Cómo lidiar con el miedo

Parece obligado hablar del miedo en Halloween; pero este año, Frankenstein, Drácula o el Hombre Lobo son verdaderos osos de peluche comparados con la realidad, que pareciera escrita por el más creativo de los guionistas de series de televisión.

Rita Abundancia

 

Si hubiera que clasificar en un género cinematográfico esta magistral realidad en la que estamos inmersos, este fluctuaría entre el terror, el drama y el thriller; ya que el miedo y el suspense son sus características más destacadas. Todo el mundo está temeroso de algo o de muchas cosas a la vez (de morir de Covid, enfermar, perder el trabajo, arruinarse o expresar su opinión libremente) y nadie tiene puñetera idea de lo que va a pasar a corto, medio o largo plazo.

El miedo es una emoción primaria muy beneficiosa, ya que permite sobrevivir y anticipar peligros. Sin embargo, en el momento en que esta respuesta adaptativa asume el timón y se instala a vivir con nosotros, desencadena toda una sucesión de tormentas químicas y cambios fisiológicos en nuestro organismo. No digamos ya si el miedo es generalizado y se convierte en el común denominador de una sociedad; porque entonces el pánico se convertirá en el tirano que rige la vida social, económica, política, cultural, y afectiva; incluso la de los pocos que no tienen miedo, que han resistido valientemente al contagio, porque se verán engullidos por las emociones de la mayoría.

Es entonces cuando este ‘secuestro emocional’ puede generar múltiples efectos colaterales. Marisol Delgado es psicóloga y especialista en psicoterapia por la European Federation of Psychologists Associations (EFPA), tiene consulta en Avilés y ha impartido talleres sobre el miedo. Según esta experta, “cuando el miedo se cronifica (como ocurre en esta pandemia) y se dilata en el tiempo, sin fecha de caducidad, las personas pueden reaccionar de maneras diversas. Los cuadros de ansiedad, fobias, trastornos obsesivos o ataques de pánico son muy comunes; fomentados por el miedo anticipatorio y los pensamientos obsesivos, que se refuerzan con el aislamiento de los individuos. Otras personas pueden derivar en cuadros de depresión, producto de la indefensión adquirida”.

Cuando nos preguntamos por qué los prisioneros de los campos de concentración de la Alemania nazi no se rebelaban contra sus torturadores; ya que de todas maneras iban a morir y, si todos se sublevaban al mismo tiempo, tenían una pequeña posibilidad de salvar algunas vidas, la respuesta está en la indefensión adquirida. Ese punto en el que la persona deja de luchar porque cree, con total certeza, que cualquier cosa que haga no solo va a ser inútil sino que empeorará su situación todavía más.

A los bebés elefante se les enseña obediencia de la siguiente manera. Cuando son pequeños se los ata a un árbol fuerte y grande; de forma que por mucho que empujen y luchen no podrán nunca liberarse de sus ataduras. Esta sucesión de intentos y fracasos desarrolla en ellos una indefensión adquirida. Es inútil intentar desatarse, lo único que consiguen es el agotamiento o el castigo de sus dueños. De esta manera, cuando los elefantes son mayores y fuertes basta con atarlos a árboles jóvenes o a palos poco consistentes. Entonces, el paquidermo tendría fuerza suficiente para arrancar sus ataduras pero nunca lo hará puesto que ya ha aprendido que es inútil.

“En las personas con tendencia a enfermedades mentales, una situación social de miedo generalizado puede ser el detonante para que muchas patologías se desarrollen”, cuenta esta psicóloga. “Este tipo de individuos, en condiciones favorables, podrían vivir una vida normal; pero su  mayor debilidad o inclinación a las afecciones psicológicas se agudiza en este estado de alarma permanente, potenciado y agrandado por los medios de comunicación”.

“Por último”, continua Delgado, “una saturación de esta emoción puede producir hartazgo; ya que una población sometida al miedo, tarde o temprano, termina reaccionando y puede optar por la desobediencia o la rebeldía. Pero me temo que para esto necesitamos aún más tiempo. De momento, en España estamos todavía en una postura de barra de bar (hablando mucho, protestando mucho pero quedándonos en ese pataleo improductivo). Seguramente todavía hay algo que perder, queda alguna ilusión o esperanza de que esto acabe y todo vuelva a ser como antes; pero creo que todavía falta tiempo para que la gente empiece a movilizarse”.

