Cómo lidiar con la incertidumbre

En tiempos difíciles la falta de certeza se alía con el miedo y la ansiedad para dibujar un porvenir en tonos oscuros. Una psicóloga, una filósofa y un profesor de yoga nos dan sus respectivas visiones de esta emoción, así como sus fórmulas para abordarla.

Rita Abundancia

Foto de Cody Hiscox en Unsplash.

 

De todas las emociones, sentimientos y estados anímicos, la incertidumbre es quizás una de las más molestas. No necesariamente grave pero si desagradable. La incertidumbre es una emoción conflictiva; básicamente, porque no sabemos qué hacer con ella. Oigo desde que apareció esta pandemia en boca de mucha gente: “¡lo peor es que no se sabe qué va a pasar!”, “¡si al menos me hubieran despedido, al menos sabría a qué atenerme pero esta incertidumbre es lo peor!”. “Mira”, comentaba el otro día un hotelero, “nosotros ya damos la temporada por perdida. Hemos decidido no abrir este año. Así, ya estamos tranquilos”.

Cuando el futuro es incierto y no hay una programación decidida, la mayor parte de la gente optará por pensar que la película que finalmente se proyectará será La matanza de Texas, y no Vacaciones en Roma. Seguramente, en base a la situación, la información de qué se dispone y las noticias del telediario. Porque lo malo de la incertidumbre no es que no podamos adelantar el futuro sino que ya lo estamos vislumbrando con los tintes más negros. Así debieron pensar nuestros padres durante la Guerra Civil y todas las generaciones que vivieron alguna situación conflictiva. El miedo siempre es compañero inseparable de la incertidumbre. El que le susurra al oído historias para no dormir.

“La ansiedad es también otra de las emociones que acompañan a la falta de certezas”, señala Marisol Delgado, psicóloga y especialista en psicoterapia por la European Federation of Psychologists Associations (EFPA), con consulta en Avilés. “Especialmente, la ansiedad generalizada, como una preocupación constante sin una causa determinada, que está también muy ligada a la necesidad de controlarlo todo”.

El hecho de que algunas personas manejen mejor que otras la incertidumbre se debe, sobre todo, según Delgado, “al aprendizaje vicario, el que se hace por modelado, por imitación; en base a los adultos que han convivido con nosotros en la primera etapa de la vida. Por eso, estadísticamente, las mujeres son más propensas a padecer ansiedad. Durante muchos años fue  una ‘virtud’ aprendida. La preocupación era una de las cualidades de la buena esposa. Y ser despreocupada era sinónimo de ser una fresca, una mujer de dudosa reputación, una mala madre”.

Aunque pensemos que vivimos tiempos especialmente inciertos, lo raro es encontrar momentos seguros y a resguardo en la historia de la humanidad, y cada generación ha tenido su dosis de vértigo. “Lo que ocurre es que la sociedad actual nos ha infantilizado”, comenta Delgado, “ha mermado nuestra capacidad para navegar con mala mar y queremos ser felices, tenerlo todo y disfrutar de la perspectiva de un amable porvenir. Mostramos una gran aversión a la pérdida y la frustración. Como dice la canción de Queens “I want it all and I want it now (lo quiero todo y lo quiero ahora)”.

Las soluciones más rápidas y populares para lidiar con la incertidumbre pasan por aferrarse a seguridades ficticias. “Antes la gente se refugiaba en la tribu, ahora ésta se ha sustituido por el trabajo, la pareja, el consumismo. Otra cosa que suele hacer la gente es poner en marcha el mecanismo evitatorio, que pasa por cortar la incertidumbre de raíz; incluso en sus manifestaciones más inofensivas”, apunta esta psicóloga. “Es el caso de esas personas que están leyendo un libro y van al final, porque no pueden esperar a acabarlo para descubrir el desenlace. O los que mandan un mensaje por whatsapp y, al no tener contestación inmediata, empiezan a barruntar las causas de esa demora (especialmente, entre las parejas que acaban de conocerse). Y también están los que, sin tener causas de preocupación, ni enfermedades graves, prefieren hacerse las pruebas médicas en la privada porque no pueden soportar la espera”.

Para lidiar con la incertidumbre hay, pues, que plantarle cara. Entrenarse cada día un poquito, hasta que esta emoción deje de mostrarnos su faceta más temible. “Uno de los ejercicios que mando a mis pacientes es que escriban en un papel lo que está bajo su control y lo que no. Parece una tontería, pero funciona para poner las cosas en su sitio. Y luego cada día hay que exponerse un poco a situaciones que, generalmente, evitamos por llevar este rotulo. Por ejemplo, acudir a una fiesta solos, sin compañía y sin saber muy bien lo que va a pasar o quien asistirá a ella. A muchas personas esta situación les generaría desagrado y la descartarían de su agenda. Y, puesto que pensamos con el lenguaje, cambiar las palabras con las que describimos lo incierto, puede también ayudar. Recomiendo para la situación actual, dosificar los telediarios. Se ha demostrado en estudios que el exceso de noticias negativas aumenta los problemas psicológicos”.

