La vegetófila que quiere rejuvenecer la botánica

Aina S. Erice: “Habría que tratar a los árboles como a posibles votantes”

Esta bióloga de formación y escritora y divulgadora de vocación pretende renovar la botánica, hacer que las plantas sean tending topic y volvernos a conducir, de forma divertida, al camino verde, del que nunca debimos haber salido.

Rita Abundancia

Aina S. Erice, bióloga que se define a sí misma como vegetófila.

 

Si es usted de los que tras el confinamiento, cuando ha salido a la calle, ésta le ha parecido asilvestrada, sucia, llena de hojas y malas hierbas e, incluso, ha llamado al ayuntamiento para quejarse y denunciar la invasión vegetal que debe ser sometida de inmediato, quizás este artículo no le interese. Para ganar tiempo, le aconsejo que abandone la lectura y se dedique a otras aficiones.

Si por el contrario, usted es de los que celebran este ajunglamiento de las urbes, de los que creen que es de justicia que las hierbas también utilicen las aceras, de los que se paran en su camino al trabajo (aunque vayan con el tiempo justo) para admirar el teatro de sombras que ofrece el sol cuando se filtra entre las hojas nuevas de los árboles, o de los que catalogarían como ‘poema’ a un suelo alfombrado de flores lilas bajo una jacaranda, en el mes de mayo, entonces siga con el artículo. Como dicen los anuncios, creo poder prometer que su satisfacción está garantizada, porque es muy probable que, sin saberlo, sea usted vegetófilo. Pero tranquilo, que la cosa no es grave.

Conocí de la existencia de Aina S. Erice (35 años, Palma de Mallorca), bióloga, cuando vi en Verne (El País) un artículo que hablaba de esas plantas rebeldes que habían tomado la ciudad aprovechando nuestro confinamiento, al igual que las manadas de jabalíes, pavos reales, ciervos o patos que se paseaban por el asfalto, sintiéndose seguros sin la presencia humana. ¡Qué tristeza pensar que nuestra actividad diaria perjudica tanto al reino animal y vegetal! En su artículo, Aina instaba a los lectores a que les enviaran fotos de plantas para identificarlas.

Internándome en su página web descubrí que esta bióloga, escritora y conferenciante  centra sus esfuerzos en la etnobotánica, la relación entre humanos y plantas. Aina no solo tiene un especial talento para la escritura sino que cuenta con la habilidad de relacionar el mundo de las plantas con casi cualquier cosa: historia, antropología, mitología, artes, ciencias, filosofía, poesía, literatura, lingüística.

Como la zarza, su mente prolífica produce libros (de momento tres, de los que ya hablaremos), artículos, charlas, conferencias, programas de televisión y podcast. Siempre por el camino verde y con la consigna de que la clorofila te acompañe.

Se define como ‘vegetofila’. Explíquenos un poco el término

Es una palabra que me inventé. Un vegetófilo es una persona que tiene una curiosidad, un cariño, una cierta tendencia a mirar a las plantas e interesarse por ellas, desde el sentido más amplio posible. Es decir, relacionando humanidad con mundo vegetal. Es esa curiosidad amorosa que nos llevan a relacionarnos con ellas de una forma más consciente. Empíricamente, no hay persona que haya entrado en un bosque o en un lugar lleno de plantas y no haya notado cierta conexión, algo que te enraíza y te aporta algo. Seguro que si alguien quisiera estudiar de manera científica este fenómeno podría encontrar, por ejemplo, que los compuestos volátiles que las plantas emiten de manera sutil interactúan con nosotros y, al respirarlos, nos bajan la presión sanguínea. Más allá de eso. no creo que haga falta explicarlo para notarlo. Es un efecto real. De hecho, se sabe que los humanos somos biofílicos, tenemos una tendencia a relacionarnos y buscar entornos naturales y eso redunda en un beneficio psicológico. Pocas cosas más terapéuticas que tener un huerto.

El confinamiento nos ha servido para constatar el enorme poder de regeneración de la naturaleza. Cómo el mar, los animales y la vegetación han agradecido tanto el parón de la actividad humana. ¿Qué deberíamos aprender de esto?

Una de las cosas que a mí me gustaría es reconectar con el sentido de maravilla que tienes cuando eres pequeño, cuando ves la fuerza incontenible de una planta que es capaz de romper el asfalto. Simplemente te paras delante y la admiras. Y esto también debería provocarnos un cierto sentimiento de humildad. Creo que debería ser un antídoto a esa idea que hemos desarrollado los humanos de ser imprescindibles, de que las cosas no pueden funcionar si no estamos encima gestionándolas. Pues bien, muchas cosas se las apañan mejor sin nosotros.

