¿Cambio climático o manipulación del clima?

  Vaya por delante que me considero a mí misma una persona con bastante conciencia ecológica, en el polo opuesto al mastuerzo que niega el deterioro de los ecosistemas, la contaminación atmosférica o el problema de los plásticos para seguir con su comodidad y tren de vida. Digamos que, más que conciencia ecológica, término acuñado…

Rita Abundancia

Un iceberg se derrite en el mar. Gracias a Rod Long por su foto de Unsplash.

 

Vaya por delante que me considero a mí misma una persona con bastante conciencia ecológica, en el polo opuesto al mastuerzo que niega el deterioro de los ecosistemas, la contaminación atmosférica o el problema de los plásticos para seguir con su comodidad y tren de vida. Digamos que, más que conciencia ecológica, término acuñado en los últimos años que puede inducir a error, siempre he tenido claro que hay que ensuciar lo menos posible. Este verano vi en una pensión un cartel que decía: “La que limpia no está. La que está no limpia y, puesto que usted no limpia, deje todo como está”. Lema que deberíamos seguir todos en nuestro gran hostel, que es el planeta Tierra.

Para empezar, no tengo coche, ni siquiera carnet de conducir, y utilizo la bicicleta o el transporte público. Me he hecho con un filtro de agua para evitar comprar botellas de plástico; ya que, en nuestra estupidez, hemos creado un material casi indestructible para usar y tirar. Como la mayor parte de mi vida he sido periodista freelance, o sea autónoma= pobre mendicante, me he acostumbrado a una vida austera, lejos del consumismo. Recuerdo cuando, hace años, mis amigos me hacían bromas sobre mi móvil, siempre pasado de moda, que tenía que renovar. O como me instaban a que hiciera el trayecto Madrid-Vigo en avión, en vez de en autobús, porque el precio era casi el mismo (a veces, hasta menor). Entonces la ecología no era tendencia y se limitaba, única y exclusivamente, a no tirar papeles al suelo. Lo que molaba por aquellas fechas era el postureo.

Hace años que dejé de entrar en tiendas como Zara o Mango, por razones económicas, y empecé a comprar ropa de segunda mano. Jamás he puesto un pie en ningún Primark y mi precariedad (no hay mal que por bien no venga), no solo me ha mantenido alejada del normcore  (combinando prendas de diferentes estilos y épocas), sino que me ha evitado contribuir a agrandar las montañas de ropa que enviamos al Tercer Mundo o al desierto de Atacama.

Para acabar, tampoco como mucha carne. No soy vegetariana estricta pero las carnicerías no sobrevivirían con clientes como yo. Y no lo hago porque lo haya dicho Bill Gates sino porque intuyo que no debe ser muy sano comer animales que han estado sufriendo cada minuto de sus vidas, llenos de hormonas y antidepresivos, para evitar que mueran antes de tiempo.

Creo también que tratamos muy mal a la Madre Tierra y que algún día se cansará de nosotros y nos dará una patada en el culo, aunque es verdad que está teniendo mucha paciencia. ¡Quién sabe, tal vez nos haya cogido hasta cariño! Y veo también que esas pancartas que dicen: “Salvemos la Tierra, no hay planeta B”, no son sino otro signo más de nuestra estúpida arrogancia. Lo que no hay es una humanidad B, aunque muchos estén trabajando duramente en ello. Los que nos iremos a la mierda vamos a ser nosotros. La Tierra se regenerará en cuanto dejemos de molestarla; y, probablemente, mucho más rápido de lo que creemos.