La cultura del miedo

El término ‘cultura del miedo’ es relativamente nuevo, ya que se asocia a fenómenos originados con la aparición de los medios de comunicación de masas. Una posible definición sería el temor generalizado que se crea con el fin de influenciar en el comportamiento de las personas. Hay ya muchas personalidades que sostienen que la cultura del miedo (en la que vivimos desde hace tiempo; léase terrorismo, crisis económica y demás peligros) está intencionadamente elaborada, como Noam Chomsky, el sociólogo Barry Glassner o el cineasta Michael Moore, y que sus fines son siempre el incremento del control social en una población desconfiada y recíprocamente atemorizada.

Recientemente, dos damas se han incorporado a este sentir: la periodista y activista canadiense Naomi Klein, quien ha declarado “el coronavirus es un desastre perfecto para el capitalismo del desastre” y la ensayista francoalemana Geraldine Schwarz. Esta última declaraba en una entrevista a El País el pasado abril, “hay una espiral de información que crea un pánico existencial. Es innecesario y en realidad muy peligroso. Puedes sentirlo, puedes estar muy preocupado, por ti mismo o por tus padres, pero no hace falta este pánico existencial alimentado por los medios de comunicación constantemente, o por  leyes demasiado estrictas. La gente se está volviendo loca. No acabará bien. No es una forma apropiada de lidiar con esta situación la de meterle miedo a la gente. Uno de los desencadenantes para que Alemania se volviera bárbara y criminal en el tercer Reich fue el miedo. El miedo desata lo peor de los seres humanos”.

Así pues, la creación de miedos o la utilización y ampliación de un hecho real para producirlos, son aprovechados para justificar acciones políticas, económicas o sociales; y en este proceso de cocción no faltan nunca la manipulación de la información, la distorsión de estadísticas, la escasa transparencia, la creación de nuevos términos para designar acciones poco populares, la censura, la inversión causal (convertir la causa en efecto y viceversa) y el linchamiento público de todas aquellas personas o grupos que no piensan como ‘oficialmente’ hay que pensar.

El psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista de origen judío-alemán Erich Fromm, fue otro de los que estudió la sociedad del miedo. Según él, los sistemas autoritarios reemplazan al individuo a la hora de pensar y tomar decisiones. En otras palabras, las personas ceden su libertad a causa del miedo.

“Que la gente acepte los recortes y los vea casi necesarios se debe a una de las fuerzas más importantes que motivan al hombre: el miedo. Gobernar a base de miedo es eficacísimo”, decía José Luis Sampedro a propósito de la crisis del 2008.

“Lo que estamos viviendo ahora es un fenómeno global que afecta a todo el mundo, donde la idea de democracia debe convivir con prácticas que cuadran poco en este sistema, como el aumento del control del individuo por drones o geolocalización masiva”, señala Jorge García Marín, sociólogo, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela y miembro del Centro de Investigación de Género de dicha universidad. “De cómo salgamos de esta crisis así será el modelo de gobierno que nos espera para los próximos años, en el que, me temo, habremos renunciado a muchos de nuestros derechos y libertades”.

Para este sociólogo gallego “hay muchas cuestiones en esta crisis, que ya ha desbordado su dimensión sanitaria, que tienen que ver con la perspectiva de no controlar lo que nos está pasando, de no saber muy bien contra qué luchar y cómo defendernos, de discursos contradictorios que cambian constantemente. Por otra parte, la ciencia aparece como una correa de transmisión política. Hay una manipulación del discurso científico en beneficio de determinados fines. Y este desprestigio de la ciencia es algo que ya empezó con la post modernidad. En los años 60-70 del pasado siglo, la bomba atómica descubrió la parte perversa del progreso científico y tecnológico, probó que la ciencia no siempre estaba al servicio del bien, también podía hacer mucho mal. Y no olvidemos algo que estamos comprobando también ahora; que la información no siempre es igual a conocimiento. Está la sociedad del conocimiento y la de la información, y de momento estamos en la segunda”.