Pero también es verdad que es muy fácil volver al estado anterior. Ayer mi padre me mando un artículo del Diario de Mallorca que se titulaba Los hierbajos se apoderan del centro de Palma. Hablaba de como a muchos les incomodan las plantas silvestres en las ciudades. Ven que la naturaleza está invadiendo espacios sin nuestro permiso y eso, a algunos, les sienta mal, les angustia.

Afortunadamente, eso no es algo que esté codificado biológicamente en nosotros. Es cultural y, por tanto, hay esperanza en poder cambiar ese chip. El término ‘mala hierba’ es una categoría cultural con una potencia enorme y que se ha forjado a lo largo de siglos en las sociedades agropastorales. Mala hierba es la que no te sirve, la que crece donde nosotros no queremos. Una hierba rebelde y con autonomía, y eso nos molesta.

Las jacarandas florecen en mayo y alfombran el suelo con sus flores lilas.

 

En su primer libro, La invención del reino vegetal (Ariel, 2015), habla de la relación entre el ser humano y las plantas a lo largo de la historia. Me temo que esa relación, a día de hoy, está muy descuidada; cuando todos conocemos el último modelo de iPhone pero no sabemos el nombre del árbol que tenemos frente a casa.

Sí, cierto, pero estamos en un momento interesante. Por una parte hay muchas personas viven inmersos en esta ilusión de que las plantas son solo muebles decorativos y que nos hemos independizado del mundo vegetal. Tenemos la idea de que somos los dueños y señores de los entornos que habitamos, que somos capaces de controlarlos y gestionarlos.

Esta postura no es sino la progresión lógica de nuestra historia como humanos, en la cual hemos estado luchando constantemente con ese sentimiento de incertidumbre e indefensión frente a la naturaleza (sequías, lluvias torrenciales, malas cosechas). Para un campesino del 1.500 la visión de vivir en una sociedad como la actual, con un supermercado donde hay de todo sería el paraíso.

A día de hoy, buena parte de la población no es consciente de lo tupidas que son las interrelaciones y la dependencia con el mundo natural. Antes era evidente, porque sabían que si el campo de trigo no daba frutos se morían. En cambio ahora depende de la educación y la sensibilización que se les dé a las nuevas generaciones, porque hemos creado la ilusión de que las plantas son irrelevantes y de que conocerlas no marca ninguna diferencia en nuestras vidas.

En cierto modo es un momento muy interesante para decidir. A partir de aquí, ¿hacia dónde tiramos? Antes nuestras abuelas generaban muy pocos residuos, todo se aprovechaba pero ellas no lo hacían de forma consciente, por espíritu ecológico. Las economías circulares lo eran por necesidad. Ahora nos encontramos en la tesitura de tener que elegir, y ahora ya conocemos las consecuencias de tirar muchos residuos y de este desarrollo insostenible. Pero tenemos en contra un fenómeno evolutivo que nos lo pone difícil. El cerebro estaba acostumbrado a efectos inmediatos. Si hay peligro, corro y me salvo; pero si el mar está contaminado, aunque deje de echar plásticos lo seguirá estando durante mucho tiempo. Es necesaria una visión a largo plazo y otra conciencia para adoptar maneras y hábitos que hagan emerger futuros deseables.

¿Cómo se puede concienciar, entonces, a la gente del momento tan decisivo que estamos viviendo, para que elijan correctamente?

No existe una sola receta, creo que debe haber también una biodiversidad amplia de soluciones y proyectos que pueden trabajar en sinergia, porque raramente hay una fórmula que sea aplicable a todo el mundo. A mí me gustaría trabajar desde la educación, en la idea de que necesitamos hacer y tomar decisiones desligadas de efectos que podamos ver. Hay un proverbio que dice: “una sociedad crece bien cuando las personas plantan árboles, aun sabiendo que nunca disfrutarán de su sombra”. Tener fe de que lo que hagas puede cambiar las cosas, aunque no puedas verlo, ni mañana, ni dentro de un mes, ni de un año o, tal vez, nunca. Y ser capaz de concienciar y trasmitir esa emergencia en problemas como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad.

Por otra parte, habría que fomentar ese pensamiento de interrelación. En los campos del saber hay parcelas, silos (los matemáticos, los físicos, los médicos) y cada uno profundiza mucho en su campo pero hay poca interrelación entre los distintos saberes. Que esa especialización necesaria no nos impida salir y echar una mirada alrededor. El reino vegetal es un maravilloso conector y permite enhebrar muchos campos del saber. Creo que esa apertura de miras no solo es interesante sino necesaria, porque la mayor parte de las soluciones a muchos problemas vendrán de esa interrelación.