Cuando no sepas qué hacer, no hagas nada

“A menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo”, dijo Jean de la Fontaine, novelista y fabulista francés.

Precisamente la incertidumbre, ese no saber, constituye la base misma de la filosofía. Doctrina que desde hace unos años ha empezado a ser utilizada como tabla de salvación, como una herramienta más para explicar el torbellino en que vive la humanidad. Para ayudar a pensar y a dar respuestas. Así, ya existen profesionales como Teresa Gaztelu, que hacen lo que se llama ‘consultas de acompañamiento filosófico’; en las que el filósofo trata, junto con su consultante, los temas y cuestiones que le preocupan.

“Sócrates decía que para llegar a saber hay que partir siempre del no saber. La incertidumbre es, por tanto, una situación imprescindible para llegar a obtener ese saber de primera mano, al margen de fórmulas o consejos externos. Ese conocimiento que sale de nosotros mismos y que se acerca a la sabiduría. Así que convivir con la incertidumbre es, en el fondo, una mina de libertad y comprensión”, señala Gaztelu.

El problema está en que lo incierto es considerado siempre como un pésimo compañero de piso, al que tratamos de evitar a toda costa. “Lo que nos provoca sufrimiento no es tanto la emoción en si (cualquiera que sea ésta) sino problematizar esa emoción. Lo que yo aconsejo es que no hay que huir de las emociones sino vivirlas y eso se hace traduciéndolas al cuerpo físico. Tratar de sentir las sensaciones físicas que producen en nuestra anatomía (puede ser una opresión en el pecho, una bola en la garganta o una tensión muscular). Si somos capaces de hacer esto con serenidad, podremos descubrir lo que la emoción trata de decirnos”, apunta esta filósofa.

Lo malo de la incertidumbre es que nos coloca en un estado de no saber qué hacer, en un mundo en el que se nos valora no por lo que somos, sino por lo que hacemos. “Hay un dicho taoísta que dice: “si no sabes qué hacer, no hagas nada”, cuenta Teresa. “Y en ese no hacer nada es donde empiezan a surgir las respuestas. La incertidumbre nos da humildad (reconocer que no podemos controlarlo todo), nos hace receptivos a la escucha y nos invita a tener confianza en la vida y en nosotros mismos”.

La única certeza es la incertidumbre

Seguramente, como dijo Zygmunt Bauman, el sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico, “la única certeza es la incertidumbre”. Lo que ocurre es que la sociedad ha ideado unas rutinas que nos proporcionan una seguridad ficticia, una póliza de seguro de vida a todo riesgo, un Soma que nos mantiene anestesiados o en estado semilatente.

“Estas rutinas son de todos conocidas: el trabajo, las posesiones, las religiones o los ciclos de la vida que determinan cuando tienes que divertirte, casarte, tener hijos o sentar la cabeza. El yoga, sin embargo, trata de eliminar todo eso. Su misión es acabar con cualquier tipo de certidumbre. Es un proceso consciente de entender que la libertad implica inseguridades, porque el fin último del yoga es llevar a la persona a ser libre”, cuenta Munindra, profesor de yoga.

Claro que dependiendo de cómo se entienda el Yoga, esta disciplina puede convertirse también en otro falso asidero contra lo incierto. “Es lo que yo llamo yoga de salón. La gente va tres días a la semana a un lugar y ejecuta unas posturas. Muchos lo hacen para tener más energía y aguante y para poder seguir soportando sus vidas, pero esa no es la auténtica filosofía del yoga”, apunta este maestro.

“Es imposible no tener miedo. Estar en el aquí y el ahora con la incertidumbre y la inseguridad, requiere de valentía. Es lo que el yoga llama el ‘estado del héroe’. Existen varios estados por los que se pasa hasta poder llegar al de plena conciencia, en el que uno ya no se plantea la dicotomía seguridad/inseguridad. Pero llegar a este último no es fácil” señala Munindra. “La meditación, o como muchos prefieren llamarla el mindfulness (que en realidad se basa en los principios del yoga), no es sino un entrenamiento diario de ese estar aquí y ahora, que desarrolla la virtud de la valentía”.

El yoga es consciente de que son necesarias algunas rutinas o anclajes para vivir en un mundo tan complejo. “La diferencia es que aquí éstos no se sitúan en el mundo externo, que escapa a nuestro control, sino dentro de nosotros. Por eso esta disciplina cuenta con las asanas (posturas), técnicas de respiración, meditación o limpiezas corporales, que nos permiten conseguir un equilibrio físico, psicológico y energético”.

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1 Comentario
  1. Que buen articulo Rita. Ya me habia acostumbrado a la expectativa a un futuro desconocido. Esta pandemia ha superado lo que esperabamos que fuese el año 2020. Cuando hayan pasado algunos años, lo veremos con otra perspectiva. Nuestros planes pueden cambiar de forma inesperada.

    Saludos cordiales,
    Marco Aurelio

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