¿Censuras tus fantasías sexuales? No deberías

El sexo empieza en el cerebro. No es extraño, entonces, que la mente (el mono loco de los budistas) imagine películas porno ilógicas, sucias y políticamente incorrectas, que deberíamos aceptar sin caer en la tentación de clasificarlas.

Rita Abundancia

Foto de Anthony Tran en Unsplash

 

Es probable que durante la pasada cuarentena, una gran mayoría de la población se fuera a la cama sola y tuviera que echar mano de sus fantasías sexuales, a falta de algo más consistente. El encierro ha sido, por tanto, un buen momento para echar a volar la imaginación y conectar con esa parte ingobernable que es la que decide lo que nos pone y lo que no, y que puede ser tan oscura y surrealista como una película de Lars Von Trier.

Pero no todo el mundo mantiene buenas relaciones con sus fantasías sexuales. Algunos les tienen miedo y las amordazan, pensando que son su pequeño Mr. Hyde. Ese ser depravado y sin límites que se ríe a mandíbula batiente de nuestros principios, moral y hasta gustos, al menos, los conscientes. Pregúntenle a cualquiera sobre sus fantasías sexuales y la mayoría le contestará: hacer un trío, follar en un lugar público, con el riesgo de ser vistos, o tener una experiencia con otro individuo del mismo sexo (en caso de que sea hetero). Muy probablemente nos estén hablando, no de sus fantasías, sino de sus deseos, quedándose en la superficie y evitando profundizar, por lo que pudieran encontrarse.

Una amiga, feminista a muerte, me confesó que se sentía muy mal porque se excitaba mucho con las escenas de violación que salían en las películas. Cuanto más bestias mejor, lo que le creaba muchos problemas de conciencia, que trataba de acallar argumentando que algunos directores eran cada vez más explícitos en dichas secuencias.

Ser violada o tener sexo violento con alguien es una de las fantasías eróticas más comunes en la mayoría de las mujeres, así como ejercer la prostitución o mantener relaciones con varios hombres a la vez. Curiosamente, en el listado de las ensoñaciones eróticas de los hombres no aparecen tales imágenes. Seguramente, porque la sociedad nunca enseñó a los varones que no debían ser promiscuos, que tenían que mantenerse decentes o que el sexo de pago los llevaría directamente al infierno. Sin embargo, generaciones y generaciones de mujeres crecieron con esa espada de Damocles, en la que cualquier resbalón podía llevarlas de lleno al arroyo, del que era difícil salir. Ya lo dijo el legendario John Waters, “doy gracias a dios por haberme criado en la moral católica, donde el sexo es siempre algo sucio”.

Aunque las fantasías tienden a preferir lo poco habitual, el camino menos transitado; éste no siempre será necesariamente el de la perdición. Recuerdo un amante que tuve con el que me veía mayormente para el sexo (ya que ésta era la naturaleza de nuestra relación), y que un día me dijo: “no todo va a ser acostarse. También podríamos ir un día al cine o a tomar un helado”.

Para aliviar un poco las conciencias de los que se masturban con películas que no pasarían ni de lejos el filtro de la MPAA (Motion Picture Association of America), que en EEUU se dedica a clasificar las películas para su posterior exhibición en los cines; o los que, directamente, irían a la cárcel de hacer realidad sus fantasías, podemos echar mano de lo que dice Valérie Tasso en su Antimanual de Sexo (Temas de Hoy). “Cuando nos preguntamos: “¿Qué me apetece hacer?”, responde nuestro deseo. Cuando nos preguntamos: “¿Qué soy capaz de imaginar?”, responde nuestra fantasía. La fantasía es al deseo lo que la ropa es a como me visto. Tomemos un ejemplo: son las dos de la mañana y debo madrugar para ir al trabajo. Intento conciliar el sueño, pero la música que tiene puesta mi vecino me lo impide. Mi deseo representa a mi vecino parando la música. Mi fantasía me representa a mí misma tirando al vecino por el balcón (después, naturalmente, de que le haya metido el aparato de música y los discos de Shakira por el culo). Muy probablemente, lo que haré será llamar a su puerta y pedirle que baje la música que me impide dormir. Si, en el momento en que me dispongo a llamar a la puerta de mi vecino, algún reportero obtuso me pregunta: “¿Qué fantasía le gustaría realizar?”, le tendría que decir que ninguna, que lo que me gustaría realizar es mi deseo de que mi vecino haga que la música cese… e, inmediatamente, fantasearía con meterle a éste el micrófono por donde al otro le habrían cabido los discos. Aunque, probablemente, lo que haría sería explicarle cortésmente que las fantasías no son realizables, precisamente porque son fantasías y no deseos”.