Con motivo del cororonavirus, algunos de sus colegas nos explicaron como la pérdida de biodiversidad, que actúa como una especie de barrera protectora, facilita el salto de virus y bacterias de animales a humanos.

En general, los humanos tenemos tendencia a reducir los ecosistemas a su mínima expresión. Véanse los monocultivos. Para mantenerlos hay que invertir mucho esfuerzo, pesticidas y demás, porque los monocultivos no son sistemas estables. Cuanto más diverso es un ecosistema, más sostenible es.

La zoonosis (enfermedades propias de animales que, incidentalmente, saltan a los humanos) empezó en la historia de la humanidad cuando pasamos de cazadores-recolectores a agricultores-ganaderos, y empezamos a convivir con animales domésticos. No es casualidad que la probabilidad de que un virus o bacteria salte a los humanos sea más alta en lugares muy densamente poblados y con su biodiversidad dañada, como China que, por otra parte, no tiene muchos tapujos en aplicar la etiqueta de ‘comida’ a muchas cosas diferentes.

El último libro publicado de esta bióloga.

 

¿Las plantas nos escuchan, nos echan de menos?

La ciencia nos dice que las plantas pueden detectar sonidos. Sabemos que las raíces crecen en dirección a una fuente de sonido cuya frecuencia coincidiría con el sonido del agua que corre. Hace relativamente poco, otro estudio sacó a la luz que las plantas pueden detectar el sonido que hace un insecto al comerse una hoja y que, por tanto, esto les permite aumentar las defensas en esa parte de la hoja.

Pero todavía hay mucho que aprender sobre el mundo vegetal. Éste ha evolucionado conforme a un modelo contrario al nuestro. Nosotros hemos tenido tendencia a concentrar las funciones en órganos. Eso es bueno para un ser vivo que se mueve y está animado, aunque si se le corta una función o un órgano, esa función está comprometida y, si es lo suficientemente importante, se muere. Las plantas no se mueven y no pueden permitirse eso. Ellas tienen una estructura descentralizada, una estructura modular en la que cada trocito conserva todas las funciones de la planta. Hay seres que concentran funciones y seres que descentralizan funciones. Una estructura descentralizada es tremendamente resiliente y tiene un poder de permanencia en el lugar mucho mayor. De hecho, muchas de las nuevas tecnologías copian este modelo. Internet, por ejemplo, tiene esta estructura vegetal, ya que no podría depender de un solo servidor. Muchas soluciones a los problemas del mundo pasan por esta naturaleza modular.

¿Cómo cree que las modernas ciudades deberían contemplar esta relación humano-mundo vegetal?, porque no se trata solo de tener más espacios verdes.

Me gustaría una ciudad que diera un papel más relevante al verde, pero no solo desde el punto de vista tecnocrático, desde la administración. Falta también la educación ciudadana para cambiar el chip. Por ejemplo, no a todo el mundo le gustan las jacarandas. Hay gente que piensa que los árboles ensucian. Y luego están las personas que critican intervenciones en el verde urbano sin tener muchos juicios, por ejemplo con las podas. No hay consenso en cuanto a qué tipo de verde queremos y si lo queremos muy gestionado o no. Tendríamos muchísimo que aprender de países como Japón. Me llamó mucho la atención la gestión urbana del verde en Tokio. Cuando paseas por las calles de Tokio o Kioto existe una ética del cuidado y la relación con el verde muy gestionada. No solo se limitan a plantar los árboles, los cuidan mucho y están muy sanos, perfectamente podados y mantenidos.

Aquí mucha gente se enfada cuando los árboles levantan el asfalto, pero nos vemos que lo que hacen es buscar sitio porque el subsuelo está ya muy cementado. Me gustaría ver ciudades que trataran a los árboles como ciudadanos capaces de votar. Entonces, muy probablemente, nos preocuparíamos más de sus necesidades.

¿Cree que, en general, los huertos urbanos públicos están bien gestionados?

No hay persona que no sea consciente de la diferencia en tu calidad de vida de tener acceso a un jardín o no; especialmente, después de la cuarentena. De su efecto psicológico sobre el bienestar de las personas. El huerto no solo te aporta algo material, que te comes, sino que gestionados de manera comunal crean relaciones sociales, lazos. Y no te relacionas igual en un bar que en un jardín.