Convierte el miedo en lucha

La película de Akira Kurosawa, Los siete samuráis (1954) que, según cuentan, inspiró el western Los siete Magníficos (1960), es una lección magistral de cómo vencer el miedo. Una aldea de campesinos en el Japón del siglo XVI es repetidamente atacada y saqueada por una banda de forajidos, que tiene atemorizados a sus pobres habitantes. Aconsejados por el anciano del poblado, unos aldeanos acuden a la ciudad con el objetivo de contratar a un grupo de samuráis para protegerlos. A pesar de que el único salario es comida y techo, consiguen reclutar a un singular grupo que finalmente se dirige a la aldea y cuya principal tarea será conseguir que los habitantes del pueblo convivan con su miedo de otra manera, para que así puedan enfrentarse a sus enemigos.

“La valentía no es la ausencia de miedo sino el triunfo sobre el miedo”, decía Mandela y esta frase la suelo repetir yo en mis talleres sobre el miedo”, cuenta Marisol Delgado. “Lo primero que debemos hacer es reconocer nuestro miedo, admitirlo y delimitar, en la medida de lo posible, lo que nos produce este sentimiento (tarea que no siempre es tan fácil como parece). Al miedo se le maneja exponiéndose a él. No hay pastillas para la valentía, lo que hay que hacer es una terapia de aceptación y compromiso. Acepto lo que está pasando y no me gusta. Acepto que no tengo ningún control sobre ello pero no me resigno y me comprometo a ayudarme y a ayudar a otros. Cambiar la rumiadera (que bien podría ser el título de un reguetón) por un plan de acción y compromiso. Son sorprendentes los cambios que se producen cuando en vez de preocuparnos empezamos a ocuparnos de nosotros y de otros”, argumenta esta psicóloga.

Si lo que te produce miedo es la enfermedad; trata de mejorar tu salud: come mejor, haz ejercicio, ten rutinas saludables. Los virus son los mismos pero se comportan de forma distinta dependiendo del sistema inmunitario de cada uno y una cosa que siempre me ha sorprendido en esta pandemia es que no se hayan dado más información respecto a cómo mejorar nuestras defensas, a parte de la mascarilla y el gel hidroalcohólico. El comportamiento de otros no se puede controlar pero el propio sí. Si lo que te da miedo es la situación laboral, crea un sindicato o únete con los de tu gremio; si lo que te da miedo es acabar en la calle, ayuda a los que ya están ahí; porque la acción atenúa el sentimiento de indefensión.

Si el miedo individual se combate evitando la parálisis y poniéndose en marcha; para el colectivo, la receta es la misma. El sociólogo Jorge García Marín está a favor de que “los ciudadanos se unan, recuperen su sentido de comunidad o de grupo y propongan soluciones al margen de los gobiernos y partidos políticos, al margen de la oficialidad. El ciudadano se ha vuelto opaco, alguien que vota cada cuatro años y al que no se le vuelve a tener en cuenta hasta la próxima campaña electoral. Los políticos hacen promesas que incumplen, toman medidas y gobiernan sin molestarse en dar demasiadas explicaciones a la gente y esta situación es el caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de populismos de derecha e izquierda. Pienso que la única solución al panorama no ya nacional sino mundial, es que la gente se organice en grupos sociales de base para luchar por sus derechos y libertades. Mira lo que pasó en Chile, con este sistema han conseguido cambiar la constitución que mantenía todavía muchos puntos de la época de Pinochet. Yo tengo fe en los jóvenes, tienen muy poco que perder y mucho que ganar”.

Feliz noche de Halloween y recuerden que el miedo puede ser un amigo leal (“el miedo es mi compañero más fiel, jamás me ha engañado para irse con otra”, Woody Allen); aunque poco divertido (“el que teme sufrir, ya sufre por temor”, proverbio chino) y, desde luego, al que no le gusta escalar montañas (“nadie llegó nunca a la cumbre acompañado del miedo”, Publio Siro). Y, sobre todo, cuando uno siembra miedo debe tener muy en cuenta que puede cosechar cualquier cosa (“el hombre más peligroso es aquel que tiene miedo”, Ludwig Börne).

 

 

5+
Sin Comentarios

Deja una respuesta

Tu email no será publicado.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.