Algo en lo que creer

Como soy gallega, llevo incorporado en mi ADN una cierta tolerancia a la fantasía, a lo inexplicable, a lo misterioso y sobrernatural. Crecí en un mundo en el que las personas podían encontrarse con A Santa Compaña; algunas, cuando se sentían mal, iban al curandero y otras creían en las brujas (¡haberlas haylas!). Luego, ya…

Rita Abundancia

Foto de Aman Schrestha en Unsplash

Como soy gallega, llevo incorporado en mi ADN una cierta tolerancia a la fantasía, a lo inexplicable, a lo misterioso y sobrernatural. Crecí en un mundo en el que las personas podían encontrarse con A Santa Compaña; algunas, cuando se sentían mal, iban al curandero y otras creían en las brujas (¡haberlas haylas!). Luego, ya de más mayor, comprobé como en Galicia los muertos también podían votar en las elecciones (algunos más de una vez), si era necesario para llegar a la mayoría absoluta, como recuerda este artículo de La Voz de Galicia.

Así que, como comprenderán, el hecho de que la gente se lance a creer las cosas más rocambolescas en tiempos tumultuosos no me escandaliza y, aunque no las comparta, desde un punto de vista sociológico es entendible, porque la gente necesita algo en lo qué creer. Hace ya tiempo que la sociedad, la política, la justicia, el trabajo, la educación, los bancos, las relaciones, el amor, incluso la cultura, nos han defraudado una y mil veces y, por lo tanto, estas deben ser reemplazadas por nuevas creencias. A las personas despechadas, frustradas, cansadas y con un negro futuro es fácil convencerlas dedicándoles un poquito de atención. Principio que conocen de sobra las sectas y los credos que han florecido en los últimos años alimentándose de pobreza, miedo, incertidumbre e ignorancia. ¿Cómo los evangelistas crecieron tanto en el país de la samba y la alegría de vivir e impulsaron a Bolsonaro al poder? Pregunten en las favelas, pregunten a la gente que tenía que trabajar tanto para seguir siendo tan pobre que ya no le quedaban horas para sambar, ni para ir a la playa, ni para escuchar bossa nova los domingos en casa, tomándose una cachaça.

Cuando ya nada tiene sentido, cualquier nueva teoría puede ser atractiva. El otro día una señora, que por su apariencia estaba lejos de ser una potencial cliente de Loewe, me dijo que su nieto, de seis años, venía de las estrellas. Que era de esos niños índigo, especiales, que lo sabía todo y que en las estrellas había hamacas y caballos de colores. Lejos de hacerla entrar en razón me dio pena. Más que a una loca, vi a una abuela que deseaba para su nieto un brillante futuro y se había creído ese cuento porque no quería ver la realidad que seguramente le espera. Un trabajo basura durante toda su vida, en el mejor de los casos.

Los youtubers y los influencers son personas que dejaron de confiar en el trabajo. Se dieron cuenta de que jamás llegarían a nada en empresas o redacciones de periódicos o revistas y empezaron a creer en el poder de Internet, que es algo así como la fiebre del oro. Unos pocos pueden hacerse ricos y la mayoría fracasan o lo dejan después de algún tiempo.

En algo hay que creer y, en tiempos de pandemia, los hay que creen en los Illuminati y los hay, tan ingenuos como los primeros, que creen en la bondad de las farmacéuticas, en la transparencia de los políticos y en la independencia de los medios de comunicación, empeñados últimamente en emular al túnel del terror.  A algo hay que aferrarse y cada uno elige lo que más le gusta, porque lo difícil es no asirse a nada, ya que hay que tener los pies muy plantados en el suelo para que la fuerza centrípeta de esta realidad desbocada no te lance al vacío.

Aunque nos creamos muy racionales y científicos, gran parte de nuestro comportamiento se rige por impulsos alejados de la lógica. Y lo mismo le ocurre a nuestras culturas. No olvidemos que hay dos creencias, sin ningún rigor científico, que permanecen desde hace mucho tiempo en nuestra sociedad y que, sin embargo, pocas personas cuestionan a pesar de su cercanía con lo inexplicable: la religión y la monarquía.

Sin ánimo de criticar la dimensión espiritual o divina, presente en la naturaleza y en todos los seres vivos (según mi humilde opinión); las religiones, con ese afán de monetizar este impulso, ofrecen teorías muy precisas donde la imaginación corre a raudales. A saber, un señor al que llamamos dios, tiene el poder de estar en todas partes y saberlo todo, sin GPS ni apps que valgan. Nació de una mujer virgen y resucitó de entre los muertos. Y asegura que en el fin del mundo vendrá, hará un juicio final a todos y los cuerpos de los fallecidos recobrarán la vida (esto de la resurrección de la carne, me daba mucho miedo de pequeña). Pues bien, los partidarios de esta ideología, tan poco científica, llevan siglos adoctrinando a nuestros hijos en las escuelas y han tenido y tienen un papel muy importante en nuestra sociedad. Tanto, que los subvencionamos y los eximimos de pagar impuestos. La misma institución que quemó a cientos de mujeres por considerarlas brujas, que torturó herejes y que violó a miles de niños y niñas en todo el mundo. A día de hoy, ningún gobierno en España se ha atrevido a quitarle los privilegios a la Iglesia, la primera tierracentrista de la historia (que le pregunten a Galileo).

Con la monarquía no me extenderé mucho, los hay que están dispuestos a hacer todo tipo de recortes, menos dejar de pagarle dinero a una familia con un claro historial delictivo. Creer en la monarquía, a día de hoy, es totalmente anacrónico, pero meterse con ella puede traer graves consecuencias, como saben algunos raperos, ya que cuenta todavía con una legión de incondicionales que, cuando ven las recientes andanzas del emérito solo aciertan a gritar ¡Viva el rey!

La teoría del pensamiento motivado, de la psicóloga Ziva Kunda, dice que las personas llegan a las conclusiones a las que quieren llegar. No nos dejamos llevar por la razón o la empírica sino por nuestras creencias, que sirven como filtro de la realidad hasta llegar a la hipótesis que más nos conviene. La verdad puede ser a veces tan dolorosa, ser un golpe tan fuerte, que la mayoría prefiere doparse con la ideología que tenga más a mano.

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