Ahora, si hablamos de huertos donde se van a cultivar vegetales comestibles, yo haría antes un estudio del subsuelo para ver si se filtran aguas residuales o tóxicos. Hay plantas que son excelentes bioacumuladores y retienen todas las sustancias del terreno.

Con tan solo 35 años cuenta ya con tres libros. Háblenos un poco de los otros dos

Sí, empecé pronto. Al acabar la carrera me embarqué en un proyecto literario guiado por José Antonio Marina, filósofo toledano que trabaja en Madrid y amigo de la familia, que me comentó si quería colaborar con él en un libro. Su idea era que tratara sobre cómo se ha relacionado la inteligencia humana con las plantas. Nos embarcamos en este proyecto pero, como al final yo hice toda la investigación y tenía una manera muy personal de plasmarla en palabras, José Antonio se limitó a hacer de productor literario. Esa fue mi primera obra, La invención del reino vegetal.

El segundo, Cuentame sésamo (A fin de cuentos, 2018), es un libro ilustrado infantil que trata de reescribir los cuentos de hadas, en los que hay montañas de referencias a las plantas. Hay nueve cuentos donde se han cogido las versiones originales, las más antiguas, y  éstos tienen otras historias paralelas, de cómo terminó ese vegetal en la narración. Por ejemplo, en el caso de Blancanieves  es la manzana; en Los tres cerditos, la paja; en La bella durmiente, el lino de la rueca o en Caperucita roja, los tintes. En este caso la granza, para obtener el color rojo.

El libro de las plantas olvidadas (Ariel, 2019), es un herbario que contempla todos los aspectos de la planta: usos comestibles, medicinales, alimenticios, para hacer tejidos o perfumes, ritos, creencias, aspecto cultural, simbólico, metafórico, imaginario… Durante la redacción de este libro acumulé tanta información que fue cuando me vino la idea de hacer el podcast. Hago audios por Internet en una sección que llamo La senda de las plantas perdidas.

Malva silvestre en una acera urbana.

 

En uno de los post de su blog habla sobre cómo se va perdiendo el vocabulario sobre las plantas. La piel de melocotón se llama cotón, que no creo que conozca casi nadie; pero lo peor es que el corrector de su ordenador no reconocía la palabra ‘encinar’.

Desde hace cuatro años comparto en redes lo que yo llamo palabras vegetófilas. Palabras que nombran alguna realidad vegetal, de extracción agrícola o científica, pero todas tienen que ver con las plantas. Como corimbo (inflorescencia en la que las flores se sitúan más o menos al mismo nivel, aun naciendo a diferentes alturas del pedúnculo) fenda (raja radial en el tronco de un árbol) o brincia (telilla que recubre las capas de la cebolla). Me maravilla ver el corpus lingüístico que se ha desarrollado entorno al mundo vegetal porque te da pistas de las cosas a las que hay que prestarle atención. Me parece importante recuperar y dar relevancia a estas realidades y, una manera de hacerlo es con las palabras. Es verdad que algunas describen labores que ya no hacemos pero se les puede dar un uso metafórico. El lenguaje está lleno de ellas, como ‘sembrar cizaña’, o ‘estar en ciernes’, la cierna es una parte de la flor del trigo o del centeno.

¿No cree que habría que rejuvenecer el papel del botánico y ponerlo al día, hacerlo más atractivo?

Cuando se estrenó la película Marte (2015), el protagonista, interpretado por Matt Damion, es un botánico. Entonces hubo muchos que en las redes sociales salían con una camiseta que decía ‘soy botánico’, ¡jajaja!.

Pero si, hay que divulgar y sembrar semillas de curiosidad para que la gente se acerque a las plantas de manera distinta. Hay espacio para los taxónomos (los que se dedican a clasificar a los diferentes seres vivos) casposos y los guays. La botánica necesita voces que trasmitan la importancia, lo crucial que es relacionarnos, conocer, investigar y hablar de los vegetales. La botánica debe tomar consciencia de su importancia social y su papel para llevarnos a ese futuro deseado.

 

8+
2 Comentarios
  1. Totalmente de acuerdo en todo es lo mismo cuando se dice las alimañas. Te descubrí al año pasado en la radio y ya he leído tus tres libros a incluso regalado.
    Espero con ganas uno nuevo.
    Soy maestra jubilada pero me considero naturalista sobre todo ornitóloga y no sabes la profunda tristeza que me da ver la ignorancia
    y la falta de interés en la gente joven.
    En fin me encantas!!
    Besos
    Carmen Serralle

    0

Deja una respuesta

Tu email no será publicado.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.