva y no llevados por la angustia. Las herramientas que propone la filosofía son: preguntar, hacer crítica, relacionarse con otros. Así es como pueden encontrarse soluciones. Siempre hay algo que podemos hacer. Para empezar, cambiando nosotros modificamos también nuestro entorno. Pero además, siempre podemos aportar nuestro granito de arena. Eso transformará el problema y nos hará sentir menos impotentes”.

Por otra parte, este filósofo propone también normalizar los sentimientos de tristeza, incertidumbre, miedo o indecisión que nos produce la actual crisis sanitaria económico y social. “Hay que aceptar que se tienen esos estados de ánimo y convivir con ellos, sin pretender estar siempre alegres y optimistas. Hay una saturación de noticias que no nos da tiempo a digerir y a veces necesitamos del calor humano para poder manejarlas sin que nos dañen demasiado”.

Decálogo para contrarrestar los efectos nocivos de la actualidad

1. Dosificar la información. La mayoría de nosotros no necesitamos ser los primeros en enterarnos de lo que ocurre, ni ver el móvil continuamente, lo que impedirá concentrarnos en nuestras tareas o actividades.

2. Conectarse a la actualidad una vez al día. Es suficiente con ver el telediario o leer el periódico una vez al día, a menos que haya alguna noticia que nos afecte directamente.

3. Elegir el momento para informarse. Si empezamos la mañana escuchando malas noticias eso nos condicionará el resto del día. Y si las vemos por la noche, pueden afectar al sueño. Lo mejor es informarse en algún momento, evitando el principio y final de la jornada.

4. Escoger los medios de comunicación. Tarea difícil, a día de hoy, con la sombra de la censura sobre nosotros, pero Internet brinda más posibilidades. Sobre todo si uno maneja otras lenguas.

5. No quedarse en los titulares. Leer a fondo y comprender la actualidad disminuye su dramatismo, ya que entendemos mejor los acontecimientos, con sus causas y soluciones.

6. Elegir un día a la semana (o dos) de détox informativo. Mantenerse fuera de las noticias y hacer actividades placenteras.

7. Aprovechar las vacaciones para desinformarse. Siempre que nuestra profesión lo permita, olvidarse de las noticias en vacaciones es una buena idea.

8. Evitar la actualidad en épocas especialmente sensibles. En momentos de duelo, enfermedad física o especial sensibilidad, angustia o estrés podemos darle al botón off sin sentimiento de culpa. Lo principal es nuestro bienestar y serenidad.

9. Tomar partido. A menudo nos sentimos impotentes frente al mundo, pero siempre hay algo que podemos hacer. Colaborar en alguna causa aumentará la sensación de controlabilidad y hará que uno se sienta más útil y menos vulnerable.

10. Ver webs con otras noticias. Evitar centrarse en el monotema y leer otro tipo de artículos, que hagan referencia a otros asuntos.

 

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