Aclarado lo anterior, ciñámonos al tema de este artículo, que es el cambio climático, y que parece ser ahora el siguiente punto a tratar en la agenda mundial. Tras años de cumbres climáticas en las que, como mucho, se llegaba a convenios que muy pocos firmaban y nadie cumplía; ahora, tras la pandemia, de golpe y porrazo, nos hemos dado cuenta de que el tema es de máxima urgencia. Oigo conversaciones callejeras de personas mayores que no recuerdan, nunca, jamás, no poder dormir en verano por la calor, como les ocurre este año (¿serán finlandeses?). Al mismo tiempo, las predicciones meteorológicas de los telediarios refuerzan estas sensaciones de la población (no siempre ciertas), cambiando los colores de los soles que, a igual temperatura, han mutado del amarillo al rojo intenso en un fenómeno que ya se ha bautizado como ‘cambio cromático’.

Hay que azuzar la idea de que el clima está cambiando debido a la actividad humana, aunque no todos los científicos se atreverían a suscribir rotundamente esta teoría, porque no es fácil demostrarla y porque hay muchos factores a tener en cuenta. Lo que sí empieza a ser evidente es que hay una manipulación del clima por parte de gobiernos y altas esferas. Algo que se lleva haciendo desde hace muchos años y a la que se le ha puesto el inocente nombre de geoingeniería. Proyectos polémicos, poco transparentes, con una enorme opacidad política (sobre todo los que se hacen en China) y de los que no sabemos sus posibles consecuencias ambientales o para la población.

La manipulación del clima ya está regulada por ley. El Real Decreto Legislativo, 1/2001, de 20 de julio, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley de Aguas dice: “la fase atmosférica del ciclo hidrológico sólo podrá ser modificada artificialmente por la Administración del Estado o por aquellos a quienes ésta autorice”. La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), ya habla en su web de este afán por controlar el clima y dice: “en la actualidad más de 50 países llevan a cabo actividades sobre modificación artificial del tiempo, cuyo estado se recoge en los informes periódicos realizados por el Comité de Expertos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Estas actividades están encaminadas a: incrementar modestamente la precipitación (10-20%), reducir el tamaño del granizo y los daños ocasionados y dispersar la niebla localmente”.

En la misma web puede verse también otro artículo titulado AEMET al margen de las llamadas avionetas anti-lluvias, del 2016, donde la agencia estatal de meteorología dice no ser “competente en la investigación sobre si se realizan vuelos con el cometido de sembrar las nubes para impedir las precipitaciones y hacer que dichas nubes desaparezcan, por tanto no estamos al corriente de si se llevan a cabo dichas actividades”. AEMET se escabulle de este espinoso tema, aunque no duda en reconocer que se manipula el clima. En el apartado titulado ¿Cómo puede afectar a la salud esparcir estas sustancias en la atmosfera?, se explica: “Aunque algunas de las sustancias utilizadas, por ejemplo yoduro de plata, son tóxicas y perjudiciales para el medio ambiente, las cantidades que se utilizan en los programas sobre intensificación artificial de la lluvia son muy pequeñas (…). No obstante, y como ya se ha señalado anteriormente, la OMM en su último informe sobre el estado de la modificación artificial del tiempo, señala que se desconocen las consecuencias fortuitas de la modificación artificial del tiempo, por ejemplo, los efectos a sotavento y las repercusiones sobre el medio ambiente y la ecología, pero no pueden excluirse”.

La manipulación del clima tiene un hito histórico en el Proyecto Popeye, llevado a cabo durante la guerra de Vietnam por el ejército estadounidense. El método más utilizado para provocar la lluvia es bombardear las nubes con yoduro de plata desde tierra o bien, directamente, desde los aviones. En condiciones atmosféricas determinadas, el yoduro de plata penetra en la nube y al cristalizar forma pequeños núcleos de condensación a los que se adhieren las gotitas hasta formar otras más gruesas, capaces de precipitarse en forma de lluvia.

