¿Cambiará la pandemia del coronavirus nuestro concepto del sexo?

La abstinencia forzosa y la imposibilidad del sexo casual durante la cuarentena pueden devolvernos a una época pre digital, en la que la carnalidad y el deseo florezcan; pero también pueden hacernos más miedosos y llevarnos a sustituir el preservativo por la pantalla en la era d.c. (después del Covid).

Rita Abundancia

Collage: Nikita

 

Pensándolo bien, pocos ámbitos de la vida estaban tan preparados para esta pandemia como la sexualidad. Teníamos ya un kit completo de supervivencia para sucesivas cuarentenas. El Satisfayer, que en la segunda mitad del año pasado se había convertido en el invento del siglo, proporcionaba orgasmos casi instantáneos, seguros y disponibles las 24 horas. Mientras las ventas del prodigioso invento no hacían más que subir y había listas de espera para hacerse con el aparato yo me preguntaba qué gracia tenía llegar tan rápido al destino sin haber disfrutado del trayecto, quién podría estar interesado en conocer el final de una película sin haberla visto desde el principio. Al parecer, miles de mujeres que habían descubierto, al fin, el verdadero placer.

Pero si ellas tenían su botón mágico, ellos contaban también con la versión masculina del juguete prodigioso. Recuerdo que la dueña de una boutique erótica me comentó alarmada que habían hecho un aparato tan bueno que los hombres ya no iban a interesarse más en el sexo opuesto o en el propio, según cada cual. Y esto no solo lo decía mi amiga, sino el propio Rocco Siffredi, la leyenda del porno, que incitaba a las ventas del Satisfayer Men declarando con voz de mafioso italiano retirado: “1.800 películas, 5.000 mujeres y mi mejor orgasmo”, al mismo tiempo que mostraba el juguete en sus manos.

Pero no solo estaban los electrodomésticos del éxtasis o las muñecas sexuales, que ya podían fingir orgasmos, el sextech (la alta tecnología aplicada al sexo) no paraba de generar ideas y materializar utopías, como me contó en una ocasión Ian Pearson, físico, matemático y futurólogo, describiendo un porvenir, a mi juicio, más terrorífico que placentero. “La gente podrá hacerse un replicante y tener (literalmente) sexo consigo mismo. La realidad virtual nos permitirá tener relaciones a distancia, Será fácil materializar la fantasía que cualquiera imagine, o fabricar la réplica de alguien que ya haya muerto; así como suspender, temporalmente, la consciencia para percibir sensaciones de otros cuerpos. Y ya puestos, ¿por qué no inventar más sexos, en vez de quedarnos solo con dos? Podemos crear nuevos géneros, fabricar genitales y dotarlos de sensibilidad erótica. Habrá orgasmos por estimulación electrónica, activando las áreas del cerebro que se encienden durante el sexo. Así, cada vez que se presione un botón se generará un clímax de 15 a 17 segundos de duración; y, gracias a lo que se conoce como active skin o electronic skin, se podrán grabar sensaciones para recrearlas después. Esta habilidad de registrar, guardar y luego reproducir sensaciones permitirá abrir bibliotecas con experiencias de todo tipo, a las que cualquiera podrá acceder”, afirmaba este experto.

Pero en este escenario futurista y orgásmico llegó el Covid 19 y mandó parar. Un virus que, sin ser de trasmisión sexual (al menos, eso es lo que se cree hasta la fecha) nos ha impuesto la más austera de las castidades. Me atrevo a aventurar que, en esta cuarentena, solo están teniendo relaciones las parejas con pocos meses de vida, que tengan la suerte de pasar el encierro juntas, y el rey de Tailandia, cuando estuvo en un hotel de lujo, en Alemania, con 20 mujeres. Las uniones de larga duración, que aparcaron el sexo hace tiempo, tiene su oportunidad de oro para retomarlo pero tengo poca fe en el género humano y apostaría a que utilizarán este confinamiento para alejarse aún más. Y de los solteros ya ni hablamos. El sexo casual ha muerto o al menos está en la UCI; ya que, como el New York City Department of Health dijo: “la única pareja segura eres tú mismo”.

Cuando lo teníamos todo en cuestión de éxtasis, lo que más echamos ahora de menos es lo del principio, la parte que no parecía tan importante, a la que solo se atrevían las ‘estrechas’. Es decir, los besos, abrazos, tocamientos, mordiscos, cachetes. De hecho, si tuviera una fábrica de juguetes eróticos me pondría ya a diseñar besadores, abrazadores y tocadores. Ya que, como Bill Gates predijo en 2015, los virus, pandemias y cuarentenas serán frecuentes en el futuro próximo. El otro día una amiga soltera y sin compromiso me contaba como dejar temporalmente su trabajo le había supuesto, en un primer momento, “un gran alivio, seguido de un incremento considerable de la libido. Debo ser de esas mujeres hechas para tiempos difíciles, que se crecen ante el peligro o que buscan echar un último polvo antes de morir; pero ahora cambiaría el más potente de mis vibradores por un camionero tosco pero con cuerpo, manos, labios y hasta dientes”.

Cambio Satisfayer por amante inexperto (negativo en el test del Covid 19)

Lo que mi amiga echa de menos es la corporeidad en momentos de empacho digital.

