Actualizando el concepto de libertad

  Las palabras son tan importantes, tienen tanta influencia a la hora de crear nuestras ideas, pensamientos y hasta realidades que el poder siempre ha dedicado grandes esfuerzos para controlarlas a su favor. En la construcción de cualquier dictadura o régimen autoritario siempre hay un momento en el que se reinventa el significado de las…

Rita Abundancia

Foto de Dj Paine para Unsplash.

 

Las palabras son tan importantes, tienen tanta influencia a la hora de crear nuestras ideas, pensamientos y hasta realidades que el poder siempre ha dedicado grandes esfuerzos para controlarlas a su favor. En la construcción de cualquier dictadura o régimen autoritario siempre hay un momento en el que se reinventa el significado de las palabras, se les da otro sentido o se le añaden o quitan cualidades, con el fin de que la gente olvide pronto su antiguo concepto para asimilar el nuevo.

En el año 2013, la OMS cambió los criterios para declarar una pandemia y, claro, cambiando la definición, cambian también las reglas. Orwell lo contaba muy bien en su libro, Rebelión en la Granja, cuando los cerdos, los encargados de guiar a los demás animales, empezaban a modificar las normas. Por supuesto, sin el consentimiento del resto del grupo. “Días después, cuando ya había desaparecido el terror producido por las ejecuciones, algunos animales recordaron (o creyeron recordar) que el sexto mandamiento decretaba: “Ningún animal matará a otro animal”. Y aunque nadie quiso mencionarlo al oído de los cerdos o de los perros, se tenía la sensación de que las matanzas que habían tenido lugar no concordaban con aquello. Clover pidió a Benjamín que le leyera el sexto mandamiento, y cuando Benjamín, como de costumbre, dijo que se negaba a entrometerse en esos asuntos, ella instó a Muriel a que lo hiciera. Muriel le leyó el mandamiento. Decía así: “Ningún animal matará a otro animal SIN MOTIVO”. Por una razón u otra, las dos últimas palabras se les habían ido de la memoria a los animales. Pero comprobaron que el mandamiento no fue violado; porque, evidentemente, hubo motivo sobrado para matar a los traidores que se coaligaron con Snowball”.

No sé a ustedes, pero a mi la realidad que estamos viviendo me recuerda cada vez más a este párrafo de la obra de Orwell. Cada día aparecen mandatos, normas y reglas sacadas de la manga, dictadas por invisibles comités de expertos, que contradicen no solo la lógica, sino las leyes fundamentales y constitucionales de los países. El salvoconducto necesario para entrar en restaurantes, bares, cines o gimnasios es la expresión más clara de esta tónica. Viola un montón de normas: el artículo 14 y 18 de la Constitución Española, la ley de La Autonomía del Paciente, La Ley de Protección de Datos o El Código de Nuremberg, entre otras. Sin mencionar que, a estas alturas del partido, ya todos hemos comprobado de sobra que pinchados y no pinchados se contagian y contagian por igual. ¿Qué sentido tiene entonces este pase?

El propósito ya lo dijo Susana Griso a toda España: “hacerle la vida imposible a los no vacunados”. Y lo corroboró la semana pasada Macrón, con más contundencia todavía, diciendo que “tiene ganas de joder a los no vacunados”. En este proceso de reinventar la realidad a través del lenguaje, no descarten que, en poco tiempo, el lema del país galo pueda cambiar de “liberté, égalité, fraternité” a “vacuneté et pasaporté, o jodeté”. Pero ha sido Justín Trudeau, quien ha puesto la guinda a este monumento al odio, el autoritarismo y la furia, al declarar en el Foro Económico Mundial, sin despeinarse, lo siguiente: “Independientemente del hecho de que estemos atacando o limitando sus derechos fundamentales, y la Constitución dice que esto es incorrecto, vamos a seguir haciéndolo. Básicamente, es una salida que permite que la mayoría anule los derechos fundamentales de una minoría”. Vayan apuntándose, pues, la nueva regla que el mandatario canadiense anticipa, en primicia, al mundo. La mayoría puede acabar con los derechos de las minorías, saltándose la constitución y lo que haga falta. ¡Por mis huevos!

Pero en medio de esta epidemia de demolición de derechos fundamentales, es especialmente curiosa la redefinición del significado de la palabra libertad. Término etéreo donde los haya, por eso los ‘cerdos’ de Orwell y sus esbirros, los ‘perros’, van perfilando el concepto de esta palabra en base a lo que no es, que siempre resulta más sencillo. La libertad no es poder ir de cañas, la libertad no es ir al cine, la libertad no es rehusar participar en un experimento a nivel mundial sin que nadie se haga responsable de los efectos, la libertad no es negarse a dar los datos médicos a un camarero, la libertad no es salir a la calle cuando el gobierno lo impide, la libertad no es viajar, la libertad no es ir a bailar a una discoteca, la libertad no es poder ver a los padres o abuelos cuando uno quiera, la libertad no es negarse a seguir unas absurdas normas. ¿Qué es entonces la libertad?