No elegimos nuestras fantasías sexuales; más bien, ellas nos eligen a nosotros

Afortunadamente, solo en el cristianismo la imagen mental puede representar un pecado (de pensamiento, aunque también los hay de palabra, obra u omisión); pero es que, además, la mayor parte de las veces no elegimos nuestras fantasías. Más bien ellas nos eligen a nosotros y descubrimos como, de repente, el fontanero que nos viene a arreglar la cisterna, y que ni siquiera nos gusta, nos evoca una imagen erótico-pornográfica.

“Las fantasías alimentan el deseo. Son ensayos de experiencias que permiten la libertad de no tener que llevarlas a la práctica, en parte porque uno no quiere. Por lo tanto, no deberían tener censura ni normas”, afirma Francisca Molero, sexóloga, ginecóloga, directora del Instituto Iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología. “Las fantasías sexuales van muy bien para aprender, ya que el cerebro es un órgano plástico y a veces le cuesta distinguir entre realidad y ficción. No hay que poner, pues, etiquetas porque el pensamiento no es la acción y además, generalmente, están muy relacionadas con la transgresión, con lo prohibido, con lo que nos han dicho que da más placer. En cierta manera, son una forma de liberación, una forma de análisis y de terapia pero hay muchas personas que se sienten culpables si éstas no pasan por el filtro de la razón o son socialmente aceptables. Estas personas asocian el hecho de imaginar con el de querer hacer algo y, a veces, bloquean su deseo o su respuesta sexual al intentar censurar sus fantasías”, cuenta esta sexóloga.

Si me excito con estímulos poco aceptables, dejo de excitarme y asunto concluido. “En realidad se ha producido un condicionamiento de esa fantasía con la excitación. Lo que ocurre a menudo”, comenta Molero. “Recuerdo una paciente que fantaseaba con tener relaciones con hombres mucho más mayores que ella, pero como no le parecía adecuado aparcó su dimensión erótica. En éstos casos, lo que hacemos es abrir el abanico de posibilidades y experimentar con otros estímulos, tanto a nivel de fantasías como corporales”.

Entre los fantasmas eróticos que dan más miedo están: “ excitarse con gente mucho más mayor o menor, las fantasías que tienen que ver con la necrofilia, con conductas parafílicas o en las que están implicados los familiares”, cuenta Molero. Pero, como ocurre con nuestros sueños, no todo lo que soñamos es lo que nos gustaría hacer y la excitación sexual está muy lejos de ser lógica, limpia o políticamente correcta.

Como cuenta el psicoterapeuta Stanley Siegel en su libro, Your brain on Sex: How smarter sex can change your life, “lo que muchos de nosotros no reconocemos (o si hacemos, nos da un cierto temor) es que la excitación física con una pareja puede ser menos decisiva que lo que ocurre en nuestros pensamientos o fantasías privadas. De hecho, para muchos de nosotros, las imágenes, pensamientos y fantasías que ocurren en nuestra cabeza en el momento de una relación sexual son los que nos acercan más al orgasmo”.

“Se puede entender que confundir deseo con fantasía sea un enredo inocente. Pero yo creo que no”, cuenta Valérie Taso en Antimanual de sexo, y continúa. “Si no somos capaces de hacer claramente la diferencia entre lo que somos capaces de llegar a imaginar y lo que queremos hacer, es porque a alguien le interesa que confundamos uno con lo otro… y le interesa mucho. Si nuestros mecanismos de control social nos culpabilizan por lo que fantaseamos y nos hacen creer que es lo que deseamos, y vamos a ejecutar en cuanto podamos, seremos sujetos temerosos de nosotros mismos a los que podrán manejar y controlar con mucha más facilidad. Seremos elementos necesitados de grandes dosis de moralina en vena para que el ‘monstruo’ de nuestras fantasías no se apodere de nosotros y, la moralina como el miedo, nunca han sido grandes amantes del conocimiento”.

8+
Sin Comentarios

Deja una respuesta

Tu email no será publicado.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.