“Para que una persona tenga un equilibrio tiene que mantener en funcionamiento sus partes cognitiva, emocional y sensorial. El deseo nos entra por los cinco sentidos y ahora que estamos privados del tacto, del olfato (de otro cuerpo) y hasta del gusto (saborear al otro/a) es cuando reparamos en la importancia de esta dimensión sensorial, que los sexólogos utilizamos como una poderosa herramienta”, cuenta Francisca Molero, sexóloga, ginecóloga, directora del Instituto Iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología.

“Somos seres sociales y sexuales y esta privación de compartir nuestra dimensión corporal, no hace sino subrayar la innata necesidad de la comunicación erótica: compartir la piel, las sensaciones corporales. Esa intimidad vinculada a los sentidos”, señala Molero.

El capitalismo, también presente en el sexo, y que busca sumar contactos, experiencias, practicas, muescas en el revolver; empieza a tambalearse, como el económico, sin tener muy claro qué le sustituirá. “Devuélvanme mi vida de mierda”, gritaba alguien asomado a un balcón en un chiste que alguien subió a Facebook. ¿Está la gente deseando que pase el encierro para volver a sumergirse en Tinder y buscar pareja? Yo más bien propondría que se volviera a ligar en los bares, al modo de antes, y que abandonáramos nuestros altos estándares o prejuicios para saborear el mundo carnal, en tres dimensiones, pues parece que cada vez será un plato más difícil de cocinar.

Claro que todo esto tiene que ver con el papel que desempeña la sexualidad para cada uno de nosotros, y que no es igual para todos. Con el sexo pasa como con el trabajo. Este último puede servir para ganar dinero, para anestesiar la existencia, para realizarse o para explorar los talentos que la vida nos ha dado. La dimensión sexual puede también interpretarse de muchas maneras: como válvula de escape, como simple divertimento, como el juego de la edad adulta, como un barómetro de nuestra valía… Todas perfectamente legítimas, pero si hubiera que elegir solo una de ellas, yo me quedaría con la que exponía el psicólogo Noam Shancer en un artículo de Psychology Today titulado Why do we have sex?  Según Shancer, el fin último del sexo no está, desde luego en reproducirse, ni siquiera en la obtención del placer físico sino en la presencia y conducta de otros. Noam cita al sociólogo americano, Randal Collins, y su teoría según la cual “la sexualidad humana solo puede ser enteramente comprendida en un contexto social”, y más adelante continúa, “el deseo sexual es un ritual interactivo que sigue unas reglas (…)” “los participantes comparten una profunda emoción, en este caso la excitación sexual, y construyen una definición clara de “nosotros” y “ellos”. En los últimos párrafos de su artículo, Shancer argumenta: “La interacción carga los cuerpos con placer sexual. El placer no proviene de la estimulación de los genitales o de la posibilidad de concebir al próximo Bill Gates. En su sentido más fundamental, el placer sexual viene de la sincronizada cooperación entre las personas”.

Es probable que el miedo que acompaña a este estado de excepción, también sexual, deje en algunos, ya bastante hipocondríacos, sus efectos colaterales. “Muchos tendrán un comportamiento evitatorio de las relaciones presenciales durante un largo rato, y habrá esa contradicción entre las ganas del contacto físico y el temor al contagio”, cuenta Molero, “que será algo distinto a lo que pasó con el Sida. Por entonces convivían el miedo a contraer la enfermedad  y las ganas de tener sexo; pero yo creo que el Covid 19 ha desatado más bien una necesidad del contacto físico, más allá del placer orgásmico. Pero, también habrá otro grupo de personas que trate de rentabilizar el tiempo perdido y el deseo puede verse beneficiado por este ayuno involuntario”.

Por el momento, la reclusión forzosa está haciendo que muchas parejas, sometidas a la convivencia incesante, empiecen a acusar los efectos del confinamiento, lo que puede dar trabajo a sexólogos y terapeutas de pareja. “El encierro crea muchos roces, la proximidad nos hace ver los defectos del otro y la ola de pesimismo nos lleva a pensar en negativo. ¿Vale la pena seguir con la otra persona? Por otro lado, también hay parejas que intentan aprovechar el encierro para tener más horas de sexo, opinión no siempre compartida por los miembros de la unión y que puede agobiar a algunos”, cuenta Molero.

El otro día Dani Salvá decía en Facebook “no se me ocurre nada más neoliberal y, al mismo tiempo, más comunista que el Covid 19”. Pues bien, este virus librepensador ya ha hecho que muchos/as, en principio contrarios a esta práctica, se lancen al sexo virtual como único remedio para sus apetitos; ha redimido al porno, que ahora se perfila como una alternativa perfectamente comprensible para el sexo seguro; nos ha hecho añorar un poco de merengue y romance en las relaciones, sin temor a ser cursis o incluso con él; ha puesto a los preliminares (besos, caricias y tocamientos) en su justo y merecido lugar y ha forzado a muchos, habituados a la pornografía, a tener que echar mano de la imaginación cuando ejercen el noble arte de la masturbación. Pienso sobre todo en esos adolescentes, conviviendo en un piso pequeño, con sus padres cerca y encerrándose en el baño, mientras la madre aporrea la puerta preguntando ¿pero qué haces ahí tanto tiempo?

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1 Comentario
  1. Pienso que en definitiva el instinto vencerá a la razón , porque de nada vale una vida larga sin contenido, sin el gozo del contacto con otro cuerpo, sin el regocijo sutil de una caricia, sin la redención de un dulce beso, o de aquel pasional que te subleva… Ser o no ser.

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