Nunca hemos sido muy libres pero hasta ahora uno podía hacer lo que quisiera, y le permitiera su dinero, siempre y cuando no fuera ilegal. A partir de ahora, el estado nos irá diciendo, paulatinamente, lo que podemos o no podemos hacer. Una diferencia sustancial porque pasamos de estar en un buffet donde uno come lo que le apetece, y puede pagar, a estar en un comedor social donde alguien viene y te llena el plato con lo que haya. Y, si te portas mal, primero te quitan el postre, luego la comida entera y así van añadiendo castigos en función de la gravedad de la falta. ¿Creen que exagero o que me quedo corta a juzgar por las intenciones autoritarias que ya, sin ningún pudor, los mandatarios del mundo gritan a los cuatro vientos?

Pero claro, me olvido de que estamos en una situación de crisis y que, pasada esta, todo volverá a la normalidad. La antigua o la nueva. ¡Ya da igual! Apostaría a que ni Anne Igartiburu tras beber dos botellas de Moët & Chandon se lo creería de veras. El otro día asistí a una conversación en el súper, entre una señora y la cajera. La primera decía: “Ya me he puesto la tercera, pero me parece que en la cuarta no me pillan”. A lo que la empleada le contestaba, con resignación cristiana: “Hacen con nosotros lo que quieren. Nos tratan como a cobayas”.

Toda palabra que se precie debe tener su contrario. Cuando era pequeña, la libertad se oponía al libertinaje. Ahora, sin embargo, su opuesto es el bien común, cuando deberían ir de la mano. El bien común es ese comodín que se utiliza para hacer trampas y ganar la partida. Ese altar en el que se sacrifican los derechos básicos y se retroceden siglos de casillas en el juego histórico de la conquista de las libertades. “Debemos renunciar a ciertos derechos por el bien común”, ha sido la frase estrella de los últimos dos años, que sintetiza Trudeau en su discurso. Pero no olvidemos que el bien común de la Alemania nazi era acabar con la raza judía, el de la España franquista era hacer otro tanto con ese ecléctico club de los ‘enemigos de la patria’ y el del Apartheid sudafricano era mantener alejados a los negros.

Imagino a los incondicionales de cumplir las reglas (aunque estas sean antidemocráticas, inmorales o discriminatorias), a los que se alegran de que Djokovic esté detenido “por creerse superior a los demás”; cuando, en realidad, ha sido víctima de una encerrona, haciendo un viaje en el tiempo y aterrizando en otras épocas. Sin duda, serían de los que delatarían a sus vecinos a la Stasi, si hubiesen vivido en la República Democrática Alemana, porque eran las normas. Apostaría el cuello a que calificarán a Rosa Parks como una troublemaker, en caso de que tuvieran la suerte o desgracia de caer en la Alabama de 1913. “¡Ya son ganas de montarla! ¿Qué le costaba a la buena mujer moverse a la parte de atrás del autobús y ceder su asiento a la persona blanca? ¡En esto se basan las sociedades civilizadas, en el cumplimiento de las normas!”. Y ya, sin necesidad de máquina del tiempo, con solo cambiar de escenario, llegamos al Irán actual y, por supuesto, estos ‘bienpensantes’ no solo apoyarían la lapidación de mujeres adúlteras, sino que participarían en ella porque La Sharía condena a morir a pedradas a casados, separados, divorciados y hasta a viudos (el consorte sigue vivo, aunque en el más allá) que tengan relaciones extramatrimoniales.

En este proceso actual de reescribir el pasado reciente o de alzheimer selectivo (ya hay mucha gente que ha olvidado la cuota del 75% para llegar a la inmunidad de rebaño, o a Biden prometiendo que con la fórmula mágica uno nunca se pondría enfermo ni iría a la UCI. ¡Qué se lo digan al pobre de Resines!) no estaría mal que apuntáramos en un cuaderno algunas definiciones de libertad, tal y como se entendía antes, para recordarlas y que no nos pase como a los animales de Rebelión en la granja.

Hay tantas y tan buenas, que no he podido quedarme solo con una. Ahí van tres: “Cuando perdemos el derecho a ser diferentes, perdemos el privilegio de ser libres”. (Charles Evans Hughes). “Los que pueden renunciar a la libertad para obtener una pequeña seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”. (Benjamín Franklin). Y, puesto que empecé con George Orwell, acabaré también con él: “La libertad es el derecho de decirle a la gente lo que no quiere oír”.

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1 Comentario
  1. Rotundo, veraz y tan ácido que aplaudo y aplaudirian hasta los más de un millón de muertos por la ineficacia de las vacunas de empresas farmacéuticas MULTADAS en más de 17 ocasiones por prácticas criminales, que son, curiosamente, las únicas aprobadas en EEUU y la UE.

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