Como explica un artículo de El Economista, “con esta nueva arma meteorológica, el ejército de los Estados Unidos pretendía prolongar la estación del monzón sobre los territorios por los que discurría la ruta Ho Chi Minh (Vietnam, Laos y Camboya), utilizada por el gobierno de Vietnam del Norte para enviar suministros a sus fuerzas del sur y a la guerrilla del Viet Cong (Frente Nacional de Liberación). De esta forma, el aumento de días de lluvia y la cantidad de precipitaciones dejarían impracticables las rutas y, por tanto, el envío de suministros se paralizaría. Por otro lado, también dificultarían la habitabilidad de las redes de túneles que utilizaban los guerrilleros”.

Aunque el aumento de lluvia fue notable, solo se consiguió que los envíos tardasen más en llegar, pero no detenerlos, al igual que sucedía cuando se utilizaban bombardeos convencionales. En 1972 alguien filtró la existencia de esta manipulación del clima como arma de guerra a The New York Times (entonces los periódicos todavía hacían el papel de perros guardianes, y no de perritos falderos). El senado pidió informes de aquella actividad al ejército, los militares se hicieron los locos; pero, en julio de 1973, el senado emitió una resolución en la que se prohibía el uso militar de cualquier técnica de modificación ambiental o geofísica. Disposición que ratificó la ONU en 1977, en el Convenio de Modificación Ambiental.

Así que la táctica que se está utilizando ahora es sumamente perversa porque, por un lado se está modificando el clima con consecuencias desconocidas para la naturaleza, los animales y el hombre y, por otro, se está alertando del cambio climático y sus funestas consecuencias para limitar derechos, libertades y crear nuevos impuestos, que no siempre irán destinados a propósitos tan encomiables ( la ecotasa balear, por ejemplo, se ha destinado a muchos fines, entre ellos a la promoción lingüística).

Desde que el agua empezó a cotizar en bolsa, en diciembre de 2020, algunas personas, entre ellas Pilar Esquinas, experta en derecho de aguas, han denunciado el gran negocio del agua. Como grandes compañías (Aqualia, Acciona o Hidroconta) se están quedando con el control de este bien de primera necesidad. Empresas voraces, que dejarán a las proveedoras de gas o electricidad como monjitas de la caridad. Al fin de al cabo, podemos sobrevivir sin luz pero no sin H2O.

En esta fiebre por luchar contra el cambio climático, propiciada por los mismos que lo manipulan, ya hay víctimas que mueren debido a las altas temperaturas, enfermedades psíquicas causadas por el calentamiento global, la ecoansiedad, y líderes, siempre tiernas criaturas, que dan discursos en eventos organizados por la ONU. ¡De la calle a la ONU en un pispás! Greta Thunberg habló en la conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (2018), celebrada en Katowice (Polonia), pero el nuevo fichaje es Francisco Javier Vera Manzanares, un niño colombiano de 13 años (¡No se lo pierdan!), que ya ha pronunciado su primer discurso en la Semana del Clima de América Latina y el Caribe, celebrada el pasado julio en Santo Domingo (República Dominicana).

Muy pronto todos los bancos calcularán nuestra huella de carbono a través de nuestros gastos en combustible, gas y electricidad. El BBVA ya es pionero en España. ¿Calcularán también las de las grandes fortunas, las de los peces gordos con sus limusinas, coches oficiales, jets privados, súper yates, sus estancias en campos de golf en Andalucía (que imitan a los de Escocia a base de gastar mucha agua) o sus vacaciones de inverno en estaciones de esquí, con nieve gracias a la geoingeniería?

 

 

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4 Comentarios
  1. Muy interesante. Yo trabajo con operadores ecológicos desde la Xunta y este furor climático los está pillando con el paso cambiado. Ahora y para algunos consumidores ya no es tan interesante su sistema de producción sin residuod de fitosanitarios o fertilizantes inorgánicos sino como contribuyen al cambio climático o cuánto CO2 producen por litro de leche. Muchos no están preparados para competir en ese campo

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  2. Totalmente de acuerdo. La mafia encontró otro gran negocio, mejor dicho, el mejor negocio: el agua.

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