10 buenas películas para viajar sin hacer las maletas

Ahora que los desplazamientos son difíciles sino imposibles; el cine ofrece la posibilidad de elegir un destino y zambullirse de lleno en él.

Rita Abundancia

Fotograma de la película Siete días en la Habana

 

1. Locuras de verano (1955). La Venecia que nunca volverá

La película permite ver una Venecia que ya no existe, anterior a los megacruceros, a las avalanchas de gente las veinticuatro horas del día y a la imposibilidad de alojarse en la ciudad por un módico precio.

Su director, el británico David Lean, autor de Doctor Zhivago (1965), Pasaje a la India (1984) o Lawrence de Arabia (1962), es ya una garantía para decidirse a ver esta cinta en las que los verdaderos protagonistas son la soledad y la ciudad eterna.

Una soltera norteamericana ya madura (Katharine Hepburn), decide pasar unas vacaciones en Venecia, pero su encuentro con un encantador anticuario (Rossano Brazzi) transformará su solitaria estancia. El espectador nunca sabrá si él es un cazaturistas; pero la película, que en su primera parte es luminosa, soleada, diurna y panorámica; se vuelve oscura, recóndita y llena de sombras en su parte final, como toca al amor, correspondido o no.

Tras la Segunda Guerra mundial, con la crisis de los estudios en Hollywood, los cineastas americanos empiezan a rodar en Europa, lo que es mucho más barato, y descubren el viejo continente a los espectadores. Hay una escena mítica donde la Herburn se cae a un canal intentando hacer una foto. Según cuentan las malas lenguas, la actriz tomó este gesto como un hábito y se bañaba desnuda en los canales tras acabar las largas jornadas de rodaje, lo que le valió una infección ocular.

Los que viajan solos se identificarán con el personaje; los amantes de Airbnb con la preciosa terraza de la pensión donde se hospeda la protagonista y los fanáticos de las fotos aprenderán que los posts en las redes sociales nunca sustituyen a las vivencias. La turista se olvida de la cámara cuando conoce a su anticuario.

 

2. El hombre tranquilo (1952). La verde y terca Irlanda

Aquí no solo se viaja en el espacio sino en el tiempo a una Irlanda mítica de bebedores, machistas y amigos de arreglar los problemas a puñetazos. El país ha cambiado y hoy presenta muchas caras; desde paraíso fiscal europeo a hogar de los parados, que viven de la paga gubernamental y gastan sus nublados días entre la videoconsola y el pub más cercano.

La película de John Ford alteró el pequeño pueblo de Cong, donde fue grabada, y ahora hay rutas guiadas de senderismo (las que salían en la gran pantalla) y un museo temático donde se exhiben carteles de la película, objetos y otros elementos relacionados con el film. El lugar se ubica en una casa con tejado de paja, réplica de la cabaña de White O’Morn, que aparece en la película.

El Pub Pat Cohan’s no era en realidad un bar cuando se grabó El Hombre Tranquilo sino una ferretería, pero posteriormente a la filmación se transformó en pub que aún puede visitarse.

El campo y el paisaje que captó Ford todavía siguen y, seguramente, también permanece algo del carácter irlandés, aunque diluido por la globalización, presente en sus maravillosos personajes secundarios, uno de los tesoros de esta cinta, junto con la bofetada-beso histórica de Maureen O’ Hara.

 

3. Historias mínimas (2002). La Patagonia, donde se camina a ras del cielo.

El mérito del bonaerense Carlos Sorín, director de esta película, es el de haber convertido el árido paisaje de la Patagonia argentina en un universo lleno de matices y juegos de luces; en hacer que unos diálogos casi telegráficos expresen un montón de ideas y mensajes; en convertir a unos actores no profesionales en perfectas réplicas de modelos humanos (al modo del surrealismo italiano) y en mostrar la verdadera esencia de la Patagonia.

Según Sorín, en esa tierra está “la reserva moral de Argentina. Ese lugar donde muchos dicen ir cuando quieren huir de todo. A mí siempre me atrajo, quizás porque me recuerda a los lugares que vi de adolescente en las películas del oeste, siempre con esas distancias dramáticas entre un sitio y otro. La Patagonia es, por un lado, el fin del mundo, y por otro parece el principio”.

El pretexto para una película que ha ganado quince premios internacionales son tres historias mínimas, como apunta su título. Un jubilado que escapa de la tutela de su hijo en busca de su perro perdido; una chica que debe recoger un premio que ganó en un programa de televisión y un viajante de comercio que se pasa la cinta redecorando una tarta destinada al cumpleaños del hijo de una viuda joven, a la que pretende seducir.

 

4. Alma Salvaje (2012). La Pacific Crest Trail, un Camino de Santiago laico.

En el 2012, con 43 años, la escritora Cheryl Strayed convirtió en libro su experiencia de recorrer la ruta llamada Pacific Crest Trail; que, por la Costa Oeste de Estados Unidos, enlaza el desierto de Mojave con Canadá. Cerca de dos mil kilómetros de recorrido.

La idea de emprender esta aventura, en la que invirtió casi cuatro meses, surgió cuando Strayed se encontraba en un callejón sin salida vital: la muerte traumática de su madre, un matrimonio fallido y una falta de perspectiva; con lo que el viaje se convirtió en algo catártico, una especie de Camino de Santiago laico para senderistas curtidos.

Reese Witherspoon decidió llevarlo a la pantalla y participar en la producción, contando con otro admirador de la novela, el escritor Nick Hornby, como guionista, y con el director Jean-Marc Vallée. El film consigue que la voz en off de la protagonista, salpicada de citas literarias, no canse al espectador; además de alternar los maravillosos paisajes de montaña con los flashbacks de la vida de la excursionista.

 

5. Los descendientes (2011). El Hawai cotidiano

“Mis amigos del continente creen que como vivo en Hawai vivo en el paraíso y que estamos todo el día bebiendo mai tais y haciendo surf”, cuenta el protagonista de esta historia, encarnado por George Clooney.

Lo que en principio pudiera parecer una película de domingo por la tarde para ver con la familia, se convierte en una poderosa historia en la que sus personajes sufren una metamorfosis y donde nada es lo que parece. La venerada esposa accidentada y a punto de morir se convierte en una mujer infiel. El protagonista pasa a ser un perdedor cuya existencia se tambalea al mismo tiempo que su familia se convierte en un campo de minas. La adolescente conflictiva muta en niñera de su vulnerable padre y su novio, con encefalograma plano, nota como sus neuronas empiezan a moverse e interactuar.

Pero el drama personal y familiar tiene como telón de fondo la difícil decisión de vender las propiedades de la familia. Herederos de la realeza hawaiana y de los misioneros, los King poseen en Hawai tierras vírgenes de un valor incalculable.

Y, por supuesto, como telón de fondo a todo esto aparece siempre la isla, con sus playas, sus cielos gris cobalto, sus palmeras y sus arenas volcánicas. Otro de los puntos fuertes es su banda sonora, con temas de autores hawaianos como Gabby Pahinui o Keola Beawer. Las canciones hawaianas son tristes pero de una tristeza dulce, casi deseada.

 

6. El cielo protector (1990). El desierto como metáfora

Mucha gente conoció a Paul Bowles a través de esta película y cuando un film incita a leer un libro es que es de los grandes. Imagino también que muchos espectadores se quedaron prendados de esa luz naranja del desierto y de sus noches iluminadas por una claridad blanca y lunar.

La fiel adaptación de la novela de Bowles por Bernardo Bertolucci comienza con una cita sobre los viajes. “No somos turistas, somos viajeros. Un turista es el que piensa en regresar a casa desde el mismo momento de su llegada, mientras que un viajero puede no regresar nunca”, dicen los personajes al desembarcar en el puerto de Tánger. Un puerto con los muelles abandonados y unas grúas de metal que parecieran los cadáveres de una civilización que ha acabado de salir de la Segunda Guerra mundial.

Una pareja, con un amigo de ambos, emprenden un viaje hacia el desierto, que en realidad es un viaje a las fronteras de la nada, hacia lo incierto, hacia la soledad y el aislamiento. El viaje es aquí una suerte de anestesia que ejercen dos amantes que han perdido todo entendimiento pero que no encuentran manera de vivir si el otro. Un opiáceo cuando ya no hay remedio a la enfermedad y lo único que se puede hacer es calmar el dolor hasta que llegue el fin.

Las aventuras se suceden, entre las que hay una vivencia con los tuaregs, con los que no pueden comunicarse. Pero eso es algo que supone casi un alivio, porque el hastío ha llegado al punto en el que las palabras se han vaciado ya de todo contenido.

 

7. Holly Smoke (1999). ¿Están locos los australianos?

En sus intentos por retratar su continente, Jane Campion establece aquí un puente entre La India-Australia como argumento para una de sus películas menos conocidas por el gran público, pero no por eso menos interesantes.

Ruth (Kate Winslet), una joven australiana, siente que falta algo en su vida y decide marchar a la India donde, embargada por la emoción, decide quedarse. Su familia contrata a un americano especialista en materia de desprogramación, PJ (Harvey Keitel), para intentar recuperarla. Sin embargo, cuando ambos entren en contacto, se producirá un giro en las relaciones de poder entre la joven y el profesional; que acabará convirtiéndose en un pelele, fruto de su encoñamiento con la protagonista.

En Holly Smoke hay leña para todos; ya que si Campion ironiza sobre los ataques de espiritualidad que muchos occidentales sufren al llegar al país asiático; también reserva su dosis de ironía y sarcasmo para la civilización occidental. En este caso australiana, que oscila entre los ‘hombres de bien’ con trabajo fijo, que viven en urbanizaciones desiertas y que mantienen el forro de plástico del sofá para que no se ensucie; y los frikis inadaptados, que viven del subsidio del gobierno y que se distraen matando canguros y colocándose con diversas sustancias.

Magistral Harvey Keitel (como siempre) en su papel de descenso hacia la indignidad por obra y gracia del amor o el sexo.

 

8. Dos en la carretera (1967). De Londres a la Riviera Francesa

 Cuando Stanley Kubrick se planteó rodar Eyes Wide Shut y adaptar Relato soñado, de Arthur Schnitzler, pensó en el magnífico guionista de Dos en la carretera, Frederic Raphael; para plasmar, como nadie, la relación de una pareja en crisis.

Esta película preciosista y de estética pop se centra en un viaje de Londres a la Riviera francesa en el que Joanna (Audrey Hepburn) y su marido Mark (Albert Finney), un prometedor arquitecto, reviven los comienzos de su relación, los primeros años de su matrimonio y su decadencia con flashbacks perfectamente integrados en el relato.

Los acertados diálogos, llenos de humor e ironía; su banda sonora, a cargo de Henry Mancini, y su fabuloso vestuario, inspirado en el swing londinense y firmado por Stanley Donen (admirador de Paco Rabanne), son tres aspectos a destacar en esta película americana con aires de la nouvelle vague francesa.

 

9. Siete días en La Habana (2012). Caleidoscopio de Cuba

Esta película discontinua y con ritmos diferentes cuenta siete historias ambientadas en la capital cubana, firmadas por diferentes directores, donde los únicos hilos conductores son la ciudad y la música cubana, siempre omnipresente en la isla.

Cada día de la semana se corresponde con una narración. Benicio de Toro cuenta las peripecias de un yuma (turista norteamericano) cuando contrata un taxista para que le enseñe la ciudad. Julio Medem, en La tentación de Cecilia, trata de plasmar el dilema entre la profesión o el arte y el amor, materializado en la duda de una joven violinista que debe elegir entre irse a España, para seguir con su carrera, o quedarse en La Habana junto a su novio.

El director palestino Elia Suleiman, pasa por la ciudad sin decir palabra, en una cinta muda que se limita a enseñar postales de La Habana que hablan por sí solas. No falta tampoco la santería; a la que se recurre para intentar curar la homosexualidad de una muchacha, en la historia presentada por el argentino Gaspar Noé, o la lucha diaria para sobrevivir, encarnada en una psicóloga clínica que debe cocinar pasteles para vender y poder sacar adelante a su familia.

Siete días en La Habana no pretende hacer crítica política ni social. No es una película de denuncia sino un caleidoscopio de esa ciudad deliciosamente anacrónica, ávida de vida, melodramática, cómica, ingenua, resabiada, excesiva y que, a pesar de ser laica, recupera su fe cada noche.

 

10. Todo está iluminado (2005). Ucrania y el absurdo

Lo primero que choca de esta genial película es que su director sea el actor Liev Schreiber (marido de Naomi Watts), cuyas interpretaciones en el cine no son precisamente inolvidables; aunque detrás de la cámara se convierta en un agudo contador de historias.

Basada en una novela de Jonathan Safran Foer, salida de un viaje a Ucrania mientras realizaba su tesis doctoral, Todo está iluminado cuenta  el periplo de Jonathan, un joven judío obsesionado con coleccionar objetos sobre la historia familiar, que viaja al país del este para conocer el pasado de su abuelo. Sus únicas pistas para esta investigación son una vieja fotografía, el colgante propiedad de la mujer que salvó a su abuelo del exterminio en la Segunda Guerra Mundial y el nombre de un lugar: Trachimbord.

A partir de ahí esta road movie, que enseña el paisaje exterior e interior de Ucrania, transita entre la tragedia, la risa y el absurdo de manera magistral con unos pintorescos y raros personajes. Dos guías dedicados a buscar las raíces ucranianas de turistas judíos y adinerados (un amante del hip-hop y su abuelo, un antisemita que se hace pasar por ciego), el protagonista y un perro esquizofrénico se mueven por el país buscando un lugar que nadie parece conocer. ¿No se les hace la boca agua